Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 7
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Chapter 7

Justo cuando estoy a punto de cruzar el umbral de la puerta de salida, freno en seco cuando alguien me agarra del brazo en un tirón tan brusco que me hace girar sobre mis stilettos hasta quedar pegada al pecho de Can.

—¿Te marchas sin más después del numerito que has montado? —Me acaricia la mejilla con el dorso de la mano—. No sabía que guardabas tanto veneno dentro, meleğim.

Su voz suena como un ronroneo peligroso, cargado de una excitación que me revuelve el estómago. Sus dedos se clavan en mis caderas; sé que está tratando de marcar territorio frente a los invitados que nos observan en la zona del vestíbulo.

—Me gusta que saques las garras, Jade —susurra cerca de mi oído, con voz ronca—. Me gusta que muerdas…

Sus labios rozan la piel sensible de mi cuello. Mi cuerpo se tambalea, pero él me aprieta con una fuerza que me impide huir. Antes de que pueda siquiera procesarlo, estampa sus labios contra los míos.

Es un beso completamente invasivo y forzado, y sabe a posesión y a una advertencia de lo que está por ocurrir. No hay ni una pizca del afecto que sé que me tiene, más bien siento que es una demostración de poder frente a todos.

Mientras lucho por no flaquear y me niego a cerrar los ojos, siento un par de miradas a lo lejos que pesan más que el resto. No me miran con burla. Ni con envidia. Ni con curiosidad. Más bien me observan de forma fría y calculada desde uno de los rincones del palacio.

Me desprendo de Can con un empujón y salgo corriendo hacia el coche mientras me limpio la boca con el dorso de la mano, completamente asqueada.

Onur me espera con la puerta del vehículo abierta.

Me dejo caer en el asiento de cuero y, en cuanto el chico se sienta junto a mí y cierra la puerta, me permito derrumbarme.

Las piernas me tiemblan tanto que rebotan de forma descontrolada. Ahogo un sollozo y me llevo la mano al pecho cuando siento que el oxígeno no me llega a los pulmones. El coche se vuelve cada vez más pequeño y asfixiante, como si intentara apretarme entre sus puertas.

—Respire, señorita. Míreme a mí. —La voz de Onur se siente como un ancla que me devuelve a la realidad. No me toca, pero su presencia es más que suficiente para aferrarme a ella e intentar salir del bucle en el que ha entrado mi mente ahora mismo—. Está a salvo conmigo.

—Nadie está a salvo aquí, Onur —logro articular, entre sollozos que terminan de romperme por completo, al mismo tiempo que el coche arranca y deja atrás el Palacio de Çırağan—. No puedo más —confieso, entre jadeos—. No puedo.

—Permítame decirle, señorita, que en el tiempo que llevo trabajando para usted he podido comprobar que es una mujer fuerte y valiente. Ha superado cosas mucho peores; estoy seguro de que podrá aguantar un poco más.

No digo nada, sino que dejo caer mi cabeza sobre su hombro y, contra todo pronóstico, no me aparta, sino que me deja llorar en silencio mientras me acompaña en mi dolor, haciéndolo un poco más soportable.

***

Al llegar a casa, subo las escaleras de forma automática, sin ser consciente siquiera de mis movimientos. Necesito quitarme esta ropa y limpiar mi cuerpo del aroma de Can, que parece haberse impregnado en mi piel.

Tras quitarme la ropa, prácticamente en tiempo récord, me meto en la ducha y dejo que el agua hirviendo alivie la tensión de los músculos doloridos de mi espalda.

Bajo el vapor que me envuelve, cierro los ojos y dejo caer las lágrimas rebeldes que se acumulaban en mis ojos.

Las gotas saladas se entremezclan con el chorro de agua que acaba recorriendo mi cuerpo por completo.

La imagen de los ojos oscurecidos de mi padre me golpea con fuerza.

¿En qué momento el hombre que me trataba con tanto cariño y amor, el que me dio absolutamente todo y luchó día y noche por mi felicidad, se ha convertido en este monstruo?

Pienso en mi padre y no puedo evitar recordar al hombre amoroso y divertido al que idealicé durante toda mi vida.

Al hombre que me cuidó y que secó cada una de las lágrimas que provocó en mí la ausencia de mi madre.

¿Era solo un personaje que había conseguido construir con el paso de los años? ¿Siempre fue este lobo oculto bajo una piel de cordero?

Paso un buen rato dentro de la ducha, incluso cuando termino de lavar mi cuerpo y considero que he conseguido borrar el ligero rastro de Can de mi piel.

Cuando salgo, me envuelvo en el albornoz y froto mi cabello con otra toalla para quitar la humedad,  luego lo dejo secar al aire.

Me lavo la cara y el resto de las lágrimas que se habían comenzado a resecar sobre mis mejillas y salgo del cuarto de baño.

Cuando cruzo el umbral que lo conecta con mi habitación, la sangre se me hiela al ver a mi padre sentado en el sillón rosa de terciopelo, envuelto entre las sombras, esperándome con una tranquilidad que me sobrecoge.

—¿Te lo has pasado bien esta noche, princesa? —Su calma me aterroriza más que cualquier grito—. ¿Te has divertido humillándome delante de todos?

Trago saliva y permanezco con la mirada clavada en el suelo.

Toda la seguridad que se había apoderado de mí hasta ahora se ha esfumado y ahora tan solo queda la Jade indefensa; la que se vuelve pequeñita cuando está frente a una de las personas a las que más respeta y la que más daño le está haciendo.

—Yo no quería…

—¡Cállate! —grita y no puedo evitar sobresaltarme.

Me aferro con fuerza al albornoz, intentando hacer algo con las manos temblorosas y focalizar mi ansiedad en algo que me haga anclarme al presente—.

He hablado con Can. —La sola mención de su nombre logra estremecerme—.

Hemos decidido que ya has tenido el tiempo suficiente para organizar la boda.

¿O has estado demasiado ocupada metiéndote en mis asuntos?

Permanezco en silencio.

—Mírame cuando te hable. —Me agarra por el mentón con fuerza y me obliga a mantener el contacto visual.

Siento los ojos aguados, pero me muerdo el labio inferior con fuerza y trato de reprimir las lágrimas que amenazan con salir—.

Hemos decidido que la boda se adelanta. —Mis ojos se abren, sorprendidos ante su afirmación—. Os casaréis en una semana.

—¿Una semana? —repito, atónita—. ¡No puedes hacerme esto, papá! ¿No te das cuenta de que me estás vendiendo? ¡Soy tu hija!

—Tú no eres mi hija —escupe, con desprecio—. Siempre has sido una bastarda.

Siento que el aire se me escapa de los pulmones con cada palabra que pronuncia.

—Papá... —Mi voz se quiebra—. No digas eso. ¿Por qué me tratas así? Estás irreconocible. Te miro a los ojos y no veo a la persona que me crio con tanto cariño.

—Porque tienes el ADN de la persona que me lo arrebató todo.

Trago saliva e intento acercarme a él, buscando un rastro de la humanidad que sé que todavía queda en él, pero se aparta de forma brusca, como si mi contacto le quemara.

—Me da igual el ADN, tú eres mi padre —consigo decir, con la voz temblorosa—. Y no puedes hacerme esto. Yo sé que tú no eres así, que…

—¡Silencio! —me interrumpe, con un fuerte grito que retumba por toda la habitación—. Sabes que es tu deber y que tarde o temprano pasaría. No puedes posponerlo más. El Sultán ha pedido una boda, y la quiere ya. Además, quizá te sirva para aprender cuál es tu lugar en esta familia.

—Me das asco —acabo escupiendo, llena de rabia—. Eres un maldito cobarde que no es capaz de hacer nada por sí mismo ni de enfrentarse al Sultán.

Su mano se estampa contra mi mejilla con un bofetón seco que me hace girar la cara violentamente.

El golpe me pilla tan desprevenida, que acabo cayendo al suelo, golpeándome la cadera con el sillón.

Me quedo parada, completamente aturdida, sintiendo el calor punzante en la mejilla, el sabor metálico en el labio y el dolor incrustado en mi interior.

—Aprenderás por las buenas o por las malas, Jade —espeta, mirándome con desprecio—. Tienes una semana para preparar la boda que llevas meses posponiendo con tal de meter las narices en mis asuntos.

Sale de la habitación y cierra con un portazo. Me quedo tirada en el suelo, sola en mitad de la oscuridad y tocándome con las manos temblorosas el labio inferior, que ha comenzado a sangrar.

Siete días.

En siete días tendré que casarme con mi mayor enemigo.