Chapter 44
Durante unos segundos, soy incapaz de mover ni un solo músculo.
Me quedo petrificado en mitad de la cocina, bajo la luz dorada que se cuela por el ventanal.
Permanezco en silencio, tratando de asimilar sus palabras, pero mi mente se niega a aceptarlas.
Ya ni siquiera siento dolor en las costillas.
Solo escucho el sonido de mi propia respiración, cada vez más rápida y descontrolada, mientras lo miro con la cabeza ladeada y los párpados entornados, tratando de descifrar algo en sus gestos e intentando buscar un atisbo de duda en alguno de ellos.
—Estás mintiendo.
—No.
—Estás intentando protegerla.
Suelta un largo suspiro.
—Te he dicho que fui yo.
—Repítelo. —Mi voz suena en un susurro roto—. Repítelo o dime que he escuchado mal antes de que haga una locura, Micaelo.
—No has escuchado mal, ragazzo —afirma, sin desviar sus malditos ojos grises de mí, llenos de una frialdad que me hiela la sangre—. Fui yo quien te disparó aquella noche.
Doy un paso atrás, negando con la cabeza.
—Tú no estabas allí —insisto, tratando de autoconvencerme—. En esa habitación solo estábamos Jade y yo.
—No fue complicado colarme en una de las habitaciones de enfrente y disparar con un rifle a media distancia —suelta, con una tranquilidad que me revuelve el estómago—.
Al fin y al cabo, era mi hacienda, y yo mejor que nadie sabía dónde estaban escondidas cada una de las armas y cuáles eran los mejores puntos estratégicos para disparar.
—Es imposible. —Niego con la cabeza—. Me estás mintiendo.
—¿Por qué crees que me aseguré de que llevaras un chaleco antibalas antes de entrar en esa habitación?
—inquiere y permanece en silencio unos cuantos segundos, en los que me hace recordar los momentos previos a aquel momento, aunque la mayoría están borrosos en mi cabeza—. Porque sabía que recibirías un disparo.
Cierro los ojos cuando sus palabras me golpean con una fuerza inesperada. No quiero aceptar otra mentira más. Me niego a aceptar que toda mi vida ha sido una mentira.
Siento un calor recorrerme el cuerpo poco a poco, de la cabeza a los pies.
Intento concentrarme en cualquier otra cosa que no sea en la sensación tan horrorosa que se está empezando a adueñar de mi interior, pero me resulta imposible.
Mi pecho se agita cada vez con más fuerza y el aire ha dejado de entrarme en los pulmones.
Estoy apretando tanto la mandíbula que me duele.
De repente, no puedo controlarlo más. Toda la rabia contenida, el dolor y la humillación de haberme abierto a él, de haberme mostrado vulnerable y ahora sentirme tan traicionado por una de las pocas personas por las que me he sentido querido en mucho tiempo y en las que hasta ahora confiaba, se apoderan de mí hasta nublarme la visión, haciéndome ver todo de color negro.
Con un rugido que me desgarra la garganta, tiro de una de las esquinas del mantel con todas mis fuerzas, estampando todo los platos y las tazas que hemos usado en el desayuno contra el suelo de mármol, haciendo que queden destruidos en pedazos, justo como ahora mismo siento mi corazón.
La mermelada acaba manchando el suelo blanco con su tono anaranjado y el dulce se ha mezclado con los pedazos de cristal que se han esparcido por todo el suelo.
Me abalanzo sobre Micaelo antes de que pueda reaccionar y lo agarro por el cuello de la camisa hasta que acabo estampándolo contra la encimera.
Al instante, escucho unos pasos apresurados acercarse a mí y unas manos grandes y fuertes me intentan separar del cuerpo del nonno, que permanece inmóvil, sin ejercer ningún tipo de fuerza, cosa bastante extraña viniendo de él.
Me zafo del agarre de sus hombres y, cuando estoy a punto de agarrarlo de nuevo, da un golpe con el bastón en el suelo y me mira con el mentón en alto.
—¡Abbastanza! —grita, sosteniéndome la mirada. Les hace un gesto con la cabeza a sus dos hombres, sin siquiera mirarlos a la cara, para que se marchen y enseguida volvemos a quedarnos solos—. Recoge lo que has tirado al suelo.
Lo miro, incrédulo.
—No pienso volver a obedecer ninguna de tus órdenes.
Él esboza una sonrisa. El maldito está sonriendo y me dan ganas de hacer que se trague el bastón.
—No te olvides de que sin mí no eres nadie, ragazzo.
—Voy a ser el próximo Sultán.
—Pero todavía no lo eres. Y me necesitas para serlo, así que yo de ti no me cabrearía demasiado.
—Esquiva mi cuerpo y cojea hasta una de las sillas—.
Recoge este desastre antes de que me desespere.
Ah, y una cosa más… —Me señala con el bastón—.
Que sea la última vez que te atreves a ponerme un dedo encima o alzarme la voz. No volveré a ser tan permisivo.
Endurezco el gesto, pero me muerdo el interior de la mejilla con fuerza, conteniéndome para no soltarle todo lo que tengo para decirle.
—¿No vas a decirme nada más?
—No —responde—. Ya te he dicho todo lo que necesitabas saber.
No respondo. Ahora mismo no puedo. No quiero decir algo de lo que pueda arrepentirme más tarde, y eso que ganas no me faltan.
Recojo en silencio un poco del desastre que he armado en medio de mi ataque de nervios, bajo su atenta mirada, fija en cada uno de mis movimientos, mientras yo no dejo de darle vueltas al mismo asunto una y otra vez.
¿Cuántas veces más me habrá mentido? ¿Hay algo en mi vida que sea de verdad?
Doy media vuelta y salgo de la cocina con paso firme, dejando a Micaelo atrás, apoyado en su bastón, cabizbajo y cargando el peso de las mentiras sobre sus hombros.
—Recuerda que tenemos una reunión con el Don antes del mediodía —dice, alzando la voz para que pueda escucharle antes de salir—. Ha insistido en que comamos allí.
***
Cierro la puerta de la villa con más fuerza de la necesaria.
El golpe resuena por toda la zona del recibidor, haciendo que una de las empleadas que está limpiando el polvo de los muebles se sobresalte.
Ni siquiera me da tiempo a pedirle disculpas.
En cuanto ve el estado en el que me encuentro, da media vuelta y se va rápidamente, dejándome solo con todo el barullo que hay en mi cabeza.
Apoyo una mano en el mueble de la entrada y respiro hondo, intentando controlar mi respiración.
Mi pecho se agita con fuerza y mi respiración sigue siendo irregular.
No puedo evitarlo; no puedo evitar darle vueltas a mi conversación con Micaelo una y otra vez.
Sobre la mentira y sobre lo que ocurrió esa noche.
Le doy una patada a un jarrón que adorna la estancia y acaba rebotando hasta que finalmente cae al suelo.
Camino por el pasillo sin prestar atención a nada de lo que me rodea.
Lo único que quiero es encerrarme en mi despacho, quedarme solo durante todo el día y, con un poco de suerte, distraerme con el trabajo para dejar de pensar en lo mismo durante, al menos, unos minutos, aunque primero paso por la cocina para servirme un vaso de agua fría.
Me vendrá bien para refrescarme y despejar un poco mis ideas.
Llego a la cocina todavía agitado, con la rabia y la tristeza mezclándose en mi interior, en un nudo que me acaba oprimiendo el pecho con fuerza.
Todavía escucho las palabras de Micaelo en mi cabeza y siento el peso de cada una de ellas clavado en mis costillas, con la misma fuerza que cada uno de los golpes que recibí ayer.
Entonces la veo.
Y todo lo demás desaparece.
Jade está de espaldas a mí, sirviendo algo que no alcanzo a ver en los dos platos que hay sobre la encimera.
Lleva puesto el mismo pijama de antes; un pantalón de algodón ancho de color rosa que le arrastra un poco por el suelo y una camiseta ceñida al cuerpo del mismo color.
El pelo le cae por la espalda, rizado y completamente despeinado.
El olor a café recién hecho se mezcla con el de la mantequilla que acaba de untar en el pan tostado, haciendo que se derrita sobre la masa crujiente.
Los rayos de sol se cuelan por la ventana mientras que yo me quedo parado en el umbral, viendo cómo se mueve por la cocina, terminando de prepararlo, sin importarle haberlo dejado todo hecho un desastre.
Hay cáscaras tiradas por la encimera de los huevos revueltos que ha cocinado en la sartén, migas del pan que ha tostado y restos de harina por absolutamente todas partes, una cantidad exagerada de cubiertos que ni siquiera sabía que teníamos y el fregadero a rebosar de platos y cuencos que al parecer ha utilizado mientras cocinaba.
Se gira hacia mí, sujetando dos platos entre las manos y me mira con la cabeza ladeada, sorprendida por mi repentina llegada.
Tiene la cara lavada, sin una gota de maquillaje, aunque no le hace falta, pues siempre ha tenido una belleza deslumbrante.
Mis labios se curvan ligeramente hacia arriba, sin poder evitarlo, cuando veo una pequeña mancha de harina en su mejilla.
Y creo que no he visto algo tan bonito en mucho tiempo.
—Te he hecho el desayuno —dice, con la voz más aguda de lo normal, mordiéndose el labio inferior.
Coloca los platos sobre la mesa principal, uno frente al otro.
Observo los platos: en uno ha puesto un par de tostadas con huevos revueltos y rodajas de tomate, y en el otro pan tostado con mantequilla y mermelada, que supongo que será para ella, pues lo ha dejado en su lado de la mesa—.
He pensado que quizás tendrías hambre —añade.
No digo nada. Simplemente me limito a mirarla; a alargar el momento un poco más, observando la forma en la que se muerde el interior de la mejilla mientras espera mi respuesta, o cómo se coloca un mechón rebelde detrás de la oreja, solo por tener las manos ocupadas.