Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 11
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Chapter 11

El silencio dentro del coche es tan denso que casi se puede cortar con un cuchillo.

La noche en Estambul se extiende imponente a nuestro alrededor, a través de la ventana, como un borrón de luces doradas que vamos dejando atrás.Los hombres encargados de velar por nuestra seguridad van en otro coche, siguiéndonos el rastro sin separarse de nosotros más de lo estrictamente necesario.

Can conduce con la mirada fija en la carretera, con su mano descansando sobre mi rodilla.

—Estás muy callada, princesa —dice, sin apartar los ojos del frente, pero con esa sonrisa ladeada que tanto odio—. Cualquiera diría que vas a una sala de tortura en lugar de a una cena con tu prometido.

Pues más o menos.

—Perdona —murmuro, de mala gana, apoyando el codo sobre la ventanilla y dejando reposar mi cabeza sobre mi mano, perdiéndome de nuevo en las luces del exterior—. Estaba pensando en la boda.

—¿Buscando alguna forma de escapar?

Pongo los ojos en blanco.

—Lo repites tanto que parece que te gustaría que lo hiciera.

—Nada más lejos de la realidad. —Aprieta su agarre sobre mi rodilla y trago saliva—. Estoy deseando que por fin te conviertas en mi mujer.

—¿Vas a ser como mi padre en estos últimos meses?

—Voy a tratarte como la princesa que eres. —Me echa un vistazo rápido antes de volver a mirar al frente—. Siempre y cuando te comportes como tal.

Sus palabras se quedan flotando en el aire hasta que llegamos al restaurante. Yo permanezco en silencio hasta que rodea el coche y me abre la puerta, mostrando una caballerosidad que hacía tiempo que no veía en él.

Los hombres de seguridad aparcan el coche justo detrás, pero se quedan apartados en cuanto Can les hace una señal con la mano. Al parecer, iba en serio con lo de cenar solos.

Me ofrece su mano, que acabo aceptando con una pequeña sonrisa. Su tacto se siente frío.

—Sonríe, princesa —me susurra al oído mientras caminamos hacia la entrada del local, con su mano sujetando mi cintura de forma posesiva—. Que todo el mundo vea lo enamorados que estamos.

El interior del restaurante Mesai me resulta más impresionante de lo que recordaba.

Nuestra mesa se encuentra junto a unos ventanales desde los que puede verse Beyoğlu iluminado bajo las luces que destellan a lo lejos, haciendo que parezca sacada de un cuadro.

Hay velas parpadeando en cada una de las mesas, música suave que se mezcla con el murmullo del resto de comensales y un ambiente cálido a la vez que sofisticado que, en otro momento de mi vida, me habría cautivado.

Sin embargo, esta noche, con la mano de Can agarrando firmemente mi cintura, me resulta imposible disfrutarlo.

Un camarero nos guía hasta la que asegura que es una de las mejores mesas del local, apartada en una esquina para darnos intimidad, justo al lado del mirador.

Can me retira la silla en un intento por mostrar su caballerosidad y yo le dedico una pequeña sonrisa como respuesta antes de sentarme, acomodando mi vestido y tratando de mantener la espalda lo más recta posible.

Se sienta frente a mí, dejando que la luz de la vela ilumine ligeramente sus marcadas facciones, acentuando esa mirada oscura que no ha dejado de intentar analizarme desde que nos subimos al coche.

Le pide una botella de vino al chico sin siquiera consultarme y apoya los codos en la mesa, entrelazando los dedos bajo su barbilla.

—Estás preciosa, meleğim —me alaba por fin, rompiendo con el silencio que hasta ahora nos envolvía y clavando sus ojos oscuros en mis labios sin ningún tipo de pudor—. ¿Sabes?, estoy intentando descifrar qué se esconde bajo esa fachada de chica buena que no te pega lo más mínimo.

Le sostengo la mirada todo lo que puedo, negándome a parpadear y mostrar cualquier signo de la vulnerabilidad que sé que quiere encontrar en mí.

El camarero regresa y nos sirve un poco de vino, interrumpiendo nuestra conversación y dándome un par de minutos para tratar de respirar hondo y buscar una buena respuesta.

—¿Piensas escapar de nuevo? ¿Es eso? —aventura, antes de dar un sorbo a su copa de vino, sin apartar su mirada de la mía.

—Si vuelves a hacerme esa pregunta, probablemente lo haga —respondo de forma cortante—. Estoy intentando poner de mi parte para que esto funcione, Can. Y no me estás ayudando con esa actitud.

Suelta una pequeña carcajada y un escalofrío me recorre la columna.

—Perdona. —Se echa un poco hacia atrás y sonríe—. Creo que el hecho de que mi prometida casi matara a mi padre y huyera a otro maldito país me ha dejado un poco tocado.

—¿Vas a recordármelo toda la vida? —Tenso la mandíbula—. Si no eres capaz de perdonarme, o al menos intentarlo, lo mejor será que terminemos con este compromiso. No pienso casarme con alguien que va a estar echándome en cara algo así todos los días. Créeme, estoy pagando por mis errores.

—Estoy seguro de que te encantaría romper el compromiso. —Sonríe, con cinismo—. Pero si lo haces, provocarás una guerra que no estás preparada para pelear. El Sultán ha sido claro: quiere una boda para unir de nuevo a las dos familias.

—Lo sé —coincido, en un hilo de voz—. Por eso estoy intentando esforzarme. Ya he visto mi mundo arder. Yo ya no tengo nada que perder, pero lo estoy haciendo por las personas que quiero, que no se merecen pagar las consecuencias de mis errores.

—Buena chica.

Me guiña un ojo y se me revuelve el estómago cuando extiende su mano sobre la mesa y roza mis dedos. Su tacto me resulta repugnante, pero me obligo a no apartar la mano.

—Perdona —me excuso, retirando la mano con suavidad y forzando una sonrisa—. Necesito ir un momento al baño.

Me levanto antes de que pueda contestar y me pierdo entre los camareros que recorren el local, manteniendo la compostura frente al resto de comensales, pero en cuanto cruzo el umbral del baño, mi fachada se cae a pedazos.

Apoyo las manos contra el mármol del lavabo, jadeante, buscando desesperadamente el aire que no consigo que llegue a mis pulmones con normalidad.

Las lágrimas empañan mi mirada y recorren mis mejillas. Me llevo la mano al pecho, que se agita con fuerza mientras el corazón me late completamente desbocado y cierro los ojos, tratando de recuperar la compostura.

«Respira, Jade. Puedes hacerlo».

—Tranquila, cielo.

Una voz dulce y pausada me sobresalta. Abro los ojos de golpe y me quedo paralizada, observando a la mujer que veo en el espejo junto a mí.

Es la misma señora con la que me choqué al salir de la boutique.

Vuelve a lucir un conjunto muy elegante, esta vez de color negro.

Los diamantes que lleva adornando su cuello brillan ligeramente bajo las luces del baño.

El olor a jazmín me envuelve por completo y la calidez de su tacto sobre mi hombro hace que me desarme un poco más.

—Respira conmigo —me indica, cruzando nuestras miradas a través del cristal.

Inhalo y exhalo, siguiendo el ritmo tranquilo de su pecho al respirar y aferrándome a su voz como si mi vida dependiera de ello. Por alguna razón que desconozco, la calidez con la que esa mujer me observa me tranquiliza y poco a poco voy notando cómo el aire regresa a mis pulmones.

—Eso es, lo estás haciendo genial —me anima, agarrándome las manos y respirando conmigo—. No dejes que puedan contigo, Jade.

Le suelto las manos poco a poco, sin dejar de mirarla, con el ceño fruncido.

—¿Me conoce?

—Por supuesto —responde, con tranquilidad—. En nuestro mundo, es imposible no conocer a una familia como la tuya, querida.

Vuelve a agarrarme las manos y me sostiene la mirada durante unos segundos antes de continuar:

—Déjame darte un consejo: no dejes que el miedo te paralice, más bien úsalo a tu favor para destruirles. Has perdido varias batallas, pero todavía estás a tiempo de ganar la guerra.

Trago saliva, sintiendo el corazón en un puño.

—Límpiate las lágrimas y sal de aquí con la cabeza bien alta.

Recuerda quién eres y de dónde vienes. Una mujer como tú no puede volverse vulnerable ante hombres idiotas e inseguros.

No dejes que apaguen tu brillo. —Me toma con suavidad por el mentón, obligándome a mirarla—.

Deslúmbralos hasta dejarlos ciegos a todos.

Me quedo paralizada ante sus palabras y lo mucho que parece conocerme.

¿Quién es esta mujer y por qué no la había visto hasta ahora?

Si perteneciera a alguna de las familias principales, ya nos habríamos encontrado en otro momento, pero no recuerdo haberla visto antes de cruzarnos en la tienda.

No me da tiempo a preguntarle nada, porque antes de que pueda hacerlo, me limpia las lágrimas con las yemas de sus dedos y me dedica una sonrisa cálida y reconfortante antes de salir del baño, dejándome llena de preguntas que no sé si estoy preparada para responder.

Limpio los restos de lágrimas que se han quedado en mis mejillas, retoco el carmín de mis labios y vuelvo a enderezarme antes de salir, manteniendo la cabeza en alto mientras camino con pasos decididos hacia mi mesa.

Me quedo paralizada en mitad del camino cuando un repentino escalofrío me recorre la columna por completo.

Me detengo en seco, sintiendo una mirada pesada, abrasadora y extrañamente familiar clavada en mi nuca.

Giro la cabeza lentamente, buscando el origen de esta sensación, pero por más que me esfuerzo en encontrar unos ojos sospechosos, no veo a nadie fuera de lo normal o que esté prestándome más atención de la debida.

Ni siquiera veo a la mujer del baño. Con todo y eso, me sigo sintiendo extraña cuando llego hasta nuestra mesa y vuelvo a sentarme frente a Can.

Se me cierra el apetito y no consigo comer casi nada. No puedo desprenderme de la sensación tan abrasadora que me consume, una que está demasiado pendiente de mis movimientos esta noche desde las sombras. Me siento igual de expuesta que cuando estaba en Cortona.

No estoy loca; está pasando de nuevo.

Alguien me está vigilando otra vez.