Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 35
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Chapter 35

Los días han seguido pasando uno detrás de otro en el calendario, pero yo dejé de avanzar con ellos. Mientras el mundo continuaba girando, yo me quedé atrapada en aquella tarde, delante de un televisor, viendo cómo una simple fotografía en blanco y negro convertía a mi padre en un recuerdo.

Todos los días era lo mismo:  Eugenia llamaba a la puerta y aparecía con una bandeja repleta de comida.

Los primeros días no era capaz de probar bocado; tenía el estómago demasiado cerrado.

Las bandejas desaparecían igual que habían llegado a mi habitación: intactas.

No tenía hambre, tampoco fuerzas. Solo un vacío tan grande dentro del pecho que parecía ser capaz de devorar cualquier otra emoción.

La idea de no haber ido al entierro me carcomía por dentro. Sentía que había fallado como hija. Me sentía lo peor. Enterraron a mi padre en Estambul y yo no estuve ahí para llorar su pérdida, ni para decirle cuánto lo quería.

Pasaba el día acurrucada en la cama, mirando la misma pared durante horas sin prestar realmente atención a nada.

Me levantaba descalza solo para ir al baño o cuando escuchaba algún coche cruzar la entrada de la villa, o el murmullo de las voces en italiano de los hombres que vigilaban armados la zona del jardín.

Kerem apenas estaba en casa. Se marchaba prácticamente cuando salía el sol y llegaba cuando ya era de noche.

Nunca le preguntaba a dónde iba. Él tampoco me preguntaba a mí cómo me había ido el día o si había conseguido salir de mi habitación, y supongo que era mejor así.

Simplemente llegaba a casa cada noche y aparecía en mi habitación, con el pelo húmedo por haber salido de la ducha y su  habitual expresión de pocos amigos.

Al principio, manteníamos una distancia prudencial, la de dos extraños que siguen sin soportarse compartiendo una tregua forzada por la propia tragedia.

Todas las noches hacía exactamente lo mismo.

Entraba sin hacer ruido, dejaba el arma sobre la mesita de noche, a su lado, y apagaba la luz sin preguntarme cómo estaba.

Nunca intentaba consolarme, simplemente se tumbaba a mi lado y permanecía despierto mientras yo lloraba hasta quedarme dormida.

Y por las mañanas siempre me despertaba tapada hasta el cuello, aunque estaba completamente segura de no haberme quedado dormida así la noche anterior.

Lo ha estado haciendo durante dos semanas, hasta hoy, que aparece en mi habitación con el pelo húmedo y revuelto, sujetando una bandeja enorme entre las manos. Arruga la nariz, algo habitual en él, y carraspea, cerrando la puerta con el pie.

—Aparta.

Frunzo el ceño.

—¿Qué?

—Que apartes los pies.

Obedezco casi por inercia y acaba dejando la bandeja sobre el colchón, en la que reposan dos platos llenos de pasta, dos de ensalada, pan y embutidos.

—No tengo hambre.

—Genial, porque no es para ti.

Se sienta a mi lado con la espalda apoyada sobre el cabecero y coloca la bandeja sobre su regazo. Agarra los cubiertos y remueve un poco la pasta antes de probarla. Chasquea la lengua y resopla.

—Demasiado insípido.

Aparta el plato y pincha la ensalada con el tenedor. Mastica y acaba negando con la cabeza.

—Demasiado salado.

Deja los cubiertos sobre la bandeja de mala gana y se bebe el vaso de agua que ha dejado sobre la mesita casi de un tirón.

Siento que el estómago me ruge y hasta me da vergüenza; hacía días que no sentía tanta hambre.

O quizás sí que la había sentido, pero había sido incapaz de reconocerla entre tanto dolor.

Me molesta que sea tan cascarrabias con la comida; sé lo mucho que trabajan las cocineras cada día y no se merecen recibir este desplante.

Aunque ahora que lo pienso… tampoco se merecen haberlo recibido de mi parte y, aun así, cada día han seguido trayéndome un plato de comida.

Me quedo mirando la bandeja unos segundos más. Después, casi sin pensar, alargo la mano hacia el segundo tenedor.

No pregunto por qué hay dos platos ni dos cubiertos. Ni tampoco por qué ha subido tanta comida si supuestamente iba a cenar él solo. Simplemente pincho un macarrón y me lo llevo a la boca, deleitándome con el sabor tan exquisito de la boloñesa.

—Qué rico —me escucho decir, saboreando cada trozo ante su atenta mirada. Las comisuras de sus labios se curvan en lo que creo reconocer como una pequeña sonrisa.

—Cómetelo tú, yo no lo quiero.

Coloca la bandeja sobre mi regazo sin darme tiempo a replicar.

Tengo tanta hambre y tan pocas fuerzas que acabo asintiendo como respuesta, negándome a discutir.

Sé que está mintiendo; la pasta está exquisita y él también lo sabe.

Pero no digo nada. Porque si él quiere fingir que no la quiere para que yo me la coma, entonces fingiré que no me doy cuenta para que me deje tranquila.

***

—¿Por qué volviste? —me escucho preguntar, rompiendo el silencio que nos envuelve.

Está tumbado de lado, frente a mí, con una mano apoyada bajo la almohada y la otra repiqueteando en su costado—.

Tenías una vida completamente alejada de todo esto.

Podrías haberte mantenido al margen y haber seguido tu vida en Cortona.

—Podría haberlo hecho —responde de forma cortante, con la mirada fija en la pared que tengo detrás,

—Pero no lo hiciste.

Tarda varios segundos en responder.

—No. —Se pasa la mano por la cara y suelta un largo suspiro antes de clavarme la mirada de nuevo—.

Cuando atacaron a mi padre—sigue diciendo, y percibo cómo se tensa cada vez más con cada palabra que va soltando, aunque evita decir que fui yo quien lo hizo, cosa que agradezco bastante en este momento—, el objetivo principal pasó a ser mi madre, así que tuve que volver para protegerla.

—Alana no parece una mujer que necesite que la protejan.

—Es cierto. —Lo pillo sonriendo y, en cuanto se da cuenta, endurece el gesto de nuevo—.

Ha cambiado mucho. Siempre fue una mujer muy indefensa a la que necesitaban proteger.

Nunca supo defenderse, ni enfrentarse a él.

Siempre fue la sombra de mi padre, la que se quedaba atrás esperando su amor.

Siempre he creído que una persona tan buena como ella no estaba hecha para un mundo lleno de personas tan crueles.

—Me impacta mucho la imagen que tienes de ella, porque la mujer que yo he conocido no se parece en absoluto.

—Lo sé —concuerda, en un suspiro, tras permanecer callado durante unos segundos—.

Yo también he visto a una mujer totalmente diferente a la que despedí hace años cuando dejé Estambul.

El dolor hace eso; hay personas a las que rompe y otras a las que obliga a convertirse en una persona completamente distinta.

—Me sorprendió que estuviera tan… entusiasmada —trago saliva— por la boda con Can. Se supone que su marido estaba grave por mi culpa.

—Pero su hijo es mucho más importante para ella.

—Sonríe con tristeza—. Así es mamá; siempre ha pensado que las personas adecuadas pueden salvar a otras y nunca ha perdido la esperanza.

—Hace una pausa—. Creo que pensó que tú podrías hacer de Can la persona que era antes de que mi padre terminara de convertirlo en lo que hoy día es.

Se mueve sobre el colchón hasta quedar tumbado bocarriba, con la mirada perdida en el techo y las manos apoyadas por detrás de la cabeza. Me lo tomo como una muestra de que ya hemos hablado demasiado por hoy, así que decido no decir nada más y yo también me coloco en la misma posición.

La luz de la luna se filtra por la ventana, dibujando sombras alargadas sobre el techo. Permanecemos en silencio; un silencio denso, apenas roto por los carraspeos de Kerem y el sonido de mi respiración.

—Gracias —digo, al cabo de un rato, en voz baja.

Se forma una pausa larga, tanto que llego a pensar que no me ha oído o que directamente va a ignorarme, pero justo cuando estoy a punto de intentar dormirme, se gira despacio sobre su almohada para mirarme de reojo.

—¿Por qué?

—Por estar.

Kerem suelta una especie de resoplido amargo y vuelve a clavar la vista en el techo, endureciendo las facciones y evitando mirarme.

—No te montes películas en la cabeza, Jade —espeta, con voz áspera—. Solo estoy aquí para vigilarte y asegurarme de que no hagas ninguna tontería.

No puedo evitar que una pequeña sonrisa triste me curve los labios.

—Lo sé —respondo, mordiéndome el interior de la mejilla.

—Sigues siendo igual de insoportable —añade al cabo de unos segundos.

—Tú también.

—Y no hay cosa que me desagrade más que tu presencia. Estoy deseando que las cosas se calmen para volver a mi habitación.

—Y yo. Estoy contando las horas para tener que dejar de compartir cama contigo.

—Me alegra que por fin estemos de acuerdo en algo. Ahora duérmete de una vez, necesitas descansar.

Aparto la vista y cierro los ojos con fuerza, obligándome a no mirarle otra vez para comprobar si él me está mirando a mí. Y no sé por qué, pero me tengo que obligar a dejar de sonreír como una tonta.

Ha dicho que no me soporta.

Pero no ha dicho que me odie.

***

Me despierto con los rayos de sol entrando por la ventana y el ronroneo de Chanel cerca de mi oído, quien al parecer ha aprovechado la huida de Kerem para acostarse en su lado de la almohada.

Su lado.

Ha pasado casi un mes desde que empezó a dormir en mi habitación.

La situación parece estar mucho más tranquila, lo cual nos indica que algo malo está a punto de ocurrir, por lo que no podemos confiarnos, es por eso por lo que ha seguido durmiendo conmigo por las noches.

Ninguno de los dos ha sacado el tema y no pienso ser yo quien lo haga.

Me doy una ducha rápida y cuando salgo, envuelvo mi cuerpo alrededor de una toalla larga que llega hasta mis tobillos. Me quito un poco la humedad del pelo y lo dejo secar al aire mientras termino de arreglarme.

Entro en el vestidor y observo las prendas que tengo frente a mí, sin saber muy bien por qué estilo decantarme hoy.

Hace semanas que no me quito el pijama o la ropa de estar por casa y, aunque sigo sintiendo dolor y un vacío imposible de llenar, el dolor no me aplasta igual, sino que es más como una herida que está dejando de sangrar para empezar a cicatrizar despacio, así que voy a aprovechar para salir de la cama y que me dé un poco el aire.

Lo necesito. No puedo permanecer encerrada en una habitación y metida en una cama toda la vida.

Mi padre no querría eso. Y, si lo quisiera, tampoco es lo que merezco.

Sigo rebuscando entre las prendas en busca del conjunto perfecto; esto va mucho más allá de elegir ropa, es cuestión de encontrar mi identidad y empezar a tomar mis propias decisiones.

Siempre me había vestido para alguien; para agradar a mi padre, para trabajar en la empresa familiar, para vivir con una nueva identidad, ser la prometida perfecta, o causar una buena impresión.

Pero, ¿cuándo fue la última vez que me había puesto algo solo porque me gustara?

Si mañana me mataran como a mi padre…, ¿habría vivido alguna vez siendo yo?

¿Habría importado alguna vez mi opinión?

Quizás todavía estoy a tiempo de descubrir quién quiero ser antes de que sea demasiado tarde para hacerlo.

Acabo eligiendo una falda corta marrón y un jersey de color mostaza de punto que me da un poco de color a mi rostro, cosa que me hace bastante falta, porque estoy pálida.

Me anudo al cuello un pañuelo marrón con lunares blancos y no puedo evitar morderme el interior de la mejilla, acordándome del uso que les daba a mis pañuelos en Cortona y recordando el que encontré en el cajón de Kerem en su casa de Estambul.

¿Por qué lo guardó? ¿Lo seguirá teniendo?

Me calzo unas botas altas del mismo color que me hacen pisar con fuerza y aparentar más seguridad en mí misma de la que realmente siento y dejo mi pelo suelto, con los rizos salvajes cayendo por mi espalda.

Cojo todo lo necesario para pasar el día fuera y me paro frente a la zona de los bolsos, que están colocados por colores en varios estantes.

Estoy cansada de los bolsos diminutos que solo sirven para presumir, en los que solo puedo guardar el teléfono móvil y un pintalabios, así que agarro uno de buen tamaño y meto todas mis cosas dentro.

Me maquillo un poco y, tras darle algunos besos a Chanel, salgo de la habitación en la que me he estado escondiendo de la vida durante demasiados días.

Amelia, una de las empleadas, abre los ojos de par en par cuando me ve aparecer en la planta baja de la casa.

—Buongiorno, signora —murmura cuando estoy frente a ella, con una sonrisa nerviosa—. Me alegra verla.

—Hola, Amelia —la saludo con una sonrisa, intentando parecer lo más amable posible; he pasado la mayor parte del tiempo encerrada en la habitación y no he podido conocer bien a los empleados, así que no quiero que piensen mal de mí—. ¿Dónde está Kerem?

—El señor está en su despacho.

—Genial, muchas gracias.

Camino directa hacia la puerta de su despacho y empujo la puerta sin llamar.

Cuando entro, lo veo revisando unos papeles sobre el escritorio.

Alza la cabeza enseguida cuando se percata del movimiento, con el semblante serio y enfurecido, como si estuviera a punto de echarme una buena bronca por entrar sin avisar.

No obstante, su semblante se suaviza cuando ve que soy yo, e incluso atisbo en su mirada una sorpresa mezclada con algo más que no consigo distinguir del todo.

Me recorre con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en la franja de piel que llevo al descubierto y en el contraste de colores de mi jersey amarillo mostaza y el resto de las prendas de color marrón.

—Veo que te encuentras mejor. —Kerem suelta los papeles, dejándolos caer sobre la mesa y se echa hacia atrás en su silla. Me mira con una media sonrisa que no consigo descifrar mientras su mirada divaga sin reparo por mi ropa.

—Voy a salir.

—No.

—No te estoy pidiendo permiso, solo estoy teniendo el detalle de informarte.

—¿Y adónde se supone que vas?

—A dar un paseo —respondo, colgándome el bolso en el hombro—. Llevo demasiados días encerrada y quiero que me dé un poco el aire. Y también quiero que me des un arma.

Alza ambas cejas en sorpresa.

—Quieres que te dé un arma —repite, como si tratara de encontrarle sentido a mis palabras.

—Sí —respondo tajante—. No quiero salir desarmada.

—No lo necesitas; mis hombres irán contigo.

—No necesito a ningún hombre para defenderme, Kerem. Solo dame un arma y yo me encargaré del resto si las cosas se ponen feas.