Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 25
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Chapter 25

Han pasado cinco horas.

Cinco malditas horas desde que Kerem salió disparado de aquí, con el peligro centelleando en su mirada, dejándome aquí atrapada entre estas cuatro paredes con una advertencia casi paranoica rondándome una y otra vez por la cabeza.

No te acerques a las ventanas.

Sigo dando vueltas en círculos por la habitación, en busca de unas respuestas que nadie parece estar dispuesto a darme.

Voy descalza, sintiendo el frío del suelo bajo mis pies. Hace un buen rato que dejé tiradas las zapatillas por alguna parte. El silencio me crispa los nervios y el corazón me late con tanta fuerza que temo que pueda sufrir un ataque cardíaco en cualquier momento.

Me aparto de la puerta después de escuchar por tercera vez unos pasos detenerse al otro lado. Los guardias llevan toda la noche recorriendo el pasillo de un lado a otro.

Hay demasiados hombres. Demasiadas armas. Demasiado alboroto. Demasiados silencios y miradas esquivas cada vez que intento preguntar qué es lo que está pasando exactamente.

Abro un poco la puerta y me asomo por el hueco, encontrándome con la espalda ancha de mi guardaespaldas.

—Onur —lo llamo, casi en un susurro, intentando no llamar la atención del resto de guardias. Enseguida se gira y me mira con el ceño fruncido—. ¿Qué está pasando?

—Tiene que mantenerse dentro de la habitación, señorita —masculla entre dientes, echando un vistazo rápido sobre sus hombros a sus compañeros.

Su expresión es tan profesional y neutra como siempre, pero noto una ligera rigidez en sus hombros que me pone en alerta—.

El señor Kerem llegará enseguida. Por favor, vuelva dentro y cierre la puerta.

—¿Hay algún peligro? ¿Son los hombres de Can otra vez? —insisto, abriendo un poco más la puerta.

—Solo es un mero protocolo.

—No me mientas. —Aprieto el filo de la puerta con fuerza y trago saliva, sintiendo su oscura mirada estudiando mis facciones.

Me señala el interior de la habitación con un gesto autoritario de cabeza y no me da tiempo a reaccionar, puesto que acaba cerrándome la puerta en las narices.

Doy una pequeña patada sobre la madera y chillo todo lo que mis cuerdas vocales me permiten. Me pone de los nervios no saber qué es lo que está pasando y tanto secretismo.

Necesito hacer algo para despejar la mente, porque me voy a acabar volviendo loca.

Parece que absolutamente todo mi entorno se ha puesto de acuerdo para sacarme de quicio, porque hasta Leyla ignora mis mensajes.

Me encierro en el vestidor y revuelvo entre mis percheros hasta que doy con un conjunto para el día de hoy.

Acabo poniéndome unos pantalones tipo sastre de color negro, de talle alto, que ciñe por completo mis caderas y acaba cayendo en pierna ancha hasta rozar el suelo y dejar a la vista tan solo las puntas de mis tacones.

Lo combino con un jersey de punto a juego, del mismo color y de corte recto, dejando mis hombros al descubierto.

Me ajusto un cinturón fino con una hebilla dorada a la cintura para marcar bien la silueta.

Me miro al espejo y suelto mi cabello, que hasta ahora había estado recogido en un pequeño moño bajo con una pinza de plástico y lo dejo caer sobre mis hombros y parte de mi espalda.

Durante toda mi vida he vestido así: simple, sencilla, clásica, aburrida.

Pero ahora que he probado lo que es llenarse la vida de color, me siento vacía viviendo en blanco y negro.

Vuelvo a la habitación, que permanece sumergida en una agradable penumbra, a pesar de los primeros rayos de sol que comienzan a filtrarse a través de las cortinas, dibujando líneas suaves sobre la alfombra y los muebles.

Mis pasos me llevan casi por instinto hacia las puertas del balcón, pese a ser consciente de que debo mantenerme alejada de las ventanas.

Pero el amanecer es demasiado espectacular como para verlo pasar con los ojos cerrados.

Y estamos protegidos.

Aquí no va a pasarme nada malo.

Me acerco un poco más hasta que mis dedos acaban rozando la tela de la cortina.

La deslizo ligeramente, solo unos centímetros, los justos para asomarme un poco al exterior sin sentir que estoy desobedeciendo del todo, pero lo suficiente como para tener un pequeño campo de visión del hermoso lienzo que tengo frente a mí.

Contengo el aliento.

El azul oscuro de la noche empieza a disiparse entre las nubes, mezclándose con líneas finas de color rosa y destellos anaranjados que comienzan a extenderse por el horizonte.

La luz del alba se refleja sobre las aguas tranquilas del Bósforo, salpicándolas de destellos dorados.

A lo lejos, las siluetas de las mezquitas y los minaretes se asoman entre la neblina de la mañana, tan difuminadas y borrosas por culpa de la niebla que desde aquí parecen irreales.

Por un instante, todo parece en calma. Como si el caos no estuviera a punto de estallar. Como si el mundo estuviera en pausa antes de despertar un día más.

Estoy a punto de correr por completo la cortina cuando la puerta de la habitación se abre con un golpe seco, haciéndome dar un respingo.

Suelto un grito ahogado y me giro de inmediato, encontrándome con Kerem en el umbral.

Tiene el pelo revuelto, la camisa arrugada y la respiración agitada, como si hubiera cruzado media ciudad andando.

Sus ojos, abiertos de par en par, recorren la estancia con rapidez, inspeccionando cada rincón hasta que finalmente se detienen en mí y su semblante se transforma en uno mucho más aliviado, como si se alegrara de verme, cosa que dudo mucho, hasta que su expresión vuelve a endurecerse de nuevo.

Cierra la puerta con un portazo que acaba retumbando por toda la habitación. Cruza la estancia que nos separa en tan solo un par de zancadas y, antes de que pueda reaccionar o articular palabra alguna, me agarra de la cintura y me aparta del ventanal de un tirón.

—¿Se puede saber qué narices estabas haciendo?

—Mirar por la ventana.

—No juegues conmigo, Jade.

Su voz sale áspera. Demasiado.

Aprieta la mandíbula y juraría que suelta un gruñido.

—Te dije que te mantuvieras alejada —sisea entre dientes.

Le tiembla la mandíbula, supongo que, de la propia rabia, pero en sus ojos oscuros hay un brillo que siento que va más allá del odio y la rabia, aunque no consigo descifrar de qué se trata.

Siento mi piel arder a través de la ropa y es entonces cuando me doy cuenta de que todavía no me ha soltado la cintura, sino que mantiene su agarre con fuerza.

—Ya, y yo decidí no hacerte caso.

Su expresión se endurece todavía más. Y entonces, me suelta. Lo que me hace retroceder.

Da dos pasos hacia mí y yo retrocedo otros dos. Vuelve a dar otro más y de repente está tan cerca que puedo percibir el olor de su perfume mezclado con el sudor después de haber estado toda la noche trabajando.

Instintivamente retrocedo.

—Siempre haces lo que te da la gana.

Él se acerca otro paso más.

Y luego otro.

Hasta que mi espalda acaba chocando contra la pared y Kerem apoya una mano a un lado de mi cabeza, mientras que la otra la deja cerrada en un puño junto a su costado. Baja ligeramente el rostro, borrando la distancia que nos separa por completo.

El aire entre nosotros se vuelve asfixiante.

Su cercanía me quema, a pesar de que por fin ha apartado sus manos de mi cintura.

Siento el calor de su cuerpo, la urgencia de su respiración acelerada mezclándose con la mía.

Su mirada baja por un segundo a mis labios y siento sus ojos oscuros recorrerme de una forma tan intensa que me tiemblan las piernas. Me muerdo el interior de la mejilla y aprieto los dientes con rabia.

Odio que mi cuerpo reaccione así ante su cercanía.

Odio que una sola mirada suya siga siendo capaz de desarmarme.

Odio que mi corazón tenga tan mala memoria.

Porque, después de todo lo que hizo… odio que siga siendo él.

—Sigues siendo igual de insoportable.

—Y tú igual de arrogante.

Me obligo a sostenerle la mirada.

—Y, además —sigue diciendo—, sigues teniendo un talento especial para meterte en problemas.

—No me puedo creer que estés preocupado por mí. —Finjo una sonrisa y también que no me flaquean las rodillas ahora mismo, luego me llevo una mano al pecho de forma exagerada—. Qué bonito.

—No te confundas, mentirosilla.

—Entonces apártate —espeto con desdén, colocando mis manos sobre su pecho y empujándolo para apartarlo de mi cuerpo—. Odio tener que compartir oxígeno contigo.

—Y yo odio que seas tan testaruda y que siempre atraigas problemas.

—No atraigo problemas. —Me cruzo de brazos.

—¿No? ¿Qué me dices entonces del hombre que lleva horas apuntando a nuestra ventana con un rifle?

—Perdona…, ¿qué? —Agito la cabeza, confundida.

—Lo que has oído. Y ahora prepara una maleta pequeña con las cosas básicas que necesites para estos días. Ya compraremos ropa nueva cuando lleguemos.

Parpadeo un par de veces, incrédula.

—¿Qué?

—Nos vamos.

—¿A dónde?

Su mirada vuelve a enredarse con la mía. Esta vez de una forma mucho más seria y oscura.

—A Italia —responde, sin dejar de mirarme—. Volvemos a la Toscana.