Chapter 4
Seis meses después. Estambul, (Turquía)
Me ajusto el collar de diamantes que me han hecho llegar esta mañana; es un regalo por parte de mi prometido y debo llevarlo si no quiero meterme en problemas con su familia.
Lo observo con atención y resoplo. Hace un año habría estado encantada de recibir un regalo así y de poder lucirlo ante todo el mundo.
Hoy, siento que cada piedrecita pesa igual o más que una condena.
Me miro en el espejo y no reconozco a la chica que me devuelve mi reflejo.
Sé que esta es la mujer que he sido siempre. Pero la verdad es que mi estancia en la Toscana me cambió la vida y la forma de ver las cosas y ahora no sé quién soy.
Han pasado seis meses desde que Luca murió, desde que los miembros de su propia familia me obligaron a ir a su entierro.
Han pasado seis meses desde que dejé de ser Gia.
Han pasado seis meses desde que dejé de vivir.
Porque ahora vivo en automático, esperando que los días pasen lo más rápido posible; me mantengo callada cuando en realidad debería gritar, apoyo a nuestras familias en todas sus decisiones por fomentar la paz y sonrío como una mujer estúpida cuando me hacen algún cumplido en una de sus reuniones.
Ahora mismo, lo único que quieren de mí es que dé una buena imagen, la de una chica sumisa a la que puedan controlar y hacer con ella todo lo que quieran.
Cuando me trajeron de vuelta a Estambul me enteré de que Emre, el padre de Can y Luca —o más bien Kerem— no murió con mi disparo como yo pensaba que había sucedido por culpa de Marietta, que jugó con nosotros a su antojo, sino que sus hombres lograron sacarlo de entre las llamas y llevarlo a su médico privado.
Actualmente se encuentra en estado crítico, pero nadie sabe dónde está.
O eso es lo que dicen. Porque sospecho que Can sí que sabe dónde está su padre, solo que debe de guardar bien el secreto, y le conviene hacerlo.
Si quería mantenerme con vida y que no le pasara nada a ninguno de los míos, estaba obligada a casarme con Can.
Era la única manera de contentar al Sultán: casarme con uno de los hijos de Emre para unir de nuevo a dos de Las Familias y salvarlas de una guerra para la que ninguno estábamos preparados.
Yo ni siquiera quería vivir; ya no me quedaba ningún motivo para hacerlo.
Mi padre me ha mentido durante toda mi vida con el fin de utilizarme para su propio beneficio y ni siquiera es mi padre de verdad. La única persona a la que he amado está muerta.
Por mi culpa. Y lo peor de todo es que murió pensando que fui yo quien disparó esa maldita pistola, cuando la realidad es que hubiera apuntado directo a mi corazón con tal de salvarlo.
No pude hacerlo. No pude salvar su vida. Pero sí que puedo vengar su muerte. Y eso es justo lo que voy a hacer.
Llevo seis meses aguantando humillaciones, órdenes, mentiras y gritos por parte del hombre que me crio. Hasta ahora han tenido a la Jade obediente y sumisa, pero eso se acabó. Si quieren guerra, la van a tener.
He alargado los preparativos de la boda todo lo que he podido, utilizando la excusa de organizar una ceremonia memorable.
Can es un hombre bastante fácil de manipular y siempre está dispuesto a contentarme, así que no me costó mucho convencerlo de que una mujer como yo no podía casarse un día cualquiera.
Gracias a eso, he tenido seis meses para estudiar bien las debilidades de cada uno y poder vengarme de todos ellos desde dentro de su propio mundo.
Enderezo los hombros y me arreglo un poco el pelo, completamente liso, asegurándome de que ni un solo mechón esté fuera de su sitio, antes de perfumarme y forzar una sonrisa frente al espejo.
Tengo que hacerlo si no quiero que mi semblante me delate.
Tengo que ser perfecta. Debo aparentar ser la Jade que todos quieren que sea, la que ellos creen que han conseguido domar.
La puerta de mi habitación se abre y veo entrar a Azra con la mirada cabizbaja y cansada clavada en sus propios pies, que cada vez parecen más pesados al caminar por culpa de la edad y todos los años de servicio.
—Buenos días —me saluda casi en un susurro, sin levantar la mirada. Tiene prohibido mirarme directamente a los ojos; órdenes de mi padre, que se ha transformado en una persona que desconozco desde que tiene una pizca de poder—. Su padre la está esperando en el coche.
—Buenos días, Azra. ¿Está solo? —pregunto mientras tomo mi pequeño bolso de mano. Nuestras miradas se cruzan por una milésima de segundo antes de que vuelva a agachar la cabeza. Sabe perfectamente que estoy preguntando por Can; no me hace falta darle demasiados detalles.
—Con su prometido y su madre. Al parecer ella ha insistido en acompañarlos.
Resisto el impulso natural de poner los ojos en blanco.
La madre de Can es como una sombra que siempre nos acompaña y vigila cada uno de los pasos que damos.
Su entusiasmo por la boda me revuelve el estómago.
Se supone que casi mato a su marido, ¿cómo puede mirarme a los ojos como si nada hubiera pasado?
Sé que ellos no se llevaban bien y que Emre no es un buen hombre, pero al menos podría disimular un poco la alegría que siente desde que su marido está desaparecido.
Salgo de la habitación y cruzo toda la planta.
Mis tacones resuenan contra el mármol como un eco silencioso que me recuerda lo pequeña y débil que soy en esta mansión tan inmensa.
Camino bajo las enormes lámparas de cristal con forma de araña, ignorando a los empleados que me miran con total disimulo, intentando no llamar demasiado la atención, mientras que yo sigo andando con los hombros erguidos y la cabeza en alto.
Bajo los escalones con una destreza casi perfecta, aparentando una seguridad en mí misma que ahora es completamente inexistente.
Al llegar a la zona de la entrada, la luz del sol se cuela por los ventanales.
Las temperaturas cada vez son más bajas, por eso, a pesar de que hoy hemos amanecido con un sol radiante, agarro la chaqueta que me ofrece una de las personas que más ha cuidado de mí a lo largo de mi vida.
—Señorita —murmura ella, deteniéndose en el umbral de la puerta que estoy a punto de cruzar, donde me espera Onur, mi guardaespaldas, con los anchos hombros tensos y el cabello negro y rizado algo revuelto por culpa de la brisa que nos acompaña en esta mañana.
Me observa con sus ojos oscuros y penetrantes, el ceño permanentemente fruncido, mostrando la tensión y seriedad que lo acompaña de forma constante.
Me giro levemente hacia Azra, que aprieta la mandíbula y, por primera vez en mucho tiempo, detecto un quiebre en su compostura.
—Tenga mucho cuidado —dice, en un susurro casi imperceptible.
Hay algo en su tono que me hiela la sangre.
Conozco perfectamente a Azra y sus palabras no son una simple advertencia rutinaria; tras ellas hay un profundo miedo escondido que soy capaz de detectar a través de su mirada, como si supiera algo que yo no.
Sus ojos buscan los míos un segundo más de lo que le tienen permitido y atisbo en ellos una súplica silenciosa.
El corazón se me acelera. Antes de que pueda preguntarle nada, agacha la cabeza de nuevo, da media vuelta y se marcha, dejándome con una mala sensación en el cuerpo.
No me da tiempo a procesar mucho más sus palabras, porque enseguida Onur me anima con la mirada a seguirle el paso hasta nuestro coche, que está escoltado por otras dos furgonetas con los cristales tintados y algunos hombres armados que aseguran la zona.
El chico abre una de las puertas traseras del coche y el aire acondicionado que sale del interior como un pequeño soplo me devuelve a la realidad.
Mi padre está sentado a la izquierda, revisando su teléfono con esa expresión seria y fría que se ha apoderado de él en los últimos meses.
A su lado, Can me dedica una sonrisa genuina que me hace soltar un pequeño bufido; todo sería más fácil si fuera el monstruo que me fuerzo a ver en él, si no se empeñara en ser una buena persona, en volver a convertirse en mi amigo con la esperanza de que algún día consiga verlo como algo más.
Me siento junto a él y se me revuelve el estómago cuando se acerca para darme un beso en la mejilla, acompañado de otra sonrisa que le nace de forma instantánea.
Frente a nosotros, su madre nos observa sonriente, con ese entusiasmo que estoy segura de que es completamente forzado y que tanto me revuelve por dentro.
—Estás preciosa —suelta Can.
Su mano busca la mía de forma casi desesperada. Entrelazo nuestros dedos y lo miro, fingiendo una sonrisa cálida y delicada.
—Y también llegas tarde, cielo —murmura su madre, ajustándose el pañuelo de seda que lleva anudado al cuello.
Echo un vistazo rápido hacia mi padre, que sigue con el semblante serio y sin decir nada. Me enderezo y le sonrío a la mujer de pelo castaño que me observa fijamente con sus ojos oscuros. A veces me resulta imposible mirarla; sus ojos me recuerdan demasiado a unos que me robaron el corazón.
Todo sería mucho más fácil si estas dos personas no me recordaran tanto a él. Aunque, por otro lado, son el motor que me impulsa a seguir adelante, a no venirme abajo y seguir con mi plan, cueste lo que cueste.
La puerta del coche se cierra con un golpe seco y me siento igual de encerrada que si estuviera en una celda.
Me sorprende que mi padre haya accedido a que vayamos todos en el mismo vehículo; en nuestro mundo, hacerlo podría ser toda una sentencia de muerte.
Pero hoy las normas parecen ser diferentes.
Puede que sea cosa del Sultán, que vuelve a jugar con nuestra seguridad y nuestras vidas y quiere que alguno de nosotros muera, para tener algo de diversión.
O quizás sea cosa de mi padre, que quiere hacer ver que no tenemos miedo y que, desde que parte de Las Familias están unidas, hemos dejado de estar en peligro.
Apoyo el codo en la ventanilla y me pierdo en el cristal que tengo frente a mí, a pesar de estar blindado y ver casi todo coloreado de gris ceniza.
Las palabras de Azra retumban en mi mente una y otra vez, como un susurro que no deja de advertirme que realmente debo tener cuidado, que algo malo está a punto de pasar.
—Hoy es un día muy importante, Jade —murmura mi padre por fin, guardando su teléfono y clavando sus ojos en mí.
Me tenso al oír su voz—. El Sultán ha hecho una petición especial.
—Me tenso al oír ese nombre—. Quiere demostrar que la paz entre nuestras dos familias es completamente real, así que haremos una pequeña fiesta con las familias más importantes de Estambul.
—No he traído la ropa adecuada —consigo decir, intentando que no me tiemble demasiado la voz.
—No te preocupes, askim, precisamente vamos en busca del atuendo perfecto para ti —interviene Can, apretando mi mano—. Mi madre se encargará de elegir tu vestido.
Fuerzo una sonrisa de agradecimiento.
—¿Conoceremos hoy al Sultán, papá?
—No —responde él, de forma cortante—. Aunque no me extrañaría que estuviera camuflado entre los invitados, vigilando como siempre cada uno de nuestros pasos.
Asiento con la cabeza, sin perder la compostura. El corazón me late con fuerza, pero no de miedo, sino de anticipación. Me repito a mí misma que voy por buen camino y que quizá no tenga que esperar tanto tiempo. Puede que hoy sea el día en el que pueda matar al Sultán.