Chapter 23
Cruzo el umbral de la mansión y enseguida me envuelve el silencio hostil que siempre parece reinar en esta casa. Subo las escaleras directamente hacia la habitación, dispuesta a encerrarme y no tener que cruzarme con nadie.
A través del telefonillo que conecta directamente con la cocina le pido al servicio que, por favor, me suban la cena y después de despedirme de Onur entro en el dormitorio y cierro la puerta.
Me quito la americana y las botas de tacón y suelto un pequeño suspiro de alivio, dejándome caer en el sofá junto a Chanel, que parece ser que se ha adueñado de él.
—¿Me has echado de menos? —Le agarro la cara con las manos y me acerco a ella hasta rozar mi nariz con su hocico, ganándome un quejido por su parte y algún que otro arañazo—. Yo también a ti. —Le doy un último beso en la cabeza antes de dejarla en paz.
Estiro las piernas y muevo los dedos de los pies, que agradecen el frío del suelo y la libertad después de haber pasado tantas horas encerrados en unos zapatos tan incómodos.
Echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos, deseando que el tiempo pase lo más rápido posible.
Me sobresalto cuando se abre la puerta sin haber pedido permiso antes y veo entrar a una de las empleadas empujando un pequeño carrito lleno de platillos, seguida por un Kerem bastante serio. Se ha quitado la chaqueta del traje y lleva las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos.
—Gracias, Gül —murmura, dejando la chaqueta sobre la cama—. Puedes irte. Asegúrate de que todos sepan que cenaremos juntos.
La chica asiente, con las mejillas algo sonrojadas y se apresura a salir de la habitación, dejándonos solos.
—¿Qué haces aquí?
—Cenar con mi querida mujer. —Se quita los primeros botones de la camisa y se desabrocha el reloj que lleva siempre en la muñeca, luego lo deja sobre la cómoda y vuelve a plantarse frente a mí.
Tiene los ojos algo hinchados y brillantes, seguramente por la alergia—.
Nada más llegar escuché que la señora —pronuncia en tono burlón— había pedido tomar la cena en su habitación.
—Así es. Y nadie te ha invitado a acompañarme, así que puedes irte a cenar con Micaelo y dejarme en paz.
Destapa uno de los platos, llenando la habitación con el olor a carne y arroz.
—En esta casa no se cena por separado, Jade. No quiero que los empleados piensen que no quieres cenar con tu marido.
—Es que no quiero.
Aprieta la mandíbula.
—Chanel, baja del sofá.
La gata ronronea y se acomoda en el sitio, y yo tengo que morderme el interior de la mejilla para no soltar una carcajada.
—He dicho que bajes. Ahora.
—Si tanto te molesta, vete tú de la habitación. Pero deja a la gata en paz.
—No empieces.
Arrastra una silla y se planta frente a mí, clavándome sus ojos oscuros sin ningún tipo de reparo.
—Come. —Señala con la cabeza los platos que acaba de colocar meticulosamente sobre la mesa—. Y no me hagas repetirlo.
—No tengo hambre.
—No te he preguntado, te he dicho que comas.
—¿Esa es tu manera de cuidar de mí?
—No estoy cuidando de ti, solo me aseguro de que sigas viva.
Pongo los ojos en blanco y suelto un resoplido de fastidio, pero me acabo sentando junto a él solo para terminar con este suplicio lo antes posible.
Colocamos los platillos en un silencio sepulcral, roto únicamente por el tintineo de los cubiertos contra la porcelana o los maullidos de Chanel.
Frunzo el ceño cuando me doy cuenta de que respira de forma cada vez más pesada y no deja de carraspear.
Se frota la cara con las manos y sorbe la nariz, que parece tener bastante aguada.
Suelta una tos seca y profunda que retumba por las paredes del dormitorio.
Me cruzo de brazos, dispuesta a disfrutar un poco más de molestarlo, pero se me borra la sonrisa de golpe cuando escucho un silbido agudo salir de su garganta al intentar tomar aire. Y luego otro más.
—Kerem.
Levanta una mano en el aire, restándole importancia.
—Estoy bien —responde, con el pecho agitado y la respiración cada vez más irregular.
Vuelve a toser.
Esta vez con más fuerza. Tanta, que me da un vuelco al corazón pensando en que se pueda ahogar en mis narices y me acusen de homicidio. Otra vez.
Se inclina ligeramente hacia delante y apoya los codos sobre las rodillas mientras intenta recuperar el aire. Me levanto de un salto, dejando atrás cualquier atisbo de odio o burla.
Otra sibilancia.
—¿Dónde tienes el inhalador?
Se lleva una mano al pecho, arrugando la tela de la camisa, mientras emite otro sonido desgarrador.
—En… el cajón —consigue decir en un jadeo, con la voz rota, señalando su mesita de noche.
Corro hacia su lado de la cama, abro el cajón de golpe y revuelvo entre sus cosas, palpando todo lo que tiene guardado en el interior y desordenándolo un poco por las prisas y el poco cuidado que estoy teniendo.
Me quedo paralizada y siento que el corazón me da un vuelco cuando toco con las puntas de los dedos un pañuelo de seda que conozco demasiado bien.
Trago saliva. Es uno de los pañuelos que solía llevar siempre en la Toscana.
Su tos persistente me devuelve a la realidad, así que cojo el inhalador y acabo cerrando por completo el cajón, dejándolo todo tal y como estaba, y regreso a su lado a toda prisa.
—Toma, aquí lo tienes —murmuro, retirando la tapa protectora con los dedos temblorosos, sin poder dejar de pensar en el trozo de tela con estampado de limones que Kerem tiene escondido entre sus cosas.
Me arrebata el aparato con brusquedad.
Se lo lleva a los labios, presiona y aspira profundamente, dejando que el medicamento haga efecto y llene sus pulmones de nuevo.
Se queda completamente inmóvil durante unos segundos que se me hacen eternos, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
Suelta el aire despacio y vuelve a dar otra bocanada, esta vez con los hombros mucho más relajados.
De repente nos envuelve un silencio incómodo, tan solo interrumpido por su respiración, que poco a poco va recuperando su ritmo normal. Permanezco a su lado, a tan solo un metro de distancia, con el corazón latiéndome con fuerza contra las costillas.
Se guarda el inhalador en el bolsillo del pantalón y me clava la mirada.
—Saca a la gata —murmura con la voz todavía algo rasgada, arrastrando las palabras en un tono tan hostil que me hiela la sangre.
Nos sostenemos la mirada durante unos cuantos segundos, en un pequeño duelo interno que ninguno de los dos parece estar dispuesto a perder.
Aprieta la mandíbula con fuerza antes de continuar:
—Por favor.
—Vale —cedo al fin, y noto la sorpresa en su rostro, que se ha relajado ligeramente—. Pero solo porque me lo has pedido por favor.
***
Le encargo a Onur que lleve a Chanel con Micaelo; ya que no puede dormir conmigo, por lo menos que esté con alguien conocido.
Cuando cierro la puerta, me apoyo contra la madera, exhalando el aire que ni siquiera sabía que había estado reteniendo.
¿Por qué narices tiene guardado mi pañuelo?
Cuando me doy la vuelta, me choco con Kerem, que se acerca a paso firme al cuarto de baño. Antes de encerrarse, se detiene y me lanza una mirada de reojo que me recorre de arriba abajo con una frialdad y lentitud que parecen más desafiantes que otra cosa.
—Llama a Gül —dice con su habitual tono mandón—. Que cambie las sábanas y limpie toda la habitación antes de que salga. Y cena mientras me ducho.
—¿No decías que en esta casa no se cenaba por separado?
—Los planes han cambiado en el momento en que has intentado matarme, otra vez —enfatiza con dureza estas dos últimas palabras— en mi propia habitación. Cena. —Hace un gesto con la cabeza, señalando la mesa que sigue repleta de todos los platos que ni siquiera nos ha dado tiempo a probar.
—¿Y tú?
—Cenaré más tarde —responde—. Quiero quitarme esta ropa ya.
No me da tiempo a decir nada, porque enseguida entra en el cuarto de baño.
Echo un vistazo a la mesa y me muerdo el labio inferior. La verdad es que tengo hambre, y no me apetece nada tener que compartir espacio con él, pero la cena se ha estropeado por mi culpa, así que creo que lo más ético sería esperarlo para cenar.
Me encargo de llamar al servicio y Gül no tarda ni dos minutos en aparecer con un juego de sábanas limpio y varios productos y trapos de limpieza.
El grifo se abre en el interior del baño y escucho el agua correr de forma incesante.
Mientras tanto, la castaña se dedica a ventilar y retirar cualquier bola de pelo de Chanel con una eficiencia impecable.
Me muevo por la habitación en silencio, sin saber muy bien de qué hablar con ella o qué hacer mientras espero.
Cuando me acerco a los ventanales que dan al balcón, veo que Kerem ha dejado la puerta entornada, prácticamente cerrada, pero lo suficientemente entreabierta como para ver su silueta borrosa tras la mampara.
Sacudo rápidamente la cabeza, furiosa conmigo misma por mirar donde no debo.
No dormir lo suficiente me está empezando a pasar factura.
Gül termina su trabajo en tiempo récord, justo cuando el agua deja de sonar.
—¿Necesita algo más, señora? —pregunta con timidez, agachando la cabeza—. ¿La cena no ha sido de su agrado? ¿Quieren otra cosa?
—¡No! —me apresuro a decir—. Está todo genial. Solo hemos tenido un pequeño percance con la gata y no hemos podido cenar todavía.
—Ya tiene que estar todo frío, déjeme que me lo lleve y le traiga unos cuantos platos nuevos.
—No te preocupes, no soy delicada para comer.
—Pero…
—De verdad, no nos hace falta nada más. —Le dedico una sonrisa cálida que espero que la tranquilice un poco, porque la noto bastante nerviosa—. Puedes irte. Muchas gracias.