Chapter 19
El olor a pan y café recién hecho inunda mis fosas nasales, obligándome a desperezarme poco a poco.
Entrecierro los ojos cuando la molesta claridad que entra a través de los ventanales hace contacto directo con mi retina.
Resoplo y me tapo los ojos con el antebrazo, en busca de algo de oscuridad con la que poder seguir durmiendo, pero los abro de golpe cuando siento una ligereza en mis costillas y cómo mi pecho se llena de aire con normalidad.
Me incorporo sobre el sofá hasta quedar sentada y cuando me llevo la mano a la zona de los botones de la espalda, me da un vuelco al corazón.
Alguien lo ha desabotonado mientras dormía.
Alguien a quien busco con la mirada por toda la habitación, dispuesta a echarle una buena bronca desde primera hora de la mañana, pero me encuentro con toda la estancia vacía.
Sobre su cama, en la que parece haber dormido con total tranquilidad mientras yo me destrozaba la espalda en el sofá, descansa una muda de ropa y una nota.
Me levanto del sofá y me estiro un poco antes de caminar hacia la cama y agarrar el pequeño trozo de papel.
Pongo los ojos en blanco y cierro el puño con fuerza, arrugando la nota antes de lanzarla al suelo. No puedo evitar fijarme en el fino anillo dorado que descansa sobre mi dedo anular. La rabia y la impotencia no tardan demasiado en aparecer.
Si quieren jugar, jugaremos.
Agarro las prendas que me ha dejado sobre las sábanas con más fuerza de la necesaria.
Las inspecciono con la mirada y las vuelvo a lanzar sobre el colchón.
Esperaba encontrarme un vestido ridículo de princesa, pero ha escogido un conjunto bastante elegante de color negro y unos tacones del mismo color.
Odio que haya elegido algo que no me importaría ponerme en otra situación y odio tener que hacerlo para no bajar a desayunar en un vestido de novia arrugado y completamente sucio.
Me deshago de la tela blanca y la empujo lejos de mí con la pierna. Todavía siento escalofríos cuando recuerdo todo lo que pasó ayer.
Camino hasta el cuarto de baño y, tras regular la temperatura de la ducha, me meto y dejo que los chorros de agua que se deslizan por mi piel borren esta sensación de angustia que siento.
Apoyo las palmas de las manos contra los azulejos mojados y agacho un poco la cabeza, observando cómo las gotas se deslizan poco a poco.
No sé cómo voy a hacerlo, pero la chica a la que todos pueden manejar se quedará en este baño, porque la que va a bajar no está dispuesta a dejar que nadie la pisotee.
Salgo de la ducha, me seco rápidamente y suelto mi cabello, que hasta ahora ha estado atado en un moño alto. Al salir del baño, el contraste de temperatura me marea un poco al dejar atrás el vaho producido por la humedad y la alta temperatura del agua.
Resoplo cuando me observo en el espejo, con el conjunto ya puesto. La tela se ajusta a mi cuerpo a la perfección, como si realmente lo hubieran diseñado para mí, como si supiera mis medidas exactas de memoria, lo cual me exaspera.
Compruebo por última vez que llevo el pelo perfecto y salgo de la habitación. Recorro el pasillo, dejando que el eco de mis tacones sobre el suelo de mármol rompa el silencio que reina en la casa. Al llegar abajo, me detengo frente a las imponentes puertas de madera que dan paso al comedor.
Dejo que el aire llene mis pulmones y enderezo los hombros, alzando el mentón, y me adentro en la que será mi nueva pesadilla. Espero encontrarme con una mesa llena de familiares, pero me llevo una sorpresa al ver que está prácticamente vacía, con solo dos platos servidos; el de Kerem y Micaelo.
Me obligo a caminar hasta el sitio que hay vacío junto a Kerem, ignorando que su oscura mirada se está clavando en cada uno de mis movimientos.
Me fijo en que viste un traje de color negro impoluto; lleva el pelo ligeramente peinado hacia atrás, una barba incipiente que marca aún más sus duras facciones y unos ojos oscuros que me recorren de arriba abajo, deteniéndose en las prendas que él mismo ha elegido y dedicándome una estúpida sonrisa de autosuficiencia que me encantaría arrancarle de un puñetazo.
—Llegas tarde —pronuncia mi marido, arrastrando las palabras y rompiendo el silencio tan incómodo que reina en el comedor.
—Da gracias a que he bajado —mascullo entre dientes, sosteniéndole la mirada mientras ocupo el asiento a su lado.
Un carraspeo seco resuena desde el extremo de la mesa, donde está sentado Micaelo, presidiendo el desayuno, con una postura impecable y enfundado en un traje que parece haber sido hecho a medida para él; un aspecto muy diferente al que tenía en la Toscana.
Ya no parece un simple señor mayor risueño y hablador, sino un hombre serio, poderoso e imponente.
Su sola presencia llena el espacio y su poder se siente como una sombra vigilante que nos acompaña.
—Bienvenida, piccola. Veo que la puntualidad sigue sin ser tu fuerte.
—Supongo que hay cosas que no cambian —digo, en un resoplido.
Trago saliva cuando alzo la vista y me encuentro con sus ojos grisáceos, que parecen estar estudiando cada uno de mis gestos y movimientos—.
¿Dónde está Alana? —inquiero, en esta ocasión mirando a Kerem—.
Pensé que viviría con nosotros —comento, fingiendo tranquilidad y llenando mi plato con diferentes frutas y panes.
—No, no vive aquí —responde en tono seco.
—Ha decidido quedarse con Can hasta que se encuentre mejor —me cuenta Micaelo, sin darle tiempo a Kerem a abrir la boca—. Están en su casa en el norte, bajo vigilancia.
Me remuevo incómoda en el asiento, sintiéndome observada. Noto varios pares de ojos sobre mí; hay demasiados empleados en esta casa y todos parecen estar muy pendientes de cuál va a ser mi próximo movimiento, cosa que me pone bastante nerviosa.
—Bueno, ¿entonces qué? ¿Nos toca jugar a la familia feliz, aunque estemos solos? —pregunto en voz baja, cuando nos quedamos solos, buscándolos con la mirada, a ver si alguno se digna a responderme, aunque los dos parecen bastante serios.
—Aquí nunca estamos solos, piccola. Solo estamos rodeados de gente que sabe esconderse lo suficientemente bien como para que no nos demos cuenta de que están ahí, pendientes de cada uno de nuestros pasos.
—Pero se supone que esta es nuestra casa, ¿no? Y…
—No seas impertinente —me interrumpe Kerem, que sostiene su taza de café con una calma exasperante. Ni siquiera me dirige la mirada—. Y termina de desayunar de una vez.
—Aquí el único impertinente eres tú —replico—. No se puede compartir oxígeno contigo por más de dos minutos sin que te comportes como un imbécil.
—¡Suficiente! —brama Micaelo, dando un golpe seco sobre la mesa que hace retumbar la cristalería y los cubiertos y que los dos nos sobresaltemos por el impacto.
De repente vuelve a reinar el silencio, solo que ahora es más denso y pesado y está cargado de todo lo que ninguno se atreve a decir en voz alta para no contrariar al que parece que ha tomado el papel de nuevo patriarca—.
Exijo que os guardéis respeto mientras estemos en esta casa.
Lo que hagáis fuera me da igual, pero aquí dentro no pienso lidiar con vuestras pataletas.
Mientras corto un pedazo de pan, las piezas empiezan a encajar en mi cabeza y no puedo evitar analizarlo de reojo.
Su acuerdo con Emre ha cambiado las normas que presidían anteriormente en esta casa.
Ahora que no está el antiguo patriarca, el poder debería haber pasado a Can, el mayor de los hermanos.
Y así parecía que estaba siendo hasta que Kerem unió fuerzas con los italianos. No hay otra explicación.
En estos meses he podido comprobar que nuestras cuentas iban cada vez peor y todo el mundo sabe que los italianos son los que más dinero mueven ahora mismo, así que no es de extrañar que hayan buscado su ayuda a través de este matrimonio.
¿Pero por qué el Sultán cambiaría sus planes en el último momento?
¿Por qué Kerem y no Can? ¿Es por su unión con los italianos? ¿Tanto poder tiene el nonno?
Mi corazón se salta un latido cuando la mano de Kerem se posa sobre mi muslo, bajo la mesa.
Sus dedos largos se entierran en mi piel a través de la tela negra, ejerciendo la fuerza justa para dejarme clavada en el asiento, completamente paralizada ante su contacto tan directo.
Intento apartar su mano, pero su agarre firme no me lo permite.
—Una buena esposa sabría que no debería mirarme con tantas ganas de estrangularme mientras termino mi primer café del día —dice con sorna, inclinando un poco la cabeza hacia mí.
Su aliento con aroma a café me roza la curva del cuello y odio que la sensación me provoque un pequeño escalofrío por la espalda.
—Qué pena que no sea una buena esposa entonces. —Me encojo de hombros, clavando mis uñas sobre el dorso de su mano para obligarlo a soltarme—. Suéltame si no quieres que te arranque los dedos.
—No te preocupes, tienes toda una vida por delante para aprender y mejorar.
Pongo los ojos en blanco. Noto cómo sus dedos se retiran de mi muslo poco a poco, dejando una sensación de calor y una marca invisible e imaginaria del poder que sigue teniendo sobre mí, aunque me repugne admitirlo.
—Kerem. —La voz grave y rasposa de Micaelo interrumpe mis pensamientos, devolviéndome a la realidad—. Lleva a Jade a recoger sus cosas.
Él se levanta, se abotona la chaqueta del traje y después de echarme un vistazo rápido con cara de tener ganas de asesinarme en este mismo instante, se aclara la garganta.
—En quince minutos en la entrada. No pienso esperar.