Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 20
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Chapter 20

Me apoyo sobre la puerta del coche, cruzando los brazos sobre el pecho mientras clavo mi mirada en la puerta de la mansión. Consulto la hora por tercera vez en menos de un minuto. Llega tarde, aunque la verdad es que no sé de qué me sorprendo.

Alzo la vista justo cuando la puerta se abre. Camina con paso firme y decidido sobre sus tacones, con la espalda recta y la cabeza en alto, el pelo cayéndole por los hombros y parte de su espalda y una seguridad en sí misma que me desarma.

Aprieto la mandíbula con fuerza conforme la distancia que nos separa se va acortando; el conjunto negro que escogí para ella esta mañana marca su figura a la perfección y los rayos de sol que nos acompañan destellan ligeramente sobre los pendientes con forma de gota que lleva puestos.

Mi mirada se detiene un segundo más de lo necesario en ella y en la forma en la que se mueven sus caderas con cada paso que da.

Aparto la vista inmediatamente, obligándome a centrarme en otra cosa que no sea en la luz que desprende, a pesar de tener la mirada opaca y completamente vacía.

—Llegas ocho minutos tarde.

Me mira con los ojos entrecerrados y la cabeza ladeada.

—¿Los has contado uno a uno?

Por desgracia, sí.

Justo cuando Onur se inclina hacia delante para abrir la puerta del copiloto, me adelanto y la abro, dejándole algo de espacio para que se suba al interior del coche.

—Yo me encargo, Onur. —Mi voz suena más dura y ronca de lo que pretendía.

Observo a Jade, que me mira con una ceja alzada, negando con la cabeza.

—No pienso sentarme delante —sentencia, sin titubear.

—Y yo no pienso hacer de taxista —replico—, así que sube al coche. Ya.

Me sostiene la mirada varios segundos, desafiándome, hasta que finalmente resopla y entra en el coche. Cierro la puerta casi con un portazo y me giro hacia Onur, su guardaespaldas, que hasta ahora había estado esperando pacientemente junto al vehículo.

—Tienes la mañana libre —le digo, dándole un par de golpecitos en el pecho.

El chico frunce ligeramente el ceño.

—Mi trabajo es proteger a Jade.

—El mío también —zanjo.

Durante unos segundos, ninguno de los dos aparta la mirada, hasta que finalmente el guardaespaldas asiente, algo resignado.

Rodeo el vehículo, abro la puerta y me subo al asiento del conductor.

Después de abrocharme el cinturón, arranco el motor con un rugido seco que rompe el silencio que predomina en la zona de la entrada.

Los guardias nos abren las puertas para que podamos salir y dejamos atrás la propiedad para incorporarnos al tráfico de la ciudad.

El aire se siente denso y pesado, tanto que siento que puedo escuchar su respiración.

Ninguno de los dos dice nada, pese a que siento los ojos de mi mujer clavados en cada uno de mis movimientos, lo cual me empieza a desesperar.

Freno cuando veo que el semáforo cambia a rojo y tamborileo con los dedos sobre el volante, intentando hacer algo para distraerme mientras espero pacientemente su ataque.

Tres.

Dos.

Uno.

—¿Se puede saber por qué le has dicho a Onur que tiene la mañana libre?

—Porque no necesitamos que nos acompañe.

—Pues no lo necesitarás tú, porque yo sí.

Es mi guardaespaldas —me recuerda, en una réplica que retumba por todo el interior del vehículo.

Tenso la mandíbula y aprieto el volante con fuerza—.

Se supone que tiene que protegerme. ¿Tengo que recordarte que ayer mismo nos vimos involucrados en un tiroteo?

¿Y si vuelve a ocurrir y no estoy protegida? ¿Y si…

—Estás haciendo lo mismo otra vez.

—¿El qué?

—Hablar rápido y sin parar cuando estás nerviosa.

—No estoy nerviosa —se apresura a decir—. Solo expongo los hechos.

—Vale —murmuro de forma cortante—. Pues ahora te expongo yo los míos. —Le dedico una mirada rápida—. Tu protección ahora es cosa mía, Jade.

—No me fío de ti —bufa.

—Haces bien. Yo tampoco lo haría.

La observo de reojo antes de centrar mi atención de nuevo en la carretera y volver a acelerar.

—Si tanto te preocupa tu seguridad, te asignaré a otro guardaespaldas —suelto después de unos minutos, rompiendo de nuevo el silencio que se había formado entre ambos.

—No quiero a otro guardaespaldas.

—No me interesa lo que quieras —sentencio, aunque intento suavizar un poco el tono para que no suene amenazante, sino como una realidad de la que ninguno de los dos puede escapar—. Onur es un buen chico, pero me parece demasiado blando para soportar el lío en el que estamos metidos.

—Onur se queda —afirma convencida, alzando el mentón.

Pongo los ojos en blanco y decido que es mejor no volver a intervenir.

Es demasiado testaruda. Ya hablaremos del asunto más tarde, así no tendré que escucharla parlotear durante el trayecto.

Así que sigo conduciendo en silencio, esquivando el caos del tráfico en la ciudad, el perfecto reflejo entre las mezquitas y los edificios antiguos frente a los rascacielos acristalados que se alzan imponentes frente a nosotros.

—¿Vas a estar todo el trayecto fingiendo que no existo? —suelta de repente, rompiendo con la pequeña tregua que se había formado entre los dos.

—Estoy conduciendo. Debo tener mi atención fija en la carretera, aunque es un poco complicado concentrarse escuchándote hablar sin parar. Y no me interesa hablar contigo —aclaro, por si le queda alguna duda de que no estoy contento con su compañía.

—Pues conduces fatal.

—¿Crees que podrías hacerlo mejor? —La miro rápidamente, con la ceja alzada.

Se pasa un mechón de pelo por detrás de la oreja. Sigue haciéndolo cuando se pone nerviosa.

—Sin duda —suelta sin más—. Lo tuyo era conducir un scooter.

En cuanto la mención a Italia sale de su boca, el ambiente en el interior del coche cambia por completo y se transforma en uno más gélido.

El recuerdo de la Toscana, de los días en los que tenía que enseñarle la ciudad o acompañarla al trabajo, todo lo que compartimos juntos a pesar de las mentiras y del capricho del destino por separarnos me provoca una quemazón en el pecho.

—No vuelvas a mencionar nada relacionado con la Toscana —mascullo entre dientes, apretando los dedos alrededor del volante y sintiendo cómo mi propio odio y el resentimiento que llevo meses acumulado en el pecho amenazan con salir a flote—.

No lo hagas si no quieres que nuestra convivencia sea más difícil todavía.

—Yo también lo he pasado mal, Kerem.

—Pero fui yo al que disparaste —acuso, cuando aparco el coche frente a la casa de Burak, el padre de Jade.

Me giro ligeramente hacia ella, sin soltar el volante y le sostengo la mirada hasta que no consigue aguantar más y acaba apartando sus ojos de los míos, con las mejillas encendidas.

—Yo no te disparé.

—No había nadie más en la habitación. Solo estabas obedeciendo la orden del Sultán. Debí imaginarme que serías capaz de hacerlo.

—¡Pero no lo hice! —estalla.

Aparto la vista de ella, con la mandíbula tensa y apretando el volante con tanta fuerza que mis nudillos se vuelven de color blanco.

—Hemos llegado.

—Kerem…

—Baja del maldito coche, Jade.

—Algún día te arrepentirás de no haber confiado en mí.

Sale del coche y cierra la puerta del copiloto con un fuerte portazo que hace vibrar un poco los cristales.

La observo a través del retrovisor mientras camina a paso rápido hacia la entrada de la mansión, mientras que sus últimas palabras resuenan una y otra vez en mi cabeza.

Golpeo el volante con la palma de la mano.

No pienso dejar que me afecte. No pienso caer en sus mentiras de nuevo.

De repente, siento que me estoy ahogando con los botones de mi propia camisa. Arranco de nuevo el motor. Necesito salir de aquí. Necesito alejarme de ella antes de que cometa el error de escuchar sus excusas.