Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 24
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Chapter 24

Me subo al coche y cierro la puerta con un portazo tan fuerte que acaba vibrando todo el vehículo.

Piso el acelerador a fondo, sin esperar siquiera a que la verja termine de abrirse por completo y salgo de la propiedad a toda velocidad.

No me gusta tener que dejar a Jade sola, pero necesito llegar pronto a uno de nuestros almacenes.

Desde ahí, uno de nuestros hombres intentará localizar la dirección desde la que me escribe un número que no deja de molestarme desde hace días.

Conecto el bluetooth y marco el número que me enviaron en el último mensaje que he recibido del número oculto que no deja de llamarme. He intentado ignorarlo hasta esta noche, cuando he descubierto que el mensaje no me involucra solo a mí, sino también a Jade.

Vuelvo a leer el contenido del último mensaje recibido mientras espero a que el semáforo se ponga en verde, apretando el aparato con fuerza antes de lanzarlo contra el asiento del copiloto.

Doy un golpe seco contra el volante con la mano abierta, intentando soltar toda la rabia contenida. Escucho una voz grave al otro lado del teléfono que reconozco a la perfección. Cierro los ojos con fuerza.

Cuando los abro, vuelvo a dar otro golpetazo sobre el volante, haciendo que retumbe mientras acelero a toda velocidad.

—¿A qué se supone que estás jugando ahora? —grito, a través del manos libres—. Porque no me hace ni pizca de gracia.

—¿Crees que esa es forma de saludar a tu padre?

—Perdiste el derecho a que te llamara así hace mucho tiempo.

—Deberías cuidar un poco el tono con el que me hablas—me advierte, con voz calmada—. Tengo a uno de mis hombres apuntando a la ventana de tu habitación con una metralleta, así que no me obligues a tener que hacer que dispare ya. No sería divertido.

Se me corta la respiración por un segundo. Tengo la casa repleta de seguridad y cada perímetro de los alrededores está estrictamente vigilado. Es imposible que sea cierto lo que me está diciendo. Tan solo quiere asustarme. Volverme débil y vulnerable como cuando era un niño.

—No me crees, ¿verdad? —adivina, como si fuera capaz de leerme el maldito pensamiento—. Tranquilo, puedo hacerte una demostración en cualquier momento. ¿Por qué parte del cuerpo quieres que empiece?

—Si tú o alguno de tus hombres pone un solo dedo sobre Jade, no me va a importar lo más mínimo que tengamos la misma sangre —escupo con desdén—. Acabaré lo que ella empezó y te enterraré yo mismo.

—Hicimos un trato, hijo —murmura con tranquilidad, al otro lado de la línea—.

Yo te cedía el control de La Familia. A cambio, tú encontrabas el pendrive y me lo entregabas.

Y al terminar, también me entregarías a la chica.

Nunca acepté dejar con vida a la hija de Burak, pero me he cansado de esperar.

—No.

—Tenemos un trato, Kerem.

—No me importa lo más mínimo nuestro trato.

—Ese es el problema. En nuestro mundo, cuando rompes tu palabra, tienes que pagar el precio de tus acciones.

Se forma un silencio incómodo.

La carcajada ronca de mi padre resuena al otro lado de la línea, haciéndome apretar el volante con rabia.

—No me digas que estás enamorado de la chica.

—No digas tonterías.

—Siempre te gustó todo lo que no podías tener —dice, más bien para sí mismo, en un tono divertido que me hace apretar la mandíbula y pisar el acelerador con más fuerza.

—No te confundas. Lo que siento por ella no tiene nada que ver con eso.

—No voy a retractarme, Kerem. Tienes veinticuatro horas para darme a la chica y salir ileso de todo esto.

O actúas como un hombre por primera vez en tu vida y me la entregas tú mismo, o mis hombres reventarán la casa contigo dentro.

Un trato es un trato, hijo. Sé un hombre y cumple con tu palabra.

Así que dame el maldito pendrive de una vez y entrégame a la hija de Burak para cumplir con tu parte del trato.

—Ese trato se rompió en el momento en el que utilizaste al idiota de mi hermano para boicotear mi boda. ¿O es que te piensas que soy imbécil? Sé que Can no es capaz de organizar algo él solo; sé que tú estuviste detrás del tiroteo.

—Un pequeño empujoncito nunca viene mal para que no te olvides de qué lado estás. —Suelta un resoplido—. Ni siquiera sabes el significado de lo que contiene ese pendrive, ¿verdad? Si lo supieras… entenderías por qué estoy dispuesto a matar por él.

—Pues explícamelo.

—No puedo hacerlo —responde, después de unos segundos de silencio—. Porque entonces tendría que matarte a ti también.

La línea se corta antes de que pueda responderle.

—¡Maldita sea! —bramo, soltando un puñetazo contra el salpicadero.

Marco el número de teléfono de Micaelo, que no tarda demasiado en responder.

—Voy de camino al almacén —me apresuro a decir antes de que me eche la bronca por llegar más tarde de lo previsto—. Acabo de hablar con mi padre.

Trago saliva.

—¿Qué quiere ese pedazo de escoria esta vez?

—Quiere recuperar el pendrive. Y no solo eso… Quiere a Jade. Quiere vengarse de ella, Micaelo.

Se forma un silencio denso, pesado y cargado de tensión entre los dos.

—Sabíamos que esto podría ocurrir.

—Dice que tiene a un hombre apuntando directamente a la ventana de nuestro dormitorio. Necesito que revises las cámaras de seguridad sin levantar sospechas de nadie.

El silencio se instala en la línea mientras el rugido del motor llena el interior del coche.  Cada segundo que paso conduciendo a ciegas es un segundo que Jade pasa expuesta en esa habitación. Siento un nudo asfixiante en la garganta.

Aprieto el volante, obligándome a anclarme al presente y mantener la cabeza fría.

—Estoy con Blazz y no se ve nada en las cámaras exteriores.

Suelto todo el aire que por alguna razón hasta ahora había estado conteniendo en los pulmones.

—Espera…

Mi cuerpo vuelve a ponerse en alerta.

—Los sensores de movimiento de los perímetros traseros acaban de dar un aviso —me comunica, rompiendo con el silencio que se había formado—. Ha habido movimiento hace muy poco.

Se me congela la sangre.

—Sabíamos que esto podría pasar, Kerem. Contábamos con ello —murmura, de forma seca.

—Lo sé —respondo, aparcando frente al almacén—. Pero no contaba con tener tan poco tiempo para prepararnos.

Me paso las manos por la cara, exasperado.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunto.

—Nos vamos.

—¿A dónde?

—Al único lugar donde Jade estará a salvo por el momento.

—Micaelo, dime que no…

—Volvemos a la Toscana —me interrumpe.