Chapter 13
He fantaseado muchas veces a lo largo de mi vida con el día de mi boda.
Siempre me imaginé con un vestido de princesa de un blanco impoluto, unos zapatos bonitos y un velo largo y elegante.
Me he visto a mí misma muchas veces enganchada del brazo del amor de mi vida con una sonrisa en la cara y los ojos llenos de brillo e ilusión.
Después, disfrutaba de una fiesta increíble con mi familia y amigos y mi marido me cargaba en brazos hasta llegar a nuestra habitación, donde colmaríamos nuestro amor durante toda la noche, iniciando la nueva etapa de nuestras vidas; una llena de amor, ilusión y felicidad.
Lo que estoy viviendo ahora mismo no se parece en nada a ese sueño.
Estoy vestida de blanco, sí, pero no puedo evitar sentir que está manchado de toda la sangre que se ha derramado por mi culpa. Siento que el corsé me oprime tanto el pecho que me deja sin respiración.
Me siento disfrazada, sucia y completamente vacía.
Las estilistas acaban de salir de la habitación, dejándome a solas con el peso de mi reflejo y de toda la culpa que cargo sobre mis hombros.
Sostengo el ramo de rosas blancas con tanta fuerza que me hago daño en los dedos, pero no me importa, necesito sentir este pequeño dolor que me ancla al presente, uno en el que estoy a punto de entregarle mi vida al enemigo.
Ni siquiera sé si hice bien en confiar en Micaelo.
Yo he cumplido con mi parte del trato, pero llevo dos días sin saber nada de él.
No sé qué es lo que me sorprende, si sé perfectamente que no debo fiarme de alguien como él.
Todavía nos queda una conversación pendiente, una en la que tendrá que explicarme cómo es posible que sea mi padre biológico y toda la parte de la historia que me he perdido hasta ahora, aunque no sé si estoy preparada para escucharlo.
Todavía duele demasiado.
Me acerco al gran ventanal de la suite y apoyo la frente contra el cristal frío, contemplando cómo el sol termina de ponerse sobre el cielo teñido de violeta.
No puedo evitar pensar en Luca.
En la Toscana, los atardeceres eran nuestros. Ahora, veo salir el sol cada amanecer como una burla que me recuerda lo que pudimos haber sido de no ser por nuestro apellido.
La puerta de la habitación se abre y entra Leyla, que lleva un vestido largo con corte de princesa y escote de corazón de color azul eléctrico.
Su pelo rizado está recogido en un moño bajo, con algunos mechones sueltos y un maquillaje natural pero que resalta a la perfección sus preciosas facciones.
—El armario gruñón no para de insistir en que tiene que entrar para decirte algo importante. Ya le he dicho que me lo diga y yo te traigo el mensaje, pero…
—Dile que pase —me apresuro a decir, interrumpiéndola.
—¿Seguro? Se supone que tu padre le ha prohibido moverse de la puerta por si te escapas de nuevo.
—No voy a escaparme, Leyla. —Pongo los ojos en blanco.
—Eso espero, porque llevas un vestido precioso y demasiado ajustado como para salir corriendo —me suelta, en tono burlón, y sé perfectamente que lo hace para intentar relajarme un poco.
—Dile que pase.
—Vale, pero no me hago responsable de la que pueda liar la bruja cuando se entere —murmura con los brazos en alto, haciéndome sonreír.
Se acerca a mí y me envuelve entre sus brazos—.
Te quiero mucho —dice contra mi pelo, acariciando la piel de mi espalda al descubierto, recargándome de energía y fuerza sin ser consciente de ello.
—Y yo a ti —musito, en un hilo de voz, cuando nos separamos.
Da media vuelta, agitando la cola de su vestido y sale de la habitación. Siento el corazón en un puño. Masajeo un poco la zona del esternón y muerdo el interior de mi mejilla con nerviosismo. ¿Será un mensaje de parte de Micaelo? ¿Habrá venido a por mí?
—¿Se puede? —pregunta Onur, al otro lado de la puerta.
—¡Pasa!
—Jade… —Su semblante serio me pone la piel de gallina—. Han traído una nota. —Hace una pequeña pausa antes de continuar—: Es de parte del Sultán.
Me flaquean las piernas cuando escucho ese nombre y tengo que aferrarme a sus brazos para no caer. Me sujeta con firmeza y me ayuda a enderezarme.
—Está en la suite donde se ha cambiado el novio. Me han dicho que tienes que ir tú misma a buscarla antes de que empiece la ceremonia.
Siento el corazón latir con fuerza contra mis costillas mientras la boca se me queda completamente seca.
—Está bien —respondo, obligándome a mantener la voz firme—. ¿Cómo salgo de aquí sin que me vean?
—Tranquila, está todo preparado. Voy a salir yo primero, aseguro el perímetro y, en cuanto te diga, sales por la puerta y me sigues hasta la habitación, ¿entendido?
—Asiento con la cabeza. Se queda unos cuantos segundos mirándome en silencio, clavándome sus ojos oscuros con tanta intensidad que tengo que recomponerme y tragar saliva, nerviosa—.
Ten cuidado, Jade. El Sultán puede llegar a ser mucho más peligroso de lo que crees.
***
Cruzo los pasillos a paso rápido, conteniendo la respiración cada vez que me cruzo con alguien y apretando el tallo de las flores con tanta fuerza que me empiezan a doler los dedos.
Al llegar a la suite de Can, veo que la puerta está entornada. El guardaespaldas de mi prometido intercambia un par de miradas con Onur y entonces se aparta, dejándome espacio para entrar en la habitación. Cuando entro, me envuelve un silencio denso, pesado; cargado de peligro.
Justo en el centro de la habitación, junto a los ventanales, un hombre ancho y fuerte me da la espalda.
Lleva un traje de novio negro que parece hecho a medida para su imponente figura.
Recorro la habitación con la mirada en busca de alguna nota escondida, pero no veo nada a simple vista. Quizás tengo que buscarla, o quizás…
—Can… —pronuncio en un hilo de voz, dando un par de pasos hacia él—. ¿Qué está pasando?
No responde.
Veo su espalda extenderse cuando toma aire con una tranquilidad que me congela la sangre. Me recorre un escalofrío por toda la columna, el mismo que sentí el otro día en el restaurante y el mismo que hacía meses que mi cuerpo no se permitía sentir.
—¿Can? —Aprieto el ramo con fuerza y me acerco un par de pasos más. El corazón me late completamente desbocado y mi pecho se agita con fuerza.
Me tiemblan las manos.
Entonces, se da la vuelta y el tiempo se detiene, se congela y se hace añicos en este mismo instante, haciendo que el resto del mundo desaparezca por completo.
Se me escapa el aire de los pulmones y las rodillas me flaquean con tanta fuerza que siento que en cualquier momento me voy a derrumbar sobre el mármol frío y brillante.
Mis dedos pierden toda la fuerza y el ramo de rosas se acaba escurriendo lentamente hasta caer sobre la alfombra en un eco ahogado.
Me quedo petrificada, con los ojos y la boca abiertos de par en par, incapaz de moverme ni de emitir un solo sonido.
El hombre que tengo frente a mí no es Can.
Es Luca.
Mi Luca. El mismo por el que lloré lágrimas de sangre, el que creí haber enterrado después de morir por mi culpa.
Me llevo la mano a la boca y niego con la cabeza una y otra vez mientras las lágrimas contenidas nublan mi visión. No puede ser. Mi mente me tiene que estar jugando una mala pasada.
Tiene la mirada oscura como el ébano clavada en mis ojos, esa con la que he soñado en cada amanecer desde que lo vi desplomarse frente a mí.
Me mira de una forma tan intensa, tan abrasadora y gélida a la vez, que me eriza la piel.
Su cuerpo imponente y su rostro serio, con las facciones más marcadas de lo normal, desprenden un aura de poder y peligro que me sobresalta.
No reconozco al Luca del que me enamoré en la Toscana; sino que veo a un hombre rudo y peligroso que me fulmina con la mirada.
Despacio, levanta una de sus manos hasta que queda a la altura de mis ojos.
Mantiene la mandíbula tan apretada que noto cómo el músculo se tensa bajo su piel.
Sostiene un trozo de papel entre sus dedos del mismo color amarillento que el de las notas que recibía en Cortona.
Esboza una sonrisa lenta y letal, moviendo ligeramente el trozo de papel entre sus manos sin dejar de sostenerme la mirada, prácticamente sin pestañear.
—¿Buscabas esto? —pregunta con voz ronca, arrastrando las palabras.