Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 36
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Chapter 36

—Ni hablar.

—Sabes perfectamente que sé disparar.

Kerem deja escapar una risa seca que resuena por todo su despacho.

—Ese es el problema, Jade, que sé perfectamente de lo que eres capaz.

—Tranquilo, no voy a pegarle un tiro a nadie a menos que me apunten a mí primero.

Se levanta de su silla y, después de echarme un vistazo rápido, como si necesitara cerciorarse de algo, abre el primer cajón y saca una pistola negra.

La deja sobre la madera del escritorio con un golpe seco.

Empuja el arma hacia mí con las yemas de los dedos.

Acto seguido, rodea el escritorio con pasos lentos y decididos y vuelve a agarrarla por el extremo, moviéndola de un lado a otro como si estuviera jugando.

—Aquí tienes —murmura, acercándose a mí con la pistola en la mano.

Alargo la mano, pero justo cuando mis dedos están a punto de rozarla, la aparta con rapidez, de un manotazo brusco, y sonríe con sorna.

—Pero primero demuéstrame que todavía sabes utilizarla.

No me da tiempo a replicar ni a preguntar nada. Sale del despacho dando grandes zancadas y me obligo a apretar mis pisadas para no quedarme atrás, haciendo resonar mis tacones por el suelo de mármol hasta que salimos por la parte trasera.

Atravesamos toda la villa sin intercambiar ni una sola palabra. Dejamos atrás el jardín para adentrarnos en la zona menos cuidada de la propiedad: un descampado rodeado de olivos viejos y algunos arbustos que crecen sin ningún tipo de control.

El aire de la mañana todavía conserva el frescor de la noche y el olor húmedo de la tierra recién regada y los cipreses y olivos que rodean la villa.

Todo está en silencio, salvo por el crujido de las hojas de los árboles que se mueven ligeramente con la brisa y las voces apagadas de algunos hombres que patrullan el perímetro de la zona, velando por nuestra seguridad.

No sé qué estamos haciendo exactamente aquí, pero sigo a Kerem y permanezco detrás de él en todo momento.

Le da algunas indicaciones a uno de sus hombres, que acaba dejando unos botes de metal vacíos sobre un tronco de madera caído, improvisando lo que creo que es un campo de tiro en mitad de la nada.

—Puoi andartene.

El hombre me dedica una mirada rápida.

—Ti ho detto di andartene —sigue diciendo, haciendo que el chico se marche sin hacer ninguna pregunta. Enseguida nos envuelve un silencio pesado y tan denso que casi se puede palpar en el aire. Siento un escalofrío cuando mis dedos por fin tocan el metal.

—Primero el cargador —indica, dando un paso hacia mí—. Mételo en la parte inferior de la empuñadura hasta que escuches el chasquido.

Asiento con la cabeza y hago lo que me dice.

Empujo hasta arriba y solo paro cuando un sonido seco me confirma que está encajado.

Se acerca a mí y, sin entender muy bien por qué, noto que todos mis músculos se tensan, que todo mi cuerpo se pone en alerta.

Hace algunas semanas habría retrocedido, pero ahora no.

Ahora soy demasiado consciente del calor que emana de su cuerpo.

Del olor de su perfume mezclándose con el aire puro y húmedo de la mañana.

Del espacio tan ridículamente pequeño que queda entre los dos.

—Relájate. Estás demasiado rígida —dice, colocándose detrás de mí.

—No estoy rígida, estoy bien.

—Sí que lo estás. —Su voz suena ronca, demasiado cerca de la curva de mi cuello, produciéndome un escalofrío por toda la columna.

—Es porque estás demasiado cerca.

Suelta una pequeña carcajada ronca que vibra contra mi nuca y mi piel se eriza al instante. Sin pedir permiso, sus manos rodean mis muñecas, y el calor de sus dedos acaba atravesando la tela del jersey.

—No necesito tu ayuda.

—Demuéstralo —me incita, susurrando cerca del lóbulo de mi oreja.

Trago saliva y cuando creo que estoy apuntando correctamente, respiro hondo y aprieto el gatillo. El disparo rompe con el silencio de la villa y la bala impacta contra el bote de metal, algunos centímetros por debajo del centro.

—Disparas peor de lo que recordaba.

Su pecho roza mi espalda ligeramente cuando corrige mi postura, pero el pequeño contacto es suficiente para que todo mi cuerpo se olvide durante un segundo de lo que estaba haciendo.

De repente, la pistola pesa más entre mis manos y mi dedo sobre el gatillo deja de sentirse tan firme como antes.

El aire parece quedarse atrapado en mis pulmones y estoy tan pendiente del calor que desprende su cuerpo que, por un momento, me olvido del motivo por el que hemos venido hasta aquí.

—Sé lo que hago, Kerem. —Intento que mi voz suene serena—. Puedes soltarme.

—La última vez que te vi sujetar así una pistola me apuntabas directamente al pecho —susurra contra mi oído—, y no recuerdo que te temblaran tanto las manos. ¿Por qué ahora sí?

Giro la cabeza hacia él y lo miro directamente a los ojos.

Su semblante se ha oscurecido y su respiración se agita ligeramente.

Ojalá pudiera contarle lo que pasó realmente aquel día a través de mi mirada.

Ojalá él pudiera encontrar la verdad en mis ojos.

Ojalá pudiera ver el miedo que siento cada vez que sostengo una pistola.

Ojalá pudiera decirle que yo no disparé aquel día, que alguien más debió estar con nosotros en aquella habitación. Ojalá pudiera creerme.

Kerem se aparta de golpe de mi lado, como si de repente mi cercanía le quemara demasiado.

—Suficiente —espeta de repente, con un semblante mucho más serio.

—¿Ya está?

—Creo que no hace falta que practiques más.

Me quita el arma de las manos con una brusquedad que me hace dar un pequeño respingo y frunzo el ceño, sin entender muy bien su repentino cambio de actitud.

Con movimientos rápidos y mecánicos, comprueba el seguro de la pistola; me da la sensación de que lo hace para parecer que está ocupado en algo, concentrando toda su atención en el metal negro solo para no tener que hablar conmigo.

Sin decir ni una sola palabra más, me entrega de nuevo la pistola, asegurándose de que nuestros dedos no vuelvan a rozarse. Después da media vuelta, dispuesto a regresar al interior de la villa. Doy varios pasos rápidos y me interpongo en su camino, quedando de nuevo frente a él.

—Kerem, espera.

Me mira con el rostro endurecido y los ojos cargados de un reproche silencioso que me oprime el pecho con fuerza.

—Aquel día… —Comienzo a decir, sintiendo que las palabras me queman en la garganta.

Aprieta la mandíbula con fuerza.

—No quiero hablar de eso.

Cierro los ojos con fuerza, asimilando sus palabras. Siento que esto es algo que siempre va a estar flotando entre nosotros; una brecha profunda que nos va a separar mucho más de lo que jamás podrán hacerlo nuestras familias o la propia mafia.

Aseguro la puerta del despacho con un portazo que hace retumbar toda la estancia y me dejo caer en la silla de cuero frente a mi escritorio.

Dejo mi pistola sobre la madera y el silencio vuelve a adueñarse de la habitación.

Apoyo los codos sobre la mesa y observo el arma con atención, como si el metal pudiera darme las respuestas a todas las preguntas que están pasando ahora mismo por mi cabeza.

Me paso las manos por la cara y las llevo hasta mi pelo, desordenándolo un poco por la frustración.

Sigo mirando el arma unos cuantos segundos más, hasta que acabo apartándola con rabia del escritorio.

No tiene sentido.

Le temblaban las manos.

Y no parecía un temblor provocado por el peso del arma.

Ni tampoco por la falta de práctica. Era más bien otra cosa.

Cuando mis manos se acercaron a la suyas en la zona del descampado, no encontré la frialdad que esperaba de una asesina, ni la que mi cabeza se empeñaba en hacerme recordar de la noche en la que ambos nos apuntamos con una pistola en Cortona, sino un pulso desbocado que delataba sus nervios y el miedo que guiaba cada uno de sus movimientos.

Cierro los ojos con fuerza, permitiendo que la memoria me traslade a aquel día en el que todo cambió, a esa habitación en la que el aire se sentía tan pesado y el humo todavía llenaba nuestros pulmones.

A las palabras de Micaelo antes de entrar en la habitación.

Al dolor.

Al miedo.

A la anticipación.

Luego un disparo.

Gia frunciendo el ceño y mirando la pistola, confundida.

Voces y pasos que se acercaban a nosotros.

Gritos.

Su voz.

»Luca… Yo no he sido, yo…

Frunzo el ceño.

Vuelvo a verla apuntándome con la pistola. Una y otra vez.

No consigo borrar la imagen de mi mente, aunque tampoco consiga verla con claridad.

Entrecierro los ojos con fuerza. Siento un nudo en el pecho que me oprime con fuerza.

Gia sujeta la pistola. Le tiemblan las manos. Resuena el estallido por toda la estancia. Intento visualizar el momento exacto en el que la bala sale de su pistola.

Cierro los ojos con fuerza, obligándome a recordar, pero cuanto más lo intento, más borroso se vuelve todo.

Unos pequeños golpes secos al otro lado de la puerta me devuelven al presente y captan por completo mi atención. Me aclaro la garganta y doy permiso para entrar.

—¿Puedo pasar? —pregunta Elio, uno de mis hombres.

—Ya estás dentro —respondo, echándome hacia atrás y acomodándome sobre el respaldo de la silla—. ¿Qué ocurre?

—Ha llegado esto.

Da algunos pasos hasta llegar al escritorio.

Me tiende un sobre alargado de color teja, exactamente igual que los anteriores, y solo cuando le dedico un asentimiento de cabeza da media vuelta y se marcha, volviendo a dejarme solo en el despacho. Me quedo mirando cómo se va y suelto el aire contenido en los pulmones.

Abro el sobre y saco la instantánea que hay dentro.

Apoyo el codo sobre el escritorio y estiro el brazo, observando la fotografía, tratando de captar cada detalle.

La dejo sobre la mesa y rebusco en el primer cajón hasta que doy con una pequeña llave que abre el tercer cajón que conecta el mueble con el escritorio.

Saco el resto de los sobres que guardan las fotografías que he estado recibiendo a lo largo de este mes y saco cada una de las imágenes, colocándolas en orden sobre la mesa.

Una tras otra. Formando un puzle perfecto que empieza a tener sentido y a responder algunas incógnitas en mi cabeza.

Veinte fotografías. Y en todas aparece la misma silueta de fondo. Algunas son de antes de aparecer, cuando nadie sabía que seguía vivo. El resto, de todo lo que ha ido pasando después.

—¿Quién eres realmente? —murmuro más bien para mí mismo.