Chapter 6
Apoyo un tacón de aguja sobre la alfombra y me inclino hacia delante para salir del coche.
El aire frío de la noche en Estambul acaricia mis piernas, tan solo cubiertas por unas medias de rejilla salpicadas por brillantes diminutos, que destellan bajo las lámparas de araña con cada paso que doy sobre mis stilettos.
El Palacio de Çırağan se alza imponente frente a mí, con su inmensa fachada de mármol blanco, bañada por una iluminación cálida que resplandece junto a las oscuras aguas del Bósforo mientras el cielo vuelve a teñirse de color azul oscuro.
Sus inmensos ventanales reflejan los últimos colores dorados del atardecer, lo que hace que este antiguo palacio parezca sacado de una postal.
Camino con paso firme y decidido, siendo la protagonista de todas las miradas indiscretas y los murmullos que ni siquiera se atreven a disimular cuando paso por su lado seguida por Onur, que, pese a que no le gusta ser el centro de atención, ha decidido acompañarme en todo momento.
Mis labios se curvan en una ligera sonrisa cuando diviso a mi padre conversando con algunos hombres que emanan puro poder y riqueza, y cómo no, Alana, que me fulmina con la mirada cuando ve que no llevo puesto el vestidito de muñeca que eligió esta mañana para mí.
En su lugar, he escogido una blazer negra entallada de hombreras, con escote pronunciado que me sirve de vestido y marca mi silueta de una forma agresiva, a la vez que elegante.
Llevo el pelo recogido en una coleta alta y repeinada y los labios teñidos del mismo color granate que la sangre cuando se seca.
Saludo con una pequeña sonrisa a los hombres que acompañan a mi padre y Alana, que me mira con los ojos desorbitados, como si hubiera entrado desnuda al hotel y no con este pedazo de outfit.
—¿Dónde está el vestido que te compré esta mañana?
—Pongo los ojos en blanco; a mi padre le encanta enfatizar que todo lo que tengo es gracias a su trabajo y su dinero y yo detesto que lo haga.
Se acerca a mí lo suficiente como para que solo yo pueda oírle, bajo la atenta mirada del resto de invitados.
Me aprieta el brazo con una fuerza que sé que dejará una pequeña marca bajo la chaqueta—. Contesta.
—Pues en casa, ¿dónde va a estar? —respondo de forma tranquila, provocando que tense la mandíbula.
—¿Se puede saber qué llevas puesto? —La voz chillona de Alana nos interrumpe, acercándose a nosotros de forma discreta.
—Pues una blazer y unas medias —suelto con indiferencia, recorriendo mi atuendo con la mirada—. Ah, y estos taconazos. —Muevo un poco la pierna para poder mostrarle el largo del tacón—. ¿A que son monísimos?
—Esta no era la ropa que debías ponerte para esta noche, Jade —replica ella, midiendo muy bien cada palabra para no quedar mal delante de mi padre—. Escogí tu vestido precisamente para evitar esto… —Me dedica una mirada de arriba abajo—. Estás llamando demasiado la atención así vestida.
—Genial. —Sonrío—. Era justo lo que quería.
—Procura no hacerme quedar mal esta noche delante de los invitados —sisea mi padre—.
Y mucho menos delante del Sultán; recuerda que puede estar en cualquier parte —masculla entre dientes, sin borrar la sonrisa falsa que le dedica al resto de invitados—.
Compórtate… o habrá consecuencias —susurra contra mi oído, aumentando la fuerza con la que aprieta mi brazo.
Tomo una copa de champán de la bandeja de un camarero que pasa por mi lado, lo miro fijamente a los ojos y me bebo el contenido de un solo trago, sin apartar mi mirada de la suya.
—Ten cuidado —mascullo, en el mismo tono, manteniendo mi mejor sonrisa de cara a los demás—. Todo el mundo nos está mirando. Supongo que no querrás que piensen que no eres capaz de controlar a tu propia hija, ¿no? Eso te restaría muchos puntos.
Le dedico una última sonrisa antes de soltarme de su agarre de forma discreta y sofisticada. Me abro paso entre la multitud, sintiendo cómo el aire que entra por los grandes ventanales golpea mi rostro y cómo los mechones de mi coleta se mueven ligeramente hacia los lados con cada paso que doy.
Es una sensación que me ancla al presente, a este momento incómodo en el que me siento como un pez fuera del agua.
Siento el peso de las miradas ajenas y los cotilleos; estoy segura de que muchas de Las Familias que hay aquí esta noche están al tanto de todo lo que ha pasado.
Seguro que saben que soy una asesina. Puede que hasta me lo vean en la cara, que incluso me haya cambiado la mirada.
Lo único que sé es que tener tantos ojos clavados en cada uno de mis pasos se siente igual que si me estuvieran estrangulando con sus propias manos.
Saludo con una inclinación de cabeza a algunos empresarios cuyos nombres no recuerdo y a sus mujeres, que parecen haber venido solo para exhibir sus prendas caras y sonrisas ensayadas a la perfección.
Observo con atención cada rostro mientras camino.
Cada gesto. Cada acción que me haga ponerme en alerta.
Busco una mirada que sea mucho más fría que la mía, alguien que irradie un poder que no necesite gritar a los cuatro vientos para que se perciba en cada rincón.
Pero solo veo máscaras y sonrisas falsas.
No encuentro a nadie con un aura tan impresionante como debería ser la del Sultán.
Mi pecho se agita con fuerza. Siento como si unas manos invisibles estuvieran apretándome el cuello, impidiéndome respirar con normalidad.
Me llevo la mano al esternón y presiono en círculos mientras intento ralentizar mis respiraciones, pero es imposible; siento que me ahogo.
Necesito salir de aquí un momento y respirar aire puro.
Uno que no huela a muerte, sangre e hipocresía.
Salgo al balcón seguida por Onur y observo las vistas panorámicas de las que se puede disfrutar desde esta zona del hotel.
Sus grandes columnas de mármol y su iluminación dorada se reflejan en las aguas oscuras que llegan hasta el Bósforo, que se extiende imponente a lo lejos, entre edificios y miles de luces que parecen fusionarse conforme cae la noche, haciendo que Estambul parezca inmensa; imposible de abarcar con una sola mirada.
Apoyo las manos sobre el muro de piedra que sirve como protección y cierro los ojos, tratando de respirar de la forma más tranquila y pausada posible, aunque al principio me resulte un poco complicado.
El clima es húmedo y el viento se encarga de agitar mi coleta mientras me pierdo en las luces del puente que separa dos continentes, que centellean como pequeños diamantes sobre el agua.
—Es una vista preciosa. —La voz grave de Onur me saca de mis pensamientos. Se mantiene a unos pasos de distancia, como siempre vigilante de no sobrepasar ninguna de las líneas que tiene prohibidas.
—Lo es —coincido, con un suspiro—. Ojalá pudiera disfrutarla.
—¿Y por qué no lo hace? —Lo miro por encima del hombro y carraspea antes de continuar—: Relájese y disfrute.
Está en el mejor hotel de la ciudad. Lleva un conjunto que ha hecho que todo el mundo se olvide de respirar porque, con todo mi respeto, está usted espectacular y bueno…
, se supone que esta fiesta tan lujosa también es para celebrar su compromiso y la unión de ambas familias.
Suelto una risa amarga que se pierde con el viento y los ruidos de la noche en Estambul. Me giro por completo hacia él, apoyando la zona baja de mi espalda en la barandilla.
—Ese es el problema, Onur —digo, clavando mi mirada en la suya—.
Que la unión de estas dos familias no es motivo de celebración alguna; más bien es una sentencia de muerte.
—Doy un sorbo lento a mi copa, dejando que el líquido frío del champán me aclare un poco las ideas antes de continuar—: Así que no me pidas que disfrute de la fiesta.
Mejor pídeme que no los mate a todos antes de que saquen la tarta.
Al volver al salón principal, localizo a mi padre.
Está en medio de un círculo cerrado con Can y otros tres hombres que no me transmiten buenas vibras.
Me acerco a ellos despacio, contoneando mis caderas con cada uno de mis pasos, con el mentón alzado y una seguridad en mí misma que pensaba que había perdido por completo, pero que acaba resurgiendo de mis propias cenizas, convirtiéndome en el centro de todas las miradas de nuevo.
Mis ojos se enredan con los de Can, que me miran rebosantes de un brillo depredador.
—Aquí estás, askim —exclama Can al verme llegar, rodeando mi cintura en un gesto algo posesivo que me acerca por completo a él, intentando aparentar una normalidad y cercanía ante sus socios que entre nosotros es prácticamente inexistente.
Me escruta sin reparo, observando cada pedazo de piel expuesta y cada una de mis curvas como si intentara memorizarlas, con una lujuria oculta en su mirada que consigue ponerme la piel de gallina.
Carraspeo y me reincorporo, todavía bajo su agarre; no quiero que note el poder que tiene sobre mí, ni lo insegura que me siento junto a ellos.
—¿Tú también vas a regañarme por mi ropa? —pregunto, con una ceja alzada y un tono de voz bajo, para que solo él pueda escucharme—. ¿Crees que está mal cómo me he vestido?
Sonríe.
Su mirada se ensombrece y juraría que sus pupilas se han dilatado ligeramente al observar la forma en que humedezco mi labio inferior.
—Lo que creo que está mal —susurra contra mi oído, apretando con fuerza su agarre contra mis caderas—, es no poder quitarte la ropa ahora mismo.
—Mira qué enamorados están —comenta uno de los hombres, el más alto y corpulento, dándole un pequeño codazo cómplice a mi padre, cuyas comisuras se han curvado en lo más parecido a una sonrisa que le he visto esbozar en estos últimos meses—.
No pueden quitarse las manos de encima. —Nos señala con la mirada y yo trago saliva, algo nerviosa e incómoda ante el peso de sus ojos indiscretos sobre mi piel.
—Pues tendrán que hacerlo —sigue diciendo otro, arrugando la nariz tanto que seguro que se ha rozado con su bigote recto—. Estamos tratando algunos asuntos importantes entre hombres. ¿Por qué no te vas a charlar sobre vestidos con las mujeres, Jade? Así no te aburres, ni tampoco nos molestas.
Doy un paso hacia delante de forma involuntaria, con los puños apretados a mis costados.
Can se da cuenta y enseguida me agarra con firmeza, volviendo a pegar mi cuerpo al suyo con total disimulo, en una advertencia silenciosa para que me quede quieta y callada.
Me deshago de su brazo con lentitud y me coloco frente al hombre del bigote, que sonríe con una altivez que me está empezando a sacar de quicio.
—Es curioso que me hable de aburrimiento, señor Kur.
¿Sabe quién más debe de estar aburrido? —pregunto, con la cabeza ladeada, sin apartar mi mirada de la suya—.
El Sultán —sentencio, haciendo que los demás me observen, ojipláticos ante mi atrevimiento—.
Seguro que estará aburrido viendo lo mal que trabajan o cómo llevan a la bancarrota sus empresas.
—¿De qué hablas? —masculla entre dientes el del bigote.
—Hablo de que los del norte os han robado tres cargamentos de mercancía pesada en sus propias narices porque vuestros hombres estaban demasiado ocupados charlando de… asuntos importantes de hombres —escupo, sin reparos—, en lugar de vigilar las cámaras del puerto.
Se forma un silencio sepulcral, roto tan solo por el murmullo lejano de la fiesta.
—También sé que están desesperados por volver a firmar un acuerdo con los italianos para cubrir el agujero que han supuesto todas las pérdidas que han tenido en estos últimos meses, pero parece ser que ellos no están muy por la labor porque piensan que son unos inútiles —añado, rematándolo con una sonrisa—.
Así que, señor Kur, dedíquese a hacer su trabajo si no quiere ser la próxima víctima del Sultán.
Yo, mientras tanto, iré a hablar de vestidos con sus mujeres, que estoy segura de que son mucho más astutas que ustedes.
Los ojos de mi padre están inyectados en sangre y la vena de su cuello tan hinchada que parece estar a punto de explotar en cualquier momento.
Sé que todo este numerito va a traerme consecuencias más tarde, pero lo estoy disfrutando tanto que estoy segura de que merecerá la pena recibir cada uno de sus golpes.
Miro de reojo a Can y atisbo en su rostro una pizca de… ¿orgullo?
No estoy segura, pero no parece tan enfadado como el resto. De hecho, hasta esboza una sonrisa ladeada.
—¿Cómo sabes todo eso? —gruñe mi padre. Su voz dura y autoritaria me acelera el corazón, pero me esfuerzo por mantener la compostura.
—Porque mientras vosotros os habéis dedicado a exhibir vuestro dinero y mediros el ego estos últimos meses, yo sí he prestado atención a todo lo que pasaba dentro de la empresa.
Ninguno me contesta y no puedo evitar sonreír.
Por primera vez en mucho tiempo, mientras me alejo de ellos, siento que vuelvo a tener el control.