Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 17
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Chapter 17

Después de las ráfagas de cristales rotos y el ruido ensordecedor de los subfusiles, el silencio se siente denso, casi pesado, cargado de preguntas sin resolver, incertidumbre y miedo.

Ni siquiera sé cómo hemos llegado hasta esta mansión después de nuestra última conversación.

Recuerdo una serie de imágenes que han ido pasando por mi mente a cámara lenta hasta sentir la mano de Kerem en la parte baja de mi espalda, guiándome hasta uno de los coches blindados, donde nos esperaba un gran equipo de seguridad.

Después de eso, me dediqué a observar la ciudad a través de la ventana y escuchar un murmullo lejano de la conversación que mantenía mi marido por teléfono, hasta que el conductor por fin aparca el coche frente a la que será mi nueva casa.

«Mi marido».

Sigo en shock, sin creerme nada de lo que ha pasado.

En menos de veinticuatro horas he descubierto que Luca no está muerto, me he casado con él y me he visto obligada a participar en un tiroteo. Creo que es suficiente por hoy y por el resto del año.

Me encantaría irme a dormir y que todo esto fuera parte de una horrible pesadilla de la que pudiera despertarme dentro de unas cuantas horas.

Pero no; es mi realidad y todavía no sé qué pensar al respecto.

Mi cabeza ha vuelto a bloquearse y ha decidido dejar en un segundo plano todo lo que está pasando en mi vida ahora mismo con tal de no colapsar.

—Refuerza las entradas y que nadie baje la guardia —le ordena Kerem a uno de sus hombres, que enseguida asiente con la cabeza y desaparece de nuestra vista.

Observo de reojo la entrada de la casa mientras avanzamos hacia la escalera principal.

Es fría, minimalista y huele a ambientador caro.

Hay cámaras en cada esquina y ventanales blindados que nos aíslan por completo del exterior.

El suelo es de un mármol blanco tan brillante que parece burlarse de mí con cada centelleo de la luz que cuelga sobre las lámparas.

Una vez en la planta de arriba, me guía hasta el final de un pasillo, donde me encuentro con una puerta.

—Esta de aquí será nuestra habitación —dice, plantándose frente a una de las dos puertas.

Lleva la camisa blanca de la boda desabrochada por la zona del cuello y manchas de hollín y restos de sangre salpicados por el rostro y el resto de su atuendo—.

En esta planta solo está este dormitorio, así que tendremos la privacidad suficiente.

—No pienso compartir habitación contigo.

Me mira con ambas cejas enarcadas y los brazos cruzados contra el pecho.

—¿Y dónde piensas dormir?

—En alguna de las trescientas habitaciones que tienes libres en esta casa.

—Creo que todavía no te has enterado, pero tenemos que fingir que somos un matrimonio feliz y enamorado.

—¿Fingir ante quién? —Suelto una risa amarga, dando un paso hacia él—. Aquí dentro solo estamos tú y yo. ¿O es que el Sultán nos ha puesto micrófonos debajo de la cama?

—No descarto la idea —responde con calma.

La sonrisa se me borra del rostro por completo.

—Perdona, ¿qué has dicho?

—Lo que has oído, Jade —contesta con total tranquilidad, empujando la puerta para obligarme a entrar—. El Sultán nos tiene vigilados. Nos ha enviado a esta casa porque es el único lugar que considera seguro hasta descubrir quién ha organizado el ataque.

—¿Y por qué tengo que dormir contigo?

—Porque quiere un matrimonio de verdad, no a dos personas escondidas bajo un mismo techo —aclara—. Y no sabemos quién trabaja para el Sultán. Puede tener ojos en cualquier parte de esta casa.

Me quedo paralizada, intentando asimilar esta bofetada de realidad, mientras el sonido del cerrojo al cerrarse justo detrás de mí provoca que me dé un vuelco el corazón.

Observo todo lo que me rodea mientras Kerem termina de quitarse la camisa.

Lo cierto es que la habitación es preciosa, con techos de vigas de madera oscura que forman una buhardilla.

A un lado, cerca de la puerta, hay un gran sofá de color gris frente a una chimenea y un televisor que ahora mismo están apagados.

En el otro extremo, un enorme vestidor y justo al lado del sofá, una puerta que conecta con el cuarto de baño.

Pero por mucho que me centre en la decoración, en los tonos neutros o en los ventanales del balcón, con unas vistas impresionantes, mis ojos se desvían hasta el centro de la habitación, justo en una enorme cama de matrimonio que ocupa gran parte del espacio.

Siento que me empieza a faltar el aire otra vez.

Intento mantener la compostura y me llevo las manos a la espalda para quitarme los malditos botones del vestido de novia.

Pesa muchísimo y está lleno de polvo y sangre.

Intento deslizar la cremallera que hay oculta tras el encaje, pero se ha enganchado con la tela y no consigo deshacerme del vestido.

Lo intento varias veces, llena de frustración y desesperación. Sin embargo, no consigo que se mueva ni un milímetro.

No puedo respirar. La tela me oprime. Necesito quitarme este vestido ya.

Escucho un gruñido y un par de pasos hasta que acabo notando el cuerpo de Kerem tras el mío. Su calor me envuelve antes de que siquiera llegue a tocarme. Me recorre un escalofrío por toda la columna cuando sus dedos rozan la piel al descubierto de mi espalda y se enredan con la cremallera.

—Déjame ayudarte —murmura, con voz ronca, haciéndome dar un respingo—. Vas a romper el vestido.

—No me importa el vestido. Quítame las manos de encima ahora mismo.

—Déjate de tonterías y quédate quieta —sisea.

—Que me sueltes.

Me zafo de su agarre y me giro hasta quedar frente a él. Su pecho se agita con fuerza y vuelve a tener el semblante serio y oscuro, con la mandíbula apretada.

—Si vuelves a tocarme, te arranco los dedos uno a uno.

Enarca una ceja y da un paso hacia atrás, mirándome de forma burlona, cosa que me empieza a exasperar.

—Inténtalo.

Pongo los ojos en blanco y, sujetando lo que queda de la cola del vestido, me planto frente a la cama.

—Tú te vas al sofá —siseo—. Yo me quedo con la cama.

Kerem suelta una risa seca que retumba por toda la habitación. Se sienta en el borde del colchón, mirándome con una parsimonia que me saca de quicio y empieza a desatarse los zapatos con su aparente tranquilidad, sin dejar de mirarme.

—Esta ahora es mi casa, Jade. Y esta —extiende los brazos— mi cama. Si quieres dormir aquí, tendremos que compartir cama. Como en los viejos tiempos. —Fuerza una sonrisa y me sostiene la mirada con una seguridad que me desconcierta.

Aprieto los puños con fuerza, sintiendo en ellos toda la rabia que me quema por dentro.

Podría suplicarle o podría ceder y compartir colchón; no sería la primera vez que lo hacemos y no tendríamos por qué tocarnos.

Pero no pienso hacer eso. Y él lo sabe. Sabe que soy demasiado testaruda y orgullosa como para aceptar alguna de sus condiciones.

—Dormiré en el sofá.

—Como quieras. ¿Te ayudo con el vestido? Estoy cansado y quiero irme a dormir ya.

—No necesito tu ayuda.

—Estupendo, porque tampoco pensaba dártela —espeta.

Me doy la vuelta y doy algunos pasos hasta llegar al sofá.

Me tumbo de mala manera, casi pataleando.

El corsé me oprime las costillas y la cremallera atascada me molesta en la columna con cada movimiento que hago, así que no creo que duerma demasiado.

Por no hablar de lo incómodo que es esto.

Por mucho que me mueva, no consigo encontrar la postura.

Me muerdo el interior de la mejilla con tanta fuerza que acabo sintiendo el sabor metálico en mi lengua cuando lo escucho regodearse de lo cómoda que es su cama.

—¿Puedo dormir tranquilo o intentarás matarme en mitad de la noche?

—No prometo nada. —Es lo único que digo, obligándome a cerrar los ojos, con las piernas estiradas sobre el sofá, sintiendo el peso del vestido y de todo lo que ha pasado hoy, el maquillaje prácticamente corrido por la cara y una impotencia que no soy capaz de controlar.