Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 39
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Chapter 39

—Vamos a dar una vuelta —suelta, de repente, bajando el volumen a la música.

—¿Ahora? —inquiero, girándome hacia él.

—Sí —responde, dedicándome una mirada rápida antes de volver a centrarse en la carretera.

Debe de sentirse observado, pues no tarda demasiado en soltar un resoplido y en continuar hablando—:  Has llamado la atención de medio Siena con el numerito que has montado —sigue diciendo, con tono calmado—.

Si volvemos directamente a casa, llamaremos demasiado la atención.

—Para el coche en un semáforo y me mira—. La gente pensará que estamos peleados.

—¿Desde cuándo te importa lo que piense la gente?

—Desde que hay tantas vidas en juego.

Sus palabras han sonado demasiado serias como para replicar, así que me muerdo el interior de la mejilla y me concentro en el paisaje que se extiende al otro lado de la ventanilla.

Lo miro de reojo de vez en cuando y noto cómo sus ojos se desvían constantemente de la carretera al espejo retrovisor, y cuando pienso que va a tomar la dirección hacia la villa, da media vuelta y se adentra de nuevo en el corazón de la ciudad.

Lo observo de reojo mientras conduce; tiene un codo apoyado en el reposabrazos y el otro brazo estirado, con la mano sujetando el volante con fuerza. Los rayos dorados que se cuelan a través de la ventana marcan y oscurecen aún más sus facciones.

La verdad es que no reconozco al hombre que tengo al lado.

No parece el Kerem que resurgió de sus propias cenizas y se plantó frente a mí después de fingir su propia muerte, pero tampoco es el Luca que conocí en Cortona.

Ahora mismo, siento que es una combinación extraña; una mezcla de su frialdad, su instinto protector y esa esencia tan suya que me espanta y atrae a partes iguales desde que lo vi por primera vez.

Y lo peor de todo es que, aunque siento que tengo que conocerlo de nuevo, esta nueva versión no me disgusta tanto como debería.

Estaciona el vehículo y apaga el motor, devolviéndome de nuevo a la realidad.

—Ya puedes bajar —me insta, sacando la llave y quitándose el cinturón—. Iremos a dar un paseo.

—¿Y qué quieres que hagamos?, ¿que finjamos que somos un matrimonio enamorado? —inquiero, mirándolo con la cabeza ladeada.

—Exactamente.

—¿Por qué? —Se queda en silencio, mientras yo sigo mirándolo con los ojos entrecerrados—. ¿Quién nos está siguiendo? —me atrevo a preguntar.

Enseguida se gira hacia mí, con el gesto endurecido y los hombros tensos.

—Nadie en concreto. Ya sabes que hay muchos ojos puestos en nosotros y en cada uno de nuestros movimientos.

—¿Y por qué justo ahora? —Sigo insistiendo.

Se remueve en el asiento, visiblemente incómodo.

—Alguien nos está siguiendo —deduzco, tras su silencio, por lo que me mira sorprendido—. Y quiero saber quién es.

—Mis hombres han notado algunos movimientos extraños —acaba admitiendo—. Si alguien nos está observando, tiene que ver que somos un matrimonio felizmente enamorado. ¿Te sirve? —Alza una ceja.

Me muerdo el labio inferior, dubitativa.

Sé que no va a contestar a ninguna de las preguntas que pasan por mi cabeza.

Y también sé que, pese a todos los peligros a los que nos enfrentamos, el mejor lugar en el que estoy es a su lado, así que no tengo miedo.

Nunca lo he tenido, así que no voy a acobardarme ahora, cuando no tengo nada que perder.

—Me sirve, por ahora.

Terminamos el trayecto en silencio y, al bajar del coche, el aire fresco de la tarde me golpea el rostro, entremezclándose con el aroma a piedra antigua, olivos y especias que envuelven cada paso que damos.

Kerem se coloca a mi lado. Tiene el cuerpo rígido y los hombros tensos, sus ojos parecen escanear todo a nuestro alrededor y su mano se posa en la zona baja de mi espalda, provocándome un escalofrío por toda la columna.

—Si quieres que finjamos, entonces tendrás que esforzarte un poco más —le suelto, acercándome un poco más a él para intentar camuflar un poco mis nervios.

Atisbo por un breve instante que sus labios se curvan ligeramente en una sonrisa, aunque enseguida vuelve a transformarse en su estado habitual de seriedad. Me agarra por la cintura con más firmeza y me aprieta contra su cuerpo un poco más, hasta que estamos completamente pegados.

Se inclina hacia mí y se agacha un poco para estar más cerca de mi oído. Siento un cosquilleo en mis terminaciones nerviosas cuando su aliento cálido me roza el lóbulo de la oreja, pero intento disimularlo lo mejor que puedo. De repente siento que me ahogo, a pesar de estar al aire libre.

—¿Así mejor? —pregunta, cerca de mi oído, con voz ronca.

—Bueno… siempre se puede mejorar.

Aprieta un poco más su agarre y yo siento que me arde la piel con el roce de sus dedos pese a que haya tanta ropa de por medio. El olor amaderado de su perfume me envuelve por completo, haciéndome sentir mareada.

—Ten cuidado, Jade —susurra—. Te sorprendería lo rápido que puedo hacer que esta farsa deje de serlo.

Trago saliva.

—¿Adónde vamos? —pregunto, tratando de cambiar de tema e ignorar la pulla que acaba de lanzarme.

—A fingir que somos un matrimonio feliz y enamorado —responde, de forma tranquila—. Demuestra lo buena mentirosilla que eres.

Caminamos un poco más hasta que nos encontramos con una heladería artesanal, situada en una de las esquinas de la plaza.

Sobre su fachada reposa un cartel de madera desgastada por el paso de los años con un letrero en el que se lee la palabra Gelateria , que se balancea ligeramente con la brisa, mientras que en los ventanales del escaparate se exhiben diferentes montañas de helado ordenadas por colores y sabores, y decoradas con trozos de fruta y virutas de chocolate.

Al empujar la puerta, nos recibe un tintineo sobre nuestras cabezas y no tardo en percibir el olor a azúcar, vainilla y cucuruchos recién hechos.

—Haz como si me soportaras —murmura en voz baja, mientras cruzamos la puerta.

—Eso ya es fingir demasiado —respondo, siguiéndole la corriente.

La chica que atiende los pedidos tras el mostrador levanta la vista y nos dedica una sonrisa antes de volver a colocar con una espátula uno de los sabores.

Dentro de la vitrina se alinean decenas de carteles escritos a mano con una letra pulcra y bastante bonita donde se pueden leer los diferentes sabores: nocciola, pistacchio, stracciatella, cioccolato bianco, limone…

—¿En serio vas a comprarme un helado?

—No. —Ni siquiera me mira mientras observa los carteles tras el mostrador—. Voy a comprar uno para mí.

—Estamos en invierno; no es buen momento para tomar helados.

—Siempre es un buen momento para tomar un gelato .

Sonrío.

—¿Qué? —gruñe.

Enredo mi brazo alrededor del suyo antes de que pueda seguir protestando.

—Me has traído a tomar helado porque sabes que estoy triste y el chocolate es bueno para subir el ánimo.

Suelta un resoplido.

—Ya te he dicho que hemos venido a comprarlo para mí.

—No sabía que te gustaran tanto los helados como para traerme a una gelateria en pleno invierno. —Sigo sonriendo de forma exagerada—. Es muy tierno.

—No es tierno —replica, dando pasos largos hacia delante, obligándome a caminar a mí también y a seguirle el paso—. ¿De qué lo quieres?

—Mmm, pídeme lo más dulce que tenga. ¿Y tú?

—Limón.

—Solo alguien como tú sería capaz de pedirse un helado de limón —murmuro cuando por fin le encarga nuestro pedido a la chica pelirroja que nos atiende.

—¿Qué tiene de malo el helado de limón? —inquiere, apoyando el brazo sobre el mostrador, dándole la espalda a la heladera.

—Que está ácido —respondo, de forma obvia.

—Esa es la idea al pedirlo de limón.

—Pues no le encuentro sentido —discrepo—. Se supone que si pides un helado es para disfrutar, no para pasarte el rato poniendo muecas raras.

—¿Y le encuentras más sentido a empacharte por tomar helado?

—Claro —replico, con un asentimiento de cabeza—. Esa es la gracia de comer helado.

Una vez que tenemos nuestras tarrinas, nos sentamos en una mesa apartada del resto, pero lo suficientemente visible de cara a los demás, donde los edificios que nos rodean se empiezan a teñir de un naranja cálido bajo los últimos rayos de sol de la tarde.

Sin pedir permiso, hundo mi cucharilla en su helado y me la llevo a la boca.

Arrugo tanto la nariz cuando el sabor ácido inunda mis papilas gustativas que acabo cerrando los ojos, y él suelta una carcajada ronca.

—Sabe fatal.

Me quita la cuchara y la pasa por mi tarrina, tomando una cucharada de chocolate, con pedazos incluidos.

—El tuyo está peor.

No puedo evitar sonreír cuando me roba otra cucharada.

***

Me bajo del coche y respiro hondo, llenando mis pulmones del aire puro que nos enreda.

Observo nuestro alrededor y me quedo fascinada con las vistas que nos rodean.

Desde aquí hay una vista panorámica espectacular de toda la ciudad, llena de pequeñas luces centelleantes que iluminan la ciudad bajo la luz de la luna, que ya empieza a asomar bajo los restos del atardecer.

Me desabrocho las botas y las dejo a un lado en el suelo.Me estremezco al sentir el frío del suelo sobre la planta de mis pies después de tantas horas. Noto los ojos de Kerem clavados en cada uno de mis movimientos mientras me subo al capó del coche.

Estiro las piernas y muevo los dedos de los pies, sintiendo el fresco de la noche colarse entre ellos.

Echo los brazos hacia atrás, apoyándome sobre mis manos y observo el cielo.

Con tanta contaminación, es difícil apreciar las estrellas, pero sonrío cuando algún pequeño destello brilla sobre los demás de vez en cuando.

—¿Por qué me has traído aquí? —inquiero, tras permanecer un buen rato callados, mientras ambos contemplamos el paisaje tenuemente iluminado que se extiende frente a nosotros.

—Porque parecía que necesitabas despejarte y pensar.

Ninguno de los dos dice nada, pero tampoco creo que sea necesario hacerlo. Nos mantenemos en silencio, y, aunque me resulte raro admitirlo, no me resulta incómodo, sino que es uno de esos silencios que te envuelven y llenan cada espacio vacío.