Chapter 44 #2
No tengo hambre. Acabo de desayunar en casa de Micaelo y, por si fuera poco, tengo el estómago cerrado después de nuestra discusión.
Pero hay algo en la forma en la que le brillan los ojos o en la que se sienta en su sitio mientras me anima a hacer lo mismo frente a ella con la mirada, que soy incapaz de decirle que no.
Así que acabo tomando asiento y empiezo a desayunar.
Por segunda vez. Y algo se calma en mi interior cuando la miro y la veo tan relajada.
—No hacía falta que te molestaras en preparar todo esto.
—Lo sé —replica, antes de dar un sorbo a su café—, pero quería hacerlo. Así que come y calla.
Y eso hago; saboreo las tostadas que me ha preparado, aunque me las esté comiendo sin ningún tipo de apetito. Mi cabeza sigue maquinando sin parar, pero me siento cada vez más relajado, y un poco más en paz.
—¿Y todo este desastre que has montado? —Le señalo con la cabeza toda la encimera—. Parece que ha pasado un huracán por la casa.
—No estoy acostumbrada a cocinar y no me aclaraba con las medidas —responde un poco a la defensiva, sin dirigirme la mirada.
—¿Acaso has usado un recipiente nuevo cada vez que te equivocabas con la medida? —pregunto, alzando una ceja con diversión.
No responde. En su lugar, me dedica una mirada fulminante que me deja muy clara su respuesta, y noto cómo poco a poco sus mejillas se tornan de un color rojizo que la llenan de vida.
—He preparado un bizcocho para llevar a casa de los Gherardi —me informa y ahora entiendo por qué hay harina hasta debajo del mantel—. Me avisó Valentina a primera hora.
Asiento con la cabeza y vuelvo a llevarme la taza a los labios.
—Espero que esté mejor que el café. —Trago un sorbo y arrugo la nariz, con una mueca de asco—. Porque parece agua sucia.
—¡Oye! —Me da un golpetazo en el brazo—. No exageres.
—¿Que no exagere? Si sabe a carbón —replico, dejando la taza de nuevo sobre la mesa—. Has dejado la cafetera puesta sobre la vitrocerámica más tiempo del necesario y el agua ha estado en contacto con el café demasiado tiempo, por lo que está bruciato.
Me dedica una mirada cargada de sorna.
—No sabía que además de mafioso también eras barista.
—Podría serlo si se me da mal esto de la mafia. Y tú podrías servir los desayunos. Además, se te da muy bien dejarlo todo limpio y recogido, ni siquiera se nota que alguien ha usado la cocina —apostillo en tono burlón.
Jade abre y cierra la boca, indignada. Sus ojos han pasado de chispear diversión a un enfado que hace que luzca demasiado atractiva de repente.
—¿Sabes qué? Que, si tan malo está y tan mal he preparado todo, no te lo bebas —masculla.
Antes de que pueda reaccionar, se levanta de su silla y se inclina hacia mí.
Me arrebata la taza de las manos con un movimiento brusco y da media vuelta.
Me levanto rápidamente cuando deduzco cuáles son sus intenciones y la alcanzo en un par de zancadas.
Justo cuando ya está a punto de verter el líquido en el fregadero, mi mano rodea su muñeca, frenándola en el aire.
Con la otra mano, le quito la taza y la dejo sobre el mármol, sin apartar los ojos de los suyos.
Jade ahoga un jadeo de sorpresa cuando hago que su espalda choque contra el borde de la encimera. Doy un paso más hacia delante, acorralándola por completo al apoyar ambas manos sobre el mármol, una a cada lado de sus caderas, atrapándola en el espacio que queda entre mi cuerpo y el mueble.
El silencio de la cocina se vuelve denso de repente, casi pesado, tan solo interrumpido por los pasos de los empleados, que se escuchan a lo lejos y nuestras respiraciones aceleradas, que se complementan a la perfección.
El aire huele a café quemado, al bizcocho de canela que se está horneando y al perfume de jazmín que parece llevar impregnado en la piel, sin importar la hora del día en la que nos encontremos.
Huele a melocotón. A ese olor dulce que podría reconocer con los ojos cerrados en cualquier parte del mundo.
No mueve ni un músculo. Yo tampoco lo hago.
La miro desde mi altura, sintiendo cómo el calor de nuestros cuerpos es capaz de traspasar la tela de nuestra ropa hasta quemarnos.
Sus ojos oscuros me estudian con expectación, observando fijamente los míos antes de descender, casi sin darse cuenta, hacia mi boca, como si no pudiera decidir dónde quedarse, como si estuviera librando una batalla consigo misma.
Yo hago lo mismo. Me pierdo en sus ojos, que parecen estar llenos de un brillo que no soy capaz de descifrar y me detengo en sus labios entreabiertos, rosados y carnosos, los cuales están hinchados por todas las veces que los ha mordisqueado por culpa de los nervios, tentándome a mí a hacer lo mismo.
Me permito seguir el recorrido de su respiración; el movimiento de su pecho agitado, que roza sutilmente el mío con cada bocanada de aire que toma.
La miro y, a pesar de que esta es su versión más desaliñada, siento que, por primera vez en mucho tiempo, la estoy viendo de verdad. Y la sensación es demasiado abrumadora.
Sin dejar de mirarla, alzo lentamente una mano.
Ella contiene el aliento cuando mis dedos se aproximan a su rostro, pero no se aparta.
Se queda quieta y traga saliva, observando mis movimientos con atención, sin desviar la vista, que va de mis ojos a mis labios.
Con la yema del pulgar, acaricio su pómulo con suavidad, asegurándome de limpiar el resto de harina que adorna su piel desde que entré en la cocina, quizás dejando mis dedos sobre su piel más tiempo del necesario.
—¿Qué tengo? —Se lleva la mano justo a la zona que le acabo de limpiar.
—Harina —respondo, ligeramente inclinado hacia ella.
—¿Llevo todo el rato con la cara manchada de harina y no se te ha ocurrido decírmelo hasta ahora?
—Te quedaba bien —respondo, encogiéndome de hombros.
Ella traga saliva y yo bajo otra vez la vista hacia su boca. No sé qué narices me pasa. Tengo cosas más importantes que hacer y en las que pensar, pero hay algo en ella que hace que no pueda dejar de mirarla, que me sienta algo más tranquilo en medio del caos.
Deslizo la mano que tengo sobre el mármol un poco más, hasta que mis manos rozan la suya, provocándome un pequeño escalofrío. Nuestros dedos rozan el asa de la taza de café y ambos bajamos la mirada hacia la pieza de porcelana.
—¿Quién te ha dicho que no me lo quiera beber? —murmuro, bajando la voz hasta que casi se convierte en un susurro ronco que roza su oído. Sonrío ligeramente de lado cuando noto su respiración agitada.
—Has dicho que sabe a carbón.
—Y tú has dicho que lo has preparado para mí —replico al instante—. Así que me pienso beber hasta la última gota, aunque ya esté frío.
Levanta un poco la cabeza, haciendo que nuestros ojos se encuentren de nuevo.
Me mira sorprendida y un tanto aturdida, como si no terminara de creerse por completo mis palabras.
Aun así, me sostiene la mirada con el mentón en alto, negándose a dejarse intimidar, a pesar de que sabe que puedo sentir el pulso rápido de sus latidos en la base de su cuello.
—¿Por qué? —pregunta, con el ceño fruncido.
—Porque he sobrevivido a cosas peores que este café —contesto, con tono pausado—. A ti, por ejemplo.
—Eres un idiota.
—Y tú no sabes preparar café.
Pone los ojos en blanco. Echa un vistazo rápido a la taza que reposa sobre la encimera y luego a mí.
—No has contestado a mi pregunta. —Cruza los brazos sobre el pecho, rozando el mío debido a la cercanía.
Agarro la taza y me bebo el resto de café de un trago. Está incluso peor que hace un rato. Consigo tragar todo el líquido amargo sin soltar una arcada.