Chapter 33 #2
—¿Quieres comer algo? Yo es que suelo picotear entre horas. Sé que no es lo ideal, pero no puedo evitarlo. —Se encoge de hombros—. Y estos panecillos de queso están increíbles.
En cuanto menciona la comida, mi estómago se acuerda de que está completamente vacío y empieza a rugir a modo de protesta.
—La verdad es que tengo un poco de hambre.
—¿No has desayunado? —me pregunta en voz baja Kerem.
—¿En qué momento crees que me ha dado tiempo a desayunar? —le espeto en un susurro, dedicándole una mirada fulminante.
—El Don me está esperando en el despacho —me informa—. Tenemos asuntos importantes que atender. No sé cuándo terminaremos.
—Vale.
Se forma un silencio repentino e incómodo entre los dos.
Nos quedamos inmóviles, a tan solo un par de pasos de distancia.
Miro de reojo a Valentina, que alterna la mirada entre los dos con atención, como si estuviera viendo otro programa de televisión.
En teoría, ante los ojos de la sociedad, somos una pareja de recién casados, así que lo normal sería despedirnos con un beso o un gesto de cariño.
En Turquía podríamos pasar desapercibidos porque no es tan habitual el tener muestras de afecto en público, pero aquí en Italia sí que lo es, así que ahora mismo estamos quedando un poco mal delante de la mujer del Don, que no nos quita los ojos de encima.
—¿No os vais a despedir ni nada? —inquiere, con extrañeza, al cabo de unos segundos.
Mi corazón da un pequeño vuelco.
Kerem se aclara la garganta y tensa los hombros, visiblemente incómodo ante la situación.
Da un paso lento y firme hacia mí, acortando la poca distancia que nos separa.
Durante un instante parece tan perdido como yo, como si tampoco supiera qué se supone que debe hacer.
Su pecho se agita con fuerza, casi sincronizado con el mío.
Alza una mano y me aparta un mechón rebelde del rostro.
Es un gesto simple, inofensivo, pero que me deja completamente paralizada.
—Pórtate bien —masculla con voz ronca.
Lo miro con incredulidad.
—¿Perdón?
—Que te portes bien.
Me acaricia la mejilla levemente con la punta de los dedos hasta llegar al mentón y me suelta poco a poco el rostro, haciendo que mi corazón lata con fuerza. Me dedica una última mirada cargada de algo que no consigo descifrar del todo antes de dar media vuelta y desaparecer por el pasillo.
Me llevo una mano al cuello, intentando disimular un poco el ritmo frenético de mi pulso.
El resto del día transcurre con una calma que no sabía que necesitaba.
Pasamos horas tiradas en el sofá, viendo programas absurdos de televisión mientras juzgamos las decisiones de los concursantes como si tuviéramos idea de algo, hablando como si fuéramos amigas de toda la vida y comiendo como si no hubiera pasado toda la noche agonizando de dolor.
Por unas cuantas horas, las preocupaciones de mi vida desaparecen —o al menos pasan a un segundo plano— y paso a sentirme cómoda y en paz, cosa que agradezco profundamente.
Incluso me sorprendo riéndome. Y hacía tanto tiempo que no me permitía bajar la guardia que casi se me había olvidado cómo se sentía.
Sin embargo, lo bueno no dura demasiado y mi paz se rompe justo a media tarde, cuando una sintonía estridente corta el programa que estamos viendo.
La pantalla se vuelve negra por un segundo antes de dar paso a un avance informativo de un canal de noticias internacional.
En el centro, con letras rojas parpadeantes, aparece un letrero que reza: ÚLTIMA HORA.
—Interrumpimos nuestra programación para informar de una noticia de última hora procedente de Turquía —anuncia la presentadora, con semblante serio.
Mi respiración se detiene por un momento.
La imagen que aparece en el televisor cambia a una conexión en directo desde Estambul, donde aparecen coches de policía, ambulancias, bomberos, cintas policiales y humo—.
Las autoridades están investigando varios ataques coordinados que han ocurrido durante la última hora en distintos puntos de la ciudad.
Entre ellos, una explosión registrada en la zona portuaria y en un hotel cercano, además de un tiroteo en una residencia privada.
Por el momento no se descarta que estén relacionados.
—Dios mío… —murmura Valentina, que se lleva una mano a la boca al tiempo en que niega con la cabeza, horrorizada.
Yo, por el contrario, estoy completamente paralizada.
Es como si mi cuerpo hubiera dejado de pertenecerme, porque no puedo mover ninguna extremidad.
Lo siento todo en un segundo plano: la voz temblorosa de Valentina, los informativos que siguen actualizando el caso, las imágenes desgarradoras que se van sucediendo en la pantalla, los pasos apresurados que resuenan firmes por el mármol y se acercan hasta mí…
Escucho que alguien me habla, pero no distingo quién es.
La cabeza me da vueltas y me siento mareada.
Tengo una mala sensación en el cuerpo y temo con todas mis fuerzas que vaya a resultar ser una realidad.
—Jade… —La voz de Kerem suena dura y áspera. Cuando lo miro, todavía sin moverme, veo que aprieta con fuerza el teléfono que sujeta en una de sus manos y que, pese a tener el semblante serio, su mirada se ha suavizado ligeramente—. Mírame.
—Las autoridades acaban de confirmar la identidad de una de las víctimas mortales.
La fotografía aparece en pantalla.
Y yo siento que el aire se me escapa de los pulmones por completo. Siento que no puedo respirar y no sé si voy a ser capaz de hacerlo de nuevo. No puede ser. Es imposible. No soy capaz de apartar la mirada del televisor, a pesar de que en algún momento he roto a llorar.
No puede ser.
Mi padre no puede estar muerto.
Es imposible.
—Las autoridades también investigan un mensaje hallado en el interior de la vivienda. Por el momento, su contenido no ha sido revelado oficialmente. Seguiremos informando.
Alzo la mirada y me encuentro con Kerem, que me tiende su teléfono. Cierro los ojos con fuerza y siento cómo las lágrimas siguen deslizándose por mi rostro. No sé si quiero abrirlos de nuevo y enfrentarme a lo que sea que me espere al otro lado de la pantalla.
—Me acaba de llegar este mensaje —me dice—. Es de parte del Sultán.
Mis ojos se abren de golpe, casi de par en par. Le arrebato el aparato de las manos y observo con atención la imagen en la que se lee perfectamente: