Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 14
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Chapter 14

El sonido grave de su voz rasga el silencio de la habitación como un cuchillo afilado, pero mi cerebro es incapaz de procesar sus palabras. Mis ojos van de sus facciones duras al papel que sostiene entre los dedos.

No puede ser él.

Es imposible.

Me estoy volviendo loca; la culpa me ha hecho perder la cabeza por completo y me juega malas pasadas, haciéndome creer que está frente a mí.

Doy un paso al frente, casi tropezándome con mis propios pies, y extiendo una mano temblorosa hacia él, buscando desesperadamente el contacto de su piel como una prueba de que no estoy teniendo una alucinación.

—¿Luca?

Mi voz se rompe en un sollozo y justo cuando mis dedos rozan la tela de su chaqueta, me aparta de él con un movimiento seco y monstruosamente frío.

Da un paso hacia atrás, marcando una distancia que parece insalvable entre los dos.

—No me vuelvas a tocar —espeta, con el semblante más serio aún—. A Luca lo mataste en la Toscana, apuntándolo directo al corazón. Ahora soy Kerem.

—Yo no te disparé —me apresuro a decir, negando con la cabeza—. Hubiera preferido morir antes de que lo hicieras tú.

—¿Crees que soy imbécil? ¿Que puedes volver a engañarme? Me dispararon —afirma, con la mandíbula apretada—. Y no había nadie más.

—¡Ya lo sé! Pero te estoy diciendo que yo no disparé. ¿Y me puedes explicar qué es esto de fingir tu propia muerte? —aventuro, alzando los brazos, sintiendo las lágrimas nublar mi vista—. No tienes ni idea de lo que hemos tenido que pasar por tu culpa.

—Tranquila, os he seguido la pista bastante bien.

—¡Suficiente! —Una voz grave y autoritaria resuena por toda la habitación como un eco profundo que me pone los pelos de punta.

Doy media vuelta y me encuentro con un hombre de ojos grises y pelo oscuro salpicado por algunas canas, que apoya su peso en un pequeño bastón. Tiene el ceño fruncido y nos mira de forma fulminante.

Algo se remueve en mi interior al ver a Micaelo, tal y como lo recordaba, solo que en lugar de seis meses parece que hayan pasado años por el aspecto tan demacrado que luce.

—No hay tiempo que perder. Piccola, estás hermosa. —Me dedica una pequeña sonrisa—. Y tú —le dice en esta ocasión al pelinegro—, dale ya la nota del Sultán y salgamos de aquí. Hay una boda que celebrar.

Luca —o Kerem, ya no lo sé— clava sus ojos oscuros en mí una última vez antes de darme el papel doblado que tenía entre los dedos.

Su tacto se siente gélido, sin ningún tipo de vida y mucho menos del calor que siempre me transmitía su piel cuando nos rozábamos.

Me tiemblan tanto las manos que casi se me cae al suelo.

Lo desdoblo con torpeza, reconociendo al instante la caligrafía impoluta de las notas que recibí en Cortona.

Siento que me falta el aire, que estoy a punto de ahogarme.

Todo el pánico y la ansiedad contenida amenazan con desbocarse por completo y llevarme al límite.

Busco con desesperación los ojos de Luca, suplicando en silencio encontrar al menos un rastro del hombre que creo que me llegó a amar, pero en su lugar me encuentro con una mirada oscura y vacía.

Permanece con los hombros erguidos y el mismo semblante serio y seguro de hace un momento, como si ya supiera el contenido de la nota, como si le diera igual que mi mundo se esté desmoronando de nuevo.

—¿Qué quiere decir esto? —Los miro de forma alternativa, ya desesperada— No… No estoy entendiendo nada.

—Ha habido un cambio de planes, piccola.

Tu padre ha cometido un gran error al creerse más astuto que el Sultán, y Can ha sido tan ingenuo que ha caído también —aclara Micaelo, dando un golpe con su bastón en el suelo para obligarme a centrar toda mi atención en él—.

El poder del Sultán ya no es tan sólido como antes; hay demasiados hombres empezando a desafiar su autoridad.

Vuestra boda simbolizará la unión de Las Familias con los italianos.

Miro de reojo al pelinegro, que evita devolverme la mirada.

Todavía siento que todo esto es una alucinación, que no es real, que no tengo frente a mí al hombre por el que he llorado cada noche y suspirado cada amanecer.

Está completamente petrificado. No se le mueve ni un solo músculo de la mandíbula y tiene el pelo oscuro perfectamente peinado hacia atrás.

—Tenemos que salir ya. Los invitados están esperando.

Me paso las manos por la cara, exasperada. Intento tragar saliva, pero siento la garganta cerrada en un nudo que se hace cada vez más grande. El vestido de novia me pesa incluso más que antes.

Seis meses. Seis malditos meses en los que lloré su muerte en mitad del infierno que me estaban haciendo pasar en Estambul.

Seis meses obedeciendo órdenes, mordiéndome la lengua, llorando hasta quedarme dormida y descubriendo secretos que pondrían mi vida en peligro si salieran a la luz.

Seis meses huyendo de mí misma y de mis sentimientos y revolviéndome en mi propia tristeza y dolor para que ahora los que están arriba me arrastren a esto.

—No puedo hacerlo —digo, ahogando un sollozo, intentando contener las lágrimas y caminando hasta Micaelo —. Yo no quiero casarme. Se supone que tenías que ayudarme y salvarme de casarme. ¡Teníamos un trato!

—Y eso he hecho. Me dijiste que no querías casarte con Can, pero no me dijiste nada del hermano.

—Se suponía que estaba muerto, Micaelo.

—Créeme, había opciones mucho peores. Pero tranquila, ya me darás las gracias después. —Hace un ademán con la mano, restándole importancia—. Ahora vamos o llegaremos tarde.

—¿Y ya está? —pregunto, incrédula, mirando en esta ocasión a Luca—. ¿No te vas a oponer? ¿No vas a hacer nada? ¡Te has hecho el muerto durante seis malditos meses! No pienso casarme con alguien tan ruin como tú.

—A mí tampoco me apasiona la idea de casarme con una mentirosa y asesina como tú —replica, con los brazos cruzados—. Pero es lo que hay. No pienso dejar que muera más gente de forma injusta por culpa de nuestras familias.

—No pienso casarme contigo.

—No recuerdo habértelo pedido —suelta, con tranquilidad—. Ha sido el Sultán quien lo ha ordenado y yo que tú no le llevaría la contraria. ¿O es que vas a volver a disparar para salirte con la tuya? —Enarca una ceja—. Inténtalo. Esta vez no creo que salgas con vida.

Se me corta la respiración.

Darle por muerto me hizo sentir un dolor desgarrador desde lo más profundo de mis entrañas, pero tenerlo delante después de tanto tiempo, mirándome como si fuera el mayor pedazo de escoria del planeta, es muchísimo peor.

Me muerdo el interior de la mejilla con fuerza, intentando reprimir las lágrimas y las ganas de gritarle que yo no fui quien disparó, pero el orgullo y el dolor me estrujan poco a poco la garganta.

Siento tantas emociones a la vez que me quedo bloqueada, atrapada en una neblina de la que no consigo escapar.

Prácticamente me arranco la corona de la cabeza y la tiro al suelo, dejando que rebote contra el mármol, reflejando pequeños destellos con la luz del sol que entra a través de la ventana.

El golpe seco de la tiara hace que Kerem reaccione y apriete la mandíbula, dando unos cuantos pasos firmes hacia mí.

Huele a perfume caro y a peligro; ese olor que antes me transmitía tanta calma y seguridad y ahora consigue poner mi cuerpo en alerta.

—Mírate… —Susurra con voz ronca cerca de mi oído, provocándome un escalofrío por la espalda y unas inmensas ganas de llorar.

Me mira de arriba abajo, con los ojos más oscuros de lo que recordaba y el semblante mucho más serio—.

Estás preciosa vestida de blanco, a pesar de ser una traidora que tiene las manos manchadas de sangre.

Clavo mis ojos en los suyos, sosteniéndole la mirada, con tanto odio como soy capaz de reunir entre todo el amor que jamás pensé que sería capaz de sentir.

—Te odio —recalco, en un susurro ridículamente tembloroso, pegando mis manos a su pecho en un intento por separarlo de mi cuerpo.

—El sentimiento es mutuo, mentirosilla —responde él, con una sonrisa amarga, bajando la vista por un instante a mis labios antes de endurecer de nuevo sus facciones—. Pero te convertirás en mi mujer antes del atardecer.

—Esto es solo por el Sultán —espeto—, por la paz entre Las Familias —empiezo a hablar más rápido de lo que me gustaría, reflejando lo nerviosa que estoy—. Será un matrimonio de conveniencia, no de verdad.

—Pues claro que no.

—Y no cambiará el hecho de que nos sigamos odiando.

Suelta una pequeña carcajada antes de dar un par de pasos hacia atrás separándose de mí. El aire pasa de sentirse denso y pesado a congelarse. El resto del mundo, la música y el murmullo a lo lejos, el eco de los pasos de los guardaespaldas en el pasillo… todo desaparece y pasa a un segundo plano.

—Tranquila, no creo que pueda dejar de odiarte.

Sale de la habitación sin decir nada más, dejándome una vista perfecta de su ancha espalda al salir. Micaelo me mira serio y me señala la salida con la cabeza.