Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 21
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Chapter 21

Salgo por la puerta de la mansión a paso decidido, clavando mis tacones sobre el camino empedrado que rodea la zona residencial donde se encuentra la casa de mi padre.

He pasado prácticamente todo el día aquí, ya que el descerebrado de Kerem me dejó tirada esta mañana, así que he aprovechado para preparar todas mis cosas y descansar un poco sobre el mullido y enorme colchón al que tanto voy a echar de menos a partir de ahora.

Me acerco a Kerem, que está apoyado sobre el lateral del coche con los brazos cruzados. Su pecho sube y baja, agitándose al respirar, ensanchando aún más su ya imponente figura.

Trago saliva y sostengo el trasportín de color rosa con una firmeza totalmente opuesta a lo mucho que me tiemblan las manos y el pulso por dentro.

Sus ojos se clavan en mi cuerpo con una frialdad que me pone la piel de gallina y noto cómo pasa de tener el ceño fruncido a tener la cara descompuesta cuando ve lo que sujeto entre las manos.

—Lo que me faltaba —sentencia antes de que llegue siquiera al coche, alzando los brazos al aire. La dureza de su tono rompe el silencio en el que hasta ahora estaba envuelta como si se tratara de un cuchillo afilado—. La gata no viene con nosotros.

—La gata tiene nombre, y se llama Chanel —replico con una aparente tranquilidad que sé que le va a repatear—. Y claro que viene con nosotros.

Suelta una carcajada exagerada y da un paso hacia mí, separándose del coche.

—Ni siquiera voy a dejar que entre en mi coche. Podrías disimular un poco tus ganas de matarme.

—¿No se supone que tenemos que fingir que somos un matrimonio de verdad? —pregunto con la cabeza ladeada, ignorando su última pulla—. Pues empieza a practicar. No es tu coche, ahora es nuestro coche —enfatizo con ganas esta última palabra—. Y yo decido que la gata suba.

—Soy alérgico a los gatos, Jade.

—Qué pena —murmuro, dejando caer el trasportín entre sus brazos, que enseguida lo sujetan para que no se caiga a pesar de mirarme con el ceño fruncido—. Ponle bien el cinturón de seguridad y no vayas muy rápido, que se marea.

Sin darle tiempo a reaccionar ni replicar, abro la puerta del copiloto y me adentro en el interior del vehículo, que me recibe con un agradable olor a pino y con la calefacción encendida, cosa que agradezco ya que las temperaturas han bajado bastante.

A través del cristal, observo a Kerem inspirar hondo, sujetando el transportín rosa con tanta fuerza que desde aquí puedo ver que tiene los nudillos blancos.

Tiene la mandíbula casi desencajada y la furia ha bañado su mirada, oscureciéndola todavía más. Abre la puerta trasera de malas maneras, maldiciendo en turco en pequeños gruñidos que no me pasan desapercibidos. Tras asegurar a Chanel en el asiento, rodea el capó y se sube al asiento del conductor.

—¿Nos vamos? —pregunto, mirándolo con una sonrisa sarcástica—. Tus hombres se llevaron el resto de mis cosas hace un buen rato, pero he preferido que Chanel fuera en el coche conmigo. Como te he dicho, se marea, así que no vayas demasiado rápido.

Se pasa las manos por la cara, exasperado.

—La he subido al coche porque no pienso abandonar a un animal, pero ten por seguro que no va a pisar mi habitación.

—Ya veremos.

—Ya me está picando la nariz —protesta, arrugándola y parpadeando varias veces de forma exagerada.

—Es psicológico. —Hago un ademán con la mano, restándole importancia—. Ni siquiera te ha tocado.

Kerem agarra el volante con fuerza, parece estar conteniendo el aliento y concentrándose en algo en particular, en un intento por mantener su dignidad, pero no tarda demasiado en soltar un estornudo que retumba por todo el vehículo.

Me muerdo el interior de la mejilla para no soltar una carcajada.

***

En cuanto el coche se detiene en la entrada de la casa, Kerem apaga el motor y sale disparado, como si el vehículo estuviera a punto de estallar.

Lo observo a través del parabrisas dar varias zancadas hacia la puerta principal, frotándose la nariz con el dorso de la mano y quejándose por el camino de lo mucho que le pica todo.

No puedo evitar sonreír.

Que se fastidie.

Me bajo del coche y abro la puerta trasera.

Saco el trasportín rosa con cuidado, recibiendo algunos maullidos de indignación y arañazos en la puerta de la caja.

Me encuentro con Onur esperándome en la entrada.

Frunce ligeramente el ceño y se mantiene a una distancia prudente, acompañándome al interior de la mansión.

—He oído que tu nuevo jefe te ha dado el día libre, ¿qué haces por aquí?

—Te estaba esperando —responde con tranquilidad—. Y no es mi nuevo jefe.

—Él piensa que sí. —Me encojo de hombros—. De hecho, creo que se cree el jefe de todos. Habrá que bajarle un poco los humos, ¿no?

—¿Qué piensas hacer? —pregunta, bajando un poco la voz conforme subimos hacia la segunda planta, esquivando a algún que otro empleado, inundados por un silencio casi absoluto.

Lo miro de reojo y le dedico una pequeña sonrisa; me gusta que se sienta en confianza conmigo y que por fin me haga caso y empiece a tutearme.

—Jugar un poquito con su paciencia, nada más.

—Ten cuidado —me advierte, con el semblante serio—. Disculpa mi indiscreción…, pero no deberías buscarte más problemas. Creo que la situación ya es lo suficientemente delicada.

—Tranquilo, sé lo que hago.

—Cuenta conmigo para lo que necesites, cualquier cosa.

—Gracias. —Apoyo una mano sobre su hombro y noto que se tensa al instante—. Aunque tendrás que ganarte al jefe y tener cuidado con él. —Hago un gesto con la cabeza hacia la puerta de la habitación.

—Él es quien debería tener cuidado conmigo.

—Estás hecho todo un chico malo, Onur. Para que luego digan que eres un blando.

Frunce el ceño y niego rápidamente con la cabeza y las manos, con una pequeña sonrisa en el rostro al pensar en el significado de mis palabras, las cuales no entiende.

—Hasta mañana —murmuro sujetando el pomo de la puerta. Me dedica un asentimiento de cabeza antes de darse la vuelta y marcharse.

Cruzo el umbral de la puerta con la caja de Chanel en brazos y enseguida me inunda el olor a jabón que sale de la rejilla de la puerta del cuarto de baño. Enseguida cierra el grifo y dejo de escuchar el agua caer.

Dejo el trasportín en el suelo y saco con cuidado a mi gata, arropándola entre mis brazos y llenándola de pequeños besos por toda la cara, ganándome algún que otro quejido y amago de arañazo por su parte. Tenemos formas diferentes de demostrar amor.

—Bienvenida a tu nuevo hogar, pequeña. —Restriego la punta de mi nariz sobre la suya en un gesto cariñoso y entonces sí que me ronronea.

La sujeto con fuerza cuando intenta saltar de mis brazos—.

¿Te ha gustado la cama? —pregunto, dejándola caer sobre el colchón.

Lo olfatea todo y mueve la cola ligeramente hacia los lados con la cabeza en alto y soltando algún que otro ronroneo, lo que me indica que le ha gustado este sitio.

La puerta del cuarto de baño se abre y sale Kerem, ya con el pijama puesto, secándose el resto de la humedad que le cae por el cabello con una toalla.

Tiene los ojos algo rojos e hinchados, y no deja de sorber por la nariz.

Se cuelga la toalla sobre el cuello y empieza a rebuscar desesperadamente en una de las cestas, volcando las cajas de pastillas en busca de antihistamínicos.

—¿Se puede saber qué hace la gata en mi cama? —ruge, lanzando la toalla al suelo y acercándose a paso firme hacia Chanel.

—Lo siento, todavía no tiene claro cuál es su cama. Una pena, ¿verdad? —pronuncio fingiendo inocencia—. Tendré que dormir hoy en la cama yo para que no mueras asfixiado.

—¿Lo has hecho a propósito para quedarte con la cama? —Echa la cabeza hacia atrás y suelta un gran estornudo.

—Te recomiendo dormir de lado —suelto de golpe, ignorando su última pregunta—. Eres demasiado grande y el sofá bastante incómodo. Deberíamos cambiarlo.

Maldice entre dientes, pero en lugar de apartarse como pensaba que acabaría haciendo, se acerca un par de pasos más a mí, obligándome a alzar la barbilla para sostenerle la mirada.

—Veo que tienes ganas de jugar —masculla con la voz todavía más ronca por culpa de la congestión.

Mi corazón da un vuelco cuando acerca su mano a mi rostro y acaba pasando un mechón de pelo por detrás de mi oreja, deleitándose más tiempo del debido cuando roza mi mejilla con la punta de sus dedos.

Trago saliva, nerviosa—. A mí también me gusta jugar, mentirosilla.

—No me llames así.

—¿Y cómo te gustaría que te llamara? ¿Mi mujer?

—Para ti soy solo Jade.

—Tienes diez segundos para bajar a la gata de mi cama, Jade —musita con voz ronca, arrastrando las palabras con una lentitud y una calma que me pone la piel de gallina—. Llévatela a otra habitación.

—Entonces me iré con ella. Así podrás dormir tranquilo y no tendrás tanta alergia.

—Agradezco tu repentina preocupación por mi salud, karım. Pero no voy a dejar que mi familia vea que dormimos en cuartos separados.

—Como si a alguno le importara… —suelto, poniendo los ojos en blanco.

—A mí me importa —sentencia, dando un paso más hacia delante, acortando la poca distancia que nos separa. Siento el calor que emana de su cuerpo y la fragancia de su champú mezclado con el olor a limpio que desprende su propia piel.

Chanel salta de la cama al sofá. No puedo evitar soltar una pequeña carcajada, ganándome una mirada fulminante por parte del pelinegro.

—Estupendo, ahora también está dejando sus pelos en el sofá.

Me encojo de hombros, fingiendo indiferencia.

—No le gusta mucho seguir las normas.

—Igual que a su dueña, entonces.

Clava sus ojos en los míos. Su mirada brilla con arrogancia a pesar de tener los párpados hinchados por la alergia.

—Por favor, dile a tu gata que deje de arañar mi sofá. ¿Es que no la has educado nada en todo este tiempo?

—Pues yo diría que está bastante bien enseñada. Ha identificado tu olor y está destrozando la tela pensando que eres tú.

Vuelve a estornudar.

—Me voy a dormir.

Comienza a destapar su lado de la cama, que justo es el contrario en el que Chanel estaba tumbada hace tan solo un momento.

—¿Qué haces? Te he dicho que hoy la cama es mía.

—Tendremos que compartirla, entonces.

El corazón me da un vuelco tan fuerte que temo que sea capaz de escucharlo.

—No pienso compartir cama contigo.

—Pues vete con la gata al sofá, pero déjame descansar. —Chasquea la lengua—. Mañana tengo una reunión importante muy temprano —murmura, tapándose bajo el edredón. Echa la cabeza hacia atrás, apoyándola en la madera del cabecero y cierra los ojos.

Carraspea varias veces.

Ojalá se ahogue.

Me quedo de pie junto al colchón, cruzada de brazos, fulminándolo con la mirada mientras él finge que está empezando a conciliar el sueño.

Miro a Chanel, que me observa desde una esquina del sofá con las orejas tiesas, y luego vuelvo a mirar el enorme y comodísimo colchón que parece estar llamándome a gritos.

No pienso dejar que gane esta batalla.

Con movimientos deliberadamente bruscos para molestarlo, rebusco en una de las maletas que me han traído hasta que doy con un pijama.

Entro en el vestidor y, cuando me aseguro de que no puede verme —aunque sigue fingiendo con los ojos cerrados—, me desvisto y me coloco el pijama.

Rodeo la cama, destapo el edredón del lado opuesto y me deslizo en su interior, hundiéndome en las sábanas suaves y con olor a limpio.

Coloco un montón de cojines como separación de nuestros cuerpos y me pongo de espaldas a él.

Cierro los ojos con fuerza e intento concentrarme para que mi corazón deje de latir tan deprisa.

Me repito una y otra vez que mi cuerpo está reaccionando así porque sabe que está durmiendo con el enemigo y que no hay ninguna otra razón que justifique los latidos desbocados de mi corazón hasta que consigo quedarme profundamente dormida.