Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 18
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Chapter 18

Abro los ojos poco a poco, intentando acostumbrarme a los primeros rayos de sol que se cuelan a través de los ventanales del balcón, creando un juego de líneas y sombras sobre mis sábanas blancas.

Me incorporo y me estiro un poco, intentando destensar los músculos que siento agarrotados por culpa de toda la tensión contenida.

Me levanto y permanezco descalzo, sintiendo el frío del suelo a esta hora de la mañana, anclándome al presente. Doy varios pasos largos hasta el balcón y abro las puertas de cristal, dejando que la brisa fría de Estambul me golpee el pecho desnudo.

Apoyo las manos en la barandilla y cierro los ojos por un instante, mientras el aire húmedo del Bósforo revuelve los mechones oscuros de mi pelo.

Al abrirlos, observo el cielo, que comienza a teñirse de tonos dorados y rosados que se mezclan con el azul predominante y algunas franjas de color violeta, creando una fusión de colores prácticamente perfecta.

A lo lejos, varios ferris cruzan el Bósforo, dejando pequeñas estelas blancas, mientras las primeras luces de Estambul empiezan a apagarse poco a poco conforme va saliendo el sol.

Desde aquí arriba puedo distinguir la gran variedad de edificios, las cúpulas se acaban difuminando entre la neblina de la mañana y los yalis alineados frente al agua se extienden imponentes.

El olor salado del mar se mezcla con el aroma lejano a café recién hecho, que se cuela a través de mi balcón desde la cocina.

Todavía se me hace extraño estar aquí, en mi nueva casa, después de tantos meses viviendo entre las sombras de una ciudad que me creía muerto.

Seis meses de pura investigación, de reuniones a altas horas de la noche, de ejecuciones, de tratos con gente a la que me hubiera gustado no conocer, de observar con atención las jugadas de los demás para preparar el jaque mate final.

Cada uno de mis movimientos ha sido calculado para acercarme al Sultán.

Mi objetivo no ha cambiado: voy a convertirme en el nuevo Sultán, cueste lo que cueste.

Suelto un suspiro largo, soltando todo el aire que parece estar atrapado en mis pulmones y el vaho de mi propia respiración se deshace en medio del aire matutino.

Pese a que he vivido torturas mucho más difíciles en estos últimos meses, empiezo a tener algo de frío aquí fuera, así que regreso al interior de la habitación.

Tengo mil cosas en la cabeza y necesito despejarme del todo. Todo está calculado al milímetro y no puedo permitirme ni un solo error.

Entro en el baño, abro el grifo de la ducha y dejo el agua correr hasta que está con la temperatura que me gusta.

El impacto frío me golpea de nuevo la piel, obligándome a soltar todo el aire de golpe, pero me acaba espabilando y me ayuda a centrarme, justo lo que necesito para empezar este nuevo día y todo lo que se me viene encima a partir de ahora.

Cuanto termino, me seco un poco con una toalla y la acabo atando en mi cintura.

Me quedo observando mi reflejo con los hombros tensos y la mandíbula apretada.

Mi cuerpo es la prueba de lo que me ha costado sobrevivir.

Varias líneas de cicatrices gruesas cubren mi torso de un dolor que creo que jamás seré capaz de olvidar.

Me miro por encima del hombro; mi espalda y parte de mis brazos, salpicados de grandes quemaduras que todavía arden como el primer día.

Vuelvo a quedar frente al espejo y no puedo evitar perderme en mi costado izquierdo, justo en la rosa grabada con tinta negra que esconde la cicatriz con la misma forma.

Paso las yemas de los dedos por los pétalos oscuros y las espinas, dibujadas con tanta precisión que parecen clavarse en mi carne de nuevo, como un recordatorio de lo que tuve que hacer para demostrar mi lealtad.

Noto un nudo en la garganta cada vez más intenso, impidiéndome tragar con normalidad. Cierro un par de segundos los ojos e intento recomponerme. Después de todo lo que he pasado para llegar hasta aquí, no puedo permitirme tener ni un solo momento de vulnerabilidad.

Salgo del baño, aprovechando que Jade sigue dormida y me dirijo a la zona del vestidor, dispuesto a disfrazarme con otro traje impecable.

Sin embargo, a mitad de camino, justo cuando estoy al lado del sofá, mis pies frenan en seco. Jade está tumbada de lado, mirando hacia la pared y dándome la espalda. Sigue teniendo el maldito vestido de novia puesto.

No ha cambiado nada. Es desesperadamente testaruda. Prefiere dormir incómoda en un sofá, con un vestido de novia lleno de polvo y sangre, antes que dar su brazo a torcer.

Y no es que quiera ayudarla o me preocupe por ella, nada más lejos de la realidad, pero si quiero que este plan funcione, ambos tendremos que poner de nuestra parte y tendremos que llevarnos lo mejor posible, aunque el odio que sentimos por el otro sea irrevocable.

Uno de los problemas que se presentan es que, si ella es terca; yo lo seré el doble. Así que va a tener que aceptar mi ayuda, quiera o no.

Me inclino hacia delante y atrapo la cremallera con los dedos; tiro de ella haciendo presión sobre la tela y finalmente el vestido acaba cediendo y su espalda queda al descubierto.

Mi mano se queda a mitad de camino, como si recordara todas las veces que tracé constelaciones imaginarias sobre su piel, como si todavía ansiara su contacto.

Sacudo la cabeza y me reincorporo, sintiendo la mandíbula completamente apretada. Abro y cierro los puños con fuerza un par de veces, intentando focalizar mi atención en la tirantez de mi piel y no en la sensación tan extraña que me provoca estar junto a Jade después de todo.

Jade.

Quién me iba a decir a mí que mi piratilla acabaría siendo una maldita mentirosa y una asesina, que me obligaría a volver a un mundo que detesto, que me haría entregarle mi corazón con los ojos cerrados y me lo devolvería hecho pedazos por culpa de su traición.

Me alejo del sofá a paso firme, obligándome a dejar atrás el dulce aroma que desprende su piel y el recuerdo de lo que pudimos haber sido.

Me adentro en el vestidor y cojo el primer traje que encuentro, de color negro y hecho a medida.

Empiezo por la camisa blanca, que está perfectamente planchada.

Me abrocho los botones de los puños frente al espejo del vestidor y me coloco uno de mis relojes de colección en la muñeca izquierda.

Me aplico perfume y, justo cuando voy a coger la chaqueta, mi segundo teléfono vibra con insistencia.

Frunzo el ceño y lo desbloqueo. A esta hora de la mañana no debería entrarme ningún mensaje. Aun así, lo abro y me encuentro con un número oculto.

Aprieto el móvil entre los dedos hasta que los nudillos se me quedan completamente blancos.

Sabía perfectamente que esto pasaría, que la guerra acabaría estallando, sobre todo en cuanto llegara a oídos del Sultán la boda que Micaelo y yo habíamos organizado por nuestra cuenta.

No contábamos con su aprobación ni su permiso, como le hicimos creer a mi esposa.

Ella piensa que está cumpliendo una orden, sin saber que es el escudo que Micaelo y yo estamos utilizando para protegernos.