Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 10
14%

Chapter 10

No me permito el lujo de quedarme entre las sábanas ni un segundo más, así que me levanto a pesar de no haber pegado ojo en toda la noche por culpa de los nervios y la excitación de lo que voy a hacer.

La habitación está sumida en una penumbra suave que se ilumina con los pequeños destellos que se cuelan por los ventanales, dibujando líneas doradas sobre la alfombra en la que está tumbada Chanel.

Salgo al balcón y permanezco en silencio, disfrutando de la calma que anticipa el bullicio de un nuevo día en la ciudad.

Dejo que el aire fresco me golpee en la cara y remueva algunos mechones de mi cabello, que vuelve a estar rizado porque anoche lo dejé secar al aire.

Apoyo las manos en la barandilla y respiro hondo, llenando mis pulmones de aire puro y sintiéndome viva de nuevo.

Observo el cielo, de un azul predominante que se funde con pinceladas de color rosa y morado suave, que se extienden por el horizonte, ocultando por el momento el amarillo brillante que amenaza con salir de un momento a otro.

Desde aquí, tengo unas vistas panorámicas de la ciudad y puedo ver el mar a lo lejos. El agua está calmada y brillante, pese a que el primer ferry del día acaba de dejar una pequeña estela blanca al salir. Vislumbro a un par de gaviotas volar de forma tranquila por el cielo.

Vuelvo a entrar en la habitación y me planto en el vestidor.

Observo mi reflejo en uno de los enormes espejos que hay en esta zona de la habitación; las bolsas oscuras que adornan mis ojos muestran que sigo estando cansada, pero la determinación y el brillo que hay en ellos es algo nuevo.

Por primera vez en mucho tiempo, siento que tengo un propósito y una esperanza, que no todo está perdido.

Bajo las escaleras con la espalda recta y el mentón en alto, adueñándome a cada paso de una seguridad en mí misma que me encantaría tener realmente.

Encuentro a Can en el comedor junto a mi padre; ambos están desayunando y concentrados en sus móviles, así que no notan mi presencia hasta que me siento junto a ellos y carraspeo para llamar su atención.

Can alza la vista y las comisuras de sus labios se curvan en una sonrisa alegre y genuina que correspondo, forzando el mismo gesto.

—Buenos días, meleğim —saluda, dejando el teléfono sobre la mesa—. Te has levantado temprano.

—Y tú has llegado muy pronto hoy —digo, dejando que mi voz salga lo más ligera posible.

—Teníamos algunos asuntos que atender —murmura mirando a mi padre, que me observa con los ojos entornados.

—Buenos días, papá. —Le dedico una sonrisa ladeada y apoyo mi mano sobre la suya, que reposa sobre la mesa.

Se queda mirándolas, con notable sorpresa cuando vuelve a clavar sus ojos oscuros en los míos, aunque ya no parece estar tan tenso y enfadado como hace unos segundos.

Le doy un ligero apretón que espero que le indique que todo está bien entre nosotros y coloco en mi plato unos pedazos de fruta para empezar a desayunar.

—Buenos días, cariño —responde él—. No esperaba verte tan temprano por aquí.

—Bueno… —Carraspeo—. Hay mucho que organizar todavía, ¿no?

—murmuro sonriente antes de llevarme un pedazo a la boca—.

Por cierto, he estado pensando en lo que dijiste sobre la fiesta de compromiso —le digo en esta ocasión a mi padre, que me mira con ambas cejas alzadas, sorprendido ante mi cambio de actitud—.

Ya que no vamos a seguir las tradiciones, no me importa que hagamos una pequeña cena con nuestros amigos.

—Me inclino hacia delante y le acaricio la mano a Can, que parece tan sorprendido como satisfecho con este gesto—. ¿Te parece bien?

—Claro que sí —afirma, con los ojos llenos de brillo, apoyando los codos sobre la mesa e inclinándose hacia mí.

Mi padre me mira con el ceño fruncido y da un sorbo a su vaso de té sin apartar la vista, logrando que los nervios me pinchen con fuerza en el estómago.

—¿A qué se debe este cambio de actitud? —pregunta, con una ceja alzada.

—Pues… —Hago una pausa para pensar bien qué palabras utilizar y, cuando creo que lo tengo, continúo—:  No me queda otra que seguir con todo esto, ¿no? Tengo que aceptar que no puedo huir de mi destino. Y ya sabéis lo que dicen… Si no puedes con el enemigo, únete a él.

Deja el vaso de té sobre la mesa con un golpe seco que me sobresalta.

—Espero que así sea, Jade. Porque las consecuencias de traicionarnos no te gustarán.

Trago saliva.

Doy algunos toquecitos en mi pierna por debajo del mantel, intentando canalizar así mi ansiedad en algo físico.

—No seas tan duro con ella —interviene Can—. ¿No ves que está intentando poner de su parte?

Mi padre no dice nada más, sino que se limita a terminar su desayuno en silencio, esta vez con el semblante serio de nuevo. Can me guiña un ojo, dedicándome una sonrisa divertida.

Un buen rato después, terminamos de desayunar.

Me he mantenido en silencio, tal y como sé que le gusta a mi padre, mientras ellos conversaban sobre los italianos, que parecen firmes con su decisión de no hacer tratos con nosotros.

Hace años eran aliados, pero tuvieron muchos problemas que desconozco y que hicieron que se convirtieran en enemigos.

Mi padre lleva meses intentando llegar a un acuerdo con ellos y ganar así puntos con el Sultán, por lo que necesito ser más rápida y persuasiva y encontrar el contacto que me ayude a mover ficha en esta partida.

Cuando estoy a punto de salir del comedor, Can me agarra del brazo y me atrae hacia él, tomándome por sorpresa.

—No te creas que me lo he tragado, princesa —dice con sorna—. Pero si quieres jugar… —susurra contra mi oído, lo que provoca que me tense al instante—, juguemos entonces.

Aprieto los dientes con tanta fuerza que temo que se me vaya a desencajar la mandíbula.

No digo nada, sino que me aparto de él y lo veo marchar con una sonrisa de suficiencia que me encantaría arrancarle con mis propias manos.

Me limpio la zona del brazo en la que me ha tocado y me trago todo el miedo y la rabia; quiero llorar, pero no les voy a dar el gusto de verme hacerlo.

Me pongo una chaqueta y salgo al jardín en busca de aire puro.

Observo el cielo, ahora de un azul claro y brillante, salpicado por algunas nubes que flotan de forma perezosa por el aire.

Busco con la mirada un rincón apartado, lejos de las ventanas de la mansión y de los empleados y noto los pasos de mi fiel compañero siguiéndome hasta esta esquina.

—No sé si voy a ser capaz de seguir con todo esto —confieso, cuando se planta a mi lado. Permanece en silencio, regalándome la compañía y el cariño que tanto necesito, sin necesidad de usar las palabras.

—Claro que será capaz, señorita —dice él, manteniendo la vista al frente—. Ha aguantado cosas peores. Es usted una mujer más fuerte de lo que cree.

Sus palabras se sienten como un pequeño abrazo, logrando que todo el malestar que sentía, junto al nudo que Can ha dejado en mi garganta, se afloje un poco. Respiro hondo, intentando contagiarme de la seguridad que Onur siempre desprende.

—Mañana se va a celebrar una fiesta en la mansión —comienzo a decir de forma rápida, algo nerviosa por las consecuencias que pueda traer todo esto—. Será el momento perfecto para entrar en el despacho de mi padre, ya que él estará demasiado ocupado atendiendo a los invitados.

Onur me mira directamente a los ojos, con los suyos ligeramente entornados.

—Casi toda la vigilancia estará puesta en la fiesta, pero necesito que te asegures de que puedo entrar en el despacho de mi padre. Por favor. Solo te tengo a ti, Onur. Ayúdame —suplico, buscando algo de comprensión en su mirada.

—Puede confiar en mí, señorita —termina asegurando, tras unos segundos de silencio—. Su seguridad y su bienestar son primordiales para mí.

—¿Incluso cuando eso signifique traicionar a mi padre?

Tensa la mandíbula, pero no aparta sus ojos de los míos.

—Sí, incluso si eso significa traicionar a su padre.

***

El resto de la mañana pasa casi en un suspiro, envuelto en el ajetreo constante que inunda la mansión. A primera hora de la tarde, no me queda otra que bajar a la terraza, donde mañana se celebrará la fiesta de compromiso.

Cuando llego, me encuentro con todo el espacio lleno de carpetas, muestras de telas para lo que supongo que será la mantelería y flores. Muchas flores. Nunca me han gustado, pero es que ahora las aborrezco.

Me acerco al equipo que está a cargo de la organización, tragándome mi orgullo y unas ganas terribles de vomitar, me siento con ellos para repasar la disposición de las mesas y elegir entre las diferentes opciones que me proponen para la decoración.

Por lo menos, me han dejado aportar algo en la fiesta que celebraremos mañana, porque para la organización de la boda no tengo voz ni voto; se están encargando Alana y su equipo, así que solo me queda confiar en Micaelo y esperar pacientemente a que ocurra un milagro.

Estoy tan concentrada eligiendo la tela de encaje, que irá en un camino sobre la mesa principal, que no escucho los pasos que se plantan junto a mí. Solo noto una corriente de aire frío con el movimiento y una sombra conocida que se acaba proyectando sobre los papeles que tengo frente a mí.

Alzo la vista y me encuentro con Can de pie al lado de la mesa, con una mano metida en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo un vaso de té. No dice nada, tan solo me acompaña, observándome con los ojos entrecerrados y una sonrisa de suficiencia que me revuelve el estómago.

—Vaya —dice por fin, dando un sorbo a su té—. No pensaba encontrarte por aquí, princesa. Pensé que estarías encerrada en tu habitación lamentándote y buscando una forma de boicotear el evento.

Noto cómo los organizadores contienen el aliento, visiblemente incómodos por la indirecta que me acaba de soltar mi prometido. Me obligo a relajar los hombros y le sostengo la mirada. Can hace un gesto con la cabeza y enseguida los trabajadores se marchan a toda prisa, dejándonos a solas.

Pongo los ojos en blanco cuando se sienta junto a mí.

—Ya te he dicho que estoy intentando poner de mi parte, Can —respondo, forzando un tono de voz dulce—.

Pero parece que me lo quieres poner difícil.

—Suspiro—. Es nuestra fiesta de compromiso y me han dejado colaborar, así que quiero que salga todo perfecto.

Ya que no puedo ni opinar sobre la organización de la boda, que es en apenas unos días, déjame entretenerme con esto y sentir que hago algo útil, por favor.

Sus ojos oscuros me escrutan sin reparo alguno.

Sé que está intentando encontrar el mínimo signo de debilidad en mí para echármelo en cara, así que me esfuerzo por parecer tranquila y hasta le dedico una sonrisa ladeada.

Su mirada se suaviza ligeramente y lleva una de sus manos hasta mi rostro, que acaricia con suavidad, provocándome escalofríos.

Me pasa un mechón de pelo por detrás de la oreja y vuelve a acariciar mi mejilla con la punta de sus dedos.

Noto cómo todo mi cuerpo se tensa cuando su mirada se clava en mi boca.

Aparto sutilmente la mirada y vuelvo a centrar mi atención en las diferentes telas que tengo esparcidas por mi regazo.

—Estoy eligiendo los caminos de mesa —añado de forma rápida, algo nerviosa—. ¿Qué te parece este de aquí?

Me esfuerzo por no mirarle a los ojos, a pesar de que sé que los suyos están clavados en mí y en cada uno de mis movimientos.

—Precioso —murmura, sin dejar de mirarme. Desliza sus dedos por mi brazo en una caricia lenta a la vez que dolorosa, y yo trago saliva, incómoda—. Tan hermoso y delicado como tú.

—Me alegra que te guste —replico, en un hilo de voz, clavando mis uñas en la tela para contenerme a medida que sus caricias se intensifican—. Quiero que todo quede perfecto.

Sonrío.

Can deja escapar una carcajada y por fin retira la mano de mi brazo para coger de nuevo su vaso de té, que hasta ahora había estado sobre la mesa. Da un último sorbo mientras me recorre por completo con la mirada y acaba asintiendo con la cabeza.

—Bueno, ya que estás tan dispuesta a colaborar y a que todo salga bien…

—Vuelve a dejar el vaso y apoya los codos en las rodillas, inclinándose ligeramente hacia mí con una sonrisa enigmática—.

Supongo que tendremos que empezar a acostumbrarnos a volver a pasar tiempo juntos. Como en los viejos tiempos.

—Claro.

—Estupendo. —Se frota las manos con satisfacción—. Ponte guapa esta noche, entonces. Saldremos a cenar.

—Pero hay mucho que preparar —me apresuro a decir, sintiendo un pinchazo en el pecho—. Y la boda es en unos días.

—Por eso mismo —murmura él—. Quiero pasar tiempo con mi prometida antes de que se convierta en mi mujer. Estos últimos meses todos hemos estado muy tensos; nos vendrá bien pasar tiempo a solas como antes, ¿no crees? —pregunta con una ceja alzada.

—Claro —me obligo a acceder, con la mandíbula apretada.

Can da una palmadita suave en mi rodilla antes de levantarse.

Se gira y se aleja a paso lento hacia el interior de la casa.

En cuanto me quedo sola, aprieto con tanta fuerza el encaje que tengo en mis manos que acabo rasgando la fina tela en dos.

Mi pecho se agita con fuerza mientras intento calmarme y ralentizar mis respiraciones.

«Aguanta un poco más, Jade. Solo un poco más», me repito a mí misma una y otra vez, justo antes de forzar una sonrisa perfecta para recibir a los trabajadores que vuelven a sentarse junto a mí.