Chapter 23 #2
Se marcha justo cuando la puerta del baño se abre y el vaho caliente junto al aroma del gel de baño de Kerem inunda el dormitorio.
Lleva unos pantalones de pijama y una camiseta negra de mangas largas.
Me he fijado en que ni siquiera se quita la camiseta a menos que esté solo, cosa que antes no le daba ningún tipo de pudor.
Entiendo que mi presencia le desagrade, a mí tampoco me gustaría cambiarme delante de él, pero…
no sé, me parece extraño viniendo de él.
Tiene el pelo húmedo y se lo va secando con una toalla, salpicándolo todo de pequeñas gotas de agua.
—Te dije que cenaras.
—Y yo he decidido esperarte. —Enarca una ceja—. La cena se ha enfriado por mi culpa, así que creo que es lo mínimo que puedo hacer.
Se detiene en mitad del dormitorio, con la toalla aún en las manos. Me mira en silencio, entornando esos ojos oscuros que ahora se ven menos hinchados, pero todavía un poco brillantes, y alterna la vista entre mis ojos y la mesa donde se encuentra nuestra cena.
—¿Es que le has echado algo a mi cena mientras yo no estaba? —pregunta acercándose a mí.
—No, pero quizás debería haberlo hecho.
Suelta un resoplido que parece una mezcla entre fastidio y diversión, deja la toalla sobre la cómoda y termina de acercarse para tomar asiento frente a mí.
Cenamos en un silencio denso, casi asfixiante, intercambiando alguna que otra mirada llena de reproches y roces accidentales de nuestras manos al agarrar el pan o tomar las copas de vino.
Mi piel reacciona al instante a su contacto, y me odio a mí misma por ello.
Por si fuera poco, la mesa es demasiado pequeña y el espacio reducido, así que nuestras rodillas se chocan bajo la mesa de forma inevitable, puesto que los dos somos unos cabezotas y ninguno se aparta lo suficiente.
El ambiente se siente tan pesado que me cuesta respirar.
Trago cada bocado con dificultad, sintiendo la garganta más cerrada de lo normal y deseando que este suplicio acabe cuanto antes.
Cuando terminamos, me levanto con rapidez y me encierro en el cuarto de baño.
Me desmaquillo y me lavo los dientes antes de salir.
Me sorprendo un poco al ver que la habitación vuelve a estar completamente recogida y no hay ni un solo rastro de la cena.
Kerem pasa por mi lado y ahora es él quien se está lavando los dientes, pues escucho el grifo desde aquí.
Aprovecho su ausencia para ponerme el pijama y meterme en la cama, pegándome todo lo que puedo al borde y asegurándome de que la montaña de cojines que nos separa, una noche más, esté perfectamente colocada.
Unos minutos después, sale del cuarto de baño y camina hacia mí con total tranquilidad, cosa que me saca por completo de quicio.
Se tumba en su lado de la cama, estira el brazo y apaga la luz, sumiendo la habitación en una completa penumbra que refleja a la perfección la luz de la luna que se cuela a través de los ventanales, creando diferentes líneas sobre el edredón que cubre nuestros cuerpos.
No dice nada y lo agradezco, porque la situación ya es lo suficientemente incómoda.
El aire se siente denso y pesado y me tiemblan los dedos de los pies, pese a que los llevo cubiertos con unos calcetines gruesos.
La habitación está envuelta en un silencio casi absoluto, roto tan solo por el sonido de su respiración acompañada del vaivén que me fijo que hace su pecho con cada inhalación.
Su teléfono vibra sobre la mesita de noche, rompiendo por completo el silencio de la habitación y proyectando una luz blanca que sirve de constante con toda la oscuridad que nos rodea.
Lo siento removerse a mi lado y soltar un bufido molesto.
Kerem se incorpora hasta quedar sentado, con la espalda apoyada en el cabecero, y desbloquea el aparato.
Permanezco con los ojos cerrados, esperando que lo apague y vuelva a tumbarse para seguir intentando dormir.
Pero el silencio que sigue a continuación es gélido y cortante.
Y pasan los segundos y la luz del móvil no se apaga, sino que permanece junto a nosotros.
Abro los párpados de golpe cuando el colchón se mueve de forma brusca.
Kerem se levanta prácticamente de un salto, con una rapidez y brusquedad que me asustan.
Aunque la habitación sigue en penumbra, la pantalla del móvil alumbra su rostro de perfil y no puedo evitar que me dé un vuelco al corazón cuando veo su expresión.
Tiene las facciones desencajadas y su respiración vuelve a estar agitada y entrecortada. Aprieta el móvil con fuerza.
Me recorre un escalofrío por toda la espalda cuando me doy cuenta de que algo va mal.
—¿Kerem? —murmuro, incorporándome un poco sobre el colchón—. ¿Pasa algo?
No me responde.
Ni siquiera me mira.
Empieza a maldecir entre dientes palabras que ni siquiera llego a entender.
Da un par de vueltas sobre sí mismo hasta que acaba entrando al vestidor.
Me levanto de la cama y lo sigo. Cuando llego a su zona del vestidor, ya tiene la camisa puesta sobre el pantalón del pijama.
—¿Ha pasado algo? —repito, en busca de respuestas.
—Vuelve a la cama.
Me cruzo de brazos.
—No pienso irme de aquí hasta que me digas qué está pasando.
—Nada —se apresura a decir—. Ha habido un pequeño problema en la empresa y tengo que salir a solucionarlo.
Le sostengo la mirada. Sé que me está mintiendo, lo conozco demasiado.
—Dime la verdad.
—No salgas de la habitación.
—¿Qué? ¿Por qué? —Ignoro el hecho de que se está cambiando los pantalones y lo sigo por todo el vestidor.
Termina poniéndose los zapatos y agarrando un arma de uno de los cajones donde tiene guardados sus relojes—.
¿Eso ha estado ahí todo el tiempo? —pregunto, señalando con la mirada la pistola que está guardando en el interior de su chaqueta.
—Sí —responde cortante—. Hay por todas partes. Ya te haré un tour.
—¿Me vas a decir ya qué está pasando y a dónde vas?
Me ignora por completo, sacándome de quicio.
Teclea unos cuantos números en su teléfono y se lo lleva a la oreja, sin dejar de mirarme fijamente.
—Necesito que refuerces la seguridad de la mansión al máximo.
Quiero hombres vigilando los perímetros.
Y lo quiero ya. —Cuelga y vuelve a marcar otro número—.
Onur. —El nombre de mi guardaespaldas capta por completo mi atención.
No sé qué está pasando, pero mi cuerpo entero está en alerta y mi corazón late con más fuerza que nunca—.
A partir de ahora quiero más hombres vigilando esta habitación las veinticuatro horas del día, como si tienes que poner a veinte hombres aquí en la puerta, me da igual.
—Frunzo el ceño—. Ahora tengo que salir.
No dejes que Jade salga ni te separes de ella por nada del mundo.
Cuelga el teléfono y se guarda el aparato en el bolsillo interior de la chaqueta, justo al lado de donde descansa el arma. Sus ojos oscuros están clavados en los míos, duros como el acero y oscuros como el propio ébano, transmitiéndome una preocupación que me hiela la sangre por completo.
—¿Veinte hombres? —Doy un paso hacia él, indignada, intentando que el pánico no me quiebre la voz—. ¿Te has vuelto loco? ¡Exijo saber qué es lo que está pasando!
—Me tengo que ir. No sé cuándo volveré. No salgas para nada de la habitación y no te acerques a las ventanas.
—¿Son los hombres de Can otra vez? —tanteo, mientras lo sigo hasta la puerta. Se coloca el abrigo con tranquilidad y mueve un poco la cabeza hacia los lados, destensando el cuello.
Se gira, quedando de nuevo frente a mí.
Su cercanía me abruma. Huele a la tensión del momento, a la piel de su abrigo y a ese aroma amaderado que desprende su piel mezclada con ese perfume que tanto odio que me nuble el juicio.
—Haz lo que te digo. Te lo explicaré cuando vuelva.
—No puedes marcharte y dejarme así.
Aprieta la mandíbula con fuerza.
—Tú solo haz lo que te digo. No me hagas tener que encerrarte.
—Atrévete y ya veremos qué pasa —le digo, de brazos cruzados—. No soy tu maldita prisionera, Kerem.
—No, no lo eres —replica, alzando la voz—. Solo intento mantenerte con vida. Así que vas a hacerme caso por una maldita vez en tu vida y vas a quedarte quietecita en esta habitación y lejos de las ventanas. No le abras la puerta a nadie que no sea Onur. ¿Lo has entendido?
—¿No ibas a despedirlo?
—¿Lo has entendido? —insiste, con rudeza.
—Sí, lo he entendido.