Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 32
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Chapter 32

Creo que lo peor que te puede pasar al caer la noche es no poder dormir. Ver los minutos pasar hasta convertirse en horas, mientras das vueltas por el colchón intentando calmar una ansiedad que parece no llegar nunca a su pico máximo, es una sensación bastante angustiosa.

En Estambul tenía la excusa de que no podía dormir por el ruido de la calle, pero aquí, en medio del silencio absoluto, el único ruido que hay es el de mi cabeza.

Me remuevo en la cama, frustrado, y clavo de nuevo mi mirada en el techo oscuro de la habitación.

Son casi las cuatro de la madrugada y soy incapaz de pegar ojo.

Mi mente no deja de darle vueltas a todo.

Suelto un bufido y, resignado, aparto el edredón para levantarme.

Solo llevo puesto un pantalón de chándal y una camiseta de pijama, pero no tengo frío; mi temperatura corporal ahora mismo es tan alta por culpa de los nervios que ni siquiera siento el frío de la noche.

Salgo de mi habitación con cuidado y bajo las escaleras en dirección a la cocina a por un vaso de agua.

La planta baja está completamente a oscuras, solo iluminada por la tenue luz de la luna que se filtra por los grandes ventanales. Al cruzar el umbral de la cocina, me detengo en seco cuando veo una silueta encorvada sobre la encimera. Frunzo el ceño y me acerco un par de pasos.

Está prácticamente doblada sobre sí misma, con las dos manos presionando con fuerza su abdomen y la frente apoyada contra el mármol frío. Suelta un quejido ahogado que intenta tragarse con todas sus fuerzas cuando nota mi presencia y a mí se me tensan los hombros al verla en ese estado.

—¿Qué te pasa?

Vuelve a soltar un gemido de dolor.

—Creo que me estoy muriendo.

La miro y algo se retuerce en mi interior cuando veo su expresión agonizante.

Echo un vistazo a su alrededor, en busca de algo que me indique qué está pasando, a pesar de que todo está en penumbra.

Alzo las cejas, sorprendido, cuando veo la caja de galletas que le entregó Valentina antes de irnos, abierta sobre la encimera y completamente vacía.

Vuelvo a mirarla.

Tiene el ceño fruncido. Se aprieta el estómago con fuerza y no deja de soltar quejidos.

—No me lo puedo creer. —Me paso las manos por la cara—. Te lo dije.

—Y yo no te pregunté —consigue susurrar, con la voz temblorosa y los ojos apretados.

Me acerco a ella con pasos rápidos y firmes, terminando de acortar nuestra distancia.

Me mosquea que sea tan testaruda como para sufrir en silencio, aquí abajo, a oscuras, antes de pedirme ayuda.

—¿Cuántas te has comido?

—No lo sé.

—Jade…

—No las he contado —protesta, incorporándose unos centímetros para fulminarme con la mirada—. Además, ¿a ti qué te importa? Déjame en paz.

—Me importa porque me has despertado —miento—, y porque vas a ponerlo todo perdido como acabes vomitando.

Justo en ese momento se dobla de nuevo y deja escapar otro quejido.

—Te dije que te dolería el estómago, pero tú nunca me haces caso.

Me acerco a ella un poco más. Le aparto el cabello oscuro de la cara, colocando un mechón rebelde por detrás de su oreja.

Su piel se siente fría bajo mis dedos. Se queda mirándome con los labios entreabiertos, y la poca luz que entra a través de la ventana hace que le brillen más los ojos.

Sin pedirle permiso y sin pensarlo demasiado —porque si lo hago sé que me voy a acabar arrepintiendo y daré media vuelta—, le paso un brazo por detrás de las rodillas y la levanto sujetándola por la espalda.

Jade suelta un grito ahogado de sorpresa y me rodea los hombros por puro instinto, clavándome los dedos en la piel a través de la tela fina de la camiseta. El contacto de su cuerpo contra mi pecho me tensa un poco, pero me mantengo firme y me aseguro de sujetarla con fuerza.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? Suéltame ahora mismo —masculla, pero ella tampoco me suelta a mí.

—Te voy a llevar a la cama y te voy a preparar una infusión para el dolor de estómago, que es lo que deberías haberme pedido hace un buen rato —gruño, comenzando a caminar hacia las escaleras con ella sujeta contra mí—.

Hoy dormirás en mi habitación —le informo cuando por fin estamos en la planta de arriba.

—Estás mal de la cabeza si piensas que voy a dormir en tu habitación.

—En la tuya duerme la gata, y tengo que asegurarme de que te pongas bien.

Me mira con la cabeza ladeada y fuerza una sonrisa.

—Si sigues actuando así, voy a empezar a pensar que te preocupas por mí.

—Me preocupo por mi reputación, que es diferente. Y no quedaría nada bien ante Vittorio si te dejara pasar la noche doblada de dolor en la cocina —sentencio, abriendo la puerta de mi cuarto con una patada suave—. Y deja de moverte así si no quieres que te tire al suelo.

—Te odio. De verdad, eres insoportable.

—El sentimiento es mutuo —afirmo, tumbándola sobre el colchón—. Y ahora cállate, necesitas descansar.

Sé que se encuentra mal de verdad porque ni siquiera tiene fuerzas para replicar o enfrentarse a mí, sino que se mete dentro del edredón y se encoge en posición fetal, abrazándose a un cojín.

No es una mujer de complexión pequeña, pero por alguna razón parece diminuta en mitad de mi cama.

Su cabello oscuro le cae desordenado y rizado por la almohada y tiene las mejillas ligeramente encendidas.

Durante un instante, me quedo ahí de pie, mirándola desde arriba con los brazos cruzados.

Me irrita su presencia y que esté en mi habitación. Me irrita que su perfume haya invadido mi espacio personal.

—Quédate quietecita. —Veo que me mira de reojo y aprovecho para señalarla con el dedo—. Voy a prepararte algo para el dolor de estómago.

—No quiero nada tuyo —masculla entre dientes, sin abrir los ojos—. Déjame morir en paz.

—Si te mueres en mi cama, yo sería el principal sospechoso y no me apetece tener que deshacerme de ningún policía.

Aprovecho que se ha quedado en silencio sin replicar para salir de la habitación y bajar a la cocina a paso rápido, maldiciendo internamente el momento en el que Milán decidió traer esas malditas galletas y, sobre todo, en el que Valentina pensó que era buena idea que nos lleváramos una caja a casa.

Rebusco en la despensa y en los armarios de la cocina hasta que encuentro una caja de manzanilla.

Pongo el agua a calentar y observo el cielo a través del ventanal, cada vez de un azul menos intenso y más grisáceo.

Una vez que tengo la infusión preparada, cojo la taza humeante con cuidado de no quemarme y vuelvo a subir a la habitación.

Jade ha cambiado de posición y ahora está sentada, con las piernas estiradas sobre el colchón y la espalda apoyada sobre el cabecero.

Tiene la cabeza echada hacia atrás, sobre la pared, y los ojos cerrados, hasta que nota mi presencia y los acaba abriendo.

Me siento en el borde del colchón y le acerco la taza.

—No pienso beberme eso —refunfuña, arrugando la nariz.

—Claro que lo vas a hacer.

—Está asqueroso.

—Pero si todavía no la has probado.

—Da igual, puedo olerla. Además, la has preparado tú, así que ya sé que tiene que saber horrible. —Vuelve a llevarse la mano al estómago y frunce el ceño, aguantando un quejido de dolor—. Creo que voy a vomitar.

—Tómate esto. —Le vuelvo a ofrecer la taza.

—Te he dicho que no —insiste—. No quiero nada tuyo.

—Madre mía, Jade. —Me paso la mano libre por la cara, exasperado—. Bébete la maldita infusión de una vez, antes de que acabes con mi paciencia.

No le doy mucha opción a réplica, pues le acabo poniendo la taza en las manos. Me fulmina con la mirada, pero acaba llevándose el borde a los labios y dando un pequeño sorbo.

En cuanto lo prueba, arruga el entrecejo y pone una mueca de total repugnancia.

—Dios mío.

—¿Qué?

—Ahora sí que voy a vomitar. —Suelta una arcada exagerada que me hace poner los ojos en blanco.

—Sigue bebiendo, te ayudará con el dolor de estómago.

—Lo que me ayudaría es morirme, porque menudo asco —refunfuña antes de dar otro sorbo—. Podrías ponerle un poco de azúcar.

—Así está bien.

—No, no lo está —rebate—. No me gusta el té sin azúcar. —Vuelve a ofrecerme la taza—. No pienso seguir bebiéndome esto.

—Claro que lo harás.

—Ponle azúcar —dice, sosteniéndome la mirada de forma desafiante.

—No.

—Pues entonces no me lo tomo.

—¿Te han dicho alguna vez lo insoportable que eres? —gruño, poniéndome de pie y dejando la taza sobre la mesita de noche—. No te muevas. Voy a bajar a buscar el dichoso azúcar.

Salgo de la habitación de nuevo y bajo los escalones de dos en dos, desquiciado por la situación.

Entro en la cocina hecho una furia y empiezo a buscar el azúcar, pero parece haber desaparecido por arte de magia, pues no lo encuentro por ninguna parte.

Busco en el estante de las especias, en la despensa, detrás de los botes de café…

pero nada, ni rastro. Al parecer los empleados han escondido las cosas de primera necesidad para que nos volvamos locos buscándolas cuando las necesitemos.

Pierdo la noción del tiempo mientras busco el maldito bote, maldiciendo en italiano, en turco, y en todos los idiomas que se me pasan por la cabeza; sin dejar de abrir y cerrar cajones con tanta fuerza que acaban retumbando por toda la estancia.

No encuentro el azúcar y Jade tiene que estar retorciéndose del dolor.

A este paso vamos a tener que ir al hospital para que le pongan una inyección.

Y eso solo me traería problemas. Por eso me preocupa tanto.

Finalmente, acabo encontrando un azucarero de porcelana que estaba escondido al fondo, en uno de los muebles altos. Lo agarro sin dudar y subo las escaleras a zancadas, listo para enfrentarme de nuevo al terremoto que tengo en la habitación y obligarla a tomarse la infusión de una vez por todas.

Sin embargo, cuando entro en la habitación, las palabras se me quedan atascadas en la garganta.

Jade se ha quedado dormida sobre mi cama.

Sobre mi cama.

La primera luz de la mañana cubre la habitación con tonos dorados y anaranjados, llenando la cama de las sombras que proyectan los rayos de sol que se filtran a través de los ventanales, que también acaban arrancándole algunos destellos cobrizos a sus rizos oscuros.

Las sombras de los cipreses se proyectan sobre las paredes y el edredón, que se mueven lentamente al compás de la brisa de la mañana.

Ella parece mucho más tranquila y relajada, con una mano apoyada sobre su estómago y la otra extendida sobre las sábanas, las cuales tendré que tirar ahora que se han quedado impregnadas con su olor.

Recojo la taza de la mesilla y enarco las cejas cuando veo que está vacía. Me quedo observándola varios segundos antes de clavar de nuevo mi mirada en Jade.

—Mentirosilla… —murmuro casi para mí mismo, negando con la cabeza y con los labios ligeramente curvados en una pequeña y efímera sonrisa. Se ha bebido la infusión entera.

Suelto un suspiro y me quedo observándola durante unos segundos más de los que debería. Solo para asegurarme de que está bien y de que ya no tiene dolor.

O eso es lo me digo a mí mismo.