Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 16
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Chapter 16

Cruzo el interior del yali sintiendo todavía el olor a pólvora incrustado en mi ropa.

A mi alrededor, varios hombres terminan de asegurar el perímetro mientras que otros recogen los cuerpos que se han quedado tirados sobre el mármol, manchando el blanco resplandeciente de color carmesí.

Se deshacen de los cuerpos y de los rastros de sangre con una rapidez mecánica, como si sus movimientos fueran automáticos, y con solo verlo se me revuelve el estómago.

Por mucho tiempo que pase metido en este mundo, jamás seré capaz de entender cómo se puede matar a alguien a sangre fría y no sentir absolutamente nada al hacerlo.

Hace seis meses, a Luca le hubiera horrorizado presenciar una escena como esta. Pero hoy es Kerem quien la vive. Hoy es Kerem el que comprueba que el cargador de su pistola siga teniendo balas.

Aprieto la mandíbula con fuerza mientras observo cómo los últimos invitados abandonan la mansión escoltados por nuestros hombres.

Ni siquiera se han sorprendido con el cambio de novio en el último momento, ni tampoco por la masacre que se ha vivido hace tan solo unos minutos.

Por muy descabellado que a mí me siga pareciendo todo esto, son cosas a las que Las Familias están más que acostumbradas.

Hice un trato con mi padre cuando acepté volver a convertirme en Kerem.

Él era el único que sabía que estaba vivo y yo era el único que sabía dónde se estaba escondiendo mientras se recuperaba.

Yo le ayudaría a él, y él me ayudaría a mí.

Era la única forma de acercarme a los pasos que tengo que cumplir si quiero ser el próximo Sultán.

Cargo mi pistola sin pensar al escuchar unos pasos rápidos acercarse a mí, seguidos por una voz ronca y masculina.

—¿Ya has terminado de jugar a ser el Don?

Me giro despacio y clavo mis ojos en él.

Tiene la camisa blanca desgarrada, el hombro derecho ensangrentado y una herida en el labio que le sangra más con cada sonrisa cínica que me dedica según se acerca a mí.

Todavía sujeta la pistola en la mano. La rabia que llevo conteniendo todo este tiempo se apodera de mí.

No le doy tiempo a reaccionar; lo agarro por el cuello de la camisa y lo estampo con brutalidad contra una de las columnas.

Suelta un quejido ahogado cuando su espalda choca con el mármol.

—Pensaba que papá te habría enseñado durante todos estos años a comportarte.

—¡Suéltame! —grita, empujándome y zafándose de mi agarre—. Te crees muy importante por haber conseguido un trato con los italianos, pero no eres nadie. No tienes ni idea de lo mucho que hemos trabajado durante todos estos años mientras tú estabas de vacaciones.

Me empuja, haciéndome retroceder un par de pasos.

Siento un calor recorrer todo mi cuerpo.

—¿No has tenido suficiente con la paliza que les he dado a tus hombres, que quieres que te dé una a ti también? —pregunto, acercándome de nuevo a él—. Ahora estoy al mando. Te quiero fuera de mi vista y lejos de mi mujer.

Sus facciones se endurecen.

—Has cometido el error de tu vida al casarte con ella.

—Y tú al atreverte a compartir oxígeno con ella —me escucho decir, sonando mucho más rudo de lo que esperaba, sintiendo cómo la rabia y el dolor se apoderan de mí—. Ahora lárgate. No quiero verte.

—Papá nunca aceptará esta boda —dice, con los orificios nasales dilatados.

—Emre y yo tenemos un trato, así que no vuelvas a inmiscuirte en nuestros asuntos, Can.

La próxima vez no tendré tanta consideración como hoy.

Y, por cierto, yo sí sé dónde está —añado, captando por completo su atención, haciendo que me mire con los ojos bien abiertos por la sorpresa—.

Hemos estado en contacto directo en estos últimos seis meses.

Da un par de pasos y se acerca a mí, acortando la distancia que nos separa. Me da un pequeño empujón con su hombro que no termina de moverme del sitio. Nos sostenemos la mirada con los ojos inyectados en sangre y llenos de rabia.

—No te creas que te vas a salir con la tuya otra vez —masculla entre dientes—. Te crees que puedes conseguir siempre lo que quieres. ¡Nos dejaste a todos tirados durante una década y justo cuando apareces, te haces el muerto durante seis malditos meses, Kerem!

Me empuja de nuevo, descargando su rabia contra mí. Yo trago saliva y aprieto los dientes, cerrando los puños con fuerza a ambos lados de mi cuerpo. Le sostengo la mirada. Tiene los ojos rojos, llenos de ira.

—Durante toda mi vida he sido el segundo en todo —sigue diciendo—, a pesar de ser el primero en llegar.

Siempre fuiste el favorito de nuestros padres, ¡incluso para seguir con su legado, a pesar de que yo era el mayor!

Crecimos y seguí siendo el segundo plato también con nuestros amigos.

Siempre viví la vida que tú rechazabas. Siempre me quedé con todo lo que tú ya no querías o lo que ya te habías cansado de tener.

Te fuiste de Estambul porque no querías vivir la vida que papá tenía preparada para ti, la vida que yo —enfatiza esta última palabra, cargado de furia— siempre había deseado vivir.

Cuando te fuiste, por fin tuve lo que siempre quise, pero ya no se sentía igual. ¡Ya no era lo mismo!

No sé en qué momento ha sucedido, pero está llorando. Y, maldita sea, a mí no me gusta ver a nadie llorar y mucho menos a un tío de metro noventa que me está fulminando con la mirada mientras me acorrala contra una pared, con el cuerpo magullado y lleno de manchas de color carmesí.

—Sabes que esto —abre los brazos de par en par, señalando todo el desastre que nos rodea— es mi mundo.

Lo sabes perfectamente. Me he criado esperando que llegara el momento de ocupar mi lugar, solo porque sabía que tú no querías hacerlo.

Aun así, te daría todo el imperio de nuestra familia con los ojos cerrados.

Te daría todo lo que tengo y todo lo que soy sin dudar.

Menos una sola cosa. Menos lo único que he deseado realmente con todas mis fuerzas a lo largo de toda mi vida: casarme con Jade.

Puede que sea un imbécil, pero a pesar de todo lo que ha pasado, realmente quería casarme con la mujer a la que amo.

Pero ahora llegas tú, seis meses después de supuestamente haber muerto y también me la arrebatas; me vuelves a dejar en un segundo plano.

Se forma un silencio entre los dos. Sus palabras me golpean con fuerza, pero no puedo permitirme flaquear. No ahora, no cuando estoy tan cerca de cumplir mi objetivo.

—¿Has terminado? —pregunto de forma tranquila, con una ceja alzada, aunque por dentro me sienta completamente acelerado. Él no tiene por qué saberlo, no tiene por qué ver ningún tipo de debilidad—. Mi mujer me está esperando.

Algo se rompe en su mirada, y su mandíbula se tensa tanto que se le marcan los músculos bajo la piel.

Hace el amago de golpearme, pero consigo esquivar el golpe. Le agarro el puño y le doy la vuelta, estampándolo con fuerza contra la pared. Ahora soy yo el que lo acorrala, el que vuelve a tener el control.

—¿Te crees que he vuelto porque quería todo esto? ¿De verdad piensas que quería volver a convertirme en la clase de hombre que más desprecio?

—Pues lo has hecho —escupe con desdén—. Te vas a acabar convirtiendo en papá.

Sus palabras me atraviesan. Durante un segundo dejo de escuchar el bullicio que todavía resuena en el interior del yali. Ahora solo estamos nosotros dos y esa maldita frase resonando en mi cabeza una y otra vez.

Le agarro de la camisa antes de darme cuenta de que me he movido.

Lo estampo contra la pared con tanta fuerza que el cuadro que cuelga detrás de él se acaba tambaleando.

No espero a que reaccione. No me importa.

Lo vuelvo a empujar. Una y otra vez. Hasta que el sonido seco de su cabeza golpeando el muro empieza a mezclarse con mi propia respiración.

No se da por vencido fácilmente, sino que intenta defenderse y devolverme algún que otro puñetazo.

Escupe sangre al suelo y me dedica una sonrisa cínica.

—Qué rápido te has deshecho del personaje que te habías creado en la Toscana —apostilla, con sorna—. No has tardado nada en mostrar la clase de persona que eres en realidad.

Sus palabras terminan de romper la poca cordura que me quedaba.

La rabia me nubla la vista, tiñendo la sala de un tono rojizo oscuro.

Doy un paso al frente y le lanzo un puñetazo que le da de lleno en el rostro, resonando en un golpe sordo de mis nudillos contra su pómulo. Se abalanza sobre mí, furioso, empujándome con fuerza, haciendo que acabemos cayendo al suelo, en mitad de los cristales rotos y las manchas de sangre.

Siento los cristales atravesar la tela de mi camisa, pero el dolor físico no es nada comparado con la furia que me quema por dentro.

Can me lanza un golpe que me da de lleno en toda la ceja. Lo intento inmovilizar contra el mármol frío del suelo, quedando a horcajadas sobre él y levanto el puño. Lo descargo varias veces sobre su mandíbula. La rabia me nubla la razón y me siento incapaz de parar.

En sus ojos, inyectados en sangre, veo los ojos de mi padre; una mirada que estaría orgullosa de verme reflejado en ellos, de ver la persona en la que me he acabado convirtiendo, en esa misma que juré que jamás volvería a ser.

—¡Suéltalo! ¡Cariño, por favor! —La voz de mi madre consigue devolverme a la realidad.

Sus manos se aferran a mi pecho e intentan apartarme de Can, que permanece en el suelo, jadeando y con la boca ensangrentada, pero sin apartar sus ojos de los míos—.

Lo vas a matar —sigue diciendo, entre lágrimas—.

Mírame, por favor. Tú no eres así —dice, ahuecándome las mejillas.

Tú no eres así.

Algo se rompe en mi interior, pero no sé el qué, porque desde hace mucho tiempo ya no queda nada. Todo en mí está completamente vacío.

—Que alguien se asegure de que abandona el yali antes de que cambie de opinión —les ordeno a mis hombres. Me limpio la sangre de la boca con el brazo, manchándome aún más la camisa.

—¡Disfruta mientras puedas! —escucho gritar a mi hermano mientras me alejo de él a pasos firmes y decididos, dejándolo atrás junto a mi madre, que le está curando las heridas. Lo mejor será que me vaya antes de que haga algo de lo que pueda arrepentirme.

Lo peor de todo es que mi madre lleva razón: Luca jamás habría hecho algo así.

Pero supongo que Luca murió hace mucho tiempo, el mismo día en el que acepté ser de nuevo Kerem.

—¿Dónde está mi padre? —titubeo, buscándolo desesperada entre la multitud. Me aferro a unos brazos que me sujetan, aunque no logro ver de quién se trata, sino que sigo tratando de encontrar una silueta en concreto, aunque parece imposible.

—Ha desaparecido —responde Micaelo con voz tranquila, y solo entonces me permito mirarlo y comprobar que es él quien se encarga de que no me caiga al suelo, a pesar de que mis piernas están temblando como un flan.

—¿Cómo que ha desaparecido?

—En cuanto empezaron los disparos se marchó con sus hombres.

—Eso no es cierto. —Niego con la cabeza, incapaz de creerlo—. Él nunca se iría y me dejaría a mí aquí, en medio de todo el peligro, ¿verdad?

Suelta una carcajada ronca que resuena por toda la habitación.

—Tu padre siempre ha huido cuando las cosas se han puesto feas —murmura—. De hecho, es lo mismo que te enseñó a hacer a ti.

Me quedo callada, sin saber muy bien qué decir.

Dejo que Onur me arrope con un abrigo de piel y que sujete mis zapatos; tengo frío y estoy demasiado cansada como para seguir soportando ni un segundo más estos tacones.

Lo único que quiero hacer es meterme en la cama y dormir.

Con un poco de suerte, me quedaré dormida hasta que toda esta pesadilla termine.

—Nos vamos —ordena la voz de Kerem a mis espaldas, haciéndome dar un brinco y cortando el aire del recibidor.

Me giro bruscamente, obligando a mis pies cansados a plantarle cara.

—No pienso irme contigo a ninguna parte, y mucho menos hasta encontrar a mi padre.

—Tu padre abandonó la ciudad hace cuarenta minutos —replica, sin mirarme, desabotonándose los primeros botones de su camisa—. Mis hombres lo perdieron en la autopista del norte. No te preocupes, que cuando necesite algo de ti, volverá.