Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 42
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Chapter 42

Sus dedos permanecen inmóviles sobre el primer botón.

Traga saliva y desvía la mirada hacia el balcón para observar el cielo, que ya ha empezado a teñirse de tonos anaranjados en el que poco a poco el sol va tomando protagonismo.

Su semblante serio y su mirada perdida en el horizonte me hacen creer que va a negarse, que va a volver a transformarse en ese bloque de hielo que tanto me está costando derretir y se va a marchar de la habitación.

Pero, para mi sorpresa, se da la vuelta y me deja una imagen perfecta de su espalda musculosa, que se ensancha al tomar aire de forma profunda.

Empiezo a perder la noción del tiempo, con la mirada perdida en el trozo de tela que tengo frente a mí y, para cuando me doy cuenta, el silencio que nos envuelve se ve interrumpido por el roce de sus dedos con los botones al desprenderse de la camisa.

Siento un cosquilleo en el estómago; una especie de nervios por culpa de la anticipación.

No es la primera vez que lo veo sin camisa, pero por alguna razón que se me escapa siento que esta vez es muy diferente, así que tampoco hago nada por agilizar el momento, sino que me mantengo a la espera, pasando mi peso de un pie a otro y mordiéndome el interior de la mejilla en un intento por mantenerme lo más serena posible, pese a que por dentro estoy muerta de nervios.

La tela de la camisa empieza a resbalar lentamente por sus hombros.

Contengo la respiración. Durante un instante pienso que va a detenerse, pero no lo hace.

La camisa termina deslizándose por sus brazos hasta caer al suelo.

Me llevo las manos a la boca, ahogando un jadeo.

Creo que durante algunos segundos soy incapaz incluso de parpadear.

No solo me he quedado completamente inmóvil al reparar en los brutales moratones que le empiezan a asomar en la zona de las costillas por la pelea de esta noche, sino por el resto de su piel, que me deja sin aliento; tiene la espalda llena de cicatrices de lo que parecen haber sido quemaduras, pero lo que más me impacta es el momento en el que se da la vuelta y me deja ver su torso.

Se me cae el bote de antiséptico y la gasa de las manos, rebotando sobre el mármol del suelo en medio del silencio.

Siento la respiración entrecortada al ver el mapa de cicatrices que adorna su pecho y me quedo completamente paralizada cuando veo la marca que ocupa gran parte de su costado: una cicatriz gruesa de lo que parece una quemadura profunda en carne viva, en forma de rosa con espinas, que ha intentado camuflar tatuándola y haciéndola un poco más grande y oscura, como si hubiera tratado de borrarla de su piel o de hacerla menos llamativa, aunque el efecto es totalmente opuesto.

Mi mirada pasa a toda velocidad de una cicatriz a otra, sin saber bien en cuál detenerse, creando miles de teorías en la cabeza, que no para de darme vueltas. Las piernas me flaquean y estoy tan paralizada que durante un momento creo que soy incapaz de hablar.

—Kerem… —consigo decir en un hilo de voz. Parpadeo varias veces, como si al hacerlo pudiera borrar las señales de su piel. Me aclaro la garganta antes de continuar—: ¿Qué es todo esto?

—Nada por lo que debas preocuparte —prácticamente me gruñe, dando un par de pasos hacia mí—. ¿Vas a curarme o lo hago yo mismo?

—¿Qué te ha pasado? —titubeo, acercándome a él. Ni siquiera sé cómo consigo que las palabras salgan de mi boca.

—Pensaba que se sobreentendía que no me ha ido muy bien hoy.

—Déjate de tonterías. Sabes perfectamente a lo que me refiero. —Le echo un vistazo rápido de arriba abajo y me recorre un escalofrío por todo el cuerpo al ver el estado en el que se encuentra—. Dime qué te ha pasado ahora mismo. ¿Quién te ha hecho esto?

—¿Por qué? —Enarca una ceja—. ¿Vas a ir a pegarles una paliza?

—Kerem… —mascullo entre dientes.

Cierra los ojos con fuerza durante unos segundos y tuerce el gesto, como si estuviera debatiendo internamente si contarme la verdad o no.

Acaba soltando un resoplido antes de abrirlos y clavarme la mirada, con una intensidad a la que no estoy acostumbrada y que acaba haciendo que mi mundo parezca desdibujarse.

—Es una especie de prueba de iniciación que tiene El Clan de la Rosa —revela, ante mi sorpresa, con la voz rasgada—.

Los italianos no aceptan a cualquiera. Si quieres formar parte de ellos…

—Hace una pausa para coger el aire que parece que le falta al hablar—, primero se aseguran de que pueden confiar en ti.

Se pasa la yema del pulgar por uno de los extremos de la rosa, pero enseguida aparta la mano de forma brusca y desvía la mirada hacia el ventanal, tensando los hombros desnudos mientras los primeros rayos de sol crean unas líneas de sombras por el suelo, justo detrás de su cuerpo.

Yo no digo nada, sino que permanezco en silencio, con un nudo en la garganta que cada vez es más grande y la visión empañada por culpa de las lágrimas rebeldes que amenazan con escapárseme en cualquier momento.

—Te marcan para recordarte que les perteneces —sigue diciendo, sin apartar la mirada del cielo—.

Me tatué la rosa porque pensaba que así dolería menos ver la marca que me dejaron, pero me equivoqué.

—Su voz suena más rota que nunca—. También lo hice para recordarme a mí mismo que algún día dejaría de pertenecerles.

Nuestros ojos se enredan y el tiempo parece detenerse a nuestro alrededor.

Ahora mismo no somos Jade ni Kerem, simplemente somos nosotros; el uno frente al otro, vulnerables, expuestos, sin máscaras que nos protejan.

Sus pupilas están dilatadas, ligeramente oscurecidas, y su semblante se tensa constantemente, como si estuviera luchando contra algo en su interior.

—¿Por qué una rosa?

—Es el símbolo de la Organización.

—El Sultán también utilizaba rosas —comento, pensativa, con el ceño fruncido mientras intento encajar las piezas en mi cabeza—.

¿Recuerdas la caja que recibí en Cortona?

Estaba llena de pétalos de rosas marchitas y espinas.

Y cuando tu padre me tuvo secuestrada… también me marcó con las espinas de una rosa.

Kerem se queda inmóvil durante un instante.

—Es la forma que han tenido los clanes de actuar siempre, desde hace generaciones —aclara finalmente—. El Sultán nunca ha actuado solo. Su autoridad llega hasta donde El Clan de la Rosa le permita. Es una organización mucho más antigua que cualquiera de las mafias actuales.

—No entiendo cómo alguien puede hacer algo así —inquiero, negando con la cabeza.

—Hay personas que sueñan con llevar esta marca grabada en la piel, Jade. —Hace una pausa para tomar aire—. Yo espero ser la última persona que tenga que ganársela.

Acerco la gasa empapada en desinfectante con los dedos temblorosos.

Dejo que se vuelva a colocar entre mis piernas y tengo que morderme el labio por dentro para no romper a llorar.

Tengo su abdomen frente a mí, y la imagen es completamente desgarradora.

Cierro los ojos durante un segundo y respiro hondo cuando los abro de nuevo, intentando contenerme.

Presiono con cuidado en las heridas nuevas, tratando de no hacerle demasiado daño, pero enseguida arruga el gesto y suelta un siseo que retumba por toda la habitación.

Cada vez que limpio alguna herida, noto cómo él se tensa.

No porque le haga daño, sino porque lo estoy tocando.

Mis dedos recorren despacio las pequeñas manchas moradas que cubren su pecho a causa de los golpes.

Voy aplicando la pomada poco a poco, con cuidado de no ejercer más fuerza de la necesaria para no hacerle daño.

Le arde la piel bajo mis dedos. Y con cada roce, noto cómo el resto de su piel se eriza al instante.

Me recorre un escalofrío por la espalda al tocarlo y tenerlo tan cerca después de tanto tiempo, pero consigo mantener la compostura y disimularlo lo mejor que puedo.

Me mira con una intensidad que me abruma, pero no consigo identificar qué es lo que se esconde tras la magnitud de su mirada.

No puedo evitar acercar la mano libre a su abdomen y acariciar ligeramente una de las cicatrices, la que forma el relieve de la rosa, que rompe la suavidad de su piel bajo las yemas de mis dedos.

Levanto la mirada desde mi posición, sentada en el banco y veo que él cierra los ojos con fuerza, como si le costara verme y aceptar la situación, como si estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano por no salir de esta habitación.

Algo se hace añicos en mi interior al pensar en todo el dolor que tuvo que soportar.

Contiene la respiración cuando mis dedos se detienen en otra de las marcas cubiertas de tinta negra, esta vez una mucho más rugosa.

Trago saliva, intentando deshacerme del nudo que siento en la garganta desde hace bastante, el mismo que lleva un rato amenazando con ahogarme y dejarme sin respiración en cualquier momento.

No puedo evitarlo. Le miro el cuerpo y siento dolor, como si me hubieran infligido cada uno de esos golpes a mí.

De repente, lo veo todo borroso a causa de las lágrimas, que de un momento a otro caen rebeldes e imparables por mis mejillas.

Cierro los párpados y suelto una serie de sollozos, llevándome la mano al pecho, tratando de sacar el dolor que noto arraigando dentro, pero me resulta imposible.

—No llores —me pide, con voz ronca. No tarda demasiado en levantarme la cabeza, sujetándome la cara con las manos y limpiándome las mejillas con los pulgares, con una delicadeza y una suavidad que parecen completamente opuestas para tratarse de alguien tan rudo como él.

Tiene el gesto endurecido y los hombros tensos, pero sus movimientos son torpes—.

No soporto verte llorar —suelta casi enfadado, sin apartar sus manos de mi rostro.

—¿Cómo no voy a llorar? —pregunto, entre lágrimas, ganándome otro gruñido por su parte—. Mira lo que te han hecho. —Suelto otro sollozo que se termina ahogando en mi garganta. Intento seguir limpiando la herida, pero la gasa me tiembla entre los dedos.

—Jade…

Niego con la cabeza, incapaz de responder.

—No me mires así.

Nuestros ojos se encuentran de nuevo en medio del caos.

—¿Así cómo?

—Como si te doliera más a ti que a mí.

Sin pensar en lo que estoy haciendo, lo dejo caer todo al suelo y apoyo la cabeza contra su pecho, que se tensa al instante.

Su respiración se agita ante mi cercanía y lo hace aún más cuando mis brazos rodean su cuerpo y rompo a llorar contra él.

Al principio se queda paralizado, con ambos brazos a los lados de su cuerpo, sin saber muy bien qué hacer con ellos, hasta que al final suelta un gruñido y me rodea con una calidez que termina de romperme aún más por dentro.

—Ya deberías saber que odio verte llorar —gruñe en voz baja, acariciándome el pelo despacio, enredando sus dedos en mis rizos y provocándome descargas eléctricas por todo el cuero cabelludo con cada roce.

—Y tú deberías saber también que no obedezco órdenes de nadie —respondo contra su pecho, apretándolo con fuerza contra mí.

Resopla, pero no dice nada más, como si acabara de rendirse. Me mantiene pegada a él y me acaricia con delicadeza, dejándome soltar todo el dolor y la tristeza contenida, como si fuera yo la que tuviera verdaderos motivos para hacerlo y no fuera él quien estuviera marcado de por vida.

—¿Quieres que te cuente un secreto? —pregunta, captando mi atención después de un buen rato.

Levanto la cabeza, encontrándome con sus ojos oscuros.

Enrolla un dedo alrededor de uno de mis rizos y juguetea con él—.

Hoy no hemos tenido que fingir —murmura, sin apartar sus ojos de los míos, antes de posarlos un breve instante en mis labios—.

Y creo que eso ha marcado un antes y un después en nosotros .