Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 15
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Chapter 15

Dos hombres encargados de la seguridad abren las puertas de par en par, dejando que el yali se extienda imponente frente a mí.

La ceremonia se celebra en una de las terrazas traseras de la mansión, frente al Bósforo. La brisa me golpea directamente en la cara, trayendo consigo el olor a sal, flores y perfume caro de la gente que entra y sale.

Echo un vistazo rápido a Kerem —aunque todavía se me haga raro verlo aquí y tener que llamarlo así— y alzo las cejas, sorprendida, cuando me ofrece su brazo para empezar a caminar juntos. Me enderezo todo lo que puedo y envuelvo mi brazo con el suyo, ganándome una mirada fulminante por su parte.

—Sonríe, mentirosilla —murmura cerca de mi oído, con el semblante serio y una apariencia tan fría y segura de sí misma que me eriza la piel—. Deja que todos se sorprendan al vernos juntos y crean que estamos enamorados.

Trago saliva.

—Siempre se te ha dado muy bien fingir —añade, con voz ronca.

Aprieto mi agarre, enterrando con fuerza mis uñas en su brazo y veo que hace una mueca de molestia que acaba disimulando rápidamente. Siento la dureza de sus músculos y la forma del arma que esconde bajo su chaqueta.

Me siento incómoda cuando noto cientos de ojos clavados sobre nuestros pasos.

Intento no fijarme demasiado en la reacción exagerada de Las Familias y el resto de los invitados al verme cogida del brazo de Kerem, al que todos creían muerto, en lugar del hombre con el que supuestamente debía casarme.

Los jadeos de sorpresa se extienden conforme avanzamos, a paso lento y sincronizado, hacia la mesa presidencial, decorada con flores blancas, donde nos esperan el oficiante y los testigos.

Los flashes de los fotógrafos me dañan la vista y el murmullo de los invitados me resulta estrepitoso, pero aun así sigo caminando con firmeza y decisión, como si no estuviera a punto de entregar mi vida al enemigo para siempre.

Busco desesperada entre la multitud a mi padre, pero no lo veo por ninguna parte. Supongo que ni él ni Can estarán de acuerdo con todo esto, puesto que tampoco veo a sus hombres de confianza. No puedo evitar notar un mal presentimiento clavado en el centro del estómago.

—No veo a mi padre por ningún lado —le susurro a Kerem entre dientes, sin dejar de mirar hacia delante cuando por fin estamos frente a la mesa.

—Preocúpate de firmar —responde, con la mandíbula cada vez más tensa.

El oficial turco se aclara la garganta y comienza a recitar unas palabras formales en un idioma que siento cada vez más lejano.

Kerem se mantiene inalterable a mi lado, con la espalda firme y los hombros anchos, imponente.

A mí todo me suena lejano, casi amortiguado, como si tuviera la cabeza debajo del agua.

No puedo evitar fijarme en cada uno de los movimientos y gestos marcados de Kerem. Saber que está vivo y a mi lado después de todo lo que he pasado se siente como una pequeña tortura silenciosa. Siento que estoy a punto de vomitar.

— Evet.

La voz de Kerem me saca de mis pensamientos y me devuelve a la realidad, resonando por toda la terraza, firme y con un tono seco y autoritario, como un eco profundo que se acaba perdiendo entre la brisa y el ruido de la ciudad a lo lejos.

Lo miro, buscando de forma desesperada que nuestros ojos se encuentren, sentir que no estoy soñando, que realmente estamos a punto de hacer esto, pero no me mira. No quiere hacerlo y, realmente, no lo culpo. Yo tampoco sería capaz de hacerlo.

Siento el peso de los cientos de ojos que nos observan clavados en mi espalda cuando el oficial me hace la misma pregunta y se forma un silencio sobrecogedor.

Trago saliva, con el corazón martilleándome con fuerza contra las costillas y me obligo a recomponerme.

No puedo permitirme mostrar mi vulnerabilidad.

No ahora, cuando la vida de tantas personas depende de que yo esté a la altura y responda de una vez por todas.

— Evet —consigo pronunciar en un hilo de voz, que por suerte suena más fuerte de lo que esperaba.

El oficial nos declara marido y mujer, y nos acerca el bolígrafo para firmar el libro rojo. Kerem es el primero en plasmar su firma en un trazo rápido y elegante. Agarro el bolígrafo con los dedos temblorosos cuando me lo ofrece y repito el mismo gesto, sintiendo sus ojos clavados sobre mí.

Nos damos la vuelta y quedamos frente a los invitados, que nos observan expectantes, esperando un beso que no llegará. Las comisuras de mis labios se curvan ligeramente hacia arriba cuando recuerdo una tradición turca que siempre me ha parecido muy divertida.

Levanto el pie cuando me rodea la cintura con su brazo, acercándome a él en un movimiento descuidado, y lo piso con fuerza, soltando toda mi rabia contenida sobre la punta de su zapato.

Dicen que si la mujer pisa el pie del novio significa que tendrá el control en el matrimonio, que será la que lleve el mando en el hogar.

Para mí, no solo ha significado eso, sino también la declaración de una guerra que tan solo acaba de comenzar.

—¿Te piensas que esto es un juego? —sisea, con sus ojos oscuros clavados en los míos. Tiene la mandíbula tan tensa que temo que se le vaya a desencajar en cualquier momento—. Juguemos entonces.

Antes de que pueda responderle, se asegura de pegar mi cuerpo al suyo con una brusquedad que me corta la respiración. Sus dedos se clavan en mi costado, abrasándome a través de las capas de tela que lo separan de mi piel. La multitud estalla en vítores y aplausos, observándonos con expectación.

Kerem se inclina ligeramente hacia mí. Sus ojos bajan hasta mis labios entreabiertos, que no tardo en humedecer con la lengua y me fijo en que sigue el movimiento sin pestañear.

El pánico y el recuerdo de lo que un día pudimos ser se mezclan en mi pecho, oprimiéndome con fuerza.

No me da tiempo a apartarme ni a salir corriendo.

Cuando consigo reaccionar, ya es demasiado tarde y sus labios están presionando los míos en un beso duro, gélido y seco, que me provoca un vuelco al corazón y hace que mis ojos se humedezcan.

En el momento en el que se separa de mí, la brisa húmeda y fría me envuelve por completo, provocándome un escalofrío en la columna. Siento el sabor amargo de la traición incrustada en el paladar y el corpiño cada vez más ajustado sobre mi pecho, impidiéndome respirar con normalidad.

Kerem se gira hacia la multitud con una sonrisa fría e impecable, alzando una mano para agradecer las felicitaciones, mientras que yo me trago las lágrimas y fuerzo una sonrisa.

Sé que el Sultán tiene que estar por alguna parte, así que me toca empezar a fingir si quiero conseguir la información que necesito y, además, salir ilesa de todo esto.

***

El banquete se celebra en el interior del yali.

El ruido es ensordecedor; el tintineo constante de los cubiertos contra la porcelana, las copas chocando una y otra vez de forma amistosa, la música que resuena a través de los grandes altavoces y me retumba en las sienes, los cientos de murmullos en turco e italiano que se acaban entrelazando tanto que me siento mareada.

Me sobresalto cuando Leyla me coge del brazo y lo entrelaza con el suyo.

—Dime que estás bien —me susurra al oído, mientras caminamos entre los invitados. Hace un rato que terminó la comida y ahora la mayoría está bebiendo y bailando en el centro de la sala.

—Lo estoy.

—Todo esto es una locura —sigue cuchicheando, todavía asimilando toda la historia que le acabo de contar hace un rato en el cuarto de baño—. ¿Qué vas a hacer?

—Sobrevivir como pueda —contesto, en el mismo tono, sin dejar de caminar a su lado y sonriéndoles a las personas con las que me voy cruzando mientras trato de llegar hasta Kerem, que está bastante concentrado en una conversación con los italianos, presidida por Micaelo, quien no deja de escrutarme en todo momento con sus ojos achinados.

Onur camina dos pasos por detrás de nosotras, con las manos entrelazadas al frente y los ojos fijos en mi nuca y en cada uno de mis movimientos. Siento su presencia como una sombra constante que me acompaña y protege en cualquier lugar.

—Tienes que ser fuerte —me anima, acariciando mi brazo con su mano con suavidad—. No dejes que esto pueda contigo. Tienes que ser más inteligente que todos si quieres ganarte la aprobación del Sultán.

—Lo sé —me limito a responder, en un suspiro.

—Sabes que tendrás que fingir, ¿verdad? —pregunta, captando por completo mi atención y haciendo que ambas frenemos en seco, a tan solo unos metros de distancia de mi nuevo marido, que al parecer se ha percatado de mi presencia después de pasar horas ignorándome.

—¿A qué te refieres? Esto es un matrimonio por pura conveniencia, una unión de Familias.

—Por eso mismo —responde tranquila—. Si quieres que el Sultán apruebe realmente esta unión, tendréis que fingir que sois una pareja de verdad.

Miro a Kerem de reojo y siento que el estómago se me vuelve a cerrar.

—¿Fingir que somos una pareja de verdad?

—repito, con las cejas alzadas—. Nuestras familias son enemigas.

Me odia porque le mentí y porque además piensa que le disparé para intentar matarlo —sigo diciendo, de forma rápida, algo nerviosa—.

Y yo lo odio a él. Mucho. Muchísimo. Por haberme mentido, por llevar ese apellido que tanto detesto y por fingir su muerte durante seis meses, Leyla.

Lo único que estoy dispuesta a fingir es que no me muero de ganas por estrangularlo.

—Podría ser peor —repone, con los ojos bien abiertos—. Podrías haberte casado con Can y tener que forzarte a ser una buena esposa mientras te lamentabas porque tu verdadero amor estuviera muerto. Pero está vivo. Y ahora estáis casados. La vida os está dando una segunda oportunidad a pesar de todo.

—Hace tiempo que dejé de creer en las segundas oportunidades.

Pone los ojos en blanco.

—¿Recuerdas la historia de Elif? El Sultán también la obligó a casarse.

—Asiento con la cabeza, animándola a continuar—.

Quería un matrimonio de verdad, uno que realmente sirviera de unión con los del norte.

Acabó muriendo mucha gente cuando se negaron a parecer un matrimonio normal.

El Sultán es poderoso y nadie sabe quién es, por lo que puede estar en cualquier parte vigilando cada uno de vuestros pasos y si le sois fieles o no.

Trago saliva, procesando sus palabras justo cuando veo que Kerem se despide de los italianos y camina directo hacia mí con paso firme. Su presencia aparta a Onur y a mi amiga con solo una mirada fulminante.

—Las Familias se empiezan a hacer muchas preguntas sobre esta boda y sobre nuestras familias. Tenemos que procurar que parezca real si queremos hacernos respetar.

—No pienso fingir que estoy enamorada de ti —me apresuro a decir, apuntándolo con el dedo índice—.

Y atrévete a volver a besarme sin mi consentimiento —murmuro en voz baja, inclinándome hacia él y sintiéndome mareada con el olor fuerte y varonil de su perfume—.

Y te aseguro que será lo último que hagas.

Sus labios se curvan en lo más parecido a una sonrisa que he visto en él en muchísimo tiempo.

—¿Estás amenazando a tu marido? —inquiere, con una ceja alzada.

—No eres mi marido —escupo con desdén.

—La ley y el Sultán no opinan lo mismo —replica con sorna—. Así que cuidado con esa boquita.

Me pasa un dedo por el labio inferior, acariciándolo más de la cuenta, sin apartar sus ojos de mi boca, provocando que mi corazón se salte más de un latido y que todo se paralice a nuestro alrededor.

Estoy a punto de estampar mi mano contra su mejilla cuando un estallido brutal hace temblar las paredes del local.

El sonido de los cristales al romperse en el salón principal va acompañado del sonido seco y metálico de los subfusiles que retumban por todo el interior del yali. Los gritos de los invitados estallan al unísono. Escucho cargar de forma rápida decenas de armas. Gritos. Disparos. Miedo. Caos.

Kerem me agarra por la cintura, haciendo que me sobresalte, y me tira contra el suelo de mármol, escondiéndonos tras un pequeño muro que nos sirve como protección por el momento.

Su cuerpo cae de forma pesada sobre el mío, cubriéndome por completo.

Siento el impacto de la caída, pero el peso firme de Kerem y la forma en la que me miran sus ojos oscuros ahora mismo me mantiene anclada al presente.

Percibo pasos rápidos a nuestro alrededor, seguidos de gritos y tropiezos, del ruido de los impactos de las balas contra las paredes. Cuerpos cayendo a nuestro alrededor, heridos. Nuestros hombres defendiéndonos.

—¿Qué está pasando? —titubeo.

Él extiende el brazo con el que sujeta su pistola, se inclina ligeramente hacia arriba, suelta una serie de disparos y vuelve a tirarse sobre mí, ocultándose de nuevo tras el muro.

Chasquea la lengua.

—Al parecer, hay más gente de la que pensaba que no está de acuerdo con esta boda —pronuncia, con la respiración acelerada.

Se incorpora un poco sobre mí y saca otra pistola que llevaba escondida bajo su chaqueta. Se asoma y maldice en italiano al ver la que hay liada al otro lado de la sala.

—Toma —me entrega el arma, mirándome fijamente a los ojos—. Quítale el seguro. Si te encuentras con una cara desconocida, le vuelas la cabeza.

Parpadeo un par de veces, totalmente incrédula, sintiendo el corazón en la garganta.

—No conozco a casi nadie.

—Entonces prepárate para hacer volar muchas cabezas.

Sostengo el arma con las manos temblorosas y frunzo el ceño.

El estruendo de los impactos me sobresalta una y otra vez.

A través de una nube de polvo, veo a varios hombres con chaquetas oscuras avanzar hacia nuestra posición, a pesar de que aparentemente estamos protegidos por nuestros hombres, que recargan una y otra vez sus armas y disparan sin que les tiemble la mano lo más mínimo al hacerlo.

Me levanto del suelo cuando Kerem hace lo mismo. Apunta a uno de los hombres directo a la frente. Aprieta el gatillo y el hombre no tarda en desplomarse contra el suelo, dejando caer su pistola sobre el mármol.

Kerem no aparta su mirada de la mía mientras sigue lanzando disparos con una seguridad y una frialdad que me estremece.

Es como si estuviera entrenado para esto.

Como si lo llevara en la sangre. Como si no tuviera ni que mirar al enemigo porque su instinto es lo suficientemente tenaz como para poder con todos ellos.

—¿De verdad vas a dejar que vaya contigo?

Carga su arma sin mirarme siquiera, con una frialdad que me hiela la sangre.

—Creo recordar que sabes disparar bastante bien. —Es lo único que dice antes de avanzar hacia delante y volver a descargar su arma contra nuestros atacantes.