Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 26
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Chapter 26

Mantener el control cuando tengo a un francotirador apuntando a nuestra ventana ya es complicado de por sí, pero tener a Jade a tan solo unos centímetros de distancia, desafiándome con la mirada y vestida con ese conjunto negro que parece haber sido diseñado para recordarme todo lo que un día fue mío, no ayuda en absoluto a que mantenga la cabeza fría y lo hace más difícil todavía.

—Mi madre y Can están fuera de la ciudad —revelo, rompiendo con el silencio que se había formado entre los dos—. Micaelo viene con nosotros, así que solo quedas tú.

Parpadea, asimilando poco a poco la información que acaba de recibir, pero antes de que pueda protestar o hacerme las mil preguntas que sé que empiezan a amontonarse en esa cabeza testaruda que tiene, nos interrumpen tres golpes secos al otro lado de la puerta.

—Genial, ya estamos todos —digo, ajustándome el reloj de pulsera—. Un momento—añado, alzando la voz lo suficiente para que Onur me escuche desde el pasillo.

—¿Qué pasa ahora?

—Quítate la ropa.

—¿Cómo dices?

—Que te quites la ropa, Jade —reitero, casi sin pestañear—. Leyla está fuera. Ha venido a despedirse. Os intercambiaréis la ropa para que puedas salir sin levantar sospechas.

—No pienso involucrar a Leyla en todo esto. —Niega con la cabeza—. La van a matar.

—Nadie va a morir hoy si haces lo que te digo —siseo, sintiendo que empiezo a perder la paciencia—.

La situación está controlada. El tirador está demasiado lejos y ahora mismo solo busca siluetas.

Si tú sales llevando su ropa y te cambias un poco el peinado, pensarán que es ella quien abandona la mansión.

Uno de sus guardias te meterá directa en el coche blindado y de ahí te acompañará al aeródromo.

—No quiero que más gente esté en peligro por mi culpa. Me niego a dejar que le pase algo malo a Leyla —insiste, afligida.

—Tú solo sigue mis indicaciones. Por favor.

—¿Tan grave es la situación para que tengas que pedírmelo por favor?

—Sí.

Cierra los párpados durante un instante y se muerde ligeramente el labio inferior. Los abre de nuevo, haciendo que nuestros ojos se enreden en una pequeña batalla interna por ver quién de los dos consigue tener la razón.

—Prométeme que no le pasará nada malo.

Aprieto la mandíbula.

—Jade…

—Prométemelo o no me iré a ninguna parte.

Suelto un largo suspiro y me paso las manos por la cara, exasperado.

—Te prometo que estará protegida.

—Quiero que Onur sea su guardaespaldas.

La petición me descoloca un poco, pues hace tan solo unos días se negó a dejar que lo despidiera. La observo unos segundos con la cabeza ladeada y arrugo el entrecejo.

—Pensaba que querrías que viniera con nosotros.

—No. —Niega con la cabeza despacio y noto cómo sus ojos se humedecen—. Quiero que se quede aquí, cuidando de Leyla.

—Vale.

Le tiembla el labio inferior y a mí me tiembla la mandíbula, pero de tanto apretar los dientes. No me gusta ver llorar a nadie y mucho menos a ella, por mucho que la deteste.

—No tenemos tiempo para lágrimas, Jade.

—Déjame sufrir en paz.

Se tapa la cara con las manos y suelta una serie de sollozos contenidos que despiertan algo extraño e incómodo en mi interior.

No sé qué hacer cuando alguien llora.

Nunca he sabido.

Aparto la vista. No es por ella; simplemente hay cosas que no cambian. No soy una mala persona y no me gusta ver sufrir a nadie, por mucho que se lo merezca. Es simple empatía. Después de todo lo que hemos compartido, verla romperse así me quema un poco por dentro.

El olor al perfume de vainilla y sándalo de Leyla me golpea de lleno en mitad de nuestro abrazo.

Es un aroma a amistad, lealtad y cariño, y planeo atesorarlo en mi memoria de forma permanente.

Me aferro a ella con fuerza, tragándome el llanto porque sé que Kerem nos observa desde la distancia, con los brazos cruzados y su característica mandíbula tensa.

—No hay tiempo que perder. —La voz seca y ruda de Kerem rompe nuestra burbuja—. Necesitamos que os cambiéis de ropa ya.

—No pienso quitarme la ropa si no te vas de la habitación.

Pone los ojos en blanco, exasperado, pero finalmente acaba cediendo. Recoge su chaqueta, que hasta ahora estaba tirada sobre los pies de la cama, y camina lentamente hacia la salida.

—Tienes cinco minutos. —Me señala con el dedo índice—. Estaré fuera con Onur.

Espero de brazos cruzados a que salga de la habitación y solo cuando el pomo de la puerta encaja y se queda fuera, me permito volver a romperme de nuevo. Me hundo en los hombros de mi amiga, dejando que los sollozos me sacudan el cuerpo.

—Te voy a echar mucho de menos —solloza, acariciándome la espalda con suavidad—. No quiero que te vayas otra vez.

—Y yo no quiero que tengas que pasar por esto por mi culpa. Lo siento muchísimo. —La aprieto contra mí—. Lo siento —repito en un sollozo.

—No pasa nada, está todo controlado —me asegura ella, intentando sonar fuerte y convincente, aunque le tiemble la voz. Se separa un poco de mí y me ahueca las mejillas con sus pequeñas manos, obligándome a mirarla fijamente a los ojos antes de escucharla decir—: Daría mi vida por ti, Jade.

—No digas eso —le ruego antes de sorberme la nariz, mientras el pánico se adueña de mí—. Ni se te ocurra volver a repetirlo.

Vuelvo a abrazarla. Vuelvo a refugiarme en sus brazos, sintiendo que una vez más están para arroparme de forma incondicional, como tantas otras veces lo han hecho a lo largo de mi vida.

Me abraza con fuerza, como si intentara protegerme del mundo exterior con su propio cuerpo, a pesar de lo pequeña que es en comparación con lo grande que es el peligro del que tenemos que huir.

—Eres la hermana que siempre quise tener —murmura contra mi pelo.

—¿Por qué siento que te estás despidiendo para siempre de mí? —pregunto, con los ojos empañados.

—Porque eres una dramática.

Suelto una risa ahogada entre mis propias lágrimas.

—Y tú una mentirosa horrible.

Durante unos segundos ninguna de las dos dice nada más. Pero no hace falta. Tan solo seguimos abrazadas un poco más, como si intentáramos alargar este momento lo máximo posible.

—No quiero que te vayas otra vez —vuelve a decir, casi en un sollozo.

—Volveré pronto.

Nos miramos con los ojos empañados por las lágrimas.

Las dos sabemos que es mentira.

—No dejes que te maten —murmura contra mi pelo, envolviéndome entre sus brazos con fuerza.

Se me hiela la sangre al escuchar la gravedad de sus palabras.

—Tú tampoco —respondo en un susurro, apartando los mechones de mi rostro que se han quedado pegados por culpa de las lágrimas que han mojado mis mejillas.

—Bueno, venga, suficiente dramatismo y tristezas por hoy —dice, limpiándose de golpe las lágrimas y forzando una sonrisa para aligerar el ambiente—.

Tenemos que recrear una escena de una película de cambio de princesas antes de que tu maridito tire la puerta abajo.

—Sorbe la nariz—. Se ve que está desesperado por pasar tiempo a solas contigo.

—Enarca ambas cejas de forma juguetona y yo pongo los ojos en blanco, sin poder evitar sonreír.

—No es mi marido —le recuerdo, mientras me empiezo a quitar la ropa.

—Ya, ya, lo que tú digas. —Hace un ademán con la mano y con la otra se limpia los restos de lágrimas de las comisuras de los ojos—. Cámbiate rápido.

Se deshace de su ropa casi en un abrir y cerrar de ojos y yo, con los dedos todavía un poco temblorosos, le paso mi conjunto elegante negro y me pongo sus vaqueros anchos y su jersey de flores; todo lo contrario a mi estilo habitual.

Me basta con mojarme el pelo bocabajo en la ducha para volver a lucir mis rizos, los cuales seco y fijo con un difusor mientras Leyla plancha sus mechones con la máxima rapidez posible.

No ha quedado perfecto, ni mucho menos, pero puede dar el pego desde lejos.

Salimos agarradas de la mano. Fuera hay un séquito de hombres que custodian la seguridad de nuestra habitación y la verdad es que la cantidad me abruma un poco.

—Perfecto —dice Kerem, recorriéndome con la mirada.

Sus ojos se detienen un instante más de la cuenta en el abrigo grande que me acabo de poner, puesto que a Leyla le encanta usar ropa oversize, pero recupera el control enseguida y vuelve a mirarme a los ojos—.

Leyla, saldrás por la puerta principal en tres minutos.

Tendrás a varios de nuestros hombres cubriéndote las espaldas.

Camina directa al coche y por nada del mundo levantes la mirada.

Onur irá a buscarte en cuanto Jade esté a salvo. ¿Entendido?

—A sus órdenes, mi capitán. —Hace el típico saludo militar con la mano y Kerem acaba poniendo los ojos en blanco, aunque juraría que las comisuras de sus labios se han curvado en lo más parecido a una sonrisa que he visto en él en mucho tiempo.

Mi amiga se gira hacia mí, me da un último apretón silencioso en la mano y se aleja por el pasillo antes de que la abrace y entre en pánico. Me tiembla el labio inferior y siento que el corazón me da un vuelco, pero no hay tiempo para entrar en pánico.

—Tú ve con Onur por la parte de atrás —me ordena Kerem, clavando sus ojos oscuros en los míos—. Te veo en el aeródromo. No hagas ninguna estupidez.

—Tú tampoco. —Es lo único que respondo antes de dar media vuelta y seguir a Onur.

Me aferro con fuerza al asa de mi bolso y reprimo las ganas de llorar que siento ahora mismo. Ya tendré tiempo para hacerlo.

Bajamos a toda prisa por las escaleras del servicio, esquivando las zonas expuestas a los grandes ventanales de la mansión.

Nos espera un coche con el motor en marcha.

Onur se detiene antes de abrir la puerta exterior y se gira hacia mí.

A pesar de su imponente estatura y de esa mirada fría y calculadora que suele asustar a cualquiera, conmigo siempre ha sido atento y dulce y ha tenido una lealtad que ha ido mucho más allá del simple deber.

Se ha convertido en lo más parecido que he tenido a un amigo de verdad aquí y lo voy a echar muchísimo de menos.

—Sé que estás asustada ahora mismo —comenta con voz grave, y parece que se está forzando a mirarme con una suavidad que es bastante extraña en él—. Pero vas a estar bien. Mientras estés en Italia estarás a salvo, y el señor Kerem no va a dejar que te pase nada.

—Supongo que le conviene más tenerme viva que muerta —pronuncio con rapidez—. Pero eso ahora mismo me da igual. —Frunce el ceño—. Me preocupa más Leyla en estos momentos.

Onur se queda rígido durante un segundo. Su mirada se ensombrece, pero termina asintiendo.

—Cuida de ella, por favor.

—Lo haré.

—Eso espero. Confío en ti.

Asiente con la cabeza y ninguno de los dos dice nada más durante los siguientes segundos. Tan solo nos miramos, envueltos en un silencio incómodo mientras el tiempo pasa y mi libertad se agota.

—Esto es un poco raro… —digo finalmente.

—Sí.

—No me gustan las despedidas…

—A mí tampoco —reconoce, con la mandíbula apretada.

—Gracias por todo, Onur. Me has cuidado mejor que nadie.

Arruga el entrecejo.

—No me des las gracias. —Niega con la cabeza—. Cuidar de ti formaba parte de mi trabajo.

—Cuidar de mí dejó de ser tu trabajo hace tiempo.

Por primera vez agacha la mirada y yo no puedo evitar sonreír.

Doy un paso al frente y me tomo la libertad de abrazarlo, a pesar de saber que odia con todas sus fuerzas el contacto físico.

Al principio se queda completamente rígido, apretando los puños con fuerza a los lados de su cuerpo mientras que yo me pongo de puntillas y envuelvo su cuello con mis brazos.

Unos cuantos segundos después, noto la pequeña lucha interna que libra consigo mismo hasta que, finalmente, cede y acabo sintiendo el peso de una de sus grandes manos sobre mi espalda, devolviéndome el abrazo con una calidez inesperada.

—Cuida de Leyla —insisto, en un susurro, apretándolo un poco más—. Por favor.

—Lo haré, estará a salvo conmigo, Jade —asevera, con seriedad—. Te doy mi palabra.

Asiento con la cabeza cuando nos separamos y le doy un pequeño apretón en la mano, intentando transmitirle toda la gratitud que ahora mismo no soy capaz de expresar con palabras.

—Ah, casi se me olvida —comenta, por primera vez con el tono de voz algo más relajado—. Alguien insistió en que no podías viajar sin tu equipaje más importante, así que ya te está esperando en el coche.

—¿Mi equipaje más…? —Frunzo el ceño, confundida ante sus palabras. Repaso mentalmente todo lo que debería haber guardado en la maleta, hasta que finalmente caigo en la cuenta y el corazón me da un vuelco—. ¿Chanel? —pregunto, incapaz de ocultar la ilusión en mi voz.

El rostro de Onur dibuja una pequeña sonrisa.

—Kerem fue expresamente a buscarla a la otra habitación mientras hacías el intercambio con Leyla.

Me quedo estática en el umbral, con el frío del exterior golpeándome el rostro.

Parpadeo un par de veces, incrédula, y me subo al coche sintiendo una punzada en el estómago que me apresuro a ignorar.

Dentro del transportín, Chanel maúlla en cuanto me ve y no puedo evitar sonreír y acariciar su hocico con la punta de mis dedos.

Pensar que Kerem ha arriesgado unos minutos cruciales en los que seguíamos amenazados, y además aguantando su alergia a los gatos, para que yo no me fuera sin ella me deja sin palabras.

Sé que lo ha hecho por puro egoísmo, porque no quiere escucharme quejarme durante todo el viaje. Seguramente sea solo por eso.

Podría habérselo encargado a cualquier empleado. O a cualquiera de sus guardias. Pero no, ha ido él mismo. No sé qué significa este gesto. Lo único que tengo claro es que cuanto más intento convencerme de que lo odio, más difícil se me hace recordarme a mí misma por qué debería hacerlo.