Todos esconden algo Capítulo 30 La llamada
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Capítulo 30 La llamada

Llevamos un par de semanas instalándonos en el dúplex. Steve sigue llegando a casa con muebles de lo más variopinto que ha birlado del trabajo, así que hemos pasado de no tener nada a tenerlo todo de repente.

Desde que nos mudamos, Steve está obsesionado con hacerle fotos a mi barriga.

Todos los días. Rory le ha prestado una cámara de las buenas y unas luces de estudio profesionales.

Cada vez que Steve me fotografía en topless, me arrastra de vuelta a aquella noche con Brad: la cámara, el flash, la terrible electricidad entre nosotros.

El recuerdo se pega como alquitrán. Me recuerda todas las razones por las que debería odiar a Brad.

Y me recuerda por qué no puedo dejar de pensar en él.

Esta noche estoy sola. Steve ha ido al estudio de Rory a revelar algunas fotos.

Estoy viendo Bottom a medias en la tele, dos tíos dándose sartenazos en la cabeza.

Lo estoy grabando para Steve, porque nadie se ríe más que él con los chistes de pollas.

Supongo que es mejor que las noticias de las diez.

Suena el teléfono. Solo llevamos unos días con la línea fija. Será mamá, seguramente. Me levanto con esfuerzo, bajo el volumen de la tele; las risas aún resuenan en la habitación.

Contesto.

Es Brad.

—Hola, preciosa —dice. La línea crepita, pero su voz suena cristalina por debajo.

—Siete semanas —dice, como si estuviera tachando los días en el calendario, porque, bueno, eso es exactamente lo que hace. Me pongo rígida al instante.

—¿Por qué me llamas, Brad? —suelto, pero mi voz me traiciona, con un temblor apenas perceptible.

—Sé que está fuera con su amiguito —dice, medio en broma, medio con rencor.

—¿Estás con ese teléfono inalámbrico? Apenas te oigo —digo mientras la estática me araña el oído—. ¿Qué quieres?

—A ti —dice. Sin vacilación. Sin vergüenza.

—Para ya —susurro. Pero no suena severo. No suena convincente. Es casi una invitación.

—He estado pensando en ti todo el día, Marie —dice—. Estoy pensando en ti ahora mismo.

—¿Ah, sí? ¿Y en qué estás pensando exactamente? —Ni siquiera sé por qué pregunto. No debería. Pero mi cuerpo ya va por delante de mi cabeza.

—Pienso en nosotros. En que seas mía. En ser felices juntos.

—No deberías —digo, y se me quiebra la voz.

—Lo sé. Sé que no debería. Pero lo hago. No puedo evitarlo, Marie. Y a veces... a veces pienso de verdad en ti, en todo tu cuerpo.

Se me corta la respiración.

—¿Qué quieres decir? —pregunto, tan bajito que apenas reconozco mi propia voz.

—Pienso en aquella noche. Cuando viniste a buscarme después del espectáculo. La lluvia. Los truenos. Tu cuerpo empapado. Pienso en tu boca. Tu piel. Tus manos.

—Ahora estoy hecha una foca —suelto, desesperada por romper el momento.

—Sí, pero aún me pones —dice de inmediato, con la voz cada vez más ronca, ese tono inconfundible incluso a través de la estática, su aliento en mi oído—.

Conseguiré lo que quiero, Marie, porque tú también lo quieres, lo sé —hace una pausa y luego habla más bajo, con una ligera vacilación—. ¿Quieres saber qué estoy haciendo?

Ya lo sé. Pero sigo.

—Creo que me lo imagino —digo, con la mano temblándome en el auricular.

—¿Por qué no te unes? —dice, con voz baja y peligrosa—. Estoy tan jodidamente empalmado, Marie. No puedo dejar de pensar en ti.

La línea sisea y crepita: respiraciones, jadeos, silencios. Y luego nada.

La línea se corta.

Me quedo ahí de pie, el tono de marcado zumbándome en el oído. El corazón martilleándome en el pecho. La mano ya metida en las bragas, como si tuviera voluntad propia. He perdido el control, tan fácilmente, tan rápido. No quiero que esto termine. No así.

Abro de un tirón el cajón que acabo de montar y busco el trozo de papel con su número. Marco con dedos temblorosos.

El teléfono suena una vez. Dos veces.

—¿Diga? —Su voz es espesa, ronca.

—Soy yo —jadeo.

—Pensé que habías colgado —dice, casi riéndose.

—¿Terminaste?

—No... ¿Sigo?

—Sí... hazlo. Dime cuándo vas a...

—Sí... ayúdame, dime qué me harías.

Me hundo en el sofá. Bottom parpadea en silencio en la tele, la comedia muda de fondo.

La casa demasiado silenciosa, el aire demasiado caliente.

Y escucho el sonido del placer de Brad, crudo y obsceno en mi oído.

Sus respiraciones entrecortadas. Sus guarradas susurradas.

Su cuerpo deshaciéndose, todo para mí. Y me dejo ir.

Lo imagino aquí. Sus manos sobre mí. Su boca.

Su peso. Caigo en espiral. Me desplomo. Me deshago, apretando los dientes para no hacer ruido, persiguiendo el clímax, ahogándome en él.

Terminamos.

Dios, es salvaje. Es cegador. Es todo lo que no debería desear. Y entonces: el bajón.

La vergüenza se me filtra en los huesos y me deja vacía.

El amor. La lujuria. Lo prohibido de todo esto, enredado y apretándome la garganta. Me quedo ahí sentada, el teléfono aún pegado a la mejilla, el sudor enfriándose en mi cuerpo hinchado.

La culpa me envuelve como una piel de invierno.

Más ceñida que nunca. Y aun así, en el fondo, bajo todo eso, sé que disfruté cada segundo. La persecución, su deseo, su confianza.

Él.