Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 28
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Chapter 28

Apoyo la cabeza contra la ventanilla mientras observo cómo el paisaje se extiende al otro lado del cristal con la oscuridad de la noche predominando sobre sus habituales colores vibrantes.

La Toscana sigue siendo tan bonita y tranquila como la recordaba.

Las carreteras estrechas serpentean cubiertas de viñedos y cipreses.

A lo lejos, pequeñas luces cálidas alumbran en medio de la oscuridad, escondidas entre antiguas villas de piedra y haciendas que parecen sacadas de una postal y que me remueven un poco por dentro, pues sus fachadas son demasiado parecidas a la que un día fue mi hogar.

Dejo que el viento que se cuela a través de la ventana me llene los pulmones. El aire aquí es diferente. Se siente más limpio. Más fresco. Y mucho más libre. Huele a invierno. A tierra mojada. A pino. A hierbas aromáticas y escarcha.

Siena aparece ante nosotros poco después, iluminada por farolas doradas que iluminan sus fachadas de piedra antigua.

Las calles empedradas brillan ligeramente y, durante un efímero instante, siento la absurda y odiosa sensación de estar regresando a casa después de un viaje agotador.

La verdad es que me llevé una pequeña desilusión cuando me enteré de que no volveríamos a Cortona. Pero, por otro lado, me unen demasiados malos recuerdos a ese lugar, así que agradezco poder empezar de nuevo en otra parte.

Dejamos atrás el centro histórico y nos adentramos en la zona campestre, continuando por una carretera secundaria rodeada de olivos perfectamente alineados.

El recuerdo de la villa de los nonnos me azota con fuerza y sé que a Kerem y Micaelo también, pues ambos llevaban hablando todo el trayecto y se han callado de golpe, sumiéndonos a todos en un silencio ensordecedor.

Siento un nudo opresivo en el estómago y me obligo a tragarme mis propias lágrimas cuando escucho a Micaelo carraspear y apartar la vista de la ventana.

Todo está oscuro y no se ve demasiado, pero juraría que tiene los ojos húmedos, lo que me hace sentir un pequeño pinchazo en el corazón.

Finalmente, el vehículo reduce la velocidad y se detiene frente a una imponente estructura de piedra, rodeada de muros bajos y sumergida en una paz que parece casi irreal.

Las luces exteriores bañan la fachada de un ligero brillo cálido que contrasta con la oscuridad de los campos que la rodean.

A simple vista parece una antigua casa de campo empedrada y reformada, elegante pero discreta al mismo tiempo, escondida entre cipreses y olivos.

La vivienda se alza imponente sobre dos plantas construidas con piedra que parece haber envejecido con el paso de los años.

Enredaderas trepan por la fachada como si quisieran abrazar las paredes y una majestuosa escalera de piedra asciende por el exterior del edificio hasta una puerta que conduce a la planta superior, donde varias macetas repletas de flores aportan pequeñas manchas de color al paisaje, incluso a estas horas de la noche.

Micaelo baja del asiento del copiloto y abre mi puerta, que es justo la que está detrás de la suya.

El frío me golpea el rostro de inmediato, contrastando violentamente con las temperaturas cálidas del interior del vehículo.

Noto cómo Chanel se remueve en el transportín, soltando un maullido de queja que queda amortiguado por la inmensidad que nos rodea.

Lleno los pulmones de aire y siento que por fin estoy respirando de verdad.

Jamás pensé que diría esto, pero… echaba de menos el campo. El olor a tierra húmeda, a pino y ahora también a invierno.

—Esta será mi zona —murmura Micaelo, señalando con la cabeza una pequeña casa que se alza a pocos metros, construida con la misma piedra y siguiendo el mismo diseño rústico de lo que parece ser la casa principal, separada únicamente por un pequeño sendero de piedra y unos cuantos cipreses—.

Estaré a menos de diez metros de vuestra puerta.

No me llaméis a menos que sea necesario.

Mis hombres estarán día y noche vigilando la zona, aunque por el momento estamos seguros.

Las tierras de los Gherardi están completamente blindadas.

—Me mira y trago saliva, algo nerviosa—.

Si gritas lo bastante fuerte, piccola, probablemente te pueda escuchar desde mi cocina.

Miro de reojo hacia el fondo de la propiedad.

A unos sesenta metros, al final de un sendero empedrado y serpenteado por árboles perfectamente cuidados y hierbas, se alza imponente la villa principal de los Gherardi: un palacio toscano con una fachada majestuosa de piedra, iluminada por decenas de ventanales que brillan en mitad de la noche y que pertenece a la familia con la que, al parecer, Kerem y Micaelo han cerrado una alianza en Italia.

Ellos nos han cedido esta preciosa casa al enterarse de que estábamos en peligro, lo suficientemente apartada como para mantener cierta privacidad, pero lo bastante cerca de los Gherardi como para seguir bajo su protección.

Micaelo agarra su maleta y se retira hacia su pequeña casa, silbando una canción que desconozco, sin ni siquiera despedirse de nosotros. Me quedo paralizada observando cómo su silueta se acaba perdiendo tras el umbral de su casa y, de repente, el silencio del campo se vuelve más incómodo y espeso.

Me giro despacio y compruebo que Kerem ya ha subido los primeros peldaños de la escalera exterior de piedra con nuestras maletas. Deja el equipaje sobre el porche y abre la puerta de madera. Enseguida la luz cálida del interior nos alumbra por completo y rompe con la oscuridad de la noche.

—Entra, Jade —me ordena, sin mirarme—. Hace frío.

Trago saliva y, aunque no estoy segura de cómo lo hago, obligo a mis piernas a moverse y subo los escalones de piedra con cuidado de no caerme, sujetando el transportín de Chanel contra mi cuerpo como si fuera un escudo protector.

Al pasar por su lado lucho con todas mis fuerzas por no marearme al inhalar las notas amaderadas de su perfume y más bien centrarme en el olor que me recibe al otro lado de la puerta.

El interior está climatizado. Huele a madera, canela y naranja; a hogar, y la sensación me produce un pequeño pinchazo en el pecho.

Mis zapatos resuenan suavemente sobre el suelo mientras avanzo unos cuantos pasos y observo el salón principal.

La decoración es bastante rústica, pero tiene toques modernos que llaman mi atención y predominan los colores neutros, salvo por algunos toques marrones.

Observo el enorme sofá frente a la chimenea de piedra que tengo frente a mí y que ahora mismo está apagada y me empieza a inundar una calma que me abruma.

Estoy tan cansada que me tumbaría y no me levantaría hasta dentro de cuarenta días.

—¿Te gusta? —La voz de Kerem resuena a mis espaldas, tensa.

La pregunta me sorprende tanto que no sé qué responder, así que opto por decir lo primero que se me pasa por la cabeza.

—Supongo que hay prisiones mucho peores.

Escucho su resoplido.

Dejo el trasportín en el suelo y me agacho para abrir la rejilla y dejar libre a Chanel.

—Ni se te ocurra dejarla libre en las zonas comunes. No quiero tener que ir al hospital en mi primera noche en Siena.

—Tranquilo, dormirá conmigo en mi habitación —le aseguro, poniéndome de pie de un salto—. Además, no te hagas el durito ahora. Sé que has sido tú quien se ha   asegurado de que viniera con nosotros.

—Sí. Bueno… no fue nada —murmura, con los hombros tensos—.

Lo hice para no tener que escucharte lloriquear durante el vuelo.

No le des más importancia de la que tiene —escupe con desdén—.

Coge a la gata y sube. Las habitaciones están arriba.

Y, por favor, procura que no salga de tu dormitorio mientras yo esté en casa.

No respondo para no darle el gusto de empezar una discusión a estas horas de la noche, pues estoy cansada, tengo ganas de llorar, me duele la espalda y me estoy muriendo de hambre.

Así que agarro a Chanel en brazos y sigo a Kerem —que no para de moquear y carraspear—mientras carga con nuestro equipaje por la escalera.

El suelo de madera cruje suavemente bajo nuestros pasos conforme nos acercamos a la zona de los dormitorios, que está al final del pasillo.

Kerem se detiene frente a dos puertas contiguas.

Deja mis cosas en la primera y abre la segunda, que doy por sentado que es la suya.

Entro en mi dormitorio y sonrío al ver la cama enorme que ocupa gran parte de la habitación, cubierta por una colcha de color beige, frente a una pequeña zona que identifico como un pequeño vestidor junto a un cuarto de baño, dos mesitas de noche a los lados de la cama, un gran televisor y un ventanal desde el que se distinguen algunos cipreses balanceándose en la oscuridad.

Frunzo el ceño cuando veo que, a un lado de la cama, hay una puerta de madera rústica.

—Dime que no están comunicadas —suelto con rapidez, cerrando los ojos con fuerza y deseando internamente que su respuesta sea un no rotundo.

—Me encantaría poder decírtelo, pero es una casa de invitados.

—¿Y por qué narices los invitados querrían tener habitaciones conectadas? Con todo el dinero que tiene esta gente, ya podrían tener una casa construida para cada invitado.

El corazón me da un vuelco cuando veo algo parecido a una sonrisa amenazando con aparecer en la comisura de sus labios. Es un gesto efímero, pero que no me pasa desapercibido. Kerem desvía la mirada hacia el suelo antes de volver a clavar sus ojos oscuros en los míos.

—Ni se te ocurra dejar que entre en mi habitación.

—No prometo nada. —Me encojo de hombros, disimulando los nervios que me hace sentir toda esta situación—. Tú procura no tener nunca la puerta abierta. Y ni se te ocurra roncar.

—Eres tú la que roncas.

Resoplo.

—Pues claro que no.

—Lo que tú digas. —Pone los ojos en blanco—. El pestillo se queda abierto, por seguridad —sentencia, recuperando su tono habitual. Trago saliva, sintiendo la garganta cada vez más pesada.

Espero a escuchar la puerta de su habitación cerrarse también antes de soltar todo el aire que llevo reteniendo en mis pulmones desde que llegamos.

Me inclino hacia delante para acariciar a Chanel, que ya se ha adueñado de la cama como si llevara viviendo aquí toda la vida.

Me arropo a mí misma en un abrazo y me recuesto en la cama, con la mirada fija en ese maldito trozo de madera que nos separa.

Sé que debería acercarme y echar el pestillo para protegerme de él. Pero estoy demasiado cansada. Así que ya me encargaré de eso mañana.

Me hago un ovillo sobre la cama y abrazo la almohada contra mi pecho, dejando salir todas las lágrimas contenidas desde que abandoné Estambul en completo silencio, mientras la oscuridad envuelve cada rincón de la habitación.

El único sonido que rompe este silencio es el eco de una tos seca al otro lado de la pared, la misma que le provoca Chanel cada vez que está cerca.

Cierro los ojos y dejo que las gotas saladas se deslicen con lentitud por mis mejillas, con el corazón golpeándome las costillas, completamente desbocado, y con la certeza de que el verdadero peligro duerme al otro lado de la puerta.