Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 12
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Chapter 12

La enorme terraza de la mansión se ha transformado en un escaparate de puro lujo e hipocresía: guirnaldas de luces centelleando sin cesar.

Arreglos florales por todas partes. Manteles de seda y caminos de mesas llenos de encajes.

Camareros desfilando con copas de champán y algunos aperitivos.

El murmullo constante de las risas ensayadas.

No puedo sentirme más perdida e indefensa ahora mismo. No sé quién soy, pero lo que sí tengo claro es que no quiero ser como ellos.

—Estás espectacular, princesa.

La voz de Can me devuelve a la realidad justo cuando su mano se asienta en la zona baja de mi espalda.

Los dos estamos bajo el umbral de la puerta del jardín, esperando las indicaciones correspondientes para salir agarrados de la mano, fingiendo una felicidad completamente inexistente ante decenas de desconocidos a los que no tengo ganas de saludar.

—Nos están esperando —observa mi prometido, instándome a salir junto a él.

Ambos salimos, recibiendo un montón de vítores y sonrisas que parecen plastificadas. Casi todos los invitados extienden su copa hacia arriba y un camarero nos ofrece las nuestras para que podamos iniciar la fiesta con nuestro brindis.

Los ojos oscuros de Can se enredan con los míos mientras chocamos nuestras copas.

Damos un sorbo ante la atenta mirada del resto de invitados y volvemos a dejarla sobre la bandeja del chico que espera paciente a nuestro lado.

Le doy las gracias casi en un susurro y tomo la mano que me ofrece Can para bajar juntos las escaleras hasta llegar al césped.

—Estás preciosa, cariño.

Mi padre me rodea por la cintura y me acerca a él para darme un beso en la frente.

—Gracias, papá —respondo de forma mecánica, dedicándole una sonrisa que he estado ensayando durante todo el día.

Alana se acerca a nosotros con pasos firmes y con cara de pocos amigos. Me agarra del brazo y me separa de mi padre y de Can, que nos mira con el ceño fruncido.

—Te dije que no podías ir de negro.

—Y yo que me daba igual tu opinión.

—¿Quién te crees que eres? —escupe con desdén, mirándome con una expresión de desprecio en el rostro.

—La futura mujer de tu hijo y quien ocupará tu lugar y llevará el mando de la familia en cuanto dé el sí quiero.

—Me mira con los ojos bien abiertos y yo le dedico una sonrisa—.

Y ahora, si me permites… —Me suelto de su agarre—, quiero saludar a los invitados de mi fiesta.

Ah, y deja de arrugar así la frente. —Imito su ceño fruncido, haciendo que apriete la mandíbula—.

Te van a salir más arrugas de las que ya tienes.

Saludo a un par de parejas por el camino hasta que me aparto un poco de la multitud y me quedo plantada junto a Onur, que parecía estar esperándome.

Me miro un segundo en el reflejo de una de las grandes cristaleras.

Llevo un vestido negro con corte sirena que se ciñe a mi cuerpo como una segunda piel, el cual termina en una cola larga y elegante que se desliza por el suelo con cada paso.

Lo que lo hace más espectacular es la zona del pecho, con un corpiño del mismo color con pequeños brillos plateados que destellan bajo las luces y una larga capa de gasa que cubre mis hombros y cae de forma elegante, flotando con la brisa de la noche.

Mi maquillaje está impoluto, esta vez llevo los ojos bien marcados y los labios de un color más natural.

—No aguanto ni un segundo más aquí —protesto, llamando la atención de Onur.

Los rizos negros de su cabello, perfectamente definidos, se mueven ligeramente con la brisa.

Se ha dejado algo de barba, cosa que no es del todo habitual en él, pero que le sienta bastante bien.

Es un chico muy atractivo, así que cualquier cosa suele lucirla bastante bien, como el traje negro que lleva esta noche, que se ciñe a su cuerpo grande y fuerte a la perfección, marcando cada uno de sus músculos trabajados.

—La fiesta solo acaba de empezar, señorita.

—Ni me lo recuerdes. —Me apoyo en su hombro para mantener el equilibrio y subo con cuidado un poco el pie hasta quitarme el tacón.

Hago lo mismo con el otro y suelto un pequeño jadeo cuando mis pies doloridos tocan el frío césped—.

Toma, deshazte de ellos. —Le entrego los stilettos y me mira con una ceja alzada.

—Van a llamarle la atención por ir descalza.

—Ojalá —respondo en un suspiro—. Con suerte me he portado tan mal que me castigan de vuelta a mi habitación.

Las comisuras de sus labios se curvan en lo más parecido a una sonrisa que probablemente veré en él, que siempre está envuelto en ese semblante tan serio y esa aura tan oscura.

—¿Dónde está Leyla? —Entrecierro los ojos, buscándola entre la multitud. No creo que me resulte muy complicado encontrarla, puesto que seguramente lleve el vestido más llamativo y alegre de toda la fiesta—. No la veo.

—Se apartó de la multitud hace un rato —me informa, con la mirada fija al frente y la mandíbula apretada—. Iba acompañada de Deniz Karahan.

—¿Otra vez ese pesado? —No responde, lo cual me hace resoplar—. A ti tampoco te cae bien. —Lo señalo con el dedo de forma acusatoria—. No intentes disimularlo con esa cara de acelga. Se te ha abierto una fosa nasal más de lo normal cuando has dicho su nombre.

Ahora sí que acaba de sonreír.

—Bueno, no tengo permitido opinar.

—Conmigo sí puedes hacerlo —me apresuro a decir—. Eres lo más parecido que tengo a un amigo. —Apoyo mi mano en su brazo y su mirada se suaviza—. Conmigo puedes opinar y hablar de cualquier cosa. Y cuando estemos solos no hace falta que me hables de usted, prácticamente tenemos la misma edad.

—Como desee.

Lo miro con una ceja enarcada y carraspea, algo incómodo.

—Como quieras.

—Aprovecharé la cena para ausentarme y entrar en el despacho. ¿Está todo preparado? —Asiente con la cabeza—. Genial. Muchas gracias, Onur. Ahora voy a buscar a mi prometido y a fingir durante un rato que no tengo ganas de saltarle a la yugular.

—¿No se va a poner los zapatos? —Los levanta para enseñármelos.

—No, me duelen demasiado los pies.

Sonríe de lado como respuesta.

Me pierdo entre la multitud, saludando a empresarios importantes, políticos y algunos miembros influyentes de Las Familias de Estambul.

Encuentro a Can después de un buen rato charlando animadamente con unos hombres que no conozco, pero que no tarda en presentarme como unos socios importantes.

Yo me limito a sonreír y asentir en los momentos adecuados, aceptando las caricias de mi prometido y actuando como la mujer que todos esperan que sea esta noche.

***

Cuando empiezan a servir los platos principales, aprovecho el revuelo para levantarme de mi sitio.

Le susurro a mi prometido al oído que necesito ir al baño y le acaricio ligeramente el hombro con un apretón. Me mira con los ojos llenos de brillo y me dedica una sonrisa antes de tomar mi mano y besarme los nudillos.

Mantengo la sonrisa hasta que doy media vuelta y me pierdo en el interior de la mansión.

En cuanto cruzo el umbral, el bullicio de la música y las diferentes conversaciones se quedan atrás; ahora me envuelve un silencio tan solo interrumpido por mis pisadas, a pesar de no llevar puestos los zapatos.

Subo hasta la primera planta y me giro hacia la izquierda, encontrándome con Onur, que me espera cerca de la puerta del despacho. Da dos golpecitos discretos con los dedos sobre su reloj.

—Ponte esto —me indica con voz ronca cuando paso por su lado. Me tiende un pinganillo—. Te avisaré cuando tengas que salir. Solo tienes unos… cinco minutos antes de que el jefe de seguridad termine de cenar y comience su ronda.

—Me sobran cuatro —digo, intentando aligerar el ambiente—. Gracias por ayudarme.

Me coloco el pinganillo en la oreja y me aseguro de taparlo un poco con mi cabello.

Cuando voy a abrir la puerta, me detengo en seco.

Aprieto los dientes cuando la pequeña luz del teclado numérico que hay incrustado junto al marco parpadea frente a mí como si fuera una burla. Casi se me olvida que mi padre tiene un código de seguridad para acceder a su despacho.

—¿Qué pasa? —pregunta mi guardaespaldas al notar que no entro.

—Hay un código.

Me quedo inmóvil, intentando recordar las pocas veces que he visto a mi padre entrar en su despacho; siempre lo hacía dándome la espalda, asegurándose de que nadie pudiera ver los números, ni siquiera yo.

—¿Y no sabes la contraseña? —Onur cierra los ojos durante un instante y se pellizca el puente de la nariz con dos dedos—. Creía que esa parte la tenías controlada.

Cierro los ojos y lleno mi pecho de aire.

Respira, Jade, puedes hacerlo.

Introduzco mi fecha de nacimiento.

Error.

La de mi madre.

Error.

El corazón me late desbocado y siento los nervios en las puntas de los dedos.

La pantalla emite un pitido agudo que consigue que se me acelere aún más el pulso.

—No creo que puedas fallar muchas más veces —me susurra Onur, a modo de aviso.

Aprieto los labios.

Pruebo una última vez, con el corazón en un puño. Tecleo los cuatro números y me separo un poco de la puerta, cerrando los ojos con fuerza y esperando que salten las alarmas y vengan a por mí en cualquier momento, pero en lugar de eso, un leve clic suena al otro lado de la cerradura.

Suelto todo el aire que ni siquiera sabía que había estado conteniendo y empujo la puerta de madera. Me cuelo en el interior y, tras mirar por última vez a Onur para ganar algo de confianza, quien me dedica un pequeño asentimiento de cabeza, me cuelo en el interior y cierro con cuidado.

El olor del despacho es una mezcla entre el perfume de mi padre, humo impregnado en las cortinas y ambientador de pino. La única luz que entra es la que se filtra a través de los ventanales entreabiertos, que dibujan líneas sobre el escritorio.

El corazón me late tan fuerte y desbocado que lo siento retumbar en mis oídos. Rodeo la mesa y me arrodillo sobre la alfombra para no hacer ruido.

Abro uno de los cajones que tengo frente a mí. Está lleno de papeles con contratos y facturas, informes de empresas… nada que me sirva.

Sigo registrando el interior del mueble un poco más, presionando la madera en busca de un doble fondo, tal y como me aconsejó Micaelo que hiciera, pero sigo sin dar con nada que parezca fuera de lo normal.

Cambio de cajón y hago lo mismo.

Nada.

—Tienes que salir en dos minutos.

Me sobresalto al oír la voz de Onur a través del pequeño aparato que tengo enganchado en la oreja.

Estoy a punto de cerrar el último cajón cuando noto una ligera resistencia al empujarlo del todo. Vuelvo a abrirlo y paso los dedos por la parte trasera. Es entonces cuando encuentro un pequeño compartimento oculto.

En su interior, hay una carpeta de color negro que agarro con las manos temblorosas. Frunzo el ceño, extrañada, al leer por encima el contenido y mi respiración se corta al instante.

Extractos bancarios de cuentas fantasmas. Transferencias. Mapas detallados de rutas marítimas. Nombres que desconozco, pero que supongo que pertenecen a Las Familias… pero no hay nada que parezca justificar por qué mi padre ha escondido esto tras un doble fondo.

La cabeza me da vueltas. Me queda poco tiempo y no encuentro lo que Micaelo me ha enviado a buscar.

No encuentro el maldito pendrive.

Hago algunas fotos con el móvil que me entregó mi guardaespaldas antes de entrar por si acaso Micaelo puede utilizar estos documentos contra mi padre.

No entiendo nada de lo que significan estos papeles, pero no creo que la cantidad de dinero que se ve reflejada en ellos sea legal, ni tampoco creo que al Sultán le haga demasiada gracia que se mueva tanto dinero a la zona de Oriente Medio sin su consentimiento.

Vuelvo a colocar la carpeta en su sitio, asegurándome de dejarlo todo tal y como estaba antes de salir, pero no termina de encajar.

Frunzo el ceño, con el corazón acelerado. Al final me van a pillar.

Vuelvo a abrir el cajón unos centímetros y paso la mano por el interior. Mis dedos rozan algo metálico escondido al fondo.

—Tienes que salir ya —me apremia Onur, con urgencia, a través del aparato.

Agarro el pequeño trozo de metal entre los dedos y por fin consigo cerrar de nuevo el cajón, dejándolo todo tal y como estaba.

Lo guardo en el interior de mi escote, asegurándome de que quede completamente escondido y camino hacia la puerta, sintiendo cómo las piernas me flaquean y me crispan los nervios.

Me agarro al marco de la puerta cuando siento que voy a desplomarme.

Pensé que me había desecho del pendrive que me entregó mi padre, ese que supuestamente podría acabar con Emre y su familia. Pero al parecer no era la única copia que guardaba.

No sé qué es lo que hay dentro, por qué le interesa tanto a Micaelo, ni por qué puede salvarme de casarme con Can, pero esta vez pienso protegerlo con mi vida si es necesario.