Todos esconden algo Capítulo 33 Visitas
72%

Capítulo 33 Visitas

Antes de darnos cuenta, estamos de vuelta en el dúplex. Es increíble pensar que hace solo unas horas éramos dos, y ahora somos tres. Sin título, sin examen, solo el supuesto tácito de que sabremos lo que hacemos.

El dúplex está en calma, y Freddie es como la última pieza de un puzle. Vale, es una imagen desordenada, pero está completa.

Me han dicho que tengo que alimentar a Freddie cada pocas horas, aunque esté dormido por la noche.

Es mucho, y resulta absolutamente agotador.

Pero tengo claro que no voy a ignorar los consejos y arriesgarme a suspender este examen imaginario de maternidad que siento que estoy haciendo constantemente.

Esa presión de no equivocarme en nada solo aumenta cuando aparece Sharon, apenas unas horas después de cruzar la puerta. Cabría pensar que, como Sharon no tiene hijos, no me sentiría juzgada. Pero creo que es por su formación médica. Me parece una experta.

Ha llegado con un montón de globos que, si los ataran al dúplex, podrían levantarlo del restaurante chino de abajo sin despeinarse.

Pero la alegría en sus ojos, la emoción... es una maravilla verlo.

—Ojalá tuviera uno —dice, con Freddie en brazos, que está la mar de tranquilo y contento—. Solo necesito encontrar un tío —añade.

—Eso nunca suele ser un problema —murmura Steve entre dientes.

Un poco más tarde aparece Rory, con la bolsa de la cámara colgada del hombro, para hacer una pequeña sesión de fotos. Pensaba que sería solo de Freddie, pero resulta que quiere que Steve y yo también salgamos.

Estoy hecha un asco y gorda. Va a hacer falta un milagro para que alguna de esas fotos sea presentable. A lo mejor puede hacer algún apaño en el cuarto oscuro.

Sharon, cómo no, empieza a coquetear con Rory casi de inmediato. Sabe que es gay, pero eso no la frena.

—Puede que le gusten las dos cosas —me dice en el balcón—. Ahora a un montón de gente le gustan las dos cosas. Es lo que se lleva.

—¿Te imaginas que te gustaran las dos cosas? —digo en broma.

—Lo he intentado, ¿no? No es lo mío. Los hombres son como sus penes: simples, directos, fáciles de entender. Las mujeres, bueno, somos como nuestras partes también: complejas, con mucho lío dentro, escondidas, llenas de sorpresas.

Asiento más o menos de acuerdo.

Puede parecer raro que Sharon y Rory aparecieran antes que mi madre. Pero Sharon va a su bola, y tuvimos que cuadrar con su turno de ambulancia.

Y la otra cosa es que... hemos tomado una decisión. Una que parecía sensata en su momento y ahora parece un error garrafal.

Vamos a juntar todas las visitas principales en una sola.

Sí: Jill, Brad, mi madre y mi padre. Todos al dúplex a la vez para jugar a pasarse a Freddie como si fuera un paquete.

Así tenemos algo de tiempo con él mientras Steve sigue de baja, y todos tienen su momento.

Tiene todo el sentido del mundo... hasta que caigo en la cuenta: voy a tenerlos a todos en el piso, quiero decir, dúplex, a la vez.

Es una pesadilla total. Pero va a pasar. Y no puedo hacer absolutamente nada para evitarlo.

Y, cómo no, el día que vienen todos resulta ser justo el día en que Freddie no hay manera de que se calme.

Hemos tenido una noche infernal. Solo el pecho lo calma, y aun así, no pasa mucho antes de que se enfade con mi pezón y me devuelva la leche por el hombro.

Steve deambula medio zombi, sugiriendo posibles causas, jurando que el agua de hinojo funciona y haciendo eso de doblarle las piernas al bebé. Pero. Es. Que. No. Sabemos.

Una vez más, me siento incapaz y como si estuviera fracasando estrepitosamente.

Estoy demasiado cansada para llorar. Demasiado cansada para vestirme.

Y sin embargo, me siento tan jodidamente feliz. Una alegría cansada, confusa, agotada.

Este sentimiento es impredecible. Y con las visitas a punto de llegar, no puedo evitar ponerme nerviosa, sobre todo por lo de Brad. Ya de por sí está bastante frágil. La última vez que estuvo aquí, básicamente lo usé de saco de boxeo.

Suspiro aliviada cuando Jill llega sola. Apaga un cigarrillo antes de entrar, pero no sin que una ola de humo pútrido se cuele detrás de ella.

—Brad está fuera, en un trabajo en Irlanda —dice nada más cruzar la puerta—. Lo han llevado en avión en primera clase. Es una película, va a salir en el cine.

Ni una felicitación. Ni un abrazo. Directa a presumir de Brad.

Muy propio de Jill.

Al final se acuerda de darme un abrazo. Sus gafas estrafalarias me raspan la oreja, y el pelo le apesta a humo que echa para atrás.

—¿Solo gas y aire? Eres dura de pelar, ¿eh, Parker? —dice. Creo que pretende ser un cumplido.

Se acerca flotando hacia Freddie, profundamente dormido en su moisés.

—Madre mía... es precioso, ¿verdad? Se parece a Brad.

Por el amor de Dios. Lo pienso, pero por suerte no lo digo.

Menos mal que Brad no está aquí, aunque eso no quita lo incómodo de la situación.

—Es el pelo. Tú eras calvo, Steven, pero Brad tenía ese pelazo. Creo que al final lo sacaron tirando de él. Pequeño cabrón tozudo, treinta y dos horas estuve de parto con él.

Se inclina para coger a Freddie.

—Déjalo dormir, mamá. Ya tendrás tu turno —dice Steve rápido, adelantándose a mí.

Pero Jill nos ignora y lo coge igual. Freddie se despierta al instante, berreando a pleno pulmón.

Lo zarandea como a un muñeco de trapo, chistándole, pero es inútil. Era el rato más largo que habíamos conseguido que estuviera tranquilo, y ahora todo se ha ido al traste. Cómo no.

Así que vuelve a mi pecho, y me hundo en el sofá, sabiendo de sobra que voy a estar aquí clavada durante horas.

—No hagáis planes para el doce de enero —le dice Jill de repente a Steve—. Quiero que vengáis. Solo tú y Brad.

Me lanza una mirada intencionada: está clarísimo que yo no estoy invitada.

—Un poco de tiempo en familia —añade.

—¿Por qué el doce de enero? —pregunta Steve, lógicamente desconcertado.

—Solo quiero avisaros con tiempo suficiente, para que no os escabulláis. Con la exitosísima carrera de actor de Brad, y tú, con el bebé y esa tienda de muebles, es difícil pillaros a los dos. Os necesito. Solo una noche. Eso es todo.

Su tono es decidido, pero apesta a otra cosa. Hay algo raro en ella. Agitada. A la defensiva. Tartamudea un poco, esforzándose demasiado por sonar casual. Algo no va bien. Incluso a través de mi neblina de agotamiento, lo noto, y Steve también.

—¿Está enferma o algo así? —me susurra mientras Jill se escabulle al balcón a encenderse otro cigarro.

—Si estuviera enferma, ¿por qué iba a esperar dos meses para decírtelo?

—Buen punto.

—Probablemente solo sea su manera de controlar las cosas. Creo que se siente fuera de control. Como si tú y Brad estuvierais haciendo vuestra vida por vuestro lado, y ella estuviera perdiendo a sus chicos.

Steve asiente. Y aunque creo lo que estoy diciendo, hay algo que me remueve por dentro, que me inquieta, porque no puedo quitarme de encima la sensación de que hay algo más. Algo que el instinto de Steve también ha captado.

Dejo que mi mente divague, imaginando todas las posibles explicaciones. Probablemente le estoy dando demasiadas vueltas. Pero entonces suena el interfono, interrumpiendo mis pensamientos.

—¡Somos nosotros, cariño! —grita mamá a través del altavoz.

Su voz rebosa entusiasmo, radiante de emoción.

Y así, sin más, sé que tengo que sacar fuerzas de donde sea.

Mamá ha llegado.

La puerta se abre de golpe y mamá prácticamente entra corriendo, ya llorando.

Seguro que ha llorado todo el camino hasta aquí.

Me besa suavemente en la cabeza y luego besa a Freddie, sin parar de murmurar lo feliz que está, lo precioso que es, lo perfecto que parece todo.

Se le quiebra la voz de emoción y alegría.

—Un horror la Sevenoaks Way —añade papá mientras entra detrás de ella—. En mi vida he visto un tráfico así —dice, a nadie en particular, antes de por fin reparar en mí, y acto seguido taparse los ojos con la mano para no ver mi pecho al descubierto.

—Maldita sea, ¿no podrías hacer eso en la otra habitación? —dice papá, visiblemente incómodo.

—Es la naturaleza, David. Madura de una vez —le espeta mamá, con su recién estrenada seguridad todavía intacta.

Papá, intentando reafirmarse, vuelve al modo macho y le ofrece a Steve un firme apretón de manos. Steve, todavía aturdido por el cansancio, apenas registra el gesto, como si funcionara con retardo. Mientras se dan la mano, mamá sigue murmurando lo afortunados que somos todos.

Entonces se abre la puerta trasera y entra Jill, envuelta en una nube de humo de cigarrillo en el umbral.

—Dios mío, es como «Stars in Their Eyes» —dice mamá—. Esta noche voy a imitar a una imbécil.

Vale, no dijo la última parte. Pero es exactamente lo que yo estaba pensando.

Mamá se siente atraída hacia Jill como un imán hacia el metal.

Se abrazan, se felicitan, todo muy educado y cálido.

Rememoran cuánto tiempo ha pasado desde que se vieron por última vez.

Se quejan de que no se han cruzado desde que empecé a salir con Steve, lo cual, por supuesto, fue totalmente intencionado.

Steve y yo hemos hecho todo lo posible para evitar precisamente eso y luego, extrañamente, lo organizamos cuando estamos bajo mínimos.

Parecen tan a gusto juntas. Miro a papá, que ahora está plantado en la esquina, incómodo, con una botella de cerveza que ha aparecido como por arte de magia.

—Brindando por el bebé —dice, levantando la botella, todavía sin atreverse a mirarme directamente, no vaya a ser que le dé un vistazo a mi areola.

Todavía incómodo, papá se pone a deambular por el dúplex como si estuviera inspeccionando el lugar, pasando un dedo por los zócalos, comprobando la pintura, chasqueando la lengua en cada esquina.

Jill se pone inquieta, agitada, apenas puede quedarse quieta, como si algo le rondara la cabeza.

Quizás sea simplemente no tener a Brad aquí, o el hecho de que el bebé esté aquí y esto sea muy real.

Sea como sea, parece frustrada, hasta el punto de que se marcha antes de lo esperado, despidiéndose con un gesto vago de la mano, como si no pudiera esperar a irse. Es raro, pero así es Jill.

Por fin, Freddie cae en un coma post-teta: tranquilo, hermoso, satisfecho. La oportunidad perfecta para pasárselo a mamá. Se coloca con cuidado en el sofá junto a mí y lo coge como si fuera la cosa más frágil del mundo. Todo lo contrario que Jill.

Y luego simplemente se queda ahí sentada, sin decir nada. Lo mira fijamente, se lo bebe con los ojos. No creo haberla visto nunca tan feliz.

—Es perfecto, ¿a que sí? Simplemente maravilloso —dice por fin, sin apartar los ojos de él—. Siempre quise un niño. Un hermano para ti, Marie. Esto es igual de bueno. Estoy que no quepo en mí de la alegría. Tendrás que cogerlo, David...

Levanta la vista para buscarlo, pero ya no está en la habitación. Está fuera, en el balcón, pasando frío con solo una camisa fina. Decido salir con él.

Una ráfaga de viento me golpea al abrir la puerta. Papá agarra la barandilla del balcón y la sacude con autoridad. Se balancea ligeramente, los tornillos oxidados chirrían, apenas aguantan.

—Esto es una trampa mortal, Marie. Una vergüenza —murmura, y la sacude de nuevo mientras se dobla y se tuerce hacia delante y hacia atrás, volviéndola sin duda más peligrosa—.

Tienes que hablar con el ayuntamiento. Pensé que habían arreglado este sitio.

El lavabo de tu baño apenas está sujeto a la pared.

Es una chapuza. Mano de obra extranjera, seguro.

Solo están recortando gastos donde pueden.

Y sigue así, quejándose del estado del país y de cómo todo irá a peor si Kinnock llega al número 10 de Downing Street.

Al final, lo paro.

—Papá, ¿podemos dejar de hablar de salud y maldita seguridad laboral? ¿O de política? ¿No podemos simplemente... no sé... disfrutar de este momento? Eres abuelo.

No dice nada. Solo mira hacia la calle, sumido en sus pensamientos. Es como si quisiera decir algo pero no encontrara las palabras. Se vuelve hacia mí, y toda su expresión ha cambiado: la indignación ha desaparecido, sustituida por algo más suave. Más triste. Vulnerable.

Creo que va a hablar, pero se contiene y vuelve a mirar hacia la calle.

Voy a abrir la puerta, el frío ya me cala hasta los huesos, cuando lo oigo hablar.

—Tu madre me deja.

Me quedo paralizada, sus palabras me atraviesan antes de que pueda siquiera girar el pomo. Me doy la vuelta. La tristeza en su rostro no ha desaparecido; es más profunda ahora. Se le quiebra la voz.

—No quería que dijera nada, así que no le digas que lo sabes. Quería esperar... bueno, hasta después de todo esto. Me deja, Marie. No puedo creer que me esté haciendo esto.

Las lágrimas le asoman a los ojos, mezcla de desolación y del aire gélido que nos rodea. Me quedo sin palabras. En estado de shock. Y sin embargo, todo cobra sentido.

—No sé qué he hecho, Marie. Le di todo lo que quería. Se ha vuelto loca, Marie. Dice que no hay otro hombre, pero algo tiene que haber. Una no se despierta un día y deja a su marido sin más.

Es esa frase la que me llega. Papá no se entera de nada. No ve sus propios defectos, es incapaz de reconocer el estado de su matrimonio. En su cabeza, mamá debería estar agradecida. Es ella la que se ha vuelto loca. No él.

—¿Sabes lo que me dijo? —añade, con la voz teñida de incredulidad y dolor—. Que o ella o la antena parabólica. ¿Te lo puedes creer? ¿Qué clase de pregunta es esa?

—¿Y le respondiste? —pregunto sin rodeos.

—No seas ridícula. No lo decía en serio. Soy el primero de la calle en tener una, Marie, debería estar orgullosa. Janet, la del número 9, no me deja en paz desde que la puse... la antena, quiero decir.

Su delirio continúa, su vida se desmorona y no hay nada que yo pueda hacer. Y, sinceramente, no estoy segura de que deba. Es como ver a un depredador abatir a su presa: horrible, pero inevitable. Solo queda dejar que pase.

Echo un vistazo por la ventana. Mamá sigue sentada con Freddie, perdida en su pequeña burbuja.

Me siento orgullosa de ella.

Es terrible para papá, sí. Pero es difícil no entender por qué. Es poético, en realidad. Acabo de traer una nueva vida al mundo, y en muchos sentidos, la vida de mamá también acaba de empezar.