Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 27
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Chapter 27

La siguiente hora transcurre entre silencios incómodos, tan solo interrumpidos por los silbidos de Micaelo, miradas fulminantes por parte de Kerem y alguna pequeña siesta para hacer más ameno el viaje.

Me pierdo durante un buen rato mirando por la ventanilla. En realidad, las nubes no me dejan ver demasiado, pero necesito mantener la vista fija en algo que no sean los dos hombres que me acompañan y que parecen estar bastante atentos a cada uno de mis movimientos.

—Ahora vuelvo —murmura Kerem, que se acaba de desabotonar los primeros botones de la camisa, ya algo arrugada después del paso de las horas.

Suelto en un largo suspiro todo el aire contenido al escuchar unos pasos acercándose a mi asiento. No necesito girarme para saber quién es, aunque tampoco es que tenga demasiadas opciones.

—¿Puedo sentarme? —pregunta con cautela, apoyándose sobre el bastón.

La pregunta me pilla tan desprevenida que tardo unos cuantos segundos en responder.

—¿No es tuyo el avión? Puedes sentarte donde quieras.

Vuelvo a apartar mi mirada y a centrarla en las vistas que tengo frente a mí.

Lo escucho soltar una pequeña carcajada ronca antes de ocupar el asiento libre junto al mío.

Nos envuelve un silencio que resulta insoportablemente incómodo.

Me resulta extraño, pues con Micaelo siempre me ha resultado fácil conversar, incluso cuando apenas nos conocíamos.

Pero en este instante, encerrados en este avión y sentados junto al otro, después de todo lo que ha ocurrido durante los últimos meses, parece que ninguno de los dos sabe bien qué decir.

—Sé lo que te contó Marietta. —Sus palabras captan por completo mi atención y acabo girándome hacia él, que añade—: Y creo que tenemos una conversación pendiente, piccola.

Trago saliva.

—Lo sé, pero no sé si estoy preparada para enfrentarme a las respuestas de todas las preguntas que tengo.

—Lo entiendo. —Asiente con la cabeza—. Cuando estés preparada para hablar, aquí estaré. —Me da un par de toquecitos en la rodilla con la palma de su mano.

—Solo dime una cosa —agrego y él enarca una ceja, a la espera. —¿Desde cuándo lo sabías?

Esta vez tarda un poco más en responder. Incluso se remueve un poco en su asiento, incómodo.

—Desde siempre.

Siento que algo se retuerce dentro de mi pecho.

El nudo en mi garganta, que se resiste a dejar de acompañarme desde hace horas se hace cada vez más grande y pesado, ahogándome un poco más con cada segundo que pasa.

—Entonces lo sabías… —susurro, más bien para mí misma, pronunciando en voz alta las palabras que mi cabeza se niega a procesar, a pesar de que algo en mi interior ya lo sabía; era obvio.

Niego con la cabeza, sintiendo el peso de su mirada y de sus palabras, que duelen más que cualquier excusa. Atisbo en sus ojos un pequeño rastro de arrepentimiento, pese a que intenta ocultarlo rápidamente y volver a endurecer sus facciones.

—No espero que me perdones.

—Menos mal, porque no pienso hacerlo —termino diciendo.

Una sonrisa débil cruza su rostro. No parece ofendido, más bien es como si estuviera esperando esa respuesta. Aparto la vista porque, por algún motivo, me resulta imposible seguir sosteniéndole la mirada. Él se pone de pie y apoya su peso sobre el bastón.

—Todavía tenemos una conversación pendiente. Me debes más de una explicación —añado, casi en un hilo de voz antes de que se marche.

—Lo sé. —Es lo único que responde antes de alejarse cojeando hacia la parte trasera del avión.

Justo en ese momento, Kerem regresa y se sienta frente a mí, con la atención fija en una de las pantallas. La tensión vuelve a llenar cada esquina, aunque mi mente se ha quedado atrapada en mi breve conversación con Micaelo.

—¿Qué le ha pasado en la pierna? —pregunto, captando la atención de Kerem, que enseguida levanta la vista.

Nuestros ojos se encuentran durante un instante. Me concentro en el movimiento que hace su pecho al respirar para no pensar en los latidos desbocados de mi corazón.

—Se dañó la rodilla.

—¿Cómo?

Tensa la mandíbula; últimamente es algo muy habitual en él. Se lleva los dedos al puente de la nariz y resopla con los ojos cerrados. Durante unos segundos parece debatirse entre responder o ignorarme por completo. Finalmente vuelve a abrir los ojos, solo que esta vez su mirada es mucho más oscura.

—Nuestro coche sufrió una explosión el día que salíamos de la Toscana.

Siento que se me escapa el aire de los pulmones. De repente veo borroso y todo pasa a un segundo plano. No soy capaz de pensar con claridad. Me quedo paralizada, mirándolo fijamente, esperando que añada algo más, que me dé algún tipo de explicación.

—¿Qué pasó aquella noche?

Kerem aprieta los puños con fuerza sobre su regazo.

—No quiero hablar de eso.

—Pues yo sí.

La voz del piloto nos avisa a través de los altavoces de que iniciamos el descenso, interrumpiendo nuestra conversación y salvándolo de esta atmósfera tan asfixiante.Me pego a la ventanilla e intento concentrarme en las vistas que tengo tras la ventana y no en los dos hombres que parecen estar hablando en clave frente a mí.

Poco a poco, las nubes comienzan a abrirse, dejando paso a una luz dorada que reconozco al instante y que consigue ponerme la piel de gallina.

Conforme vamos descendiendo, me pierdo en el sol de la tarde, que cubre las colinas y las hileras de cipreses que serpentean junto a los caminos campestres y los viñedos que se extienden frente a mí como una postal.

Siento una mezcla de alivio, nostalgia y dolor al ver el paisaje.

A pesar de todo el peligro, es como si por fin pudiera respirar aire puro.

Como si el aire que me espera ahí abajo fuera más ligero, más limpio, menos asfixiante que el de Estambul.

Pero, por otro lado, esta ciudad contiene demasiados recuerdos.

Demasiadas heridas. Demasiadas versiones de mí misma.

Aprovecho para ir rápidamente al baño antes de salir del avión, pues sé que ahora nos espera un buen rato de trayecto en coche. Me retoco un poco el maquillaje frente al espejo y me detengo a observar mi reflejo.

Hacía seis meses que no veía mi pelo al natural, sin necesidad de ocultar mis rizos de leona al mundo.

Me siento rara; empezaron a ser un sello de identidad, al igual que los pañuelos de pirata o los vestidos de florecitas durante el tiempo en el que fui Gia y estuve en la Toscana, pero ahora, pese a que he vuelto a Italia, se supone que soy Jade.

El problema es que no sé quién soy. Llevo tanto tiempo inventándome un papel y jugando a ser alguien que no existe, que ya no sé quién soy en realidad. Me he terminado de perder por completo. Y ni siquiera sé a quién tengo que buscar.

Cuando vivía en Turquía, me amoldaba a mi padre y a los gustos de Can, quien en aquel entonces era mi prometido. Me encargaba de ser la hija, la compañera y la trabajadora perfecta.

Pero nunca me preocupé de pensar quién era en realidad, o qué era lo que me gustaba o quería hacer, porque para eso ya estaban los demás, para decidir por mí.

Yo solo tenía que seguir las sugerencias de los demás.

Siempre he tenido carácter, tampoco es que me amoldara a cualquier cosa, pero nunca he tenido claro quién quiero ser, así que me he ido conformando con la persona que los demás han querido que fuera.

Después, cuando tuve que ir a la Toscana, creé desde cero el personaje de Gia y tuve que meterme de lleno en el papel.Lo hice tan bien que confundí la realidad.

Gia era libre. Valiente. Impredecible. Risueña. Segura de sí misma. Intensa. Salvaje. Caótica. Con las ideas claras. Y durante un tiempo llegué a pensar que aquella era la verdadera yo, que por fin había encontrado mi sitio. Que me había encontrado a mí misma. Que, por fin, empezaba a ser yo.

Y luego regresé a Estambul y tuve que volver a esconderme tras la fachada de una Jade completamente distinta, una muchísimo más sumisa y vulnerable, una completamente destruida y perdida.

Una más silenciosa y mucho más rota. Una que, después de jugar a ser tantas personas diferentes, se había olvidado de cómo ser ella misma.

Una que no sabía cómo volver a ser ella, porque ni siquiera sabía cuál de todos los personajes que había interpretado era en realidad.

Ahora regreso a la Toscana como Jade. Ya no necesito esconderme tras el personaje de Gia. Ya no tengo que fingir ser alguien que no soy. Por primera vez, tengo la oportunidad de ser quien yo quiera, de ser yo misma. Sin embargo, nunca me había sentido tan perdida como en este momento.

Observo los rizos que enmarcan mi rostro. No sé si me gustan o si, por el contrario, me producen tal rechazo que siento esta opresión en el pecho, así que opto por recoger mi cabello en una coleta alta para ocultarlos lo máximo posible.

Supongo que es más fácil evitar algo que enfrentarte a ello.

Salgo del baño con los hombros erguidos y fingiendo una seguridad en mí misma que no siento. Una vez que aterrizamos, espero recibir las indicaciones de Kerem y Micaelo y entonces salgo del avión tras ellos. Nos espera un coche nada más bajar del avión, cosa que no me sorprende en absoluto.

Cierro los ojos durante un instante mientras Micaelo le da algunas órdenes al conductor y empiezan a guardar las maletas, dejando que el aire fresco acaricie mi rostro y remueva un poco los mechones rebeldes que ya se han salido de mi coleta con la brisa que acompaña esta tarde de enero.

Me cruzo de brazos y me abrazo un poco a mí misma, intentando retener algo de calor.

En esta zona hay bastante corriente y el frío me golpea de lleno, pero lo agradezco, pues la sensación me ancla al presente y me hace sentir un poco de vértigo, pues una parte de mí siente que por fin está regresando a casa después de mucho tiempo.

Y mientras me subo al coche, no puedo evitar preguntarme si este viaje servirá para salvarme… o para acabar con mi vida por completo.