Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 29
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Chapter 29

El olor a carne quemada me revolvía el estómago.

Lo peor es que era mi propia piel la que estaban calcinando lentamente.

Mis manos seguían atadas a los reposabrazos de una silla de madera y mi espalda, completamente llena de heridas y sangre seca, pegada al respaldo.

Tres hombres corpulentos sujetaban mi cuerpo débil, el mismo que había estado soportando sus torturas durante días enteros, manteniéndome inmovilizado, mientras que la voz del Don resonaba por toda la sala.

Casi sentía que si cerraba los ojos sería capaz de seguir escuchándola, aunque él no estuviera aquí.

La mayoría de la sangre que cubría mi espalda y parte de mi torso ya se había secado, cubriéndolo de un color rojo oscuro, salvo por algunos goterones frescos que todavía resbalaban por la zona del costado.

La habitación permanecía en penumbra; solo había una bombilla colgando del techo, que se balanceaba levemente sobre los hombres trajeados que me observaban en silencio, esperando cualquier fallo por mi parte para matarme.

—Todavía estás a tiempo de echarte atrás —me dijo, con voz grave—. Si abandonas ahora, todavía puedes seguir con vida.

Solté una carcajada amarga y enseguida la boca se me llenó de un característico sabor metálico y ligeramente salado.

—No pienso hacer eso —escupí.

—Llevabas razón —le dijo a Micaelo, asintiendo con la cabeza—. Es bastante perseverante. Me gusta.

Algo parecido a una sonrisa cruzó su rostro. Entonces hizo un gesto con la mano y uno de sus hombres avanzó hacia mí.

Me estremecí al oír el siseo del metal al salir de las brasas, pues sabía perfectamente lo que me esperaba a continuación. Miré por encima del hombro y vi la silueta de la rosa forjada en el extremo del hierro antes de que la aproximaran a mi costado.

Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones.

—Mírame —me dijo el Don, mientras uno de sus hombres comenzaba a marcarme de por vida—. Quiero que te acuerdes de mí cada vez que veas las marcas que a partir de ahora adornarán tu cuerpo, que te recordarán que eres uno de los nuestros, desde hoy y para siempre.

El metal tocó mi piel. El dolor fue tan devastador que sentí que el mundo entero se teñía de color negro.

Solté un grito desgarrador desde lo más profundo de mi interior y me mordí la lengua con tanta fuerza que el sabor amargo de mi propia sangre inundó mi boca, ahogando los gritos que amenazaban con romperme la garganta.

Las lágrimas me nublaron la vista y la rosa siguió ardiendo sobre mi piel, marcándome y condenándome de por vida.

Convirtiéndome en uno de ellos, para siempre.

Aprieto los puños contra las sábanas y abro los ojos, desorientado, deseando que el techo blanco de la casa en Siena sustituya las sombras que me persiguen en mi mente.

Mi pecho se mueve de forma errática. Intento respirar hondo, pero enseguida siento el pecho oprimido y la bocanada de aire se queda atascada en mi garganta.

Inhalo con fuerza, tratando de llenar los pulmones, pero de estos no dejan de salir sonidos y silbidos agudos.

Maldita gata.

Me incorporo y busco a tientas el inhalador que dejé hace unas horas en la mesita de noche.

Lo cargo e inhalo, obligando a mis pulmones a expandirse de nuevo mientras el sabor amargo de la medicación me inunda la boca.

Dejo tirado el pequeño aparato sobre la cama y me paso las manos por la cara, exasperado, tratando de calmar los malditos nervios y volver a respirar con normalidad.

Siento la camiseta húmeda completamente pegada a la piel de mi espalda, así que me la quito a regañadientes y la tiro al suelo.

Las temperaturas a esta hora de la madrugada son bastante bajas, pero no pienso levantarme en busca de otro pijama, así que me cubro bien con el edredón y me obligo a cerrar los ojos.

Me muevo inquieto sobre el colchón, en busca de una postura que me facilite volver a coger el sueño, pero me resulta imposible.

Cada vez que me muevo, un pinchazo en el costado me recuerda la pesadilla que acabo de tener.

Me llevo la mano a la zona, recorriendo a ciegas el relieve del tatuaje de la rosa que cubre la quemadura.

Siento que la garganta se me cierra por completo y el aire no me llega a los pulmones.

Necesito aire.

Me levanto de la cama casi de un salto y tras ponerme una sudadera, camino casi a ciegas hasta el ventanal. Abro la cristalera con cuidado de no hacer ruido y salgo al balcón, dejando que el aire de la madrugada me golpee el rostro y me espabile un poco.

Observo el cielo. Todavía es de noche, y aún conserva ese tono azul oscuro que precede al amanecer y una fina capa de niebla cubre los campos que rodean toda la propiedad de los Gherardi.

Me apoyo en el muro de piedra, cierro los ojos e inspiro con fuerza, obligando a mi pecho a expandirse, aunque por dentro todavía sienta que me están ahogando.

Echaba de menos esto.

En los últimos seis meses he tenido que vivir en las sombras, vigilando de cerca a mis enemigos, rodeado de coches, sirenas, voces, gritos, disparos…

Mientras que aquí solo escucho el crujir de las ramas de los cipreses, que se mueven ligeramente hacia los lados con la brisa de la mañana, o el canto de los pájaros que anuncian el inicio de un nuevo día.

Respiro hondo.

Huele a tierra mojada. A olivos. A hierba.

Escucho un crujido suave a mi izquierda. Inmediatamente las notas dulces de su perfume se acaban mezclando con el olor húmedo del rocío de la mañana.

—¿Tú tampoco puedes dormir? —pregunto, mirándola de reojo.

En cuanto nota mi presencia se abrocha la bata con un nudo, pero me ha dado tiempo a ver que lleva un camisón ligero y el cabello revuelto, como si también se hubiera estado peleando con el colchón en busca de la postura perfecta.

Veo que tiene los ojos algo enrojecidos cuando me mira, casi sin pestañear. Sé que lo más lógico sería darme la vuelta y volver a entrar en mi habitación, pero por algún motivo que desconozco, mis piernas han decidido tener vida propia, así que me quedo parado en la misma posición.

—No —responde, con la voz un poco ronca, apoyando los antebrazos sobre su parte del muro de madera que conecta nuestros balcones—.

Es la primera vez en mucho tiempo que no escucho el ruido de Estambul de fondo —murmura, con la mirada perdida en el horizonte, donde se empiezan a dibujar las primeras líneas anaranjadas que se difuminan con la niebla—.

Se me hace un poco raro volver a estar rodeada de tanto… silencio.

A mí también.

—Te acostumbrarás.

La observo de reojo. Durante unos segundos ninguno de los dos dice nada, tan solo nos limitamos a mirar el paisaje que se extiende frente a nosotros, dejando que la brisa nos espabile un poco.

—Pensé que volveríamos a Cortona.

La simple mención de la ciudad me revuelve un poco el estómago, pero rápidamente consigo recomponerme para que no note el efecto que tiene en mí. No pienso mostrarme vulnerable ante ella.

—Aquí estaremos más protegidos por el momento y podremos empezar de nuevo —respondo, forzando el tono de voz para que suene lo más neutro posible.

Suelta una pequeña carcajada y niega con la cabeza.

—Qué irónico, ¿no? Eso de empezar de nuevo.

Me tenso, pero no digo nada.

—Pues hay gente que daría cualquier cosa por tener una segunda oportunidad.

—Sí, lo sé —replica, de forma cortante—.

El problema es que yo ya no sé qué versión de mí debería aprovechar esa oportunidad.

—Suspira—. Creo que ayer me comporté demasiado bien contigo —continúa diciendo, girándose levemente para captar por completo mi atención—.

Dejé de nuevo toda mi vida para mudarme a otro país y ni siquiera me senté a escuchar qué es lo que estaba pasando.

Tengo muchas preguntas, Kerem. Y no puedo seguir fingiendo que no me importa saber la respuesta.

—Lo sé.

—Como sé que no vas a responder a las preguntas que realmente quiero hacerte… te preguntaré otra cosa. ¿De quién es la casa en la que estamos viviendo y por qué estamos aquí?

Me paso la mano por el pelo, revolviéndolo un poco y sopesando mentalmente cuánta verdad puede soportar a estas horas.

—Mi padre quiere matarte —suelto directamente; quiere sinceridad, así que creo que lo mejor es que sea claro con ella. Quizás así deje de molestarme y se meta en sus propios asuntos—. Era cuestión de horas que alguno de sus hombres te volara la cabeza.

Abre los ojos de par en par, sorprendida.

Nos quedamos en silencio. Un silencio que, por muy extraño que me parezca ahora mismo, no se siente como parte de una guerra fría, sino como una tregua necesaria.

—Por eso estamos aquí —retomo, rompiendo la aparente calma que se había formado—. Esta casa pertenece a los Gherardi. Es parte de su villa, que es ese enorme casoplón de allí. —Lo señalo con la mirada—. Hemos firmado una alianza con ellos gracias a Micaelo.

—Gherardi… —repite en voz baja—. Me suena. —Vuelve a enredar sus ojos marrones con los míos.

—Seguramente hayas oído hablar de ellos en alguna conversación de Can con tu padre. Es una familia muy poderosa aquí en la Toscana. Tienen trato directo con la Bratva, con el Sultán… en fin, que son muy poderosos, y pertenecen al Clan de La Rosa.

Jade asiente despacio, seguramente procesando toda la información.

—Mientras estemos en su territorio y cumplamos con nuestra parte, estaremos a salvo. Eres mi mujer y eso te da un pase casi directo a ser uno de ellos. Pero esta gente no se anda con rodeos, Jade.

—¿A qué te refieres? —Parpadea varias veces, y noto que está algo nerviosa, aunque se esfuerce por ocultarlo.

—Tienen una forma un poco… —Me esfuerzo por tragar saliva, a pesar de que siento que se me queda atascada en la garganta, y encontrar las palabras adecuadas para seguir hablando—: particular de asegurarse de que pueden confiar en alguien.

Los que quieren formar parte de su círculo más cercano y tener algo de poder tienen que demostrar su lealtad —pronuncio, sintiendo cómo cada palabra me quema la garganta—.

No tendrás que pasar por eso porque estás casada conmigo, pero seguramente querrán observarte de cerca.

Y más sabiendo que eres hija del traidor de Burak.

Se revuelve, incómoda.

—¿Y tú tuviste que hacerlo? —pregunta, demasiado deprisa, casi tropezándose con sus propias palabras, como siempre hace cuando está nerviosa.

La pregunta me golpea de lleno y por un instante vuelvo a estar encerrado, rodeado de oscuridad, a pesar de tener los ojos abiertos de par en par.

Vuelvo a sentir el hierro ardiendo contra mi piel.

Las espinas desgarrándome la espalda una a una.

Las manos sujetándome. Los golpes. El agua llenándome los pulmones cada vez que intentaba tomar aire.

La voz del Don. La mirada preocupada de Micaelo.

—Sí.

—¿Y qué te hicieron?

—Lo suficiente como para que jamás se me pase por la cabeza la idea de traicionarlos.

Justo en este mismo instante, el paisaje que tenemos frente a nosotros comienza a cambiar.

Los tonos naranjas y violetas van tomando protagonismo poco a poco, mezclándose con el azul predominante del cielo y creando un juego de luces y sombras perfecto, como si se tratara de un lienzo recién pintado.

El sol comienza a ascender lentamente sobre las colinas, cubriendo los campos con su resplandeciente luz dorada.

Observo de reojo cómo esos primeros rayos de sol le iluminan el rostro a Gia, reflejando algunos destellos en su cabello rizado, completamente despeinado y revuelto.

Ella parece no darse cuenta; está demasiado absorta observando el paisaje con los labios entreabiertos y la mirada perdida en el horizonte, totalmente fascinada ante la explosión de colores que se despliega frente a nosotros.

Y yo, por un pequeño instante, me olvido de mirar el amanecer para contemplarla a ella.