Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 22
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Chapter 22

Abro los ojos poco a poco, acostumbrándome a la reciente claridad. Parpadeo un par de veces, algo desorientada, hasta que el techo de la habitación y el olor a limpio de las sábanas me recuerdan dónde estoy.

Me giro sobre el colchón, mientras el corazón me retumba contra el pecho, dispuesta a enfrentarme a la mirada fría de Kerem.

La montaña de cojines que nos ha separado durante toda la noche sigue intacta, pero el lado izquierdo de la cama está completamente vacío.

Paso la mano por el hueco que ha dejado libre y compruebo que la sábana ya está fría, así que deduzco que hace bastante que se ha levantado.

Ni siquiera me había puesto despertador, pues no siento que tenga que hacer nada importante, así que prefiero dormir y que se pasen los días lo más rápido posible.

No obstante, la claridad y los ronroneos de Chanel han hecho de las suyas; ahora me toca enfrentar otro día más en esta jaula de oro, y ni siquiera sé si tengo las fuerzas suficientes para hacerlo.

Sonrío al ver una caja de antihistamínicos sobre la mesita de noche y varios pañuelos arrugados. Quizás me haya pasado un poco, pero se lo merece, así que no pienso sentirme mal por ello.

Me quedo un rato mirando al techo, disfrutando del silencio que reina ahora mismo en esta zona de la casa.

Kerem me dijo que tenía una reunión importante hoy, así que con algo de suerte estaré tranquila durante unas cuantas horas.

Me encantaría quedarme aquí todo el día y no tener que ver a nadie, pero no pienso estar aquí compadeciéndome de mi nueva vida y de lo poco interesante que es.

Necesito respirar el aire fresco y salir de estas cuatro paredes. Así que desbloqueo mi teléfono y busco entre los contactos a Leyla. Me vendrá bien disfrutar de su compañía y que me ayude a desconectar un poco de mi realidad, aunque sea durante un rato.

Me levanto de la cama bastante más animada y, después de hacer mi rutina facial y peinarme con una coleta alta, me pierdo en el interior del vestidor en busca de un buen conjunto que me haga sentir guapa y segura durante todo el día.

Me detengo en la zona donde está perfectamente colgada la ropa de Kerem y no puedo evitar sentir una pequeña punzada en el pecho.

Echo de menos su ropa de señor jubilado.

Y, sobre todo, echo de menos a Luca. Sin embargo, cuanto más tiempo paso con él, más compruebo que ya no queda absolutamente nada del hombre del que me enamoré sin darme cuenta.

Acabo escogiendo un conjunto de dos piezas en tonos marrones: unos pantalones cortos de talle alto, ajustados con un cinturón fino, y una blazer del mismo tono un poco oversize.

Debajo llevo un jersey ajustado de un color más claro que contrasta a la perfección.

Y para rematar el conjunto, me calzo unas botas altas de piel oscura que me llegan casi hasta las rodillas, con el tacón justo para hacerme pisar firme y segura.

Me pongo el abrigo, cojo el bolso, le doy un pequeño beso a Chanel para despedirme y salgo de la habitación. Me encuentro con Onur esperándome al otro lado de la puerta, con la espalda erguida y su habitual semblante serio.

—Buenos días —murmura cuando me planto frente a él.

—Buenos días, Onur. —Sonrío—. Necesito que me acompañes al centro. —Asiente con la cabeza rápidamente—. Voy a desayunar con Leyla.

La simple mención de su nombre hace que la expresión de mi guardaespaldas cambie por completo. Su mirada se ensombrece y su gesto se vuelve más serio y duro que de costumbre.

—¿Algún problema? —me atrevo a preguntar, con el ceño fruncido, al ver su extraña reacción.

—Ninguno —se apresura a responder, con la mandíbula apretada.

***

El trayecto en coche con Onur se me hace eterno.

Normalmente es difícil intercambiar más de dos palabras con él, pero esta mañana está tan callado que me resulta hasta incómodo.

Se limita a contestar a lo que le digo con simples monosílabos, sin apartar la mirada de la carretera. Parece más tenso que de costumbre.

—¿Todo bien? —pregunto de repente, captando su mirada por un instante fugaz antes de volver a fijarla al frente—. Pareces distraído.

—Sí.

Pues vale.

Salimos del coche y camino hacia la cafetería seguida por Onur, que va justo detrás de mí, a tan solo un par de metros de distancia.

El taconeo de mis botas contra el suelo de madera parece el único sonido elegante en este lugar.

Es un local pequeño, de los de toda la vida, con mesas de madera desgastadas por el paso del tiempo y cojines de colores.

Me dejo envolver por el olor a té recién hecho y pan tostado mientras camino hacia Leyla, que está sentada en una de las mesas del fondo, junto al gran ventanal que da a la calle, con unas vistas directas al bazar.

—¡Hola! —me saluda con dos besos cuando me siento junto a ella. Intercambia una mirada rápida con Onur, que se mantiene a una distancia prudente, cerca de la ventana—. ¿Cómo estás? ¿Cómo te va la vida desde que eres una mujer felizmente casada?

Le dedico una mirada fulminante y suelta una risita.

—Es broma, es broma. —Hace un ademán con la mano, restándole importancia a sus palabras—. Ahora en serio…, ¿cómo estás? —pregunta con interés, agarrando mi mano y acariciándola con las yemas de sus dedos.

—Sobreviviendo como puedo —respondo, en un suspiro.

Nos interrumpe un camarero, que espera pacientemente hasta que mi amiga elige el sabor del zumo que tomará esta mañana. Le doy las gracias cuando termina de anotar nuestro pedido y enseguida da media vuelta y desaparece de nuestra vista.

—Anoche dormimos juntos —mascullo entre dientes, rompiendo con el reciente silencio que se ha formado entre las dos. Se le abren los ojos de par en par al oír mis palabras y sus labios se ensanchan en una gran sonrisa.

—¡Lo sabía! —Da un golpetazo en la mesa que llama la atención del resto de comensales—. Ni dos días has tardado en estar con él.

—¿Qué dices? ¡Prefiero morirme a volver a estar con un hombre como él!

—Pero si habéis dormido juntos y todo. Ni dos días han pasado.

—Porque no quiere que durmamos en habitaciones separadas para no llamar la atención de nadie. Además, el sillón es incomodísimo, todavía me duele la espalda.

—¿Y desde cuándo obedeces las órdenes de un hombre? —inquiere, con las cejas alzadas—. ¿O es que te apetecía dormir con él?

—Pues claro que no —me apresuro a decir—. Solo quería evitar más problemas.

Una vez que el desayuno está sobre la mesa, el espacio se llena de platillos pequeños rebosantes de alimento: rodajas de tomate y pepino con un chorrito de aceite de oliva por encima, queso, aceitunas negras, mermelada casera y una cesta de pan crujiente recién horneado.

El camarero deja también dos vasos pequeños de cristal con forma de tulipán llenos de té turco bien caliente frente a nosotras.

La antigua Jade hubiera preferido desayunar en una cafetería de lujo, a pesar de que Leyla siempre ha preferido los locales sencillos de toda la vida, pero la mujer que soy ahora está feliz y tranquila en un sitio como este.

Mi amiga coge un trozo de pan, le unta un poco de queso y me mira de reojo; parece estar divirtiéndose bastante a mi costa mientras yo le doy un sorbo largo al té, quemándome un poco la lengua.

—Claro… evitar problemas —repite, con un tono burlón, imitando mis palabras anteriores—. Te compro la excusa solo porque me vas a acompañar al bazar. Necesito comprar un par de cosas, y no acepto un no por respuesta.

—Jamás diría que no a ir de compras al bazar —murmuro sonriente—. Pero lo digo en serio, solo intentaba evitar problemas.

—A mí no me engañas. Tú estás deseando liarla.

Sonrío de lado.

—Tal vez.

—Podría ser peor.

—¿Ah, sí? ¿Peor aún?

—Podrías tener que casarte con un completo desconocido con la edad suficiente para ser tu padre —suelta, cabizbaja.

Enseguida dejo el vaso de té sobre la mesa y le agarro la mano. Su semblante ha cambiado de golpe; ya no está alegre como siempre, sino que la tristeza se ha adueñado de su rostro, seguramente al recordar su situación.

Ahora mismo me siento una egoísta.

Sí, mi situación es bastante compleja, pero no sé si sería capaz de aguantar algo como lo que está dispuesta a soportar mi amiga con tal de contentar a su padre y proteger a su familia.

Sigo intentando asimilar sus palabras cuando el camarero deja la cuenta sobre la mesa. De forma casi automática, deslizo la mano en el interior de mi bolso, dispuesta a pagar con mi tarjeta.

—Pago yo —murmuro, rebuscando en la cartera.

—¿Vas a pagar con el dinero de tu maridito?

—Vuelve a sonar con su tono alegre de siempre, aunque la conozco perfectamente y sé que sigue pensativa.

Pero también sé que lo mejor es no hablar ahora mismo del tema y que prefiere que nos distraigamos con otra cosa para no seguir dándole vueltas—.

¿Le vas a fundir la tarjeta con nuestras compras locas?

—No me hace falta el dinero de nadie. —Pongo los ojos en blanco—. Con el mío me sobra —aseguro, colocando la tarjeta sobre el platillo de plástico.

Diez minutos después, el silencio denso que se ha instalado entre las dos es interrumpido por el caos del Gran Bazar.

En cuanto cruzamos uno de los arcos de piedra de la entrada, un olor intenso a comino, té, menta, cuero y especias nos envuelve por completo, arrastrándome de vuelta a mis verdaderas raíces.

Cientos de voces se mezclan a nuestro alrededor mientras caminamos por unos pasillos que parecen no tener fin. El suelo de piedra es algo irregular, por lo que tengo que concentrarme en pisar firme con el tacón de mis botas altas mientras Leyla me va arrastrando emocionada de un puesto a otro.

A nuestros lados se extienden cientos de tiendas iluminadas por lámparas de cristal de colores que proyectan diferentes tonos de luz sobre las paredes.

En algunos de los pequeños comercios hay montañas de especias que se amontonan en grandes recipientes, formando pequeñas pirámides de colores tierra, ocre y rojizos que son bastante bonitas de admirar.

La mezcla de olores tan puros es impresionante.

El contraste es casi ridículo; yo, vestida con mi americana, mis botas de tacón y mis joyas impecables, seguida por mi guardaespaldas perfectamente trajeado, moviéndome entre sacos de especias, montañas de dulces turcos y tiendas de ropa y artesanía, mientras los vendedores nos gritan las ofertas de sus precios y escuchamos a algunos compradores intentar regatearlos.

Por primera vez en mucho tiempo, me permito relajarme. A pesar de estar en un lugar abarrotado de gente, estoy disfrutando del lugar y de la compañía de mi mejor amiga, que parece pletórica cada vez que se para en algún puesto para echar un vistazo a los productos.

—Espérame aquí —me pide Leyla, que acaba de frenar en seco frente a un puesto de joyas hechas a mano—. Necesito ir a recoger un encargo.

—Claro, no hay problema —le digo.

Onur y yo nos mantenemos a cierta distancia mientras Leyla se pone a regatear con el vendedor con una soltura envidiable para conseguir un mejor precio, a pesar de que su familia cuenta con el dinero suficiente para arrasar con medio bazar.

El hombre del puesto nos observa con atención.

Se detiene en mis joyas y luego clava los ojos en el hombre trajeado que vigila mis espaldas.

Sonríe de lado e intenta subir aún más el precio, pero mi amiga saca las garras y ambos se enzarzan en una pequeña disputa hasta que finalmente Leyla se sale con la suya y acaba comprando las joyas al precio más barato.

Me río por lo bajo, negando con la cabeza. Frunzo el ceño cuando veo que mi amiga se aparta un poco hasta perderse en una sección diferente. Sus dedos acarician con un cuidado casi doloroso una pulsera de cuero negro trenzado, muy sencilla pero elegante, con una pequeña placa de plata envejecida.

Me resulta una elección bastante extraña viniendo de alguien como Leyla, a quien le encantan las cosas coloridas y los abalorios brillantes y llamativos, nada que ver con esa pieza tan seria y discreta.

—¿Para quién es eso? —le pregunto con curiosidad, asomándome por encima de su hombro.

Se sobresalta y esconde la pulsera entre sus manos rápidamente mientras le paga al vendedor con un montón de billetes.

No he llegado a ver el precio, pero juraría que le ha dejado bastante dinero de más.  Ya tiene que estar mi amiga nerviosa para pagar tanto por una simple pulsera.

—Para… un familiar —murmura, esquivando mi mirada mientras guarda la bolsita en el fondo de su bolso—. Nada importante. —Hace un ademán con la mano y sonríe de forma tensa—. ¿Seguimos?

Asiento con la cabeza, aunque no me creo su respuesta ni por un segundo.

Conozco bien a los familiares de Leyla y ninguno encaja con el perfil de llevar una pulsera así.

Pero prefiero no decir nada y seguir caminando junto a ella hasta que llegamos a un puesto lleno de montañas de lokum, un dulce blando tradicional turco, de todos los colores y sabores imaginables.

El vendedor, un hombre mayor con una larga barba blanca y ojos alegres, nos ofrece probar un par de trozos pinchados en unos palillos en cuanto nos ve acercarnos.

—Dios mío, qué rico —exclama mi amiga, con la boca medio llena—. Me voy a llevar dos cajas enteras.

—Yo tres si hace falta. —Suelto una carcajada, contagiada por su entusiasmo mientras señalo mis favoritos para que el hombre me prepare una mezcla en una bolsa de plástico—. ¿Quieres? —Me giro hacia Onur y levanto un poco la bolsa, ofreciéndole alguna gominola. Enseguida niega con la cabeza.

—No me gusta el dulce.

—¿Estás segura de que es humano? —pregunta mi amiga, apoyándose en mi hombro.

—Creo que sí —respondo, en medio de una sonrisa.