Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 37
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Chapter 37

Tamborileo con los dedos sobre la madera de la mesa, con la vista clavada en las fotografías que tengo frente a mí, recorriéndolas con los ojos una por una, tratando de prestar atención a cada detalle.

Al principio no veo nada extraño. Las mismas calles abarrotadas. Los mismos edificios. Los mismos perfiles de personas que llevo semanas estudiando hasta el punto de que casi los tengo grabados en mi memoria cuando cierro los ojos. Aun así, me obligo a volver a empezar.

Cojo la primera fotografía. Después la segunda. Luego la tercera. Y así sucesivamente.

Cada imagen es una muestra de la rapidez del paso de los años. Mientras que en algunas predominan los colores cálidos, en la mayoría prevalece la nitidez y los colores vivos de las instantáneas actuales.

Me paso las manos por el pelo, desordenándolo un poco de nuevo, exasperado con la situación y con el poco tiempo que me queda y decido cambiar el orden de las fotografías.

Al otro lado del papel sigo apreciando una silueta muy bien escondida, que parece haber cuidado cada uno de sus movimientos para no hacerse notar entre la multitud, a pesar de que alguien se ha encargado de capturar su existencia a lo largo de los años.

Muevo un par de imágenes y las coloco una junto a la otra de forma desordenada. Acabo añadiendo una tercera. Mi respiración empieza a volverse entrecortada.

Frunzo el ceño, cada vez más confundido. La silueta misteriosa nunca mira a la cámara. De hecho, parece estar bastante pendiente de que no se le vea la cara. Sin embargo, siempre tiene la cabeza ligeramente girada hacia el mismo lado. Como si estuviera mirando siempre a la misma persona.

Sigo la dirección de su mirada en cada fotografía, donde me encuentro con diferentes lugares y situaciones.

Sin embargo, todas parecen tener algo en común y es un mechón de cabello rizado que parece destacar entre la multitud, aunque sea de forma muy escueta.

Una segunda silueta misteriosa que parece ir creciendo a lo largo de los años frente a la persona que parece observar entre las sombras cada uno de sus movimientos, como si temiera acercarse demasiado, o como si, por algún motivo, no pudiera hacerlo.

Mis dedos se detienen de golpe en la última imagen, justo la que he recibido hoy.

Unos ojos marrones me observan desde el otro lado del papel, provocándome un pequeño escalofrío por la dureza con la que observan todo a su alrededor. A diferencia de las otras capturas, en esta mis hombres han logrado enfocarla casi de frente entre el bullicio de la Piazza del Campo.

Lleva un vestido negro que le cae con elegancia hasta rozarle los tobillos.

El cabello oscuro, perfectamente peinado, descansa sobre los hombros, apenas oculto bajo un fino velo que proyecta una pequeña sombra sobre parte de su rostro.

Se me acelera el pulso. El velo me impide ver su rostro al completo, pero algo en ella me resulta familiar.

Estoy bastante convencido de que he visto ese rostro en alguna parte.

Me levanto tan deprisa que la silla casi se cae hacia atrás y se estampa contra el suelo.

Abro la carpeta de color crema donde guardo toda la documentación que conseguimos extraer del pendrive y paso las hojas con rapidez.

Me encuentro con transferencias, informes, fotografías antiguas, documentos…

Hasta que por fin la encuentro. La saco despacio y la dejo junto a la nueva imagen.

Han pasado demasiados años. El peinado es distinto y, pese a que parece que su rostro ha pasado por varias operaciones, el paso del tiempo se ha encargado de endurecer unos rasgos que estoy seguro de que en algún momento fueron mucho más suaves.

Aun así, sus ojos marrones son los mismos, a pesar de que ya no parecen estar llenos de brillo e inocencia.

Sigo rebuscando entre los papeles, con el ceño cada vez más fruncido y la respiración cada vez más agitada.

Un escalofrío me recorre la columna cuando me encuentro con un documento, cuyas páginas se han vuelto amarillas con el paso del tiempo.

Es el certificado de defunción a nombre de Ayla Hasan.

Vuelvo a mirar la fotografía y, unos segundos después, de nuevo el informe.

No puede ser. La mujer que lleva apareciendo en todas las malditas fotografías…, no puede ser la misma que, según este maldito papel, lleva más de quince años muerta.