Capítulo 31 Secretos y mentiras
Desde la llamada, estoy con los nervios a flor de piel. Cada vez que suena el teléfono, pienso que es él. Cuando estoy sola, me emociona. Cuando Steve está conmigo, me aterroriza. Aun así, he evitado llamar a Brad, por mucho que me haya tentado.
Tampoco es que haya estado mucho en casa. Acabo de dejar el trabajo justo cuando entramos en las últimas semanas antes de que nazca Malteser, que es como llamamos al bebé, porque es lo único que como. Papá se asustó cuando se lo dijimos, pensando que el bebé saldría marrón.
—¡Que no es ningún problema! —soltó, con los brazos en alto—. Bueno, un problema para Steve, claro... pero ya me entiendes.
Fue la única vez que papá se molestó en visitar el dúplex. Su desapego era llamativo, como si ni siquiera quisiera respirar el mismo aire. Creo que le avergüenza que esté embarazada. No sé por qué. Pero lleva meses raro conmigo. No debería sorprenderme. Es un poco gilipollas, la verdad.
Dejar Safeway fue un alivio tremendo. Estaba deseando largarme de allí.
Malteser, tanto el bebé como la golosina, me ha puesto tan gorda que al final apenas cabía detrás de la caja.
Me pusieron en la número veintiuno, la caja especial diseñada para personas en silla de ruedas.
Supongo que, en cierto modo, ahora estoy discapacitada. Temporalmente, al menos.
Me duelen los pies. Mis tobillos han desaparecido. La acidez me quitaría la pintura de las paredes. Hasta la vagina la tengo hinchada, inflamada, como si estuviera harta de cargar con el peso del mundo. No es glamuroso. No estoy radiante. Es simplemente agotador.
Y ahora estoy en esa fase en la que solo quiero que este bebé salga de mí, pero sé que las próximas semanas se me van a hacer eternas.
Para pasar el tiempo, me he dedicado a arreglar cosas por el dúplex, muy a pesar de Steve.
Sharon también me ha hecho compañía, sobre todo para llorar y quejarse de su última ruptura.
Esta vez fue con un viejo forrado de Perú, al que apodé Paddington.
Su verdadero nombre era Carlos, y durante unas cuantas semanas, Sharon estuvo completamente obsesionada con él.
Pensó que era el hombre de su vida. Cumplía todos los requisitos: rollo Richard Gere maduro y un origen étnico del que podía presumir.
No era perfecto, eso sí. Su acento era muy cerrado, apestaba a vino y, al parecer, su polla parecía un signo de interrogación.
Pero eran cosas con las que Sharon estaba dispuesta a transigir.
Eso fue hasta que resultó que Carlos no estaba podrido de dinero, solo podrido.
Lo perdió todo en el juego. Sin casa, sin bienes.
Ahora va de sofá en sofá de sus colegas y de vez en cuando duerme en estaciones de tren, probablemente en Paddington.
Así que ahora solo estamos nosotras, en el dúplex, y Sharon dale que te pego con Carlos, con que la engañaron, con que tiene el corazón roto. Y venga y venga, hasta que de repente, sin planearlo, sin siquiera querer decirlo, lo suelto sin más:
—Me tiré a Brad.
Se le cae la mandíbula. Se le queda la boca abierta. Mucho.
—Ejem... perdona, ¿¡qué!?
Me entra el pánico. ¿Por qué se lo estoy contando? Pero necesito hacerlo. Necesito contárselo a alguien. El silencio que llevo dentro es insoportable. Esta batalla, esta guerra privada. El bebé nacerá en cuestión de semanas y no puedo sacarme a Brad de la cabeza.
Se lo cuento todo. Cada detalle sórdido y glorioso.
Ella simplemente se queda ahí sentada, callada, lo más callada que la he visto en mi vida.
Está boquiabierta. Le digo que el bebé probablemente no es de Brad, aunque existe la posibilidad de que lo sea.
Suelta un jadeo y empieza a toquetearse el pelo como una loca.
—Cielos, Marie.
—¡Cielos! —le respondo—. Hacía siglos que no te oía decir cielos. Debe de ser grave.
—Bueno, hablando en plata, esto es... es bastante problemático, Marie Parker.
Y que lo digas.
Entonces se gira hacia mí, mortalmente seria, como si estuviera a punto de regañarme.
—Sí que quieres a Steve, ¿verdad?
Vaya pregunta. Una pregunta tan estúpida, y sin embargo el hecho de que la esté haciendo lo dice todo.
—Sí... sí —asiento, convenciéndome a mí misma. Intentando sonar segura. Intentando no dejar lugar a dudas.
—Pero también quieres a su hermano, ¿no? —contraataca. Sin pestañear. Afilada como un cuchillo.
—No lo sé... creo que sí. Los quiero a los dos. De forma diferente, quizá. Pero no lo sé.
Me mira confundida, porque, bueno, lo estoy, y entonces simplemente me abraza. Sin más preguntas. Simplemente me abraza.
Necesitaba esto. La confesión me trae una oleada de alivio, pero también de miedo. Ahora le he entregado todo. Solo me queda confiar en ella.
Promete que no dirá ni una palabra. Y le creo. No es que tenga muchas opciones.
Decidimos dar un paseo y vamos a la tienda de artículos para el hogar Texas para que pueda comprar unas barras de cortina nuevas.
Sharon todavía está flipando. Sigue y sigue con lo sorprendida que está, con que debería habérselo contado antes.
Pero nunca dice realmente lo que le he contado.
Todo en clave, por si alguien cerca es un cotilla sin nada mejor que hacer.
Lo cual, por aquí, es la mayoría de la gente.
—Fueron las canciones —dice.
—¿Las qué? —la miro.
—Que él te grabara esas canciones en ese dichoso CD. Eso fue lo que te atrapó. Es un encantador. Un gilipollas, pero un gilipollas encantador.
—Sí. Ese es él —asiento.
—¿Todavía lo tienes? —pregunta.
Niego con la cabeza. Prefiero mentir. Ya le he dado demasiado. No voy a admitir que hace solo un par de días lo saqué, y no solo lo escuché, sino que me corrí con él. Sin teléfono esta vez. Solo mi mente y la voz hipnotizante de Brad.
Recorremos los pasillos arriba y abajo. Al final no compro ninguna barra de cortina, pero de alguna manera consigo llenar una cesta con cosas que seguramente no necesito: un espejo de baño, unos clavos, tornillos, una alfombrilla de baño.
Nos ponemos en la cola. Voy por la mitad de una bolsa de Maltesers que llevo en mi bolso de emergencias cuando la veo... a ella.
La mujer de la caja.
Morena. Ojos marrones. Guapa. Parlanchina. Animada. Parece de las que hacen voluntariado y tocan algún instrumento. Hay algo en ella que me hace mirarla más de la cuenta. Entonces reparo en la placa con su nombre.
Charlotte.
—Joder... joder —digo en voz alta.
Probablemente demasiado alto.
Sharon da un respingo.
—El bebé no viene, ¿verdad?
—No. No.
—Gracias a Dios. Es mi día libre —murmura.
Señalo con la cabeza hacia la caja.
—Esa podría ser la ex de Steve.
Sharon se inclina un poco, sin mostrar interés.
—¿Qué?
—Antes dirigía este sitio, y su ex se llamaba Charlotte —susurro, como si acabara de descubrir una prueba clave.
—Vale... de acuerdo —dice Sharon, más interesada en un cubo lleno de ambientadores rebajados.
—Escucha, Brad no para de decir que hay cosas de Steve que no sé. Que no conozco toda la historia. Que me está ocultando cosas.
—Bueno, claro que dice eso. Te quería en la cama, Marie, y, bueno, funcionó.
Duro, pero cierto. La hago callar rápidamente.
—¿Y si hay algo de Steve que no sé? ¿Algo gordo? —pregunto.
—Todos ocultamos algo, ¿no? —responde, con una mirada cómplice—. ¿Seguro que no estás buscando excusas para dejar a Steve? —pregunta, más suave ahora.
Pero antes de que pueda responder, nos toca.
Y de repente, ahí está. Charlotte. Posiblemente la Charlotte. Sonriéndome como si nos conociéramos.
Me quedo paralizada. Cesta en mano. Sharon observándome. Charlotte esperando.
¿Qué digo?
¿Cómo lo digo?
¿Digo algo siquiera?
Sharon empieza a poner los artículos en el mostrador mientras le dedico a Charlotte una sonrisa que, desde su punto de vista, probablemente me hace parecer una loca de remate.
—¿Alguna vez saliste con un tío llamado Steve?
Ya está, lo he soltado. A bocajarro. Sharon me mira como si me hubiera convertido en otra persona.
—Eh... —parece confundida, pillada por sorpresa—. ¿Te refieres a Steve Sullivan?
—Sí.
—Sí, trabajaba aquí... ¿por qué?
El corazón me late desbocado. Sharon está completamente quieta.
—Estoy esperando un hijo suyo.
Me agarro la barriga. Intento sonreír. Ella me devuelve la sonrisa.
—Oh, qué bonito —dice.
Parece sincera.
—Mira, ¿hay... hay algo que deba saber sobre él? Ya sabes, que quizá no quiera contarme.
Parece totalmente desconcertada por la audacia de la pregunta.
—Quiero decir... ¿qué pasó entre vosotros dos? —insisto.
—Marie... dale un respiro a la chica, está trabajando —interviene Sharon, con razón.
Pero estoy decidida.
—Es solo una pregunta... —murmuro, sin poder creerme que ahora Sharon sea la voz de la razón.
—Steve está... bien. Es encantador. Simplemente no funcionó entre nosotros.
Mientras esas palabras salen de su boca, suspiro aliviada. Pero entonces hay algo en su expresión que me dice que hay más, como si estuviera pensando en añadir algo. Le doy tiempo, rebuscando en mi monedero.
—Es al hermano al que hay que vigilar —dice, finalmente.
—Y que lo digas —responde Sharon, casi entre dientes.
—Vaya, parece que sigue haciendo de las suyas —replica Charlotte, y me mira directamente a los ojos.
—¿Ya te ha dado el CD?
El corazón se me dispara.
—Perdona... ¿qué? —pregunto.
—Sí, lo tiene —interviene Sharon, para nada útil.
Charlotte se ríe de lo absurdo de la situación.
—¿Te has fijado en que cuando lo pones no dice tu nombre? Es solo una declaración de amor genérica para la que le guste en ese momento. Como un truco de ligoteo currado. Patético, la verdad.
Cojo mi bolsa y me largo. No digo nada. Se me llenan los ojos de lágrimas. Sharon me llama, siguiéndome.
Me. Han. Engañado.
Todo esto era solo un gran juego. No está sufriendo, no está enamorado. ¿Cómo pude ser tan tonta?
Tan, tan JODIDAMENTE ESTÚPIDA.