Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 43
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Chapter 43

Camino por el sendero empedrado que conecta nuestra villa con la de Micaelo.

El aire matutino huele a olivos y a tierra mojada.

Saludo con un movimiento de cabeza a los guardias que custodian la entrada y que me dan paso por la puerta trasera de la cocina.

Enseguida me envuelve el aroma a café recién hecho, que se mezcla con el del pan tostado y la mermelada caliente.

La cafetera italiana burbujea todavía sobre el fuego y el silencio propio de la mañana se ve interrumpido por los silbidos alegres de Micaelo, que se mueve con soltura por la cocina, terminando de preparar el desayuno.

Deja de silbar de golpe cuando nota mi presencia y se gira hacia mí, con una sonrisa bobalicona en el rostro y los brazos abiertos de par en par.

—Has tardado más de lo que esperaba —murmura.

A continuación, coge una de las tazas de cerámica del mueble donde las tiene colocadas y la deja sobre la isla de mármol, arrastrándola hacia mí—.

Ya pensaba que tendría que recalentar el café.

Y no hay nada peor que tomar café frío. Siéntate —me indica, con un movimiento de cabeza, señalándome uno de los taburetes largos que hay junto al mueble con forma de isla que conecta la cocina con el salón.

Se queda mirándome unos cuantos segundos y hace una mueca cuando me acabo sentando, intentando no soltar un quejido de dolor—.

Tienes mal aspecto, mio figlio. Ayer te dieron una buena paliza.

—¿Y tu bastón? —pregunto, al ver que se mueve cojeando por la pequeña estancia, tratando de desviar el tema de conversación, puesto que ahora mismo lo que menos me apetece es hablar sobre lo que pasó anoche en el almacén.

—Ya me he cansado de él —responde, sin más, colocando también su taza sobre el mármol y sirviéndonos a los dos un poco de café con leche caliente—.

He tostado pan —dice, cambiando también de tema, al tiempo en que deja unos pedazos sobre la mesa—.

Aquí tienes mermelada. He comprado de melocotón, que sé que te encanta.

—¿Cómo sabías que vendría? —inquiero, agarrando un trozo de pan y colocándolo en mi plato, el cual también había preparado con antelación.

—Porque siempre vienes cuando prefieres escucharme a mí antes que escucharte a ti mismo.

Frunzo el ceño.

—No tengo nada que escuchar.

Deja el cuchillo sobre el plato y, por fin, levanta la vista.

—Las cosas han cambiado —masculla—. No te creas que no me doy cuenta de cómo la miras.

—¿Y cómo se supone que la miro? —aventuro, con la cabeza ladeada.

Una pequeña sonrisa nostálgica le cruza el rostro.

—Como solo es capaz de mirar un hombre cuando está enamorado —acaba respondiendo, con los ojos grises algo más brillantes y la voz algo entrecortada, por lo que acaba carraspeando.

Aparto la vista, incapaz de verme tan vulnerable y niego rápidamente con la cabeza.

—No digas tonterías, Micaelo —espeto—. Solo estoy haciendo mi trabajo y además te hago el favor de asegurarme de mantenerla con vida.

Asiente con la cabeza lentamente, como si estuviera procesando la información.

—¿Tu trabajo consiste en consolarla cuando llora? —arguye, mirándome de forma escueta.

Aprieto la mandíbula.

—¿En dormir con ella cada noche, con un gato a los pies, aun sabiendo que eres alérgico?

Estoy a punto de responder, pero finalmente vuelvo a cerrar la boca y permanezco en silencio, sin saber qué decir.

—¿O en taparla cuando se queda dormida? —sigue insistiendo.

Cierro los puños con tanta fuerza que los nudillos se acaban volviendo de color blanco y las heridas de las manos amenazan con abrirse de nuevo.

—¿O en llegar tarde a una reunión con el Don porque preferiste llevarla a tomar un helado y despejarse porque sabías que estaba triste y lo necesitaba?

—Eso lo hice por una razón —me apresuro a replicar—. Ya te lo dije, quería comprobar si la mujer de las fotografías la seguía.

—Podrías haberla puesto a prueba de mil formas distintas. —Da un sorbo a su taza de café sin apartar la vista de mí—. O incluso haberla llevado a cualquier otro lugar. Pero elegiste la opción que te permitía cuidar de ella.

El pecho me oprime con fuerza, robándome el oxígeno. Siento las costillas molidas, pero me duele aún más cuando respiro y el aire entra en mis pulmones. Me obligo a sostenerle la mirada.

—¿Y tú cómo sabes tantas cosas? —Lo fulmino con la mirada—. Sabes que no me gusta que me espíes.

—Ni a mí que me ocultes información importante.

—¿Y cuál se supone que es la información que te estoy ocultando?

—Que sigues enamorado de Jade —replica, casi al instante.

Suelto una carcajada incrédula y me levanto de la silla. El corazón me ha empezado a latir de forma frenética y necesito moverme porque de repente siento las paredes cada vez más estrechas y el nudo en mi garganta cada vez más grande.

—No digas tonterías.

—¿Tonterías? —repite, con una calma desesperante.

—Sí.

—Entonces mírame a los ojos y dime por qué anoche, cuando hiciste que el Don perdiera una enorme cantidad de dinero y te dejaste pegar una paliza por estar pensando en las musarañas, cuando llegaste, en lugar de preguntar cuáles eran las consecuencias de las pérdidas, lo primero que hiciste fue preguntar cómo estaba Jade, si había cenado y si estaba dormida. Y fuiste corriendo a verla.

Me quedo en silencio, sintiendo sus palabras golpearme con más fuerza incluso que cada uno de los golpes que recibí ayer.

«Es imposible», pienso, intentando convencerme a mí mismo de que Micaelo se equivoca, de que lo que está diciendo no tiene ningún sentido. Pero cada vez que lo pienso me cuesta más sostener esta afirmación dentro de mi cabeza.

—Ya casi has cumplido los requisitos —suelta, de repente.

Se forma un silencio.

—Lo sé —respondo jugueteando con mi plato, ahora completamente vacío.

—Entonces deja de retrasarlo. Ha llegado el momento.

Dejo la taza sobre el mármol en un golpe seco.

—Nonno —pronuncio por primera vez en mucho tiempo, y solo con esa palabra consigo toda la atención de Micaelo, que acaba de soltar el cuchillo con el que ha untado el pan, haciendo que tintinee contra la porcelana del plato—. Necesito que me respondas a una pregunta.

—Sabía que este momento llegaría. —Se lleva los dedos al puente de la nariz—. Y justo hoy, que no me he tomado la pastilla para prevenir la migraña.

Se reincorpora y me mira, serio, agarrando con fuerza su bastón, como si necesitara encontrar algo de soporte para sentirse seguro a pesar de estar sentado.

—Tú dirás —murmura, mientras que yo clavo mis ojos en los suyos, que me miran expectantes.

—¿Por qué me dijiste que Jade dispararía aquella noche?

Tarda unos segundos en responder.

—Porque necesitaba que la odiaras.

—¿Qué? —inquiero, con el ceño fruncido.

—Necesitaba que la odiaras porque la rabia era lo único que haría que la apuntaras tú también con una pistola; y el dolor y el rencor, que volvieras a ocupar tu puesto. No podía permitir que estuvierais juntos. Ella estaba en peligro, y yo necesitaba que tú volvieras a esta vida.

—¿Y ahora nos obligas a casarnos? —bramo, conteniendo las ganas de dar un golpe sobre la mesa—. ¿A qué se supone que estás jugando, Micaelo?

—¡Porque las cosas han cambiado, ragazzo ingrato!

Tu padre se recuperó y buscaba vengarse de la familia derramando más sangre.

Jade era su principal objetivo porque fue quien le disparó.

Necesitabas estar lleno de la rabia y el odio suficientes como para hacer algo tan loco como querer convertirte en el maldito Sultán.

Es mi hija, Kerem, y aunque no haya sido un padre para ella, siempre la he protegido desde las sombras.

Las cosas se han complicado, y esta era la única forma de conseguir el poder suficiente como para protegerla de cualquier peligro de forma indefinida.

—Has jugado con los dos. Por tu culpa hemos sufrido muchísimo —le reprocho, en un tono de voz cada vez más débil.

—En el amor y en la guerra todo vale —responde, poniéndose también de pie y cojeando hacia mí, apoyándose en su bastón—. Cuanto antes te des cuenta, mejor.

Golpeo la encimera con el puño.

—No me importa… —Un golpe—, ni el amor —otro golpe— ni tu maldita guerra, Micaelo —Y otro más—.

¡Estoy harto! —bramo, con los brazos abiertos de par en par, acercándome a él.

Siento que se me cierra la garganta—. ¡No puedo más!

No puedo —estallo y no sé en qué momento ha ocurrido, pero la visión se me ha nublado por completo por culpa de unas lágrimas rebeldes que no consigo retener mucho más tiempo y acaban deslizándose por mis mejillas—. Estoy harto, nonno.

Lo agarro del cuello de la camisa y lo estampo contra la encimera. Él se deja acorralar y resopla, dejándome sacar todo lo que llevo tanto tiempo conteniendo.

—Me rindo —musito, en un hilo de voz, mirándolo a los ojos—.

Yo no quería esto. ¡Sabes que no quería esta vida!

Me voy de aquí —mascullo, apretando con más fuerza los puños alrededor de la tela—.

Me voy a la otra punta del mundo, pero yo paso de todo esto.

No puedo más. No quiero ver morir a más personas —confieso entre lágrimas.

Intento respirar hondo y llenar mis pulmones de aire, pero nada de lo que hago sirve y sigo sintiendo un dolor en el pecho tan fuerte como si me hubieran abierto las costillas otra vez.

—Entonces tendrás que continuar con el plan —repone, con total tranquilidad—. Es la única forma de que no siga muriendo más gente inocente.

Se me escapa un sollozo desgarrador del pecho, un dolor que llevaba tiempo guardado bajo llave y que ahora se atreve a salir de golpe, sin que pueda hacer nada por contenerlo en mi interior.

Justo cuando estoy a punto de apartarme, Micaelo me agarra por la nuca y atrae hacia sí en un movimiento rápido que me permite romper a llorar contra su pecho.

Al principio intento zafarme y empujarlo, pero él se encarga de mantenerme sujeto con firmeza.

No quiero que me vea así. Más bien, no quiero que nadie me vea así.

Recuerdo a mi padre y las broncas, con golpes incluidos, que nos echaba cada vez nos veía a Can o a mí llorar, porque según él eso no era cosa de hombres.

Jamás pude ser frente a mi padre. Jamás tuve una figura paterna.

Jamás tuve a ningún familiar que me comprendiera tan bien como lo hace Micaelo.

Hasta que llegó él a enseñarme que la familia no es solo la que comparte contigo la sangre, sino también la que se elige.

Me aprieta más contra su pecho, avisándome de que no tiene intención de soltarme y de que, entre sus brazos, puedo llorar en paz.

Y eso hago. Lloro. Lloro como no lloraba desde hacía mucho tiempo, o quizás como no había llorado nunca, con todo el cuerpo sacudido en un llanto desesperado, mientras que miles de pensamientos se entremezclan en mi cabeza al mismo tiempo, atormentándome sin cesar.

No quiero pensar. No quiero sentir. No quiero seguir buscando a alguien a quien culpar.

No quiero seguir cargando con un sentimiento tan dañino como el odio en mi interior.

Sin embargo, el sentimiento no me dura demasiado, porque en cuanto la imagen fugaz de aquella noche en Cortona vuelve a tomar protagonismo en mi mente, la rabia regresa y se apodera de mí, esta vez mucho más fuerte que la necesidad de consuelo.

Me separo de él de forma brusca, dándole un pequeño empujón,

—¿Qué pasó aquella noche, Micaelo? —Sigo indagando, cada vez más lleno de furia, secándome las lágrimas con rabia, como si con eso ya pudiera borrar toda la debilidad que acabo de mostrar—.

¿Quién disparó? Tú lo sabes, ¿verdad? ¡Por supuesto que lo sabes!

—Me paso las manos por el pantalón y doy media vuelta sobre mí mismo.

No me puedo creer que me esté pasando esto.

—Relájate.

Silencio.

—Dime ahora mismo quién narices disparó.

Más silencio.

Micaelo baja la cabeza y suelta un largo suspiro. Cuando la levanta, nuestros ojos se encuentran y, esta vez, en los suyos percibo un atisbo de algo extraño, algo que hasta ahora no había visto en ellos.

—Fui yo.