Chapter 33
Lo primero que me golpea al abrir los ojos no es la luz cegadora de la mañana que se cuela en la habitación, sino un perfume que no me pertenece, pero que reconozco de inmediato.
Pestañeo un par de veces, desorientada y todavía adormilada, y observo el techo blanco mientras mi cerebro termina de procesar que no estoy en mi habitación, sino en la de Kerem.
Me incorporo despacio sobre mis codos y observo la estancia con cautela.
Todo está bastante ordenado y no hay ningún indicio de vida en esta habitación, cosa que no me sorprende en absoluto.
El dolor de estómago que sentía anoche prácticamente ha desaparecido; solo queda una ligera molestia y una enorme sensación de angustia por haberme mostrado tan vulnerable ante él.
Me levanto de la cama y estiro un poco los músculos de la espalda para desperezarme por completo. Cuando me giro, mi mirada se detiene sobre la mesita de noche. Especialmente sobre la taza vacía y el azucarero.
Una sonrisa amenaza con aparecer en mi rostro, pero consigo reprimirla de inmediato. No me conviene pensar más de la cuenta en lo que pasó anoche ni darle más importancia de la que tiene.
No sé si es algo psicológico o es que se ha encargado de rociar su perfume por todo el dormitorio antes de irse para que no me olvide del castigo que me supone tener que compartir espacio vital con él, pero toda la habitación conserva su olor.
Y la sensación me resulta irritante. No quiero permanecer un segundo más encerrada entre estas cuatro paredes, así que después de hacer una parada rápida en el baño, salgo al pasillo y bajo las escaleras.
Me encuentro con Kerem en la cocina, sentado junto a la mesa, tecleando algo con el portátil abierto frente a él y varias carpetas esparcidas a su alrededor. Lleva una camisa blanca remangada y tiene el ceño ligeramente fruncido mientras lee algo en la pantalla.
Alza la mirada cuando se percata de mi presencia y sus ojos oscuros me recorren de arriba abajo con detenimiento.
—Veo que no te has muerto —comenta serio, cerrando la pantalla del ordenador.
—No.
—Qué pena.
—La decepción en tu voz me conmueve profundamente.
Ignora por completo mi última pulla y se levanta de la silla de golpe. Recoge sus cosas con rapidez y se coloca la chaqueta, sin mirarme siquiera.
—Tengo una reunión en casa de Vittorio —informa con voz ronca.
—¿Y?
—No me esperes para comer.
—No pensaba hacerlo de todas formas.
—Y no salgas de casa —ordena, lo que hace que mi buen humor desaparezca al instante—. Todavía no hemos establecido los límites de seguridad ni quién será tu nuevo guardaespaldas.
—No pienso quedarme aquí encerrada como si fuera una prisionera.
Lo miro desafiante, plantándole cara a pesar de que me mira de forma fulminante.
Le sostengo la mirada, demostrándole que no me voy a volver pequeña a su lado, ni tampoco voy a hacerle caso en todo lo que diga, porque no tiene ningún poder sobre mí.
Me mira, con la mandíbula apretada. Sé que está sopesando si merece la pena discutir o si es mejor ceder un poco.
—Pues ven conmigo a casa de los Gherardi —dice finalmente.
Parpadeo, incrédula.
—¿Me estás invitando a ir contigo?
—No.
—Pues ha sonado como una invitación.
—Es más bien una forma de vigilarte y asegurarme de que no me metes en más problemas.
—Eso es más romántico todavía —suelto con sorna, disfrutando al ver cómo se le tensa aún más cada músculo de la cara.
—Te doy diez minutos para cambiarte —sentencia, mirando su reloj de muñeca antes de encaminarse hacia la puerta principal—. Ni un minuto más. Si no estás en el coche en ese tiempo, me voy y te quedas aquí.
Doy media vuelta y subo de nuevo la escalera a toda prisa antes de que cambie de opinión y decida irse sin mí. No sé qué haré en casa de los Gherardi y seguro que me aburro un montón, pero cualquier cosa será mejor que quedarme aquí sola y encerrada.
En cuanto cierro la puerta de mi habitación, el silencio vuelve a envolverme y me siento un poco ansiosa y mareada. Me llevo la mano al estómago cuando recuerdo que no he desayunado. Si soy lo suficientemente rápida, quizás me dé tiempo a picar algo por el camino.
Me adentro en el vestidor y me quedo observándolo todo durante varios segundos, mientras escucho el sonido de la aspiradora en la habitación contigua; seguramente sea alguna de las empleadas cumpliendo con su horario matinal.
Vuelvo a centrar mi atención en las prendas.
Nunca pensé que elegir qué ponerme pudiera resultarme tan complicado.
Siento un vacío extraño en el pecho. Siempre he tenido claro la versión de mí misma que debía ser y me he esforzado por amoldarme lo mejor posible, sobre todo en apariencias.
Pero ahora mismo no estoy segura de qué versión de mí debería reflejar, ni quién debería esforzarme por llegar a ser.
Tengo claro que no soy la chica de antes, pero tampoco sé la que me gustaría ser.
Al final termino escogiendo un vestido vaquero corto, oscuro y de manga larga, con un cinturón ajustado marrón y lo combino con unas botas altas de tacón del mismo color.
Me recojo el cabello rizado en un moño bajo, dejando los mechones rebeldes del flequillo sueltos para resaltar mis facciones y añado unos pendientes dorados a juego con el reloj de muñeca que me coloco antes de salir.
Me echo un vistazo en el espejo y sonrío, contenta con el resultado, aunque la sonrisa no tarda demasiado en borrarse de mi rostro cuando veo la hora que es y compruebo que han pasado más de diez minutos.
Cojo el bolso y salgo de la habitación a toda velocidad.
Saludo a un par de empleados que me encuentro por el camino y, cuando salgo de casa, Kerem está esperándome dentro del coche. Está sentado en el asiento del conductor, con ambas manos agarrando con fuerza el volante.
Tiene los músculos de la cara tan tensos que por un momento temo que se le vaya a partir algún diente, tengamos que hacer alguna parada en el dentista y lleguemos más tarde todavía.
Me subo al asiento de copiloto, y dejo el bolso sobre mis piernas para ponerme el cinturón de seguridad. Él ni siquiera se gira para mirarme, sino que sigue observando el camino que se extiende frente al coche, inmóvil.
Su expresión me deja bastante claro que ha contado cada uno de los minutos que llevo de retraso.
—¿No vas a arrancar? —me atrevo a decir, rompiendo con el silencio tan incómodo que se ha formado entre los dos. Trago saliva cuando noto que sus dedos se tensan todavía más alrededor del volante, haciendo que sus nudillos se vuelvan blancos—. Llegamos tarde.
Kerem cierra los ojos durante un segundo, como si estuviera intentando reunir la paciencia que le queda en el cuerpo y, cuando vuelve a abrirlos, gira la cabeza ligeramente hacia mí.
—¿En serio, Jade? —dice con voz ronca, sin soltar el volante, el cual parece que va a arrancar de un momento a otro—.
¿De verdad llegamos tarde? —pronuncia, con una voz peligrosamente tranquila—.
Fui amable y te di diez minutos. Diez. ¿Y sabes cuánto tiempo ha pasado?
—Me mira, pero permanezco callada, porque algo me dice que no espera que le dé una respuesta—.
Veintidós minutos. Llevo exactamente veintidós minutos y cuarenta y tres segundos metido en este coche, escuchando el motor y mirando un trozo de campo, mientras tú te decidías por ese trozo de tela vaquera para ver a un maldito mafioso que nos puede volar la cabeza por llegar tarde.
Trago saliva, pero me obligo a sostenerle la mirada y a no encogerme ni un poquito en el asiento.
—Bueno, pues ya estoy aquí. ¿Nos vamos?
No responde. Arranca el coche y entonces el silencio vuelve a instalarse entre nosotros mientras avanzamos por el camino rodeado de cipreses.
Lo miro de reojo. Tiene la mandíbula todavía rígida y la vista clavada en la carretera. La música está apagada y el silencio no solo es incómodo, sino que también se siente denso y pesado.
—¿Estás enfadado?
Suelta una risa seca.
—¿Tú qué crees? —Me echa un vistazo rápido antes de volver a centrar su vista en la carretera.
—Podrías haberte ido sin mí.
—Es lo que debería haber hecho.
La respuesta me deja callada. Aprovecho para apoyar la cabeza contra la ventanilla.
—Vittorio piensa que llegamos tarde porque sigues enferma.
Es el único motivo por el que ha tenido consideración.
Bueno, gracias a Micaelo —recalca, captando mi atención—.
Necesito que me sigas la corriente cuando lleguemos y te quedes con Valentina.
Ha pasado algo y tengo unos asuntos que atender en el despacho del Don.
La gravedad en su tono de voz me pone en alerta. Asiento con la cabeza como respuesta y me quito el cinturón de seguridad cuando estaciona el vehículo.
Frente a nosotros, la villa se extiende majestuosa entre el campo, dejándose iluminar por los rayos de sol, que vuelven de color dorado la piedra de su imponente fachada.
—Lo siento —digo finalmente, con la vista clavada en mis manos—. No quería tardar tanto.
—Ya. —Es lo único que dice antes de salir del coche.
Me espera junto a la puerta hasta que me coloco junto a él, me agarra por la cintura y entramos juntos.
Enseguida nos recibe Eugenia, una de las empleadas de máxima confianza, que nos guía por la casa hasta llegar al salón, donde nos encontramos con Valentina.
Está sentada en el sofá, con la televisión encendida y una bandeja con un tentempié en el regazo.
—¡Hola! —Se limpia la comisura de los labios con una servilleta—.
Disculpad mis pintas. No sabía que tendría visita.
Pensaba que Vittorio estaría reunido en el despacho casi todo el día y…
bueno, pensé que podría tener un día de chicas, aunque claro, estoy solo yo…
—Se le ilumina la mirada de repente—. Si quieres puedes quedarte conmigo —me propone, sonriente—.
Estoy viendo un reality bastante entretenido.
Miro a Kerem, que me está observando con una ceja alzada, con cierta diversión en el rostro.
—Claro.