Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 39 #2
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Chapter 39 #2

Algo se remueve en mi interior. No puedo evitar acordarme de Cortona.

De su lugar especial, el mismo que compartió conmigo sin apenas conocerme.

Al que me llevaba cuando también necesitaba despejarme y pensar.

En el que muchas tardes admiramos la ciudad, nos contamos algún que otro secreto y disfrutamos de muchos atardeceres que lo cambiaron todo.

Durante un segundo, me descubro observando su boca más tiempo del necesario. Aparto la mirada cuando me doy cuenta.

—Si no te conociera, pensaría que te preocupas por mí.

Una sonrisa casi imperceptible amenaza con curvarle los labios.

—Me alegro de que me conozcas entonces.

Flexiono las piernas y me inclino hacia delante, apoyándome sobre las rodillas.

Dejo que el viento juegue con mis rizos mientras fijo mi vista en las luces de Siena, que centellean a lo lejos.

Noto cómo Kerem termina sentándose a mi lado, también sobre el capó, con las piernas estiradas y las manos apoyadas a ambos lados del cuerpo.

Dejo escapar lentamente el aire que estaba reteniendo en mis pulmones y me abrazo a mí misma, tratando de transmitirme un poco de calor; la noche empieza a tomar protagonismo y el fresco empieza a colarse a través de la ropa, erizándome la piel de los brazos.

Aun así, no tengo ganas de volver a meterme en el coche.

Hacía tiempo que no me sentía tan bien fuera de las cuatro paredes que normalmente me rodean.

—Estoy muy agobiada —admito, en un susurro.

Siento sus ojos sobre mí. No dice nada, aunque tampoco lo necesito. Agradezco su silencio, y también su compañía. Quizás es justo lo que necesito en este momento; sentirme acompañada mientras soy capaz de reconstruirme un poco sola.

—No sé qué es lo que quiero —suelto, de golpe y noto que por fin me he quitado un gran peso de encima.

El nudo que llevo sintiendo en la garganta por fin se afloja un poco—.

Creo que ahora mismo, eres la única persona que podría comprenderme.

—Giro la cabeza y lo miro, con las luces de Siena dibujando destellos dorados en sus ojos oscuros—.

Y eso me gusta y me asusta a partes iguales —sigo diciendo—.

No sé quién soy. He sido tantas personas que ahora…

, no sé quién soy. No sé quién quiero ser.

No sé qué camino debería tomar, ni qué es lo que quiero hacer.

Dejo caer la cabeza hacia abajo, apoyando la frente sobre las rodillas.

—Puede que eso sea más positivo de lo que piensas.

Levanto la mirada de nuevo.

—Has dejado de ser la persona que otros eligieron por ti —murmura—. Y tienes la oportunidad de convertirte en la persona que siempre has querido ser.

—Es que no sé qué persona quiero ser.

Se queda callado.

—¿Y tú? —pregunto finalmente. Él me mira—. ¿Sabes el tipo de persona que quieres ser?

—Sé quién no quiero ser —replica, con tono cortante—. Y con eso es suficiente.

—Yo también tengo claro quién no quiero ser. No quiero ser esta Jade. No quiero seguir despertándome sin reconocer a la persona que veo en el espejo. No quiero sentir que soy mi propia prisionera. Quiero ser libre.

—Ahora tienes la oportunidad de serlo.

—Pero no me siento así —me apresuro a responder—. No me siento libre.

—¿Alguna vez lo has hecho? ¿Alguna vez te has sentido libre?

La pregunta me golpea con fuerza. Permanezco en silencio, debatiendo internamente si es una buena idea contestar a su pregunta, ahora que llevamos tanto tiempo sin discutir.

—Cuando era Gia. —Mi voz sale casi en un susurro, y por un instante no estoy segura de si me ha oído o no—.

Es curioso, porque en ese momento estaba siendo perseguida y había muchos ojos puestos en mí.

Tenía un papel que interpretar cada día.

—Esbozo una pequeña sonrisa cargada de nostalgia—.

Pero fui feliz. Creo que…, sin darme cuenta, me permití ser yo misma.

—Puede que Gia fuera la persona que realmente querías ser.

Nos quedamos mirándonos en silencio. No sé en qué momento ha sucedido, pero estamos cerca. Muy cerca.

Esboza una pequeña sonrisa de lado y siento mi corazón bombear con una fuerza descontrolada que pensé que jamás experimentaría de nuevo cuando acerca una de sus manos a mi cara y juguetea con uno de los mechones rizados que enmarcan mi rostro.

—¿Ya podemos dejar de fingir? —pregunto en un susurro entrecortado, sin apartar los ojos de su rostro, observando con atención cada una de sus facciones, como si algo en mí tratara de memorizar cada parte de él, por si en algún momento vuelve a desaparecer.

—Hace ya un buen rato que dejamos de hacerlo —responde, a escasos centímetros de mi boca, enredando el dedo índice alrededor de uno de mis rizos.

Se recrea algunos segundos, mirándome sin reparo alguno los labios, mismos que no tardo demasiado en humedecer cuando los noto resecos por culpa de los nervios y coloca un mechón de pelo por detrás de mi oreja, acariciándome suavemente con la punta de sus dedos al hacerlo.

No sé por qué siento un vuelco en el pecho. Debería apartarme. Debería alegrarme por no tener ningún motivo más para estar tan pegada a él, pero —por algún motivo que desconozco— no tengo ninguna prisa por poner distancia entre los dos, y su cercanía no me molesta tanto como debería.

Sus ojos bajan un instante hasta mi boca.

El corazón me martillea con fuerza contra las costillas, completamente desbocado.

Puedo escuchar los latidos de nuestro corazón en medio del silencio, pero antes de que alguno de los dos pueda romper la poca distancia que nos separa, se aparta con un movimiento brusco, rompiendo el hechizo que nos envolvía.

Saca el teléfono del bolsillo y vuelve a endurecer el rostro cuando comprueba la pantalla.

—¿Qué? —prácticamente gruñe al descolgar la llamada.

Se le tensa la mandíbula y veo que aprieta con fuerza el teléfono sobre su oreja. Cuelga después de unos segundos sin decir nada más, tan solo escuchando lo que quiera que tengan para decirle desde el otro lado. Luego vuelve a guardarlo en el bolsillo de su pantalón.

—Nos vamos a casa —sentencia, casi sin mirarme, evitando el contacto visual. De nuevo se ha convertido en un bloque de hielo.

—¿Qué ha pasado?

Se pasa la mano por el pelo y suspira.

—Te lo diré solo porque no quiero tener que aguantar tus preguntas durante todo el camino —masculla de forma cortante, abriéndome de mala gana la puerta del coche para que suba.

Me muerdo el interior de la mejilla y me aguanto las ganas de sonreír o de soltarle alguna pulla por abrirme la puerta; creo que ha sido un gesto involuntario y que ni siquiera se ha dado cuenta de lo que estaba haciendo, así que me vendrá genial para molestarlo más adelante.

Por el momento, me subo al coche y espero a que él haga lo mismo—.

Ha habido un tiroteo en uno de nuestros almacenes —me explica, poniéndose el cinturón—.

No sé a qué hora llegaré a casa, así que no me esperes despierta —dice, desviándose hacia el camino que lleva hasta la villa.

—No pensaba hacerlo —respondo, aunque los dos sabemos que estoy mintiendo.