Chapter 31
Hay momentos en los que el mundo parece detenerse por completo, congelando el aire en tus pulmones y transformando los sonidos a tu alrededor en un eco lejano y cada vez más distorsionado.
Este es uno de esos momentos. Todo ha pasado a un segundo plano: el tintineo de los cubiertos, el choque de la copa del Don contra la mesa, el repiqueteo de las joyas de Valentina cada vez que mueve alguna de sus manos al hablar, la voz rasgada de Micaelo…
Todo sigue avanzando, pero en paralelo; como si yo fuera una mera espectadora de todo lo que está sucediendo.
Mis ojos se clavan en el hombre que acaba de cruzar el umbral de la terraza y no puedo evitar que se abran de par en par.
Esto sí que no me lo esperaba. El chico que entra es Milán, el mismo que conocí en la Toscana y me integró en su grupo de amigos.
En una de sus manos sostiene una gran caja de pasteles envuelta con un lazo elegante y tiene una sonrisa relajada en el rostro, que se le acaba congelando en cuanto se percata de nuestra presencia.
—¿Milán?
Su nombre abandona mis labios antes de que pueda detenerlo.
Sigue exactamente igual que la última vez que nos vimos.
O quizá no. Tiene el cabello castaño algo más corto por los lados y la mandíbula cubierta por una barba de varios días que le endurece ligeramente las facciones.
Va vestido de forma sencilla; con unos vaqueros holgados y un jersey de punto remangado hasta los antebrazos.
Sigue teniendo esa sonrisa picarona y esos ojos azules llenos de brillo que siempre parecen estar observándolo todo.
Sigue siendo él. Y, por un instante, Siena desaparece.
Los Gherardi desaparecen. La mafia desaparece.
Todo lo que he tenido que pasar en los últimos seis meses desaparece.
De repente, vuelvo a estar en la Toscana, junto a un grupo de amigos que me acogieron como a una más y me trataron con el mismo cariño que si me conocieran de toda la vida. Algo se encoge en mi estómago, aunque trato de mentalizarme de que a cualquiera le pasaría si estuviera en mi lugar.
—Veo que he llegado justo a tiempo para las presentaciones —dice el chico de pelo castaño, rompiendo el hielo con total naturalidad, al tiempo en que deja la caja de pasteles sobre la mesa y se acerca a Vittorio—.
Nonno. —Le tiende la mano y luego se inclina para darle dos besos respetuosos.
La tirantez en las facciones del Don no desaparece del todo, pero atisbo un destello de orgullo reprimido en sus ojos al observar a su nieto—.
Valentina —añade, saludándola con un beso en los nudillos que le termina arrancando una sonrisa sincera.
—Llegas tarde —espeta su abuelo, aunque la dureza de sus palabras se ha suavizado notablemente desde que su nieto ha aparecido. Es evidente que este chico es su única debilidad—. Estábamos a punto de empezar sin ti. Siéntate. —Le señala su silla con un movimiento de cabeza.
—Había mucha cola para entrar en Siena —miente descaradamente, guiñándole un ojo a Valentina antes de rodear la mesa hasta quedar junto a Micaelo—. Déjame saludar primero a tus invitados, que hace mucho tiempo que no los veo. Me alegra verte, nonno.
—Estoy cansado de repetirte que no lo llames así. Tu único nonno soy yo.
—Tú eres nonnito —puntualiza, con picardía, mirándole por encima del hombro—. Y él es el nonno de prácticamente toda la Toscana, no seas celoso. Me alegra verte, Micaelo —añade, centrando de nuevo su atención en él.
Kerem se levanta del asiento para saludarle.
Tiene la mandíbula apretada y los hombros tensos, a pesar de estar frente a una persona a la que conoce tan bien.
—Veo que al final decidiste resucitar —comenta en voz baja.
—Déjate de tonterías, Milán —replica Kerem en tono seco, aunque la comisura de sus labios hace el amago de elevarse.
Se dan un ligero apretón de manos que acaba convirtiéndose en un abrazo breve, acompañado de una palmada en la espalda que parece sellar los seis meses de silencio que los han separado hasta ahora—. Tenía asuntos que resolver.
—Y una boda que preparar, al parecer. Enhorabuena.
—¿Tú lo sabías? —pregunto, con la cabeza ladeada, intercalando mi mirada entre uno y otro.
—Más o menos —admite Milán, tomando asiento en la silla libre frente a nosotros—. No quiso darme demasiados detalles cuando planeó su desaparición, pero acabé enterándome por mi cuenta. Lo que no me esperaba era encontrarte a ti a su lado.
—Yo sí que no me esperaba encontrarte aquí. Jamás me imaginé que tendrías algo que ver con este mundo.
—Y no lo tengo —se apresura a dejar claro, de forma cortante.
Pestañeo un par de veces. El resto de la mesa se ha quedado en silencio. Miro por el rabillo del ojo a Kerem y veo que me hace una señal con la cabeza, negando. Capto la idea de que quiere que me calle y pongo los ojos en blanco.
—Milán no pertenece a la mafia —me explica Kerem, en voz baja cuando el resto está demasiado entretenido con sus conversaciones—. Y no hables más de ese tema.
—Lo siento —susurro. Me responde con un asentimiento rápido de cabeza.
Los empleados empiezan a servir los primeros platos y el aroma a tomate, albahaca, orégano y pan rústico recién horneado invade la terraza, mezclándose con el del vino tinto.
Colocan sobre la mesa varias fuentes para compartir con diferentes embutidos, quesos curados, verduras de invierno asadas y una enorme tabla de bruschettas que no tarda demasiado en desaparecer.
Durante la comida, el tiempo pasa de manera extraña.
Don Vittorio y Micaelo lideran la conversación sobre negocios, Kerem y Milán hablan como si nada hubiera pasado entre ellos, aunque noto cierta tensión que en Cortona no existía y, Valentina aprovecha la distracción de su marido para conversar conmigo en un tono más cercano.
Me pregunta por Estambul, por mis gustos, por la boda, por mis amigos…
y, en definitiva, por todo lo que me gustaría hacer ahora que estoy instalada aquí.
Tomamos los cantuccini que ha traído Milán servidos junto a un café. Son galletas de almendra típicas de la zona y están tan sabrosas que no puedo parar. Cada vez que me prometo a mí misma que será la última, mi mano cobra vida propia y acaba alcanzando otra.
Mi corazón se agita cuando Kerem se inclina hacia mí y siento su aliento cálido rozando la curva de mi cuello.
—Voy a tener que contratar a un cocinero especializado en cantuccinis —susurra, cerca de mi oído, provocándome un escalofrío con la vibración de su voz ronca—. Te las estás comiendo todas.
—¿Y qué pasa? —Me giro hacia él y lo miro desafiante.
—Nada —responde, sin apartar sus ojos de mi boca, que permanece entreabierta.
Mi pecho se mueve algo agitado ante su cercanía, y me digo a mí misma que solo es porque detesto tenerle cerca.
Acerca su mano a mi rostro y lleva su pulgar hasta la comisura de mi labio.
Me limpia las migas de la galleta con el dedo y no puedo apartar la mirada de sus ojos, que siguen clavados en mi boca—.
Solo estaba pensando en cuánto tiempo tardarás en quejarte de que te duele el estómago.
El Don se levanta de la mesa de forma imponente, seguido por Micaelo, que se apoya en su bastón y le sigue el paso hacia el interior de la villa.
—Tenemos que revisar unos papeles importantes antes de que caiga la tarde —murmura, sin apartar la mirada de su nieto—. No te vayas sin despedirte, Milán.
—Tranquilo, nonno . Estaré aquí esperándote.
—Kerem. —En cuanto escucha su nombre de la boca de Vittorio, todo su cuerpo se tensa—. Mañana te necesito aquí a primera hora.
—Aquí estaré.
En cuanto se retiran hacia el interior de la villa, Valentina hace lo mismo, excusándose con supervisar al servicio, por lo que acabamos entrando nosotros también, pues las temperaturas empiezan a bajar a esta hora de la tarde, incluso con la calefacción puesta.
Nos acomodamos en el sofá, sumidos en un silencio absoluto.
Intercambiamos miradas, pero ninguno de los tres parece estar dispuesto a romper esta tensión que se ha formado.
Milán es el primero en ceder. Se acaba echando hacia delante y apoya los codos sobre sus rodillas. Acto seguido, se despeina un poco el pelo con las manos y suspira antes de mirarnos.
—Bueno —dice, rompiendo por fin con el silencio que empezaba a ahogarme—. Ahora que mi abuelo no está… podemos dejar de fingir que todo esto es normal.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros.
—Porque, por si alguno lo ha olvidado, hace seis meses tú estabas muerto. —Señala a Kerem. Luego posa la mirada sobre mí—. Tú te llamabas Gia y habías desaparecido del mapa. De hecho, os llevabais fatal. No podíais pasar más de diez minutos sin discutir.
Miro a Kerem, que a su vez me mira a mí.
—Y ahora estáis casados.
Se echa hacia atrás y se recuesta en el sillón.
—¿Alguno de los dos me puede explicar cómo habéis acabado casados, si según tengo entendido, vuestras familias son enemigas y ninguno de los dos soporta al otro?
Bajo la vista hacia mis manos.
—Bueno…, ¿quieres la versión corta o la larga?
—La que contenga todos los detalles.
—La versión corta es que las cosas se complicaron entre las familias y El Sultán nos obligó a casarnos —masculla Kerem, removiéndose incómodo sobre el sofá.
—Vaya, esa es una versión terrible —replica Milán.
—Y es la única que vas a tener. —Se levanta del sofá y me tiende la mano—. Jade, tenemos que irnos.
Dudo durante algunos segundos, pero finalmente, tras sentir los ojos azules de Milán demasiado pendientes de mi reacción, acabo tomando la mano del pelinegro, que me mira expectante. La palma de su mano me quema.
Nos despedimos del resto y, solo después de aceptar una caja con cantuccini de parte de Valentina, nos marchamos de vuelta a casa, sumidos en un silencio abrumador que se extiende durante todo el trayecto y se mantiene hasta que cada uno se encierra en su respectiva habitación, separados por una pared que con cada hora que pasa parece ser más fina.