Chapter 30
El sonido de su cristalera al cerrarse de un portazo seco me devuelve de golpe a la realidad, arrebatándome el efímero instante en el que Kerem se había permitido ser Luca antes de volver a ocultarse tras sus múltiples capas.
Me quedo mirando fijamente las cortinas de su habitación, con la conversación que hemos tenido hace tan solo un par de minutos flotando en el aire y el malestar todavía instalado en el cuerpo.
Un escalofrío me recorre toda la columna, obligándome a entrar de nuevo en mi habitación.
Las horas siguientes pasan en una extraña y tensa calma.
Lo primero que hago es darme una ducha larga, intentando que el agua caliente destense un poco mis músculos doloridos y el malestar que se me ha clavado en el estómago.
Saludo al personal y desayuno en silencio mientras intento poner en orden mis pensamientos.
Una hora y media más tarde, me encuentro perdida en el vestidor, el mismo que ya está lleno de toda la ropa que conseguí meter en las maletas, tratando de buscar un buen conjunto para la comida de hoy. Los Gherardi nos han invitado a comer, y debo causar buena impresión.
Tardo más de lo que me gustaría en elegir.
La mayor parte de mi ropa se ha quedado en Estambul y todavía me tengo que acostumbrar de nuevo a rebuscar en un armario, o en este caso en un vestidor, y encontrarme con tan pocas opciones.
Quizás me vendría bien ir de compras y renovar un poco mi armario.
Al final me decanto por un jersey de cuello alto color crema que se ciñe con suavidad a mi torso, unos pantalones de vestir de talle alto a juego, para rematar y protegerme de las bajas temperaturas, un abrigo largo beige que cae con elegancia hasta mis tobillos.
Me echo un vistazo en el espejo y suelto un resoplido. Pensaba que la parte más complicada era elegir outfit, pero sin duda es decidir qué hacer con el pelo.
Permanezco varios minutos frente al espejo, observando mis rizos.
Mis dedos juegan distraídamente con uno de los mechones que caen sobre mis hombros.
Podría alisarlo. Tengo tiempo y tampoco tardaría demasiado.
Pero no sé si es lo que me apetece hacer.
Así que, por esta vez, dejo mis rizos en paz. Libres y salvajes.
Meto lo imprescindible en el bolso de mano de color naranja oscuro, me perfumo y salgo de mi habitación, no sin antes despedirme de Chanel. Luego bajo las escaleras hacia la planta baja, donde me encuentro a Kerem, esperándome de brazos cruzados junto a la puerta principal.
Levanta la cabeza en cuanto escucha mis pasos, amortiguados por los tacones.
Su mirada me recorre lentamente, y se acaba quedando completamente quieto, hasta que por fin toma aire y dice:
—Llegas siete minutos tarde.
Una sonrisa amenaza con aparecer en mi rostro.
—¿Los has estado contado uno a uno?
Algo cambia en su expresión, aunque no me atrevo a deducir qué es, solo sé que la dureza de su mandíbula parece relajarse levemente y que el aire se vuelve más denso y pesado, cargado de una electricidad que consigue erizarme la piel a través de las capas de ropa.
Aunque no dura demasiado, pues enseguida lo oculta tras su semblante habitual; serio, imperceptible, con los hombros tensos y cara de pocos amigos.
— Piccoli . —La voz de Micaelo suena amortiguada al otro lado de la puerta—. No tengo olfato, pero el oído lo tengo muy bien —suelta, con lo que creo que es un tono burlón—. Sé que estáis ahí.
Kerem pone los ojos en blanco y aparta la vista de golpe. Se pone el abrigo y abre la puerta principal. Nos encontramos con Micaelo al otro lado, apoyando su peso sobre su bastón. Lleva un conjunto mucho menos arreglado que ayer y parece mucho más tranquilo.
—No sé si se os ha olvidado ya, pero no me gusta la impuntualidad —masculla, con una ceja alzada.
—A mí tampoco —responde Kerem—. Pero me has obligado a casarme con una mujer que parece vivir atrapada en el pasado.
—Muy gracioso.
Pongo los ojos en blanco, aunque ninguno de los dos puede verme, pues van un par de pasos por delante, intercambiando algunas palabras en voz baja mientras caminamos hacia el coche, donde nos espera un conductor.
Micaelo ocupa el asiento delantero con cierta dificultad, apoyándose en el bastón para acomodarse. Parece que hoy tiene algo más de dolor en la rodilla, aunque dudo mucho que vaya a reconocerlo, así que tampoco le pregunto, pues no quiero incomodarlo.
Kerem se sienta a mi lado en la parte trasera y, una vez que el conductor también está dentro, el coche se pone en marcha casi de inmediato.
El camino serpentea entre olivos y cipreses que reflejan los rayos del sol, creando pequeños destellos dorados que contrastan con el verde intenso de sus copas y parecen jugar a crear diferentes tipos de sombras sobre la tierra.
Observo las hileras de los viñedos, destacando sus líneas geométricas puras a través de las colinas, mostrándose desnudas y con un aspecto melancólico y solitario, que parece estar esperando pacientemente la llegada de la primavera para volver a llenarse de color y alegría, tal y como la imagen que guardaba en mi cabeza.
Tras unos cuantos minutos de trayecto, la villa principal se alza imponente frente a nosotros. Anoche solo pude distinguir su silueta entre la oscuridad y la distancia, pero ahora puedo verla con total claridad. Y es enorme. Mucho más de lo que imaginaba.
La piedra desgastada cubre toda la fachada, otorgándole ese aspecto antiguo y majestuoso que solo puede tener un lugar así.
Varias buganvillas trepan por sus muros, aunque el invierno las haya dejado desnudas e indefensas.
Está rodeada por grandes ventanales que reflejan la luz del sol y el cielo despejado en este mediodía, terrazas llenas de vida y jardines perfectamente cuidados que rodean la propiedad.
Hay maceteros con flores que esperan impacientes la llegada de la primavera, alineados junto a los caminos.
Todo parece cuidado al detalle, pero sin llegar a parecer artificial.
Sigo observando con cautela a mi alrededor y distingo varias propiedades auxiliares: un establo, algunas casas más de invitados, aparte de la nuestra y un pequeño invernadero, rodeados de campos y viñedos que se pierden en el horizonte antes de llegar a la ciudad.
El coche atraviesa una verja de hierro y avanza por un camino rodeado de cipreses. El sonido de las ruedas sobre la grava rompe el silencio que reina en el interior del vehículo y que, bajo mi punto de vista, comienza a resultar incómodo.
Cuando el conductor estaciona el coche y apaga el motor, nos bajamos del vehículo. El aire gélido de enero me golpea el rostro de inmediato, y agradezco mentalmente haberme puesto una camiseta térmica bajo la ropa.
Un empleado de la villa, vestido de forma impecable, nos espera en la puerta. Inclina la cabeza cuando pasamos por su lado y se aclara la garganta.
—Benvenuti, signori —murmura, casi sin mirarnos—. El Don los está esperando en el jardín trasero. Síganme, por favor.
Kerem se coloca a mi lado y yo me enderezo, haciéndole ver que no me afecta en lo más mínimo su cercanía.
Me coloca la mano en la zona baja de la espalda cuando empezamos a caminar hacia la entrada y el corazón me da un vuelco.
Me repito a mí misma que hoy tenemos que fingir ante todas estas personas y que tengo que acostumbrarme a este tipo de gestos, aunque los deteste por completo.
Así que no le aparto la mano, sino que sigo caminando pegada a él.
El hombre nos guía hasta llegar a una gran terraza, parcialmente protegida por unos muros altos y grandes estufas de exterior que desprenden un calor bastante agradable.
En el centro hay una mesa larga de madera.
Sentado en el extremo, presidiendo la mesa, se encuentra el Don, que según me ha dicho Luca se llama Vittorio Gherardi.
A simple vista, parece un abuelito adorable.
Es un hombre bastante mayor; apenas le quedan pelos que mostrar en la cabeza, y los pocos que tiene son de color grisáceo.
Va vestido con un jersey de cuello alto y una chaqueta informal.
Tiene unas arrugas en la cara redonda y una media sonrisa que le da un aspecto de bonachón.
Sin embargo, en cuanto alza la vista y clava sus ojos azules en los míos, esa fachada de anciano adorable se esfuma por completo, transformándose en un hombre frío, calculador y letal.
Uno que parece estar más que acostumbrado a dictar sentencias de muerte con un simple parpadeo.
—Benvenuti —pronuncia el Don. Su voz es grave y un poco rasposa por la edad, pero lo suelta con una autoridad que hasta los muros de la terraza parecen estremecerse—. Micaelo, querido amico.
Se levanta de su silla con una agilidad sorprendente para su edad y camina hacia Micaelo, con los brazos abiertos de par en par.
No tardan demasiado en darse un pequeño abrazo amistoso, con palmadas sonoras en la espalda incluidas.
Uno de esos abrazos sinceros que solo se reservan para las personas importantes.
Mi atención, sin embargo, se desvía hacia la figura que permanece junto al Don. Es una mujer muchísimo más joven. No creo que tenga más de treinta años.
Tiene la piel clara y el cabello rubio recogido en una coleta alta y repeinada. Lleva un vestido bastante elegante y luce una sonrisa en el rostro todo el tiempo, pero hay algo en ella y en la tristeza que empaña sus ojos que me resulta dolorosamente familiar.
Mi estómago se encoge sin previo aviso y me hace perder el aliento por un segundo, porque por un instante el recuerdo de Leyla me golpea con fuerza.
—Kerem. —La voz de Don Vittorio me saca de mis pensamientos, haciéndome parpadear y volver a la realidad—. Veo que al final has venido muy bien acompañado.
Parece un comentario simple e inocente, pero siento cómo la tensión se apodera del cuerpo de Kerem, a mi lado. En ningún momento ha apartado su mano de mi espalda; ahora, sin embargo, sus dedos se hunden con un poco más de fuerza en mi cintura.
—Don Vittorio —responde Kerem con sequedad, sosteniéndole la mirada con el máximo respeto posible—. El pacto está sellado. Mi prioridad ahora mismo es mantener la estabilidad en nuestros negocios. Y la de Jade, como mi esposa, es estar a mi lado.
Una sonrisa divertida cruza el rostro del anciano.
—Por supuesto, por supuesto. —Hace un ademán con la mano, llena de anillos, restándole importancia—.
Los Gherardi siempre cumplimos con nuestra palabra.
—Me mira—. Jamás traicionamos a los nuestros.
—Sé que esas palabras van por mí y por mi familia, pero consigo morderme la lengua y mantenerme callada—.
Y ahora, tu esposa también es uno de los nuestros y está bajo nuestra protección, ¿verdad?
—inquiere, clavándome su mirada sin pestañear.
Sus ojos azules se posan sobre mí y el agarre de Kerem se hace todavía más fuerte.
No le digo nada, pero empieza a clavarme los dedos un poco.
Siento el peso de su mirada recorriéndome despacio, analizándome con una precisión casi quirúrgica.
No hay hostilidad en sus ojos azules, pero tampoco calidez.
Más bien trata de estudiar mis facciones y mis gestos, como si estuviera decidiendo si voy a ser un problema o una buena inversión.
Asiento con la cabeza. Él me echa un vistazo de arriba abajo, sin ningún tipo de reparo.
—Así que tú eres la hija de Burak.
Kerem se pone rígido a mi lado.
—Prefiero que me llamen por mi nombre —me apresuro a dejarlo claro desde ya—. Soy Jade.
Se queda callado unos cuantos segundos. Su mujer agacha la cabeza.
Micaelo me mira con los ojos desorbitados y Kerem está a punto de desencajarme la cadera por la fuerza con la que me está sujetando.
Me arrepiento al instante de mi impertinencia, pero antes de que me dé tiempo a pedir disculpas, el hombre suelta una carcajada que nos sorprende a todos.
—Veo que eres una mujer con carácter.
—Eso dice todo el mundo.
Asiente con la cabeza, dedicándome una sonrisa ladeada.
—Ahora entiendo por qué este chico parece estar tan agotado.
—Créame, yo también estoy agotada.
La sonrisa del Don se ensancha.
—No os quedéis de pie, por favor —interviene su mujer, con una sonrisa suave que estoy segura de que intenta distender el ambiente tenso que se acaba de formar de un momento a otro.
Se levanta y camina hacia mí. Me mira con los ojos llenos de brillo y me extiende la mano con cierto nerviosismo, antes de continuar, diciendo—: Soy Valentina. Encantada.
Nos saludamos con un apretón de manos que me deja un poco desconcertada, pues estoy acostumbrada a dar dos besos. Tomo asiento junto a Kerem y frunzo el ceño cuando me percato de que hay un asiento libre junto a la mujer rubia.
—¿Esperamos a alguien más? —pregunta Micaelo, rompiendo el silencio.
La sonrisa que Valentina parece tener tatuada en la cara se ensancha al instante.
—Mi nieto —añade el Don, antes de llevarse la copa de vino que acaba de llenar a los labios—. Debería haber llegado hace una hora, pero ya sabes cómo es. —Hace un ademán despreocupado con la mano—. Ni siquiera sé si aparecerá o estará ocupado haciendo quién sabe qué.
—Claro que vendrá —se apresura a decir su mujer, con una paciencia que parece ensayada.
—Eso dices siempre.
—Y siempre acaba viniendo. —Apoya su diminuta mano sobre la de Vittorio, mucho más grande y de un aspecto más calloso.
—Tarde —gruñe—. Siempre llega tarde —le explica a Micaelo—. Bueno, eso si es que llega. Porque la mayoría de los días ni siquiera se digna a aparecer.
La mujer le dedica una pequeña sonrisa y Vittorio resopla, aunque juraría que también está luchando por ocultar la suya.
—Cada dos semanas comemos juntos —nos explica, girándose hacia nosotros—. Bueno, lo intentamos. Nuestros horarios no siempre nos lo permiten.
—No —espeta—. Yo lo intento —corrige a su mujer—. Él aparece cuando le da la gana.
—Porque tiene una vida alejada de todo esto. —Le acaricia el dorso de la mano con suavidad, como si lo conociera tan bien que tratara de calmarlo incluso antes de que sus nervios estallaran.
El sonido de una puerta cerrándose resuena en algún punto de la villa, seguido de unas risas y una voz masculina que se mezcla con el murmullo alegre de varias voces femeninas.
—Ahí está. —Valentina suelta una risita antes de llevarse la copa a los labios.
—Ya está intentando coquetear con el personal como hace siempre —se queja Vittorio, soltando un resoplido que hace reír a Micaelo.
Miro de reojo a Kerem, que también se muerde el interior de la mejilla como si tratara de reprimir una sonrisa. Todos parecen conocer al nieto del Don menos yo.
Unos pasos se acercan hasta que un olor a pino que recuerdo bastante bien acaba inundando mis fosas nasales.
—Lo siento, nonnito. He traído el postre.
El corazón me da un vuelco.
No puede ser.
Levanto la vista de golpe.
—¿Milán?