Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 3
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Chapter 3

Cortona, Arezzo (Italia)

Empujo la puerta con el pie y entro en la habitación, dando pasos firmes y decididos hacia mi objetivo.

Todo está en silencio y, mientras me acerco a ella, me pregunto si será capaz de oír mi respiración acelerada y los latidos desbocados de mi corazón en medio de esta aparente calma que inunda la sala.

Trago saliva y entrecierro los ojos cuando la miro fijamente, esperando algún tipo de sorpresa en su rostro. Pero el que acaba sorprendido soy yo cuando veo que sostiene una pistola con una de sus manos.

Mi arma pesa como si sujetara una maldita roca y siento una punzada en el corazón cuando veo lágrimas recorrer el rostro de Gia. Aun así, intento disimular el temblor de mis dedos. La miro a los ojos fijamente, ignorando que ella también está apuntándome con su pistola.

—No solo me clavas un puñal por la espalda con tu traición, sino que… ¿ahora también vas a apuntarme directamente al corazón? —pregunto, fingiendo una tranquilidad que ahora mismo no siento. Pero me niego a volver a mostrarme débil ante ella.

—No quise mentirte —dice, casi en un susurro.

—¿Y tampoco quieres matarme? —inquiero, alzando cada vez más la voz—. ¿Por eso me estás apuntando con una maldita pistola?

—No quiero hacerlo… Yo… Te quiero.

Cierro los ojos con fuerza. Sus palabras duelen como una estocada en el corazón y siento que no me llega el oxígeno suficiente como para seguir respirando.

—La tarde en que Chanel se cayó del árbol y vi tu vulnerabilidad...

—Empiezo a dar pasos lentos en su dirección, pero ninguno de los dos baja el arma.

—La primera vez que cenamos junto a mis amigos y pude ver lo divertida y carismática que eres.

El momento en que te enseñé mi lugar especial y pasó de ser algo mío a ser nuestro.

La tarde en la que pude ver la ciudad de Cortona brillar a través de tu mirada ilusionada.

Lo trabajadora que fuiste en el aniversario de los nonnos y lo bien que trataste a cada uno de los invitados, aun sin conocerlos de nada.

Doy un par de pasos más.

—El día que compartimos confesiones y le abrimos el corazón al otro.

O cuando dejamos la estupidez atrás y empezamos a coquetear sin darnos cuenta.

—Trago saliva con dificultad—. La noche en la que Milán te trajo flores, sin saber que tus favoritas son los girasoles.

—Avanzo un último paso hasta quedar frente a ella, a escasos centímetros de distancia.

La mano con la que sujeta la pistola que le han entregado cada vez tiembla más, mientras que yo sostengo la mía con firmeza.

En estos momentos soy Kerem; no puedo permitirme sentir y mucho menos fallar—.

Nuestra pequeña escapada, en la que nos llenamos de besos y caricias.

Cuando bailamos abrazados en medio de la calle bajo el cielo púrpura de Perugia.

Esta misma tarde, perdidos en medio de la carretera, tirados en la parte de atrás de tu camioneta y disfrutando del paisaje dorado que había a nuestro alrededor.

—¿Qué es todo eso? —farfulla, con la voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas.

—Son todos los atardeceres en los que me enamoré de ti.

—Luca, yo…

—Setenta y seis días, Gia —la interrumpo—. Me bastaron setenta y seis atardeceres para amarte y solo una noche para odiarte.

Ninguno de los dos dice nada más, aunque tampoco bajamos las armas. Todo está en silencio, hasta que el eco de un disparo resuena por la sala calcinada, acabando con todo lo que hasta ahora habíamos formado.

Veo a Gia mirar su arma, casi tan sorprendida como yo, con el mismo dolor y la misma angustia acechando su rostro, el mismo que besé y memoricé por si algún día el destino se encargaba de separarnos.

Siento un zumbido sordo que me acaba nublando la vista mientras noto cómo mi cuerpo se va desplomando poco a poco hasta que acabo en el suelo.

Gia me mira atónita, casi sin pestañear.

Deja caer su arma al suelo y da un par de pasos hacia atrás, negando con la cabeza y tapándose la boca con las manos.

—Luca… —La escucho decir con voz temblorosa—. Yo no he sido… yo…

—Me has disparado —consigo pronunciar, llevándome una mano hasta el costado, que ha empezado a sangrar y llena ligeramente mi camisa de un color carmesí que me va a perseguir cada vez que cierre los ojos.

—No, yo…

—¡Vete! —grito, sacando fuerzas desde lo más profundo de mi interior, aunque el dolor punzante sea cada vez más intenso.

—Yo… —titubea, sin moverse del sitio. Sigo apretando con la mano la zona en la que me ha disparado y hago una mueca de dolor cuando me recoloco en el suelo.

El rugido de unos gritos en un idioma que conozco demasiado bien me avisa de que no tenemos mucho más tiempo, lo cual me impulsa a intentar ponerme de pie, pero el dolor es demasiado intenso y lo único que consigo es soltar un quejido.

—¡Vete, Gia!

Sigue negando con la cabeza cuando dos hombres que acaban de entrar en la sala la alzan en el aire, sin que ella oponga ningún tipo de resistencia. Se deja llevar hasta la salida, con los ojos impregnados en lágrimas que revelan que es consciente de su traición.

El silencio que se ha formado de un momento a otro es interrumpido por unos pasos pesados y un silbido que me resulta demasiado familiar.

No necesito mirar para saber quién es, aunque con todo y eso miro por encima de mi hombro y me encuentro con Micaelo, que se acerca a mí a paso firme, con las manos metidas en los bolsillos y silbando con su característica tranquilidad, como si nuestro mundo no se hubiera desplomado por los aires.

—No tienes buena cara, hijo. —Lo fulmino con la mirada—.

Te dije que te dispararía, que no eras nada para ella, que no le temblaría la mano para matarte.

Y así ha sido. —Se encoge de hombros. A mí cada vez me sube más el dolor del costado hacia el pecho, pero hace un rato que ha dejado de ser por culpa del disparo—. Vamos, levántate. Tenemos que irnos ya.

Dos de sus hombres entran en la habitación y me ayudan a ponerme de pie, pese a tener todavía las piernas temblorosas.

—¿Estás seguro de que es buena idea? —pregunto, apretando los dientes y esforzándome por no gritar de dolor mientras que, con los dedos temblorosos, empiezo a desabotonar mi camisa empapada de sudor y una ligera mancha de color carmesí.

Me la quito con un tirón seco, soltando un quejido cuando la tela se despega por completo.

Miro hacia la zona en la que me ha disparado y paso con cuidado la mano por el chaleco antibalas que llevo puesto y que me ha librado de una buena.

No sé por qué accedí a usarlo si estaba seguro de que Gia no sería capaz de dispararme, pero aun así lo hice.

No he tenido mucho tiempo desde el incendio, pero Micaelo me ha puesto al día de todo lo que estaba pasando y de cuáles deberían ser nuestros siguientes pasos si queremos sobrevivir a la masacre que está a punto de ocurrir.

Le tiendo el chaleco a uno de los hombres, cuyo nombre no me ha dado tiempo a memorizar, y me pongo la camisa limpia que me ofrece el otro. Aprieto la mandíbula mientras me abrocho los botones uno a uno, repasando mentalmente lo que viene a continuación.

—El coche está en la salida trasera —murmura Micaelo, ajustándome el cuello de la camisa—. No hay vuelta atrás, Kerem. Si cruzas esa puerta conmigo, Luca se quedará para siempre en la Toscana.

Miro por última vez el lugar donde Gia estaba de pie frente a mí hace tan solo unos minutos, apuntándome con una pistola directa al corazón.

La bala no llegó a traspasar el chaleco y dejar en mi piel algo más que unas pequeñas magulladuras, pero el peso de su traición todavía duele como si me estuviera desangrando.

No quería hacer esto, pese a que me veo obligado a tomar el lugar al que un día renuncié.

—Luca ha muerto hoy —sentencio con voz firme.

Micaelo no dice nada más, tan solo me dedica un asentimiento de cabeza y un ligero apretón en el hombro.

—Pues vamos. No me gusta llegar tarde.

—¿Y la nonna? —me atrevo a preguntar, mientras lo sigo hasta la puerta de salida.

Me mira por encima del hombro y me dedica una mirada fulminante, a pesar de que no me pasa desapercibido que sus ojos se han humedecido de un momento a otro.

—Cada uno está donde se merece —me responde finalmente, con la voz ronca después de haber tenido que carraspear un poco.

Comprendo enseguida sus palabras y el dolor que se esconde tras su mirada y lenguaje corporal, así que decido quedarme en silencio y seguir sus pasos hasta llegar al coche que nos espera frente a la puerta.

Conozco al nonno y sé que es un hombre extremadamente leal, pero como lo traiciones o le hagas algo a alguno de los suyos, da igual quién seas para él, nunca te lo perdonará.

Cargo mi arma de nuevo y observo todos los cadáveres que hay por el suelo. Guardo mi pistola y sigo al hombre que me va a llevar a mi nuevo destino, o al que siempre lo fue y no quise admitirlo.

Me subo al coche y solo entonces, cuando estoy solo, me permito sacar el dolor que llevo dentro y llorar. Los guardias me miran desde fuera, pero saben que no pueden entrar, que deben dejarme desahogarme solo, que es lo que necesito y lo que mi padre les ordenaría hacer.

Llevo años escapando de un apellido que me perseguirá toda la vida, a menos que llegue hasta la persona que tiene más poder y logre destruir todo el imperio que hay formado a su costa, todo lo que dirige sin que sepamos siquiera quién es en realidad, más allá de una mala persona con sed de venganza que quiere arruinarnos a todos la vida.

Duele saber todo lo que sé sobre Gia gracias a Micaelo. Duele su engaño. Duele haber sido solo un juguete, una distracción, un paso más para llegar hasta su objetivo. Pero lo que más me duele es no poder dejar de amarla, a pesar de todo el daño que me ha hecho.

Ahora sé quién es en realidad… y aun así, aquí estoy; a punto de arruinar mi vida y la de todo el que me rodea, por ella. Porque, a partir de hoy, Gia y yo somos enemigos.

Y, aun así, daría todo por ella. Traicionar a los míos. Matar, una y otra vez. Destruirme a mí mismo. Romper con todos mis valores y principios. Hacer todo aquello que un día dije que no haría. Tomar mi lugar en la familia. Ser el Kerem que todos esperan que sea.

Convertirme en el nuevo Sultán si quiero acabar con esta guerra que tan solo acaba de empezar.

Micaelo le hace una señal al conductor y el vehículo empieza a avanzar por el camino empedrado, alejándose de las ruinas de la que un día fue la villa de sus sueños y el lugar donde renací.

No pasan demasiados minutos escuchando al nonno silbar cuando sucede.

Un estruendo ensordecedor me revienta los tímpanos y una sacudida violenta me obliga a inclinarme hacia delante, salvándome de salir volando por los aires gracias a que llevo puesto el cinturón de seguridad.

Todo mi mundo se vuelve de color naranja. Siento un calor extremo recorrer mi piel justo antes de que el vehículo acabe explotando y salte por los aires, convertido en una enorme bola de fuego.

El sonido del fuego devorando el asfalto es lo último que escucho antes de perder la consciencia.