Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 41
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Chapter 41

Giro sobre el colchón por enésima vez. La almohada ya está caliente por los dos lados de tanto moverla. Resoplo y vuelvo a mirar el reloj. Cierro los ojos y los vuelvo a abrir unos segundos después.

¿Desde cuándo me importa lo que le pase? ¿En qué momento me ha empezado a preocupar que no venga a dormir o que le pueda pasar algo en el trabajo?

Me he acostumbrado tanto a sus gruñidos, que ahora no puedo dormir sin él.

Esa es la única razón por la que todavía estoy despierta, tiene que serlo.

No tiene nada que ver con el hecho de que lleve horas imaginándome las peores escenas posibles, y que en todas acabe magullado o bajo tierra.

Tampoco que hoy hayamos estado más de media hora sin discutir y eso me haga sentir confundida.

Simplemente me siento rara durmiendo sola y Chanel no me hace caso.

Cuando la espera se me empieza a hacer insoportable y ya he agotado mi paciencia y los posibles hobbies a los que podría dedicar mi tiempo mientras espero, me levanto de la cama y, después de colocarme la bata, salgo de la habitación con la gata en brazos.

Cuando llego a la planta inferior, cruzo las puertas acristaladas y salgo al jardín, dejando que el aire frío de la madrugada me golpee de lleno.

Respiro hondo, llenando mis pulmones de aire.

Huele a tierra húmeda y a los olivos que rodean la finca.

Dejo a Chanel en el suelo y no tarda demasiado en pasearse por mis piernas, restregándome su pelaje.

Todo está sumido en silencio, tan solo roto por el crujido de las hojas que son movidas por el viento y las patitas de Chanel sobre el suelo empedrado cubierto de enredaderas que conecta directamente esta terraza con la de la pequeña villa de Micaelo.

— Piccola. —La voz de Micaelo me pilla por sorpresa y hace que me sobresalte, pues pensaba que estaría sola en la terraza, sin contar con los guardias.

Está al otro lado, pegado a la zona de su villa, apoyado en un muro de piedra, observando la noche de forma tranquila, con su bastón al lado—. Deberías estar durmiendo.

—Tú también —respondo, llevándome la mano al pecho por culpa de la impresión. Frunzo el ceño cuando me percato de lo que significa su presencia—. ¿Qué haces aquí? ¿No has ido con Kerem?

—¿No me ves? —Enarca una ceja—. Alguien tenía que cuidar de ti.

Algo se me remueve por dentro.

—La casa está llena de guardias.

—Así es. —Asiente con la cabeza, orgulloso—. Y cualquiera de ellos recibiría una bala por ti sin dudarlo ni un segundo. —Me mira—. Pero solo yo me aseguraría de que la persona que disparara no volviera a coger un arma jamás.

Trago saliva, siendo consciente del significado de sus palabras.

—No estás enfadada conmigo —murmura, de repente.

Lo miro enseguida y veo que tiene los brazos apoyados sobre el muro de piedra, pero no me está mirando.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Cuando estás enfadada abres la nariz.

Frunzo el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te he visto enfadada más veces de las que me gustaría.

Cierro los ojos y sacudo la cabeza, intentando asimilar la información.

—Siempre he estado ahí, Jade. Yo siempre te veía en todas partes, aunque tú no pudieras hacerlo.

Estoy a punto de formularle una de las mil preguntas que pasan por mi cabeza ahora mismo, cuando el rugido de un motor nos interrumpe, sobresaltándome.

Siento que mi respiración se detiene y que el corazón me vuelve a latir desbocado.

No obstante, acabo agachando la cabeza cuando el coche pasa de largo. No es Kerem.

—Tranquila —me dice, de forma pausada—. Siempre vuelve. —Giro mi cabeza hacia él, mirándolo desconcertada—. Tiene más vidas que ese gatto pazzo. —Señala a Chanel con la mirada.

—No estoy preocupada por él —respondo, poniéndome de cuclillas para acariciar a Chanel.

Sus labios se curvan en una sonrisa.

—Ahí viene el hombre por el que no estás preocupada —ironiza, justo antes de que otro motor vuelva a rugir cerca de nuestra villa.

Se agarra a su bastón y da media vuelta, dispuesto a adentrarse en su casa.

No me da tiempo a preguntarle cómo hace para siempre adelantarse a todos los acontecimientos y estar al tanto de todo.

Me doy la vuelta y camino a paso rápido, aunque intentando no correr, y acabo cruzando el salón y prácticamente toda la casa en penumbra, sin molestarme en encender ninguna de las luces mientras subo los escalones de dos en dos.

No sé dónde se ha quedado Chanel, pero entro en mi habitación y cierro la puerta con suavidad.

Siento el pulso en la garganta y los oídos y el corazón bombear con fuerza, como si estuviera a punto de salírseme del pecho.

Me quito las zapatillas y, en lugar de tumbarme en la cama y fingir que estaba dormida -lo cual me haría parecer como una loca preocupada por él- me siento en el banco con cojines que hay a los pies de mi cama, frente al ventanal del balcón.

El cielo se ha teñido de un gris azulado, pese a que ya se pueden vislumbrar las franjas de color morado y naranja que se extienden por el horizonte.

Las puertas están abiertas de par en par, dejando que entre el aire frío del exterior y haciendo que las cortinas se balanceen hacia los lados con el viento.

Para disimular, cojo uno de los libros que intenté leer hace unas horas y lo abro por una página cualquiera justo cuando escucho sus pasos arrastrarse por el pasillo, al otro lado de la puerta. Abre despacio y entra, apoyando un hombro contra el marco de la puerta.

Tiene la camisa rasgada a la altura del costado y la tela blanca empapada en sangre seca, el labio partido y la ceja abierta, los nudillos completamente destrozados, la cara manchada de sudor y resto de pólvora y el traje hecho un desastre.

—Te dije que no me esperaras despierta —masculla con voz ronca.

—No te estaba esperando —respondo, poniendo los ojos en blanco—. Estaba disfrutando del amanecer mientras leía un libro.

—¿Ah, sí? ¿Y de qué va el libro?

—Tienes un aspecto horrible —comento, levantándome del banco y caminando hacia él, ignorando por completo su forma de evadir lo que sabe que serán mis preguntas a partir de ahora.

—Gracias —responde, intentando evitar el contacto visual y apartándome del camino, al tiempo en que avanza por la habitación mientras se desabotona los primeros botones de la camisa. Me coloco de nuevo frente a él y lo miro con la cabeza ladeada.

—¿No me vas a decir que los otros han quedado mucho peor? —pregunto, con los brazos en jarras.

—Eso tendrías que preguntárselo a ellos. —Su voz suena como un gruñido y aprieta los dientes con fuerza, como si estuviera conteniéndose para no mostrar su dolor—. Pero dudo mucho que consigan despertarse.

Se quita el reloj de la muñeca y lo deja sobre la cómoda. Hace una mueca de dolor y se lleva las manos a las costillas, tratando de tomar aire profundo, pero acaba tosiendo.

Me acerco rápidamente a él.

Mis manos se mueven de forma automática y van directas a las suyas, que me apartan de un pequeño manotazo.

—¿Qué ha pasado?

—Nada, asuntos de trabajo.

—¿Me puedes explicar en qué clase de asuntos de trabajo te pegan una paliza así?

Doy un paso hacia él, alzando el mentón. No sé por qué, pero siento mucha impotencia y estoy muy cabreada ahora mismo. Me encantaría darle otro puñetazo para que aprendiera a cuidarse y no ser tan imbécil, pero creo que por hoy ya ha tenido suficiente.

—Cualquiera diría que te preocupas por mí.

Da otro paso hacia mí, acortando un poco más la distancia que nos separa.

Agacha un poco la cabeza, para quedar más cerca y el olor de su perfume mezclado con el sudor y el cuero me inunda por completo.

El aire se siente cada vez más pesado. Doy un par de pasos hacia atrás, completamente hipnotizada por su cercanía, y acabo sentada en el banco.

—Estás sangrando. —Me escucho decir, observando todas las heridas y manchas de sangre que le cubren la cara y parte del cuerpo—.

Siéntate. —Voy hasta el cuarto de baño y cojo el botiquín.

Cuando vuelvo le señalo el banco con un gesto de cabeza, pero sigue parado como un bloque de hielo frente a mí—. Voy a curarte las heridas.

—No necesito que me ayudes.

—No te he preguntado qué es lo que necesitas.

—Vete a dormir, Jade. Es tarde, seguro que estás cansada.

—Que te sientes. —Lo empujo por los hombros hacia abajo, consiguiendo que quede sentado a regañadientes sobre los cojines del banco.

Abre un poco las piernas y me coloco entre ellas. Dejo abierto el botiquín a su lado y preparo todo lo que necesito para curar y desinfectar las heridas.

Le sujeto la barbilla con dos dedos y empiezo limpiando la sangre del labio, que ya se ha ido secando alrededor del corte con una gasa.

Él se queda quieto, cosa que me desconcierta bastante viniendo de él, con sus ojos oscuros clavados en los míos, mientras que el sol empieza a entrar por la ventana, cubriéndonos de una luz brillante y dorada.

Siento su aliento luchar contra el mío y el silencio cada vez se vuelve más sofocante, pese a todo el aire frío que entra por el balcón.

Concentrada en mi tarea, cojo otro algodón, vuelvo a empaparlo y paso a limpiarle la ceja. El líquido tibio va arrastrando lentamente el rojo oscuro. Mi pulso cada vez es más errático y el hecho de que no deje de mirarme no ayuda nada.

—Escuece.

—Esa es la idea —respondo, sin levantar la vista de la herida, que poco a poco va dejando de estar empapada, aunque sigue algo abierta—. Eso significa que se está curando.

—He dicho que escuece —repite en un gruñido, cerrando los puños con fuerza sobre su regazo y soltando un siseo.

—Y yo que esa es la idea, estate quieto —replico, ejerciendo un poco más de fuerza sobre el algodón, lo que provoca que vuelva a soltar otro quejido—. Si no hubieras vuelto a la mafia, no tendrías que pelear y no estarías lleno de heridas.

—Y si tú no hubieras aparecido en mi vida, no tendría que haber vuelto.

Me quedo con la mano a medio camino y el corazón atorado en la garganta. Me trago las lágrimas que amenazan con salir en el peor momento y me echo hacia atrás, apartándome de él y guardando rápidamente las cosas en el botiquín.

—Creo que lo mejor es que te termines de curar tú solo. O que te pudras, lo que prefieras.

Estoy a punto de dar media vuelta y encerrarme en el cuarto de baño a llorar como una quinceañera, cuando su mano se cierra alrededor de mi muñeca. Miro la zona donde me está tocando. Su tacto quema. Sus ojos atraviesan los míos.

—Termina —me pide—, por favor.

Me sienta en el banco y se coloca justo entre mis piernas, abriéndolas un poco para hacerse hueco entre ellas, invadiendo mi espacio con una lentitud que me resulta desesperante.

—Eres un imbécil —mascullo, con la voz débil.

—Lo sé.

Me quita el botiquín y vuelve a colocarlo a mi lado, sobre el otro cojín que reposa en el otro extremo del banco.

Lo abre y me prepara las cosas que necesito para seguir curándolo con cuidado, mientras que yo lucho con todas mis fuerzas por contener las lágrimas y no ponerme a llorar frente a él.

Me extiende las manos, llenas de heridas y con los nudillos abiertos en carne viva.

Respiro hondo y cojo otra gasa limpia, la empapo bien en desinfectante y le agarro las manos, sintiendo la quemazón de su piel ante el tacto.

Empiezo a limpiar sus nudillos con suavidad, con cuidado de no hacerle más daño de la cuenta.

Está aguantando sin quejarse, pero noto cómo sus músculos se tensan bajo mis muslos, que mantienen sus piernas acorraladas.

La luz dorada se cuela por la ventana, proyectando nuestras siluetas sobre la alfombra.

Y el aire que entra desde fuera hace un contraste perfecto con el calor que desprenden nuestros cuerpos ahora mismo.

Se ha formado un silencio tan profundo en la habitación que creo que podría ser capaz de escuchar los latidos desbocados de mi propio corazón.

Cuando termino con sus manos, subo por sus muñecas hasta llegar a sus brazos, acariciándolos en el proceso, mientras me levanto poco a poco hasta quedar de pie frente a él.

Le paso la mano por los hombros. Él cierra los ojos y reprime una mueca de dolor.

Al cabo de un rato, me sujeta con fuerza por las caderas, clavándome los dedos sobre la piel, como si necesitara cerciorarse de que estoy aquí, de que no soy una alucinación.

Su cercanía me hace sentir mareada, y no consigo apartar mi mirada de su boca.

Kerem parece darse cuenta y, además, aprovecharse de ello, pues siento que se humedece los labios con lentitud, como si quisiera hipnotizarme con el recorrido que hace su lengua.

Su mirada me atraviesa como si todavía fuese capaz de indagar en lo más hondo de mi ser, como si todavía fuera capaz de desnudarme sin necesidad de quitarme la ropa.

Lo único que nos separa son apenas unos centímetros de distancia y el orgullo que se aferra a nosotros con fuerza, luchando con la llama del deseo que se aviva en nuestro interior, que parece cada vez más viva, más intensa…

incluso el aire está cargado de toda la tensión contenida que parece que, en cualquier momento, va a explotar entre los dos.

Y no sé si estoy preparada para que eso pase.

Trago saliva y me recompongo, volviendo a tomar algo de distancia, pese a que sus manos siguen aferrándose a mis caderas y sus dedos marcando mi piel, que parece estar ardiendo.

—Ahora la camisa. Quítatela —digo, con la voz entrecortada.