Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 5
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Chapter 5

La boutique a la que me han traído, en el centro de Nişantaşı, ha cerrado solo para nosotras.

A mi padre le encanta derrochar dinero para así mostrar lo mucho que tiene, por eso también ha colocado a dos hombres armados para custodiar la entrada a la tienda.

Creo que se le empieza a ir de las manos y ya no sabe comportarse como un ciudadano normal sin llamar la atención de absolutamente todo el mundo.

Sigo los pasos decididos de Alana, mientras que el olor a perfume caro y el silencio que reina en la tienda consiguen oprimir mi pecho aún más que el interior del propio coche.

La madre de Can camina entre los percheros como si fuera la dueña de la boutique, señalando diferentes telas —todas en diferentes tonos pastel—, con un aire de superioridad que me enerva.

Me toca soportar su presencia durante toda la mañana, ya que mi padre y Can se han ido a la oficina, pues tenían unos asuntos importantes que atender.

En los últimos meses han aprendido a trabajar codo con codo, aunque ninguno de los dos soporta al otro.

Mi padre jamás será capaz de ver a Can con buenos ojos, y Can nunca será capaz de olvidar que mi padre traicionó a su familia.

Pero si hay algo que los dos tienen en común es que ambos son capaces de tragarse el orgullo cuando es el poder lo que está en juego.

—Este también —le dice a una de las dependientas que sujetan los montones de vestidos que ha elegido para mí—. El celeste resaltará tu color de piel —añade, alternando la mirada entre el último vestido que ha escogido y yo—, aunque últimamente estás muy pálida, querida.

Sonrío, apretando los dientes con tanta fuerza que temo desencajarme la mandíbula.

Alana se sienta en un sillón de terciopelo negro y dorado que hay frente a los probadores.

Sigue con sus ojos clavados en mí, y su mirada fulminante se siente igual que si me clavara una estaca en el pecho.

Cruza las piernas y se pasa un mechón de pelo castaño por detrás de la oreja.

Tiene una melena corta, que apenas le llega por la zona de la barbilla; un corte bob perfectamente recto y liso.

Va vestida como si fuera a un concurso de modelos ejecutivas y bebe de la copa de champán que le ha ofrecido otra de las empleadas con una soberbia que me hace querer gritar de la impotencia.

No la soporto.

«Aguanta un poco más, Jade. Ya falta poco», me repito una y otra vez, intentando no perder la compostura.

Doy media vuelta y, tras dedicarle una mirada rápida a Onur, que permanece de brazos cruzados cerca de la madre de Can, me pierdo en el interior del probador.

Reprimo un sollozo cuando me veo rodeada de tantas prendas caras y coloridas que ya no siento que me identifiquen.

Son una muestra de la jaula de oro en la que me tienen encerrada, de la cárcel en la que vivo y de la penitencia que tengo que soportar por mis errores del pasado.

Apoyo mi espalda en la pared y me dejo caer hasta quedar sentada en el suelo, frente al espejo, con las piernas flexionadas.

Me abrazo a mí misma y dejo salir las lágrimas que llevo conteniendo desde que salí de casa.

He aprendido a llorar en silencio, a derramar lágrimas sin que nadie se dé cuenta de mi dolor…

, así que dejo salir toda la rabia y la tristeza contenida en forma de gotas saladas que nublan mi visión y mojan mis mejillas.

Las piernas me tiemblan cuando consigo ponerme de pie. Me siento algo mareada y el nudo que tengo en la garganta se hace cada vez más grande, impidiéndome tragar con normalidad y amenazando con asfixiarme.

Empiezo a probarme los vestidos. Uno a uno.

Dejo que la seda envuelva cada una de mis curvas, que los colores aviven esa parte de mí que murió hace meses.

El primero es de color rosa claro. Consigo subirme yo sola la cremallera, pese a que ambas empleadas insisten en ayudarme desde el otro lado de la cortina.

Me calzo los tacones y aparto el trozo de tela para mostrarle el resultado a Alana.

—Mmm… no me convence, cielo. —Me mira con los ojos entrecerrados—.

A ver, da media vuelta para que te vea bien.

—A continuación, me señala con el dedo índice, moviéndolo en círculos—.

No me gusta —sentencia finalmente, después de unos segundos de silencio que se me empezaban a antojar eternos—.

Te marca demasiado las caderas. No me gusta que vayas tan ceñida; no te sienta bien.

Me muerdo la lengua, literalmente. El sabor metálico envuelve mi paladar enseguida.

La aborrezco. No digo nada; simplemente doy media vuelta y vuelvo a esconderme tras la cortina.

Escupo en la papelera y me llevo la mano al pecho, que siento completamente desbocado, intentando ralentizar mis pulsaciones y tomar  respiraciones más lentas y pausadas.

Durante las dos horas siguientes, sigo probándome vestidos que Alana rechaza una y otra vez.

Empiezo a pensar que lo hace para sacarme de quicio, para recordarme que es ella la que tiene el mando.

Aun así, respiro hondo y vuelvo a cambiarme de ropa.

No pienso darle el gusto de verme perder el control; no después de lo que me ha costado llegar hasta aquí.

Me echo un vistazo en el espejo cuando me pongo el último atuendo.

Me veo ridícula. El vestido es de corte midi, de un color azul cielo que en otro momento de mi vida me hubiera resultado precioso.

Tiene los hombros caídos y una falda de vuelo con pliegues perfectos.

Es justo el estilo que le gusta que vista; como una chica buena e inocente que está dispuesta a obedecer.

Salgo del probador con algo de dificultad, puesto que las rodillas me flaquean y doy un pequeño tropiezo que consigo frenar antes de caerme de bruces contra el suelo. Inmediatamente, siento las manos de Onur sobre mis brazos. Me ayuda a incorporarme con un movimiento rápido y seguro.

—¿Se encuentra bien, señorita? —pregunta con el ceño fruncido; parece que incluso está preocupado.

—Sí —me apresuro a responder—, solo estoy algo mareada.

—Una botella de agua para la señorita. Ya —le ordena con voz grave a una de las dependientas.

—Qué floja eres —escucho murmurar a mi futura suegra, que me mira desde su cómodo asiento, con las piernas cruzadas y la copa fina y alargada en una de sus manos, como si estuviera en un trono—.

Pero tranquila, ¡ese vestido es perfecto!

Nos lo llevamos —le dice a la chica rubia que hay a su lado—.

Vuelve a cambiarte —me espeta en esta ocasión a mí—. Tenemos que ir a por los zapatos.

Ignoro su comentario y me centro en mi guardaespaldas, que no ha dejado de sujetarme desde que casi me vio caer.

Me acompaña hasta el probador sin soltarme ni un segundo, cosa que agradezco, pese a que ya me encuentro mucho mejor.

Me tiende la botella de agua que acaba de traer la chica y se queda plantado frente a mí, de brazos cruzados y con el ceño fruncido, vigilando que beba.

Onur me transmite mucha ternura. Es todo un gruñón por fuera, pero un dulce por dentro, aunque intente mantenerlo bien oculto. Me recuerda tanto a Luca que me revuelve el estómago.

—Se ha vuelto a poner pálida. ¿Quiere que vayamos al médico?

Ojalá. Y si me internaran durante meses, incluso lo agradecería. Quizás así no tendría que verles las caras a las personas que tanto odio cada día.

—Estoy bien —aseguro, con la voz algo ronca, pues siento la garganta seca.

Dejo que el líquido fresco me recorra la garganta antes de devolverle la botella al chico de cabello rizado que me observa con tanta atención.

Miro por detrás de su hombro y compruebo que tanto Alana como las dependientas, están bastante entretenidas, así que aprovecho para hacer algo por lo que llevo esperando toda la mañana.

—Onur —lo llamo, captando su atención—, necesito que me hagas un favor.

—Lo que sea —responde al instante.

—Pero no le puedes decir nada a nadie —enfatizo esta última palabra y creo que es más que suficiente para entender a quiénes me refiero, puesto que su semblante se vuelve todavía más serio—.

Necesito que le envíes un mensaje a Baris, mi modista.

Pídele un buen conjunto para el evento de esta tarde y envía a alguno de los chicos a recogerlo.

El aludido se queda callado y yo aprovecho para echarme un vistazo en el espejo y observar el vestido azul que llevo puesto.

Todos piensan que pueden decidir sobre mi vida, mi ropa, mis sentimientos, mis emociones y hasta mi futuro.

Sin embargo, eso se acabó. Si sigo siendo la Jade sumisa que acepta todo lo que le manden, moriré incluso antes de apretar el gatillo, mucho antes de vengarme de cada uno de ellos como tanto anhelo hacer.

Para vencer a los monstruos que me rodean, primero tengo que convertirme en uno de ellos y empezar a ser la pesadilla que ninguno espera que sea.

—¿No se va a molestar la señora si no la ve aparecer con el vestido que ha elegido para usted?

Sonrío. Esa es la idea.