Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 9
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Chapter 9

El trayecto hasta la boutique se me hace eterno, y eso que Leyla no ha parado de hablar, intentando distraerme con comentarios sobre lo bonita que será la ceremonia mientras yo me limitaba a mirar por la ventana, perdiéndome con el bullicio de Estambul tintado de un color grisáceo.

Me da un vuelco al corazón cuando el coche se detiene frente a la tienda. Su fachada es de un cristal imponente, brillante a través de los rayos del sol, que ha decidido salir esta mañana.

Onur me abre la puerta y bajo del coche con las piernas temblorosas. El pecho me oprime con fuerza, pero sonrío de forma automática, una técnica que parece que he perfeccionado en los últimos meses.

Al entrar, me envuelve un olor a perfume caro que me produce ganas de vomitar. Echo un vistazo a mi alrededor; la decoración es bastante minimalista, con paredes de color marfil con molduras doradas y enormes espejos que hacen que el lugar se vea todavía más grande de lo que ya es.

Del techo cuelgan lámparas de cristal que proyectan suaves destellos sobre los vestidos blancos que están expuestos en algunas plataformas, como si fueran obras de arte y no simples vestidos de novia.

Tres mujeres vestidas con un conjunto negro bastante elegante nos esperan cerca de los probadores privados, separados del resto de la estancia por unas cortinas de terciopelo de color champán.

Al otro lado, reposan unos sofás de seda junto a unas pequeñas mesas bajas donde descansan dos copas alargadas y una botella de lo que supongo que será champán, metida en un cubo con hielo para que no se caliente.

—Señorita Jade, bienvenida —murmura una de ellas, con una inclinación de cabeza que casi me hace poner los ojos en blanco.

—La señora Alana lamenta no poder estar presente hoy, pero nos ha ayudado a dejar todo preparado con sus peticiones tan exactas —dice la otra.

—Genial —apostillo, con sorna.

—Sonríe un poco —susurra mi amiga—. Y elige el vestido más caro. Recuerda que lo paga el novio, así que haz que le dé un pequeño infarto antes de la boda.

—Ojalá —suspiro, siguiendo a una de las dependientas hacia el probador.

Mi amiga se sienta en uno de los sillones y me mira con las piernas cruzadas y una sonrisa que no le termina de llegar a los ojos. Por mucho que se esfuerce en animarme y tener siempre buena cara para mí, la tristeza e impotencia que siente por esta situación se le ve reflejada en la mirada.

—¿Por casualidad no tendrán té? —La escucho preguntarle a una de las chicas, haciéndome sonreír—. No me gusta beber alcohol a esta hora del día.

—Eh… sí, claro —contesta de forma atropellada la chica, que estoy segura de que ahora mismo la está mirando como si fuera un bicho raro porque, ¿quién viene a una de las boutiques más caras de la ciudad y bebe té en lugar de champán?

—Aquí tiene los tres vestidos que la señora Alana ha elegido para usted —comienza a decir la pelinegra, sin mirarme directamente a los ojos—. Pruébeselos y le tomaremos las medidas.

Asiento en silencio y me desabrocho la americana con movimientos torpes, bajo la atenta mirada de la chica, que me observa junto a los vestidos que cuelgan de sus respectivas perchas. Cuando me quedo en ropa interior, saca el primer vestido, que tiene un diseño de corte de sirena.

—Es un diseño exclusivo —comenta con voz monótona mientras me ayuda a introducir las piernas.

Me quedo inmóvil y dejo que haga conmigo lo que quiera.

Empieza subiendo la tela con cuidado por mi cuerpo hasta deslizar las mangas largas de encaje transparente por mis brazos y acaba ajustando el escote de hombros caídos.

Las pequeñas flores de encaje junto a la pedrería brillan ligeramente bajo las luces tan intensas del local.

Al moverme un poco, destellan como si fueran pequeños diamantes y, cuando sube la hilera de botones de la espalda uno a uno, dejando un gran trozo de piel al descubierto, siento que me empieza a faltar el aire. Es como si con cada botón me obstruyese un poco el paso del oxígeno por mis pulmones.

Siento que la tela pesa, al igual que el aire, que se ha vuelto denso de un momento a otro. El pecho me oprime con fuerza y me siento algo mareada bajo tantos focos, que parecen querer mostrar cada una de mis imperfecciones y de mis secretos más ocultos.

—Señorita Leyla, ya puede ver el primero.

Salgo del espacio privado, arrastrando la larga cola del vestido sobre el mármol del suelo. Mi amiga se queda a medio camino de dar un sorbo a su vaso de té y me mira con los ojos abiertos de par en par.

—Jade… —Traga saliva y noto cómo intenta que no se le quiebre la voz, a pesar de que sus ojos se han aguado al verme—. Estás increíble. En serio, es… es tu vestido.

Me observo en uno de los espejos, mirando con atención cada detalle.

El vestido se ciñe a mi cuerpo como una segunda piel, dibujando cada una de mis curvas a la perfección y potenciándolas con una elegancia que me resulta hasta dolorosa.

En otras circunstancias, me hubiese encantado verme vestida de blanco.

Pero, ahora mismo, me siento encerrada en este trozo de tela caro.

—La verdad es que la bruja tiene buen gusto, las cosas como son —murmura mi amiga, tratando de alegrarme un poco, al tiempo en que se levanta y camina hacia mí con esa sonrisa cálida que siempre me reconforta—.

Vas a dejar a Can sin respiración. Igual hasta tienes suerte y se asfixia antes de dar el sí quiero.

Una risa amarga se me escapa del pecho, rompiendo un poco la presión que siento.

—Me quedo con este vestido —le digo a la dependienta.

—¿Está segura? La señora Alana había indicado que…

—La señora Alana no va a casarse —la interrumpo, mirándola fijamente a través del espejo—. Yo, por desgracia, sí. Así que ayúdame a quitarme este maldito vestido ya y acabemos con esto cuanto antes, por favor.

La chica asiente de inmediato, intimidada por mi tono y, una vez dentro del probador, me desabrocha los botones de la espalda.

En cuanto me libera de la tela, siento que los pulmones se me llenan de aire otra vez.

Me visto rápido y solo cuando me alzo sobre mis stilettos, siento que vuelvo a estar protegida tras mi armadura.

Diez minutos después, caminamos por fin hacia la salida de la boutique.

Me cuelgo el bolso en el hombro y, justo cuando voy a cruzar el umbral con la mirada fija en mis tacones, mi hombro choca con el de alguien que entra a la misma vez.

El impacto me pilla desprevenida y doy un pequeño paso hacia atrás.

Onur no tarda demasiado en abalanzarse sobre mí y agarrarme por la zona baja de la espalda, asegurándose de volver a ponerme en pie con una rapidez que me quita el aliento.

—Lo siento mucho, no estaba mirando por dónde iba —comienzo a disculparme de forma automática.

Cuando levanto la mirada, las palabras se quedan atascadas en mi garganta.

Frente a mí hay una mujer que viste un traje de chaqueta entallado de color buganvilla, luciendo algunas joyas discretas pero que gritan a los cuatro vientos que es alguien a quien no le importa derrochar dinero.

Sin embargo, no es su apariencia lo que me hace palidecer, sino su aroma: un perfume que mezcla la vainilla con el jazmín.

La mujer me mira con una frialdad que se acaba suavizando al escanear mi rostro con detenimiento, aunque no consigo verle del todo la cara, pues se está tapando con un velo.

—No te preocupes, cielo —responde, con voz pausada y una seguridad envidiable—. Que tengas buen día —murmura, antes de perderse en el interior de la tienda.

Me quedo atónita viendo cómo saluda a las trabajadoras con dos besos, hasta que Onur me saca del pequeño trance en el que me encuentro, acercándose a mí y envolviéndome con las notas amaderadas de su perfume.

—¿Se encuentra bien?

—Sí —respondo, tragando saliva con dificultad y obligando a mis piernas a avanzar hacia el coche—. Solo ha sido un pequeño tropiezo. Estoy bien.

—Genial, porque me muero de hambre —interviene mi amiga, uniendo nuestros brazos y siguiéndome el paso.

Nos subimos al coche y el pelinegro no tarda demasiado en hacer lo mismo.

No me pasa desapercibida la forma en la que se está comiendo con la mirada a mi amiga, que intenta disimular su nerviosismo mirando por la ventana.

—¿Quiere ir a algún sitio en concreto, señorita?

La voz grave del conductor me devuelve al presente y sus ojos oscuros se cruzan con los míos a través del espejo retrovisor.

—Llévenos a algún restaurante tranquilo, no tengo ganas de ver a nadie —sentencio, echándome hacia atrás en mi asiento y fijando mi mirada en el techo oscuro del vehículo.

Quedan seis días.

Aunque eso será solo si tengo un poco de suerte.

***

El resto del día pasa de forma rápida, casi como una neblina.

Una vez que estamos aparcados frente a la mansión, me despido de mi amiga con un abrazo rápido antes de que el vehículo vuelva a arrancar para dejarla en su casa.

Subo las escaleras sintiendo unos pasos firmes y silenciosos que me siguen a una distancia prudencial.

Tengo el corazón en un puño.

Al llegar a la puerta de mi habitación, me giro y me encuentro con Onur, que me observa con su habitual semblante serio y las manos entrelazadas a su espalda.

Mira a nuestros lados y, cuando se ha asegurado de que no hay nadie más, mete la mano en el bolsillo interior de su chaqueta.

Saca un teléfono pequeño, de color negro, junto a un trozo de papel perfectamente doblado. Lo desliza todo en mi mano con total discreción.

—Aquí tiene —indica, con la voz ronca—. Tenga cuidado —me advierte, mirándome directamente a los ojos, lo que me hace ponerme aún más nerviosa—. Estaré aquí fuera si me necesita.

—Gracias, Onur.

Da un paso hacia atrás y se da la vuelta para retomar su puesto al inicio del pasillo, a unos metros de distancia de la puerta de mi habitación.

Cuando entro, me aseguro de que no haya nadie más aparte de mi gata —traumas del pasado relacionados con gente que me persigue y me deja notitas en todas partes, quizás—, y cierro la puerta con pestillo, apoyando la espalda contra la madera mientras suelto el aire que ni siquiera me había dado cuenta de que estaba reteniendo.

Dejo el bolso sobre la cómoda y me descalzo, lanzando los tacones a un lado sin cuidado, haciendo que Chanel se sobresalte.

—Perdona, es que estoy nerviosa —me excuso, como si pudiera entenderme. Me responde con una de sus miradas fulminantes que me tomo como una muestra de ánimo por su parte.

Me siento en el filo de la cama, apretando el teléfono y el papel sobre mi pecho. El corazón me martillea con fuerza contra las costillas. Desdoblo el papel con los dedos temblorosos y compruebo que solo hay unos números escritos con una caligrafía impoluta.

Sostengo el pequeño aparato negro entre las manos, observándolo con inquietud. Cuando lo enciendo, tecleo los números uno a uno, conteniendo la respiración, y acto seguido lo coloco en mi oreja.

El estómago se me contrae con tanta fuerza que siento que voy a vomitar. ¿Y si no funciona? ¿Y si me pillan? ¿Y si Onur se ha equivocado de número? ¿Y si…?

—Ya era hora, piccola —dice finalmente, con su voz grave y profunda y ese acento tan marcado que hace que todo mi mundo se tambalee.

Miro la pantalla del teléfono con el ceño fruncido, extrañada de que me haya reconocido sin ni siquiera haber pronunciado una sola palabra.

Mi mente viaja de golpe a mi primera noche en Estambul, cuando me trajeron a la fuerza y en contra de mi voluntad.

Recuerdo el pánico apoderarse de mi cuerpo, las lágrimas derramadas por la impotencia y el momento exacto en el que mis dedos se toparon con algo que no debería haber estado sobre mi almohada.

Me recuerdo frunciendo el ceño, inclinándome hacia delante para agarrar el trozo de papel doblado con las manos temblorosas. Al desdoblarlo, me encontré con una caligrafía impoluta, aunque diferente a la de las notas que había estado recibiendo hasta ahora, con un mensaje claro y preciso.

Aferrada a ese recuerdo y con el corazón desbocado, me pego el aparato a la oreja de nuevo, tragando saliva e intentando recuperar la voz.

—Necesito tu ayuda.

—Tú dirás —murmura antes de empezar a silbar, dejándome completamente anonadada, sin saber muy bien qué decir a continuación.

—Tienes que ayudarme a cancelar la boda con Can. —Hago una pausa—. No quiero casarme con él.

—Qué lástima, piccola. —Chasquea la lengua—. Con lo que me gustan las bodas. Está bien —dice finalmente y siento que por fin puedo volver a respirar—. Pero tendrás que hacer algo a cambio.