Chapter 38
Ni siquiera la belleza medieval de Siena consigue hacerme desconectar un poco y calmar la ansiedad que siento.
Camino sin rumbo fijo, seguida por un par de hombres de seguridad que se mantienen a solo un par de metros de distancia, mientras dejo que mis botas resuenen por el suelo empedrado que me lleva hasta la Piazza del Campo.
No sé cuánto tiempo llevo andando, arrastrándome por las callejuelas estrechas, las cuales me parecen todas iguales.
A mi alrededor, el murmullo de los turistas hablando en diferentes idiomas y las risas de los niños, conforman una normalidad a la que realmente me gustaría volver a pertenecer. Observo las fachadas de ladrillo, cubiertas por enredaderas que trepan sin permiso alguno hasta sus balcones.
El aire aquí huele diferente. Y el tiempo parece correr más lento. Como si la vida te diera la oportunidad de vivirla más en calma, de disfrutar un poco más cada momento.
Me escondo un poco de la multitud entre dos edificios y me dejo caer sobre unos escalones. Apoyo los codos sobre las rodillas.
Mi cabeza es un caos ahora mismo y me siento demasiado confundida.
Creo que me he acostumbrado tanto a que me digan qué es lo que debo hacer, pensar o decir en cada momento, que no sé qué es lo que debería sentir ahora mismo.
Estoy hecha un lío. No dejo de pensar en Kerem y en las sensaciones que me provocó su cercanía hace un rato.
No debería sentirme así. No debería sentirme cada vez más cómoda cuando estoy con él.
No debería pasarme el día entero contando las horas que faltan para que llegue la noche, donde resurge nuestra pequeña tregua silenciosa, esa en la que nos permitimos ser, sin ninguna etiqueta, sin pensar en el pasado ni en las consecuencias.
Se supone que debería ser mi enemigo, ¿pero quién dice que debería serlo?
Me muerdo el labio, insegura ante lo que estoy a punto de hacer. Hacía demasiado tiempo que no sentía esta necesidad autodestructiva de mirar atrás, de regodearme con mi propio dolor y echarles sal a mis heridas solo para hacerme rabiar con el escozor.
Observo mi alrededor unos segundos más, retrasando el momento, hasta que finalmente saco el móvil del bolso y lo desbloqueo.
Tengo las manos temblorosas y siento cosquillas en las puntas de los dedos.
Deslizo uno sobre la pantalla, buscando entre las aplicaciones hasta que acabo encontrando una donde se quedan guardadas la mayoría de las imágenes que están vinculadas a todos mis correos en la nube.
Pulso sobre el último de mis correos electrónicos, el cual debería tener eliminado, el mismo que usaba en Cortona, cuando era Gia y no Jade, y siento un pequeño pellizco en el estómago.
Paso el dedo por todas las imágenes, notando cómo mis ojos se empiezan a llenar de lágrimas al ver cada una de las fotografías que debería haber eliminado hace mucho tiempo; las mismas que envuelven recuerdos llenos de sentimientos que tampoco deberían despertar en mí ningún tipo de emoción, pero que han conseguido acelerar mis pulsaciones y hacerme sentir viva por primera vez en mucho tiempo, aferrándome a un recuerdo de una parte de mí que por desgracia ya no existe.
Dejo el aparato apoyado sobre mi regazo y sigo mirando la pantalla, con la visión completamente borrosa.
No sé en qué momento las lágrimas han empezado a caer por mi rostro sin control.
Al principio trato de contenerlas. Aprieto los labios con fuerza.
Inspiro hondo varias veces. Pero no sirve de nada.
Un sollozo se me rompe en el pecho con tanta fuerza que tengo que inclinarme hacia delante para poder respirar.
Me llevo las manos al rostro como si pudiera esconderme dentro de ellas y suelto un grito ahogado tras otro, cada vez más descontrolado.
Siento que el pecho me arde y la garganta cada vez se me cierra con más fuerza, dificultándome respirar con normalidad.
Acabo hiperventilando, en busca de un aire que no termina de llenar mis pulmones, con una angustia que se contrae en mi estómago hasta el punto de causarme dolor.
La gente pasa por mi lado y se me queda mirando sin ningún tipo de reparo.
Me da igual. No me importa que disminuyan el paso para verme, ni que algunos se giren para mirarme.
Tampoco que los dos hombres encargados de mi seguridad intercambien miradas incómodas, ni que parezca que no sepan si acercarse o seguir manteniendo las distancias.
No me importa. Llevo demasiado tiempo guardándomelo todo y ya no puedo más; así que no me contengo, sino que dejo salir todo lo que llevo dentro, descargando toda la tristeza, el vacío que siento, la incertidumbre y el dolor que parecen estar arraigados en lo más profundo de mi interior.
Me limpio algunas lágrimas con el dorso de la mano y sorbo por la nariz, sujetando el móvil a una distancia prudente. Amplío la fotografía con los dedos temblorosos y de nuevo no puedo evitar romper a llorar, con las lágrimas recorriendo mis mejillas sin cesar.
Le agarré la mano y lo atraje hasta la fuente, donde, después de poner la cámara en modo selfie, le di un beso en la mejilla justo cuando pulsé el botón para hacer la foto, lo que hizo que soltara una pequeña carcajada y le pillara sonriendo.
—¿Y esto?
Me dedicó una sonrisa ladeada.
—Una foto de recuerdo. —Me encogí de hombros, intentando restarle importancia—. Para que no se te olvide que me gustas mucho más cuando sonríes que cuando gruñes.
—Pues a mí me encanta que me gruñas —dijo, agarrándome por la cintura antes de darme un beso rápido en los labios.
Cierro los ojos con fuerza, sintiendo cómo las lágrimas se deslizan lentamente por mis mejillas, recordando cada instante que envuelve el momento que vivimos tras esa fotografía, cuando estuvimos en Perugia, justo antes de que todo explotara.
La melodía se coló entre nosotros, con el sonido de un saxofón que tocó una canción bastante reconocible para mí desde que vivía en Italia: Sarà perché ti amo.
La gente aplaudía y bailaba animada mientras un señor seguía dándolo todo con su instrumento, a la espera de que los turistas fueran lo suficientemente generosos como para dejar alguna propina en la funda que descansaba sobre el suelo, frente a él.
Volví a tomarle de la mano, ante su atenta mirada, y al contrario de lo que pensaba, no se sintió raro, sino natural… como si no fuera la primera vez que nuestras manos estaban unidas. Me dejé llevar y empecé a moverme hacia los lados, al ritmo de la música que flotaba por toda la plaza.
La melodía se desvanece de golpe cuando abro los ojos, obligándome a volver a un presente muy distinto al recuerdo de aquella tarde en Perugia.
La plaza que me rodea vuelve a llenarse del murmullo constante de los turistas con el arrastre de las maletas y del tintineo de las cucharillas golpeando las tazas de café en las terrazas cercanas.
Respiro hondo varias veces hasta que consigo dejar de hiperventilar.
Llevo meses obligándome a olvidar a la persona de la que me enamoré, solo porque el destino se puso caprichoso y nuestras familias marcaron que así debíamos hacerlo.
Llevo meses intentando deshacerme de la única versión de mí que una vez fue feliz, obligándome a odiar a una persona, tan solo porque el peso de nuestro apellido es más grande que las ganas de seguir luchando por nuestro propio futuro.
Pero ¿y si he estado odiando todo el tiempo a la persona equivocada?
Kerem no tiene nada que ver con su padre, ni tampoco con Can.
Realmente no lo conozco, porque siempre se ha esforzado en interpretar al personaje que quería que yo viera en cada momento; pero a mí me gusta fijarme en los pequeños detalles…
en quién es cuando nadie más se da cuenta, cuando se piensa que nadie más lo está mirando, cuando se permite ser un poco más él y un poco menos el personaje que se ha marcado.
No puedo ser injusta y seguir guardándole rencor por su apellido, porque a mí tampoco me gustaría que él me odiara toda la vida por el mío.
Ninguno de los dos tenemos la culpa de la familia en la que hemos nacido, ni de las consecuencias que nos ha tocado pagar por culpa de los errores de nuestros padres.
Cuando me enteré de que era hermano de Can, entré en pánico.
Pensé que sería como él. O peor aún, que sería igual que su padre.
Por eso y por la simple idea de perderlo para siempre, puesto que en ese momento por fin había vivido lo que era disfrutar de una vida alejada de la mafia y de una familia como la mía, me aterrorizaba pensar que me haría volver a mi pasado.
Ingenua de mí, que acabé volviendo de todas formas.
Después fue pasando el tiempo y conseguí transformar el rencor en pena, en un sentimiento que me acompañó hasta el día de nuestra boda, hasta que descubrí que nos había engañado a todos fingiendo su muerte. Pero ahora echo la vista atrás y…
Niego con la cabeza. Ha sido solo un pensamiento fugaz, pero me apresuro a apartarlo de mi cabeza antes de seguir dándole vueltas.
Me muerdo el interior de la mejilla y vuelvo a mirar la fotografía.
¿Y si tuvo una buena razón para mentirnos a todos y fingir su muerte?
Siento que estoy hecha añicos. Fingir que lo odiaba era lo más fácil, era mi mecanismo de defensa, pero siento que el escudo se ha roto y me ha dejado completamente expuesta y vulnerable.
Bloqueo la pantalla del teléfono y lo guardo en el interior del bolso. Respiro hondo, llenando mis pulmones de aire y me seco los restos de lágrimas con las yemas de los dedos. No quiero seguir llorando. No por él; y mucho menos aquí.
Me pongo de pie y salgo de mi escondite, con las piernas un poco temblorosas después de haber estado tanto tiempo sentada. Los dos guardias que me siguen se ponen en alerta, pero intento ignorarlos por completo y retomo mi camino hacia el corazón de la ciudad.
El sol cae sobre la Piazza del Campo con esa luz cálida y dorada tan propia de la Toscana, tiñendo las fachadas de ladrillo de un tono que parece sacado de una postal.
El ambiente es un bullicio constante y el olor a albahaca fresca y masa horneada se mezcla con el del café expreso que flota en el aire, acompañado de la brisa.
Bajo la mirada hasta el suelo, ligeramente inclinado hacia el centro como un anfiteatro natural y dividido estéticamente en nueve secciones de ladrillo rojo y separadas por líneas de piedra blanca, formando una especie de abanico.
Camino hacia la zona donde descansa la fuente renacentista y me quedo mirando un rato el agua limpia de la Fonte Gaia , observando los relieves de mármol que parecen contar historias de otra época, mientras el murmullo constante del agua intenta amortiguar un poco el caos que tengo dentro de la cabeza.
Sin embargo, pese a lo imponente de la estampa, siento que estoy admirando la escena en tercera persona, como si estuviera fuera de mi propio cuerpo, como si no me perteneciera estar aquí y todo esto fuera una alucinación o un sueño del que me voy a despertar en cualquier momento. Me siento perdida. Vacía.
No sé quién soy.
Siento que no pertenezco a ningún sitio.
Cortona.
Estambul.
Siena.
Demasiados lugares donde existir y ninguno donde vivir de verdad.
Dejo atrás la intensidad de la plaza en la siguiente calle, abandonando el bullicio mientras obligo a mis piernas a moverse un poco y a mis pulmones a seguir llenándose de oxígeno limpio.
Me encuentro con un coche negro y un hombre alto, corpulento y de espalda ancha, apoyado en el lateral, sobre la puerta del copiloto, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándome con los ojos oscuros y una ceja ligeramente alzada cuando me ve caminar hacia él.
No parece sorprendido al verme llegar; más bien es como si llevara varios minutos esperándome.
—Te he dicho muchas veces que no me gusta verte llorar.
—Es lo primero que me dice cuando estoy frente a él.
No sé si es porque estoy sensible, pero siento un nudo extraño en el estómago y, durante un breve instante, me olvido de responder, ya que no esperaba que esas fueran las primeras palabras que salieran de su boca al verme—. Y nunca me haces caso.
—Y yo te he dicho muchas veces que me dejes en paz —respondo, sorbiendo por la nariz.
Sus ojos recorren mi rostro lentamente: se detienen en mis mejillas, todavía húmedas, después en mis manos y finalmente en el resto de mi cuerpo, como si estuviera tratando de comprobar que no tengo ningún rasguño, que estoy a salvo.
Por un momento, hasta me parece verlo soltar un suspiro contenido y relajar un poco los hombros.
—Se supone que tenemos que pasar desapercibidos —dice con calma—. ¿Crees que llorar en una plaza llena de turistas como si te estuvieran torturando es una buena forma de pasar desapercibida, Jade?
—No estaba llorando —intento excusarme, aunque tengo el maquillaje corrido y la cara todavía reseca por las lágrimas.
—Pues tienes la cara hecha un desastre.
—Gracias, siempre me subes un montón la autoestima.
—No era un cumplido.
—Ya… tú nunca haces cumplidos.
Se aparta de la puerta y la abre, dejándome espacio para que entre.
—Sube.
Me permito unos segundos para observarlo; lleva la camisa remangada hasta los codos, el pelo negro revuelto, como si se hubiera tirado de él mil veces y la mandíbula tan apretada que parece que está a punto de desencajársele.
Nuestros ojos se enredan más tiempo de la cuenta. Sus pupilas se dilatan ligeramente cuando fija su atención en cómo subo al todoterreno antes de apartar la mirada con brusquedad.
Su expresión vuelve a endurecerse de golpe, transformándose en un bloque de hielo imposible de derretir.
Sus ojos recorren las calles que nos rodean con total lentitud, como si estuviera estudiando cada detalle.
Habla unos segundos con los hombres encargados de nuestra seguridad, pero noto que apenas les está prestando atención.
Sigue escudriñando los edificios que se alzan imponentes y a cada persona que pasa por su lado, como si esperara encontrar algo.
Finalmente, se sube al coche y se pone el cinturón.
Arranca el motor sin decir ni una palabra.
No sé si es buena idea preguntarle qué le pasa y a qué se deben sus cambios de actitud, así que permanezco en silencio, jugueteando con mis manos sobre mi regazo.
Se le marcan los nudillos al apretar el volante y no deja de mirar por el retrovisor; me está empezando a poner nerviosa.
—¿Todo bien? —pregunto, al ver que no para de mirar el retrovisor, ni de removerse, inquieto, cuando él normalmente suele ser bastante tranquilo.
—Sí.
Reconozco que está mintiendo al instante, pero no digo nada, sino que sigo mirando el paisaje por la ventana. Noto un pequeño escalofrío que hace que me revuelva en el asiento. No veo nada extraño, pero —por primera vez desde que salimos de la plaza— empiezo a sentir que no estamos solos.