Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 34
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Chapter 34

La puerta de la entrada se cierra a nuestra espalda con un golpe seco que resuena por toda la casa.

Jade ni siquiera reacciona. Lleva callada desde que hemos salido de la villa del Don.

Tampoco dice nada cuando la sigo escaleras arriba hasta su habitación.

Nada; ni una palabra. Ni siquiera llora; dejó de hacerlo hace bastante rato, por lo que las lágrimas se le han secado en las mejillas.

Tiene la mirada vacía, como si sus ojos todavía estuvieran clavados en el televisor.

Y sé que no debería, pero me fastidia verla en este estado.

Me quema por dentro. Preferiría verla gritar.

Romper algo. Insultarme. Culparme por lo que ha pasado o por lo que le ha tocado sufrir.

Cualquier cosa menos esto. Cualquier cosa menos pensar que una parte de ella se ha quedado para siempre en la casa de los Gherardi.

Entra en el vestidor y, unos segundos después, aparece de nuevo en el dormitorio, sujetando una montaña de ropa entre las manos.

Parece que ha cogido lo primero que ha encontrado, pues distingo prendas de invierno mezcladas con algunas que parecen de verano.

Frunzo el ceño, plantándome en mitad de la habitación con los brazos cruzados, observando con atención cómo lo tira todo sobre la cama sin saber muy bien qué está haciendo.

Me empieza a picar la nariz y tengo que esforzarme por no estornudar.

Echo un vistazo rápido a la habitación en busca de la gata; no la veo por ninguna parte, pero sé que tiene que estar escondida en algún sitio, porque me está empezando a picar todo.

Vuelve a desaparecer en el vestidor y cuando sale, arrastra una maleta de tamaño mediano y un par de zapatos. Es entonces cuando entiendo qué es lo que está haciendo.

—¿Qué haces? —pregunto, rompiendo con el silencio denso y pesado que nos acompaña.

Empieza a meter la ropa en la maleta sin doblarla siquiera.

—Me voy —dice en un hilo de voz, sin ser capaz de mirarme todavía.

—No, no te vas a ninguna parte —sentencio, dando un paso hacia el borde de la cama.

—Mi padre está muerto —balbucea. Le tiembla el labio inferior y luce tan vulnerable que siento un vuelco extraño en el pecho, como si se me removiera algo por dentro.

—Lo sé —respondo, con aspereza.

—Tengo que volver a Estambul —insiste, y su voz va ganando urgencia mientras intenta cerrar la maleta con la ropa metida de cualquier manera.

—No puedes.

Levanta la cabeza de golpe, clavándome los ojos oscuros, ahora enrojecidos y aguados.

—¿Perdón?

—He dicho que no puedes volver. —Mi tono sale mucho más duro de lo que pretendía, pero no me molesto en suavizarlo.

—Han matado a mi padre —titubea—. Tengo que despedirme de él.

—Ya está muerto. —Doy un paso hacia ella, reduciendo la distancia entre los dos y le agarro la mano, apartándola de la cremallera de la maleta, que hasta ahora sujetaba con fuerza—. Y probablemente seas la siguiente si cruzas esa maldita puerta.

—¿Y a ti qué te importa? —Me sostiene la mirada, cargada de rabia.

—Me importa, claro que me importa.

Permanece callada y quieta en el mismo sitio, mirándome con los ojos más abiertos de la cuenta, sorprendida.

—Porque te necesito para cumplir mi objetivo —me apresuro a aclarar.

—Suéltame —balbucea, apartándome de un manotazo torpe. No me había dado cuenta hasta ahora de que seguíamos agarrados—. No me importa tu objetivo. Ni la guerra de nuestras familias. Ni el Sultán. Ni la maldita mafia. ¡Ya no me importa nada!  Me voy a Estambul.

Se gira de nuevo hacia la maleta y termina de cerrar la cremallera.

—¡Que te estés quieta! —grito, tratando de no perder la poca paciencia que me queda.

Le arrebato la maleta de un tirón y la aparto de un golpe, dejándola caer contra la pared.

Jade se queda inmóvil.

El labio inferior le vuelve a temblar y, por un instante, siento un nudo incómodo en el estómago.

—Eres detestable —espeta, mirándome con una mezcla de odio y tristeza que me quema por dentro. Esquiva mi cuerpo y pasa por mi lado, directa hacia la puerta. Consigo alcanzarla antes de que llegue al pomo y la sujeto por la muñeca con firmeza, pero sin hacerle daño.

—Suéltame.

—No.

—¡Que me sueltes, Kerem!

Obedezco de inmediato, pero me coloco delante de la puerta antes de que pueda avanzar un paso más.

—No pienso dejar que cruces esta puerta.

—No puedes obligarme a quedarme aquí.

—Ponme a prueba.

Me mira durante unos segundos y se muerde el labio inferior con fuerza, empezando a soltar toda la rabia contenida.

Da un paso hacia mí y me golpea el pecho con el puño cerrado.

No me muevo ni un milímetro, sino que permanezco inmóvil en el mismo sitio.

Suelta un grito ahogado y me golpea de nuevo.

Yo recibo el impacto de su rabia en silencio.

Me golpea otra vez, ahora de forma más torpe, y veo que sus ojos se han llenado de las lágrimas que lleva tanto tiempo conteniendo, y por fin se permite descargar toda la impotencia, el dolor y el miedo acumulados, aunque sea contra mí.

No me aparto, sino que dejo que se desahogue conmigo, que descargue toda esa desesperación contra mí, lo prefiero antes que verla abrir esa puerta.

Después de unos cuantos golpes, gritos y lágrimas, sus pocas fuerzas acaban flaqueando.

Sus manos se quedan apoyadas en mi pecho, que se agita con fuerza y las piernas le acaban fallando, pero antes de que toquen el suelo, la agarro por los hombros por puro instinto y el impulso termina pegándola a mi cuerpo.

El contacto quema y me produce un pequeño chispazo.

No se resiste como espero que haga, sino que se derrumba contra mí, rompiendo a llorar sobre mi pecho con unos sollozos desgarradores que le acaban sacudiendo el cuerpo entero.

Cierro los puños a cada lado de mi cuerpo, sin saber muy bien qué hacer con las manos, si rodear su cintura con un brazo o permanecer inmóvil como hasta ahora.

Una parte de mí me grita que me marche y la deje aquí encerrada; que solo tengo que asegurarme de que se mantenga con vida y no haga ninguna estupidez, que no tengo por qué preocuparme por ella o por cómo se sienta.

Pero la otra…, la otra hace cosas absurdas de las que me voy a acabar arrepintiendo dentro de un rato.

Como deslizar un brazo alrededor de su cintura y atraerla despacio contra mi cuerpo.

Se aferra con más fuerza a mi camisa y tengo que tragar saliva con fuerza cuando sus sollozos resuenan amortiguados contra mi pecho, que se mueve agitado, mientras que el suyo lo hace de forma entrecortada, como si el aire le pesara.

—Deja de llorar.

Mis palabras solo hacen que se aferre todavía más a mí y la situación no me puede resultar más incómoda.

No me gusta. No me gusta lo sencillo que parece tenerla entre mis brazos a pesar de todo lo que ha pasado. No me gusta que una parte de mí no tenga ninguna prisa por apartarse de su lado y, por encima de todo, no me gusta sentir que una parte de mí se niega a soltarla.

—Mi padre acaba de morir. Déjame sufrir en paz —balbucea contra mi pecho.

—Está bien —digo en un suspiro—. Te dejo llorar todo lo que necesites.

—Me sorprendo a mí mismo cuando me doy cuenta de que le estoy acariciando el pelo y rápidamente aparto la mano.

No sé consolar a nadie. Nunca se me ha dado bien.

En el mundo de Luca, cuando alguien sufría, se quedaba paralizado, sin saber qué hacer o qué decir para ayudar a la otra persona.

En el mundo de Kerem, si alguien está sufriendo o muere, se planea una venganza, no se llora.

Así que no sé qué hacer. Al igual que no sé bien quién de los dos soy ahora mismo, o quién debo ser—. Venga, acuéstate.

—Vete de aquí.

—No pienso dejarte sola.

—No voy a irme, si es lo que te preocupa.

Se aparta de mí y sorbe por la nariz, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—La casa está vigilada, no puedes salir de todas formas —le informo, por si acaso se le ocurre hacer alguna tontería en mitad de la noche y montar el espectáculo—. Me quedaré aquí esta noche —añado, estirando el brazo para destapar un lado de la cama.

—¿Qué? De eso nada —se opone, casi sin fuerzas, intentando apartarme—. Quiero estar sola.

—No voy a dejarte sola hoy —sentencio, con firmeza—. Al menos hasta que sepa que no vas a intentar hacer ninguna estupidez.

Me sostiene la mirada todo lo que puede, con los ojos llenos de lágrimas.

El silencio que nos envuelve se hace pesado y, tras unos segundos, suelta un suspiro de resignación.

Da media vuelta, se quita las botas con movimientos torpes; luego los pendientes, que deja sobre la mesita de noche, y se mete en el otro lado de la cama, sin cambiarse siquiera de ropa.

Suelto todo el aire que llevo un buen rato conteniendo por la nariz y me acuesto en el otro lado, con los pantalones de traje puestos y la camisa por fuera, medio desabotonada. Apago la luz y nos quedamos en silencio, uno a cada lado del colchón, con la mirada en el techo.

No pasan ni cinco minutos cuando me empieza a picar la garganta. Carraspeo e intento apartar el edredón de mi cuerpo tanto como sea posible; seguro que está lleno de pelos de Chanel.

—Te está dando alergia —murmura con voz apagada—. Vete a tu habitación.

—Cállate y duerme —respondo, frotándome el puente de la nariz.

No dice nada más, sino que permanece en silencio.

Sé que no está dormida, pues puedo escuchar el sonido de su respiración y, tan solo unos segundos después, se rompe en sollozos.

Me remuevo en el colchón, incómodo por el picor y por la situación.

Me giro de lado, reduciendo un poco el espacio que nos separa.

No tarda demasiado en hacer lo mismo, quedando frente a mí.

Aprieto los dientes cuando la luz de la luna que se cuela por la ventana le ilumina el rostro y puedo ver las lágrimas que bañan sus mejillas.

—No me pude despedir de él —suelta de repente, en un hilo de voz. Sus palabras salen rotas, como si cada una le costara un poco más que la anterior—. Los últimos meses que pasamos juntos fueron…

Toma una pequeña pausa y cierra los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas se deslicen por sus mejillas sin pedir permiso

—Fueron una pesadilla —sigue diciendo—. Estaba irreconocible.

No era él. No… no era mi padre. No sé qué le pasó, pero no era él —añade, con un suspiro—.

Me hizo pasar por un infierno cuando volví a Estambul y me dijo cosas horribles, hasta que era una bastarda.

¿Pero sabes qué? Que no me importa. Me da igual.

Le perdono haberme ocultado mi verdadera identidad.

Le perdono haberme involucrado en este mundo tan cruel.

Le perdono haberme traicionado. Le perdono haberme vendido.

Le perdono todo —repite, como si decirlo en voz alta la ayudara a autoconvencerse de ello—.

Lo único que no le perdono es que se haya ido.

La crudeza de sus palabras me oprime el pecho, dificultándome respirar con normalidad. Me obligo a tragar saliva, sintiendo la garganta irritada por la alergia y por el impacto que envuelve la sinceridad de sus palabras.

—Creo que es injusto… Nunca sabes cuándo será la última vez que verás a alguien, ni la última conversación que tendrás.

Un pequeño gesto cotidiano que hoy parece insignificante o un abrazo que se da de forma automática, sin pensar, mañana puede haber sido el último.

Crees que todavía queda tiempo. Que ya hablarás mañana, que tienes tiempo de arreglar las cosas.

—Se limpia las lágrimas con el dorso de la mano y me clava los ojos oscuros antes de continuar—: Nos pasamos la vida posponiendo momentos importantes, esperando el momento perfecto, pensando que tendremos tiempo.

Pero lo cierto es que la vida termina sin avisar y lo que un día dejaste para después…

—Suelta otro sollozo—. A lo mejor hoy ya no existe.

Me quedo completamente inmóvil, incapaz de rebatir nada. No sé qué decir; me ha dejado sin palabras.

—La última vez que lo vi no le dije cuánto lo quería… —Se rompe de nuevo—. No pude decírselo…

Odio esto. Odio no saber qué hacer en este tipo de situaciones.

Odio verla sufrir y no poder hacer nada por evitarlo.

Odio no sentirme mal por la muerte de su padre.

Odio sentirme débil, pero finalmente acabo estirando el brazo por encima del edredón y, después de pasarle un mechón de pelo rizado por detrás de la oreja, le acaricio la muñeca con las yemas de los dedos.

El contacto produce un chispazo extraño debajo de mi piel, pero cuando veo que no se aparta, acabo envolviendo también su muñeca.

Noto que se tensa un poco, pero acaba moviendo su mano hasta imitar mi gesto.

Sus dedos me queman alrededor de la piel.

Pasamos el resto de la noche así; atrapados en una tregua silenciosa.

Yo permanezco despierto en medio de la oscuridad, parpadeando para combatir el escozor de ojos por culpa de la alergia y en constante alerta por lo que pueda pasar, asegurándome de que ella está bien.

Escucho cómo sus sollozos se van haciendo cada vez menos intensos, hasta que finalmente su respiración se vuelve regular y pesada y cuando la miro compruebo que se ha quedado dormida, aferrada a mi muñeca y con la cara todavía llena de lágrimas.