Chapter 8
Me despierto al sentir un peso muerto sobre mi cuerpo que me corta la respiración.
Abro los ojos poco a poco, intentando acostumbrarme a la claridad que se filtra por las ventanas, y me sobresalto al ver que el bulto que está a punto de matarme por asfixia es Leyla, mi mejor amiga desde que tengo uso de razón.
No puedo evitar sonreír; echaba mucho de menos sus visitas.
Siempre se le ha dado muy bien escaparse de su casa, que no queda lejos de la mía, para colarse en mi habitación y mantenerme en vela junto a ella o despertarme con esa alegría que tanto la caracteriza.
—¿Qué haces aquí? —pregunto con la voz ronca, todavía medio adormilada, intentando quitármela de encima.
—Vengo a despertar a la Bella Durmiente —canturrea, sentándose en el borde del colchón—. Te recuerdo que tienes la prueba del vestido de novia en unas…
Desbloquea la pantalla del teléfono para mirar la hora.
—¡Dos horas! —sigue diciendo—. Y todavía tienes que desayunar, hacerte el skincare, dar de comer a ese gato diabólico…
—¡Oye! —Le doy un pequeño golpe con uno de los cojines y suelta una carcajada—. No hables así de Chanel. ¡Pobrecita!
—¿Acaso es mentira? —Enarca una ceja y me mira, divertida—. ¿Sabes cómo se ha puesto cuando he entrado? —Se lleva la mano al pecho de forma exagerada—. He visto mi vida pasar.
Suelto una carcajada y me incorporo hasta quedar sentada.
—Es que no le gustan mucho las visitas —murmuro, observando a mi gata, que se lame las patitas como si la conversación no tuviera que ver con ella.
A veces me resulta doloroso compartir tiempo con ella, porque me recuerda a Cortona y a todo lo que viví allí.
Pero si de algo puedo estarle agradecida a Can, es de haberla salvado de morir en el incendio.
Gracias a eso sigue conmigo, haciéndome compañía con sus ronroneos y esquivando cada uno de mis arrumacos con total elegancia.
—Y tanto que no… ¡Casi me saca los ojos con esas garras tan afiladas!
—Qué exagerada eres —digo, en tono burlón, sintiéndome bastante animada por primera vez en mucho tiempo—. ¿Cómo has entrado? ¿Por la ventana? —La señalo con la mirada.
—No. —Hace un ademán con la mano—. Me ha dejado entrar el armario gruñón.
—¿El armario gruñón? —inquiero, con una ceja alzada.
—Sí, tu guardaespaldas. ¿Cómo se llamaba? —Se lleva el dedo índice al labio inferior, fingiendo no acordarse del nombre del hombre al que a veces la pillo mirando de reojo más tiempo del necesario—. No me acuerdo.
—Onur —respondo, con una media sonrisa.
—Ah, sí, eso —dice, con indiferencia—. Onur.
Justo cuando estoy a punto de soltarle una broma sobre lo indiferente que es mi guardaespaldas para ella, veo que frunce el ceño y acerca su mano a mi rostro, concretamente a la zona de mi mejilla, que hasta ahora había permanecido cubierta por los mechones rebeldes de mi cabello.
—Jade… —susurra, casi en un sollozo. Cierro los ojos cuando me doy cuenta de lo que está pasando, sintiendo una punzada de vergüenza que me quema por dentro. En cuanto sus dedos rozan ligeramente la piel inflamada, se lleva la mano a la boca y niega con la cabeza, horrorizada—. ¿Otra vez?
—Tuvimos una discusión.
—¿Por eso se ha adelantado la boda? —Asiento en silencio, sin ser capaz de sostenerle la mirada—. No deberías dejar que te ponga la mano encima.
—Lo sé —musito, cabizbaja, sintiendo cómo la alegría de hace un momento se evapora por completo—. Pero no quiero hablar de eso ahora, por favor —suplico, buscando con desesperación sus ojos azules.
Me obligo a levantarme de la cama, aunque sienta las articulaciones pesadas y el cuerpo sin fuerza al notar los ojos de Leyla clavados en cada uno de los pasos que doy. Me mira con una mezcla de pena e impotencia que odio ver en su mirada.
Después de encerrarme en el baño, me lavo la cara con agua fría, intentando bajar la inflamación de la mejilla.
Una vez que salgo, veo que mi amiga me espera sentada en el borde del colchón, con un conjunto de ropa ya preparado sobre el colchón. Chanel me observa desde su cama y, aunque siempre parece estar enfadada conmigo, sé que me está mandando ánimos a su manera.
Cuando tengo el pelo completamente liso, paso al maquillaje.
Aplico una capa considerable de base, hasta que la pequeña mancha violácea de mi mejilla desaparece.
Acto seguido, me hago un buen eyeliner, que me queda más preciso y perfecto de lo que esperaba y aplico una buena capa de máscara de pestañas.
Para terminar, pinto mis labios de un rojo oscuro que me hace sentir más segura y poderosa.
—Estás increíble —exclama Leyla cuando salgo del vestidor.
—¡Gracias! —Le dedico una sonrisa ladeada—. Ya estoy lista. Podemos irnos.
Llevo un vestido negro corto y sencillo, que me ha servido de base para formar el look, unas medias negras y una americana de piel de color granate, con un acabado ligeramente brillante que refleja la luz con cada movimiento que hago.
Me calzo unos stilettos del mismo color y cojo el primer bolso de mano que creo que puede quedar bien.
Bajamos hasta la primera planta y al pie de la escalera me espera Onur, con su semblante serio de siempre.
No me pasa desapercibido el hecho de que mira a mi amiga más de lo que es habitual en alguien como él, pero no digo nada porque no quiero molestarlos.
—Ve adelantándote, Leyla —le digo a mi amiga cuando estamos en el recibidor—. Enseguida salgo.
—Te espero en el coche. —Su voz suena más cortante y seria de lo normal, puesto que siempre suele estar alegre, pero cada vez que está cerca de Onur se acaba transformando.
Cuando veo a mi amiga salir por la puerta, me acerco con sigilo a mi guardaespaldas. Sus ojos oscuros escanean mi rostro y observo cómo los entrecierra ligeramente.
—Onur —musito, asegurándome de que ningún empleado esté lo suficientemente cerca como para oírme—. Necesito que me hagas un favor.
—Lo que desee, señorita.
—Necesito que me consigas un teléfono de prepago —empiezo a decir, bajando aún más la voz. Aprieto el asa del bolso con nerviosismo—. Uno que no esté a mi nombre y que no pueda, por nada del mundo, rastrearse.
No parpadea, pero tampoco parece sorprendido. Se limita a inclinar la cabeza, procesando mi petición con esa eficiencia silenciosa que tanto lo caracteriza.
—Eso está hecho —asegura—. Lo tendrá en su habitación cuando vuelva a casa. ¿Algo más?
Trago saliva y respiro hondo. Ha llegado el momento.
—Necesito que investigues el paradero de una persona y que me consigas su número de teléfono. —Enarca una ceja, por lo que añado—: Y tienes que prometerme que no dejarás que nadie se entere de esto.
—Por supuesto que no, señorita —se apresura a decir—. ¿Cuál es el nombre de la persona a la que debo encontrar?
Siento que el corazón me da un vuelco y que el nudo en mi garganta se hace cada vez más grande, impidiéndome tragar con normalidad. Echo un vistazo rápido a nuestro alrededor, comprobando que no haya ningún tipo de peligro y carraspeo, acercándome aún más a él antes de contestar:
—Micaelo Rossi.