Chapter 40
El motor del todoterreno que voy conduciendo ruge en mitad de la noche, pero el sonido apenas consigue amortiguar el caos que reina en mi cabeza.
Aprieto el volante con tanta fuerza que mis nudillos acaban perdiendo su color.
No me doy cuenta de lo que estoy haciendo hasta que se me empiezan a entumecer los dedos y me veo obligado a aflojarlos durante un instante y moverlos un poco antes de volver al cuero para asegurarme de que la sangre sigue circulando con normalidad.
Miro por el espejo retrovisor y, cuando me aseguro de que no tengo ningún coche pegado al mío, cambio de carril.
Siento que necesito despejarme un poco antes de llegar a mi destino, así que bajo la ventanilla para que entre un poco de fresco.
Enseguida el aire que se cuela remueve todo el del interior e inhalo un aroma dulce que parece haberse quedado impregnado en la tapicería.
Melocotón.
Maldita sea.
Suelto el aire por la nariz y golpeo el volante con fuerza.
Debería estar concentrado en convertirme en el Kerem que todos esperan que sea cuando salga de este maldito coche y no estar recordando cómo sus dedos se aferraban a mi brazo mientras caminábamos juntos hasta la heladería.
Cómo se apartaba el pelo de la cara. Lo bien que olía. Lo testaruda que es.
La idea era comprobar mi teoría, asegurarme de si realmente la persona de las fotografías lleva persiguiendo a Jade prácticamente toda la vida y si actualmente se encuentra en Siena; si en esa última foto también estaba Jade y fue hace tan solo unas simples horas.
Quería tenderle una trampa. Lo que no esperaba era caer yo dentro de ella.
—Concéntrate —me digo a mí mismo, dándole otro golpetazo al volante antes de frenar en seco, haciendo que los neumáticos rechinen sobre la grava. Por poco me estampo contra la fachada del almacén. Necesito dejar de pensar en tonterías y centrarme de una vez.
Cargo mi pistola con un movimiento mecánico, sin prestar atención a mis movimientos, y salgo del coche dejando que el olor a pólvora, asfalto y metal quemado me envuelva de inmediato.
Me acerco con cuidado a unos hombres que custodian el edificio.
Desde el interior, se escucha el eco amortiguado de una ráfaga de disparos.
Me pego a la pared y camino lentamente hacia la entrada.
Uno de los hombres de Vittorio, que está escondido al otro lado, me hace una señal con la cabeza y me dispongo a entrar cuando otro que no me suena en absoluto sale de detrás de unas cajas con una barra de hierro.
Debería apartarme. Resguardarme en un lugar seguro y disparar.
Pero la voz de Jade me deja paralizado, completamente inmóvil.
«—¿Y tú? ¿Sabes el tipo de persona que quieres ser?».
Sus palabras resuenan como un eco que parece estar grabado a fuego en mi memoria.
El almacén está alumbrado tan solo por unos focos tenues y parpadeantes que caen del techo y por el humo denso que dificulta la visión.
Se oyen gritos y disparos. El hombre se acerca a mí, pero, en un acto reflejo, levanto el brazo y disparo, haciendo que se tambalee y caiga hacia atrás, cayéndole todo el hierro encima.
Paso por al lado y le quito el arma antes de entrar en el almacén; me vendrá bien tener otra de repuesto.
Observo el interior, tratando de distinguir a nuestros hombres entre el humo, pero la vista me falla por un instante.
Donde debería haber una silueta armada, encuentro una melena rizada moviéndose con el viento.
Unos ojos curiosos. Una lengua afilada. Parpadeo un par de veces y la imagen desaparece al momento.
Maldigo entre dientes y vuelvo a buscar mis objetivos, aunque cada vez me siento más aturdido.
«Concéntrate. No puedes permitirte fallar ahora».
«Y menos por ella».
Dos hombres se lanzan contra mí, sin apenas dejarme tiempo para reaccionar.
Uno de ellos lo hace por la izquierda, impactando su puño contra mi pómulo, mientras que el otro aprovecha que mi cuerpo se desequilibra hacia los lados para aparecer por la derecha y golpearme las costillas.
Siento un pitido en la cabeza cuando vuelven a golpearme con fuerza.
Uno de sus puños ha impactado de lleno contra mi ojo, así que me cuesta abrirlo un poco.
Saco el codo hacia atrás casi por instinto y noto cómo cruje al impactar contra lo que creo que es una mandíbula.
Sacudo la cabeza con fuerza y recargo mi pistola rápidamente.
Disparo. Sin pensar. Sin siquiera mirar a dónde ha ido a parar la bala.
El hombre levanta la cabeza despacio y me mira.
Sin embargo, no son sus ojos los que veo, sino los mismos ojos marrones que me llevan acompañando más tiempo del que me gustaría, y que parecen decepcionados por lo que estoy haciendo.
Descargo un golpe sin pensar siquiera dónde estoy, golpeando, tratando de soltar toda la rabia contenida.
«Tú no eres así», me dijo mi madre, sin ser consciente de que ella también había contribuido a convertirme en un monstruo.
Otro golpe, que acaba haciéndome sentir el crujido de sus huesos bajo mis nudillos.
Alguien me está llamando. Escucho voces a lo lejos, como un murmullo silencioso que intenta hacerse hueco en mi cabeza, pero no soy capaz de concentrarme.
No soy capaz de escuchar nada. Ni siquiera sé dónde estoy ahora mismo.
Solo sé que no puedo parar. No puedo parar de dar golpes.
Porque esto es lo que querían, ¿no? Esto es lo que Kerem tiene que hacer.
Esto es lo que me espera durante el resto de mi vida.
«Puede que Gia fuera la persona que realmente querías ser».
Más gritos.
Un estruendo.
Alguien me agarra de la chaqueta y me arrastra, sacudiéndome con fuerza y haciéndome reaccionar y volver a la realidad.
La boca me sabe a hierro y acabo escupiendo en el mismo suelo, mientras que el pecho me oprime con tanta fuerza que me dan ganas de vomitar.
Hacía tiempo que no me pegaban así. Se han escapado dos hombres sin darnos la información que necesitábamos.
Vittorio me va a echar una buena bronca por no hacer bien mi trabajo, por haber bajado la guardia, por haberme mostrado débil.
Me duelen las costillas al respirar. Y, aun así, a pesar de todo este desastre, lo único que sigue apareciendo en mi cabeza son unos ojos marrones y un pelo rizado bajo un pañuelo de pirata.
Me paso las manos ensangrentadas por la cara.
Lo que me faltaba… Me estoy volviendo loco.
Le doy una fuerte patada a una de las cajas en las que se supone que venía la maldita mercancía que debían entregarnos los hombres de Eduardo. Siento que me ahogo. Necesito salir de aquí, que me dé el aire.
No puedo seguir así. Necesito dejar de pensar en ella; arrancármela de la cabeza si hace falta. Necesito recuperar el control.
Fingir que la odiaba era lo único que me impedía volver a romperme. Lo único que le daba sentido a todo este desastre. Fingir que la odiaba era mi escudo. Y sin él, no sé cómo voy a seguir protegiéndome.