Chapter 60
La primera vez que vine aquí, no tenía ni idea de quién era. Estaba perdida y asustada. Hoy no solo sé quién soy, sino que además estoy orgullosa de la mujer en la que me he convertido.
Han pasado seis meses desde que volvimos a Cortona.
Y aunque todavía hay noches en las que me despierto sobresaltada, la mayoría de los días amanezco tranquila y en paz.
Es una sensación extraña a la que todavía estoy intentando acostumbrarme, como si mi cuerpo estuviera empezando a entender que no tiene que estar en alerta, que por fin podemos vivir.
Y así han pasado los meses, casi sin darnos cuenta; viviendo, disfrutándonos. Conociéndonos cada día un poco más. Eligiéndonos. Enamorándonos. Sin dar nada por sentado; disfrutando de las pequeñas cosas de la vida que acaban siendo las que forman los recuerdos más grandes.
Estoy segura de que hoy será uno de ellos.
Luca me ha pedido que me arregle para que tengamos una cita. No me ha dicho adónde vamos, pero solo me han hecho falta unos minutos a su lado en el asiento del copiloto, con su mano derecha en mi muslo, para deducir que nos dirigimos a nuestro lugar especial.
No sé qué es lo que le pasa exactamente, pero está muy raro hoy. Lleva todo el día perdido en sus propios pensamientos, distraído, serio y tenso, muy tenso.
Cuando llegamos, estaciona el vehículo y me hace quedarme dentro del coche mientras él se encarga de preparar una cosa que no me quiere contar. Me hace prometer que no voy a mirar, pero los ojos se me van sin querer al espejo retrovisor exterior y lo veo sacar una cesta de mimbre del maletero.
Después de un rato, me abre la puerta del coche y se hace a un lado para que baje. Está más callado que de costumbre, pero no puedo dejar de mirarlo de reojo. La luz dorada de la tarde resalta sobre sus facciones.
Está guapísimo.
Lleva una camisa de lino blanco remangada hasta los codos y unos pantalones beige sencillos; va mucho más arreglado de cómo suele vestir normalmente, con su estilo habitual de cuando lo conocí.
Me gusta llamarlo outfit de señor jubilado, pero él insiste en que simplemente le gusta ir cómodo.
Sin embargo, hoy se ha esmerado demasiado.
Hasta se ha repeinado un poco y se ha afeitado la barba.
Yo he optado por seguir mi estilo: un vestido con estampado de flores y un pañuelo —de pirata— con el pelo suelto y rizado, cayendo por mis hombros.
Miro a Luca cuando suelta un resoplido.
No deja de meterse la mano derecha en el bolsillo del pantalón y apretar la mandíbula, a pesar de que cada vez es menos frecuente verlo haciendo ese gesto.
—¿Estás bien? —vuelvo a preguntarle, por décima vez en lo que llevamos de tarde, cuando cierro la puerta del coche y entrelazo mi brazo con el suyo.
—Sí.
Se me abren los ojos y la boca de la sorpresa cuando llegamos a nuestra zona especial, junto al árbol del que cuelga el columpio de madera que se mece con la brisa.
Después de tanto tiempo, las vistas de Cortona en medio del atardecer me siguen pareciendo una obra de arte. Los tejados resplandecen bajo un cielo teñido de tonos violetas, naranjas y rosas, fundidos con el azul predominante.
Sobre la hierba fresca, Luca ha preparado un mantel de lino claro. Hay una cesta de mimbre abierta. Junto a esta, un plato con diferentes quesos y embutidos, focaccia, aceitunas, panecillos, un cuenco con uvas y una botella de vino blanco junto a dos copas.
—Me encanta —exclamo, impresionada, con una sonrisa que no consigo disimular—. Es increíble. Mil gracias.
Le rodeo el cuello con los brazos y él hace lo mismo con mi cintura, alargándolo un poco, como si necesitara prolongar el contacto durante unos segundos más.
—Todavía no he terminado —me dice, antes de separarse de mí. Se va detrás del árbol y, cuando vuelve, tiene un ramo de girasoles entre las manos, tan amarillos y brillantes que parecen haberse robado un pedacito de sol para sí mismos.
Se acerca hasta mí y me lo entrega con una torpeza que no es nada propia de él, que está acostumbrado a regalarme flores prácticamente todos los días.
Sigue raro, a pesar de todos los detalles.
Evita mirarme demasiado tiempo y aprieta los dedos con fuerza alrededor del papel que envuelve las flores.
Está nervioso.
Tanto, que casi puedo sentirlo yo también.
—Toma, me han dicho que hay una piratilla bastante guapa por aquí a la que le gustan. Es un poco malhumorada, pero tiene su lado tierno.
—Oye —le regaño, entre risas, dándole un pequeño manotazo en el hombro—. Aquí el único malhumorado eres tú. Dame ahora mismo mis flores.
Las agarro enseguida y las acerco a mi rostro, hundiendo la nariz en ellas para respirar su aroma, con una sonrisa tonta que no soy capaz de borrar de mi cara.
—Son preciosas.
—No tanto como tú cuando sonríes así.
—Me has preparado un pícnic, me has regalado un ramo de girasoles y me acabas de hacer un cumplido precioso. —Le doy un pequeño tirón en la mejilla y me gano un pequeño gruñido por su parte—. Estás hecho un romántico, cariño.
—No te mereces menos.
Permanece callado por un momento, con la mirada perdida en el horizonte, hasta que vuelve a girarse hacia mí y nuestros ojos se enredan de nuevo.
—Gia…
Su voz suena más grave de lo normal.
—¿Qué pasa?
Él traga saliva.
Me fijo en cada uno de sus movimientos y veo que, con los dedos algo temblorosos, mete la mano en su bolsillo.
De repente, hinca una rodilla sobre la hierba y saca una cajita de terciopelo negra.
Siento que se me escapa el aire de los pulmones.
Me llevo las manos a la boca, sin poder contener la emoción.
Luca abre la caja, sin dejar de mirarme ni un segundo, dejándome ver una alianza sencilla con un pequeño diamante que brilla bajo los últimos rayos del atardecer.
—La primera vez que nos casamos fue porque no tenía otra elección. Hoy quiero pedirte que seas mi mujer porque eres la única elección que quiero seguir haciendo el resto de mi vida.
—Luca… —Sollozo, con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Quieres casarte conmigo? —pregunta, todavía de rodillas.
—Ya estamos casados —respondo como puedo, con la voz quebrada, agarrándolo por las mejillas y tirando de él para que se ponga de pie y esté más cerca de mí; necesito sentirlo lo más cerca posible en estos momentos.
—Me da igual, nos casamos otra vez.
—¿Y si te digo que no? —bromeo, con una sonrisa traviesa, sintiendo el corazón a mil por hora.
—Entonces te lo volveré a pedir mañana. Y pasado. Y todos los días de mi vida, hasta que me digas que sí, porque no concibo ningún atardecer más sin ti.
—En ese caso, menos mal que voy a decir que sí —susurro contra sus labios—, porque te pones muy pesado cuando quieres conseguir algo.
Él suelta el aire de golpe, como si llevara todo el día conteniéndolo, y me dedica una sonrisa que alumbraría hasta la oscuridad más profunda.
Desliza el anillo en mi dedo con delicadeza, sin apartar sus ojos de los míos.
Acto seguido, coloca una mano firme por mi espalda y me atrae hacia él sellando, esta vez sí, nuestro amor en un beso profundo, lento y dulce que sabe a toda la vida que nos queda por delante, compartiendo un montón de atardeceres y despertando juntos después de cada amanecer de todos los que nos quedan por vivir.